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Luce desde ayer en la Catedral la imagen del "santo del mate"

San Roque González fue entronizado en un altar lateral
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18 de noviembre de 2003  

San Roque González de Santa Cruz fue entronizado ayer en la Catedral de Buenos Aires, durante una misa presidida por el cardenal Jorge Bergoglio. Este sacerdote jesuita, conocido como "el Santo del Mate", fue canonizado por Juan Pablo II en 1988, junto a otros dos sacerdotes de la Compañía de Jesús, Juan del Castillo y Alonso Rodríguez, también mártires.

El santo nació en Asunción del Paraguay en 1576. Su padre, Bartolomé González, acompañó a don Pedro de Mendoza en la primera fundación de Buenos Aires.

Pese a su condición de rico encomendero, Roque eligió un destino poco previsible: "entar en religión" y misionar entre los indios. Fue ordenado sacerdote a los 24 años. Poco después fue nombrado vicario en la catedral de Asunción.

"Su gran preocupación fue desde siempre el sufrimiento de los aborígenes", explica la historiadora Virginia Carreño, quien donó la imagen del santo a la catedral metropolitana.

En 1609 fue admitido en la Compañía de Jesús, y en 1619 hizo sus tres votos. Se le asignó una misión de gran alcance: evangelizar el norte argentino, el sur paraguayo y el sur brasileño, en las llamadas reducciones jesuíticas.

Inició su labor misionera en el Chaco Guaycurú y fue fundador de Itapúa, origen de Posadas, actual capital de la provincia de Misiones. Se lo reconoce, entre otras cosas, por haber encarado el relevamiento del río Uruguay, desde Asunción hasta Buenos Aires, con sólo un grupo de canoeros. En 1628 murió en tierras del actual estado de Río Grande do Sul, a manos de un grupo de indios hechiceros, que respondían a las órdenes del cacique Ñanzú.

Se cuenta que cuando su cuerpo fue quemado en el interior de una iglesia se oyó una voz que surgía del pecho del mártir, que decía: "Aunque me matéis no me matáis, mi alma va al cielo, y no tardará el castigo".

"Como algunos creyeron que era cierto, le abrieron el pecho, le sacaron el corazón y lo echaron al fuego. Milagrosamente no se quemó. Quedó intacto, tal cual hoy está en Asunción", explica Carreño, en un artículo de la Revista del V Centenario del Descubrimiento y la Evangelización de América .

Su regreso a Buenos Aires

¿Qué hechos justifican la llegada de una imagen del santo a Buenos Aires? Hay varias respuestas: se trata del primer santo nativo de América del Sur (nació diez años antes que Santa Rosa de Lima, aunque fue beatificado más tarde). En segundo lugar, en 1926 estuvo en Buenos Aires y descubrió que buena parte de la población pertenecía a su propia familia. Además, su corazón incorrupto permaneció por muchos años en la Iglesia del Salvador (Callao y Tucumán), hasta que fue devuelto a Asunción del Paraguay.

Un dato curioso es que no existían imágenes históricas del santo. Su retrato se perdió después de la expulsión de los jesuitas, en 1767, y fue redescubierto en Córdoba por el padre Furlong, a principios del siglo XX. Esa imagen, a diferencia de la que fue entronizada en la Catedral de Buenos Aires, lo muestra con su corazón en la mano.

La cerámica que a partir de ayer puede verse en esta ciudad, obra del artista José María Lanús, lo muestra con un mate de plata y una cruz, en alusión a la intensa labor de los sacerdotes jesuitas por erradicar el alcoholismo entre los indios mediante la infusión del caá . Así llamaban los guaraníes a la hoja de la yerba mate hasta la llegada de los misioneros, quienes lograron su cultivo y lo convirtieron en principal fuente de ingresos.

Ayer, en su homilía, el cardenal Bergoglio rescató la obra de San Roque González de Santa Cruz, "este hombre que dio su vida por el Evangelio, que plantó su palabra allí donde habría de crecer por generaciones. A este asunceño le deben la fe los pueblos guaraníticos".

El cardenal subrayó el triste final del santo pues "aquellos a quienes había enseñado la doctrina de la salvación, aquellos a quienes él mismo había promovido, seducidos por un cacique... lo mataron. Sin embargo, la fe quedó".

Al finalizar la misa, los asistentes saludaron a la imagen del santo, colocada en una pequeña hermita de madera y adornada por cintas patrias de los tres países en los que desarrolló su labor misionera.

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