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Recibió una ovación por su musical

Elisabetta Piqué
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8 de diciembre de 2003  

ROMA.- "¡Un capolavoro! ¡Un capolavoro!" Entusiasmadísima, la gente -artistas de renombre, intelectuales y gente del espectáculo- hizo fila el jueves por la noche para saludar y felicitar a Alfredo Arias y a Nicola Piovani, luego del estreno en Italia de "Concha Bonita", un musical genial que fue ovacionado por el público.

Arias escribió esta obra junto a René de Ceccaty. La música, que se caracteriza por su inédita transversalidad de ritmos, quedó en manos de Nicola Piovani, el famoso compositor italiano que en 1999 ganó un Oscar por "La vida es bella", de Roberto Benigni. La protagonista de este divertidísimo musical, que habla con gran sentido del humor sobre la fragmentación de la identidad moderna, es Concha Bonita. Una explosiva mujer que antes se llamaba Pablo, y que era un futbolista del barrio de La Boca. Tras llegar a París desde Buenos Aires con todos sus atributos, Pablo se transforma en Concha, llamada Bonita por su exuberante belleza, y se casa con un rico señor que le deja una herencia millonaria. Todo cambia cuando de la Argentina ha llegado Miriam, la mujer que se había enamorado de Pablo en sus tiempos mozos, que ha venido a París para presentarle a su hija adolescente.

En medio de un decorado fabuloso pero simple, con músicas que van del tango al rock, pasando por la rumba, la zarzuela, el bolero y el mambo, tocadas en vivo por una excelente orquesta parisina, en "Concha Bonita" se destaca el trabajo de la protagonista, interpretada por la francesa Catherine Ringer, que es la estrella de un grupo de rock parisino, y el de Miriam, la argentina Alejandra Radano.

Sin ocultar su satisfacción por este nuevo éxito, en una entrevista con LA NACION en un café de la Piazza Navona, Arias explicó que la versión italiana de "Concha Bonita" -cantada en francés, pero subtitulada- es distinta de la que se vio en París.

"En París había un aspecto visual más "espectacular", porque era en una sala más grande y majestuosa. Aquí, en el Teatro Valle, es una versión más íntima pero que permite apreciar más la historia, y hay una proximidad sensorial, humana, con los personajes y muchos detalles que ganan."

-Además, esta versión cuenta con usted...

-En la versión de París, yo no estaba, pero como hubo que hacer toda esta transformación y no se podía traer el decorado; hubo que repensar todo. Pensamos varias opciones y yo decidí estar en el rol de narrador. Creo que los espectáculos tienen que vivir, tienen que irse haciendo, modificándose. Como las personas que se transforman, también ellos lo tienen que hacer. Porque lo importante es que las cosas se muestren. Ayer, con este resultado, decíamos que finalmente, cuando las dificultades están asumidas de una manera creativa, llevan siempre a algo que es interesante. Al principio puede parecer una limitación, y después no: es una nueva lectura, es un nuevo camino que se abre, que da libertad.

-Es típico de los artistas argentinos saber cómo reaccionar con creatividad a las limitaciones...

-No sé; no conozco a los demás artistas, pero me parece que es una necesidad del arte. Yo siempre digo que en la medida en que el arte no está previsto en la realidad, ocupar el espacio mental y físico con una obra de arte o de teatro, es un esfuerzo intelectual y también de juego con la realidad. Y a veces más las puertas se cierran, más interesantes se vuelven. Los problemas nos hacen inteligentes. Si no hubiera problemas para resolver, sería todo muy aburrido.

-¿Qué representa Concha y cuánto hay de autobiográfico en la historia, en la que se entrecruzan la Argentina y Francia?

-Yo necesito que la Argentina exista en una parte, que de alguna manera la obra represente la dualidad o duplicidad cultural en la cual yo me encuentro ahora y desde toda mi vida. Como dice mi psicoanalista, necesito tener un pie de cada lado del océano y tratar de poder vivir esa cultura, que es la cultura argentina, que es profunda, sensorial y de imaginación, y la cultura francesa, en la que tuve que encontrar una especie de estructura y de aprendizaje. Las dos están presentes. También hay una referencia a la obra de Copi, con la cual tuve una relación artística muy profunda, y que me hizo conocer la exageración, la exuberancia, la transexualidad, lo travesti del mundo del cabaret y de la revista de París.

-El mensaje de la obra es positivo: al final, todo el mundo se adapta a la transformación de la vida...

-La representación afectiva cambia a través de la vida; se empieza madre y se termina padre, tía o hermana; se empieza amante y se termina enfermero (risas)... Es decir, es infinito el movimiento de la representación de nosotros mismos. En eso hay un metáfora, que es que a pesar de las resistencias interiores, la gente tiene capacidad de aceptar todo lo que pasa. Tampoco creo que todo es feliz en el mundo, pero sí en la cosa vital de poder entender al otro.

-¿Cómo fue el "enganche" con Nicola Piovani?

-En los últimos años, la música se ha vuelto indispensable para comunicar; acorta el camino con el espectador: la música tiene poder de síntesis; es un camino inmediato, sensorial y sensual, y cuando me pregunté a quién darle la música se me ocurrió Piovani, que hizo la música para Fellini, Benigni, Nanni Moretti, los hermanos Taviani y Bigas Luna.

-¿Lo conocía?

-No; una periodista amiga organizó una cena acá, en Roma, y cuando le propuse "Concha Bonita" aceptó enseguida. Piovani es una persona extraordinaria y trabajamos entre París y Roma, con gran armonía en el entendimiento de la historia.

-Usted va y viene, vive en París, viaja a mucho a la Argentina. ¿Tiene su corazón en Buenos Aires?

-Tengo el corazón en Buenos Aires, pero también en Francia, donde, si no, no podría vivir. Lo mejor que puedo hacer es reconciliarme con las dos partes. Los dos lugares se complementan, sin contar que no hay un lugar perfecto en el mundo. Seguramente ir a la Argentina es ir a buscar un conflicto conmigo mismo, porque me fascina, pero me problematiza. En Francia, en cambio, voy y estudio; es como pasar del ruido al silencio, y es agradable. En la Argentina es como estar en un lío, lleno de voces y ecos, y en Francia no hay eso, porque no está mi pasado. Francia es como entrar en una biblioteca, donde se encuentra el silencio.

-¿Cómo ve la situación política de la Argentina, donde la gente está más esperanzada?

-Uno puede dar crédito, pero será la historia quien diga si teníamos razón para creer. Me gustaría creer que va a haber gente capaz, honesta, que no va a defraudar más una historia. Yo sigo pensando que la Argentina es un país de enorme riqueza personal, pero no entiendo por qué existe una disociación entre lo individual y lo histórico. En Buenos Aires, uno queda sorprendido por el pensamiento, la capacidad, la virtuosidad, pero después la historia va en sentido contrario.

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