Adolescentes sin salida

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9 de octubre de 2003  

"El Polaquito" (Argentina-España/2003). Dirección: Juan Carlos Desanzo. Con Abel Ayala, Marina Glezer, Fernando Roa, Roly Serrano, Laura Spínola y otros. Guión: Juan Carlos Desanzo y Angel O. Espinosa. Fotografía: Carlos Torlaschi. Música: Martín Bianchedi. Presentada por Primer Plano Film Group. Duración: 88 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años, con reservas.

Nuestra opinión: muy buena

Los niños y los adolescentes que deambulan sin rumbo por las calles porteñas, o de cualquier otro lugar de la Argentina, tienen trágicos destinos: morir o esperar la vuelta del ciclo, el inicio de la agotadora jornada para recuperar sus fuerzas e intentar sobrevivir un día más. Ellos pasan a nuestro lado con su carga de dolor, intentan recolectar entre humillaciones y vergüenza alguna moneda que les permita sobrevivir en un micromundo que los ignora o recorren una amplia gama de lugares -trenes, subterráneos, ómnibus, espacios anchos y ajenos- con el pretexto de ofrecer las mercaderías más insólitas, con desvencijados instrumentos musicales o, simplemente, con sus débiles voces que remedan a cantantes de moda.

Imitador de Goyeneche

Uno de esos patéticos seres es "El Polaquito". Tiene 13 años y su forma de subsistir es imitar la voz de Roberto Goyeneche en sus más populares temas entre la abigarrada multitud que, día tras día, transita los trenes de la estación Constitución. "El Polaquito", como casi todo ese grupo de muchachos destruidos por una sociedad injusta, es explotado por "El Rengo", un siniestro personaje.

Cuando "El Polaquito" conoce a "Pelu", una prostituta de 16 años, fantasea con algo que nunca había conocido: un amor simple que le permitirá a los dos dejar esa estación ferroviaria, escenario de sus mayores pesares.

Entorno

Pero el protagonista no puede desprenderse de su entorno. No puede alejarse de "El Vieja", un ratero que transforma a "El Polaquito" en delincuente. No logra borrar de su camino a "El Rengo", siempre vigilante, siempre dispuesto a la violencia extrema para que su grupo juvenil no desobedezca su dura voz de mando. Tampoco le es permitido renunciar a su padre alcohólico ni tener la esperanza de que su hermana abandone su vergonzante profesión. Nada para "El Polaquito" es posible. Sus espacios son la gran estación ferroviaria y un vagón destartalado que le sirve de vivienda. Su paso por un reformatorio lo enfrenta a seres tan desdichados como él, aunque la calidez que le da su relación con "Pelu" le inserta renovadas fuerzas para cambiar su existencia. Sin embargo no hay para este adolescente una posibilidad de salida. El caos se avecina día tras día, hora tras hora, y "El Polaquito" jugará una última y desesperada carta. Una carta que tendrá la imagen de la muerte y de la conmiseración.

Historia sin duda trágica y dura es la que presenta este film. Juan Carlos Desanzo, como director y coguionista, ofrece aquí un testimonio desgarrador de esos niños y adolescentes ya que, según dijo recientemente, "dentro de mí hay un niño al que durante muchos años dejé solo con sus dolores y sus angustias del pasado, me olvidé de él y lo fui llenando con mis miedos y mis tristezas ocultas".

Desanzo logró un film tan realista como doloroso, tan brutal como cálido. El sobrado oficio del realizador se puso a flor de piel y su sensibilidad no da margen para el golpe bajo ni para el exacerbado melodramatismo. "El Polaquito" se transforma así en una cruda radiografía de una verdad que nadie ignora, aunque muchos prefieran mirar hacia otro lado.

Mirada escrutadora

No era tarea fácil llevar a la pantalla la trama de esta película, ya que hacía falta una mirada escrutadora para relatar las aventuras y desventuras del protagonista, al que Abel Ayala aporta un rostro cándido y dulce y una enorme fuerza emotiva. La cámara de Desanzo no recorre escenografías fabricadas, sino que, atenta, se posa tanto en sus protagonistas como en esa estación ferroviaria, escenario casi perpetuo del relato. Al excelente trabajo de Ayala debe sumarse la notable composición de Marina Glezer, la impecable interpretación de Roly Serrano y la absoluta naturalidad de Fernando Roa y del resto del elenco.

La muy buena fotografía de Carlos Torlaschi; la exacta banda musical de Martín Bianchedi y el resto de los rubros técnicos supieron apoyar el clima de este film que habla de dolor y de esperanza. La secuencia final, en la que "Pelu" se aleja de toda posibilidad de redención a los compases de "Naranjo en flor", entonado por Roberto Goyeneche, es el más estremecedor resumen de este film que debe verse con el corazón abierto y el pensamiento libre.

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