Suscriptor digital

Dos días con el Gran Hermano

Una redactora de La Nación , en los ensayos del reality show
Natalia Trzenko
(0)
10 de marzo de 2001  

La primera consigna es desalentadora: el reloj hay que dejarlo en casa.

Si existe algo más intimidante que convivir con 30 cámaras, 70 micrófonos y 11 personas desconocidas es tener que hacerlo sin la seguridad que brinda un reloj prendido en la muñeca. Para acceder al mundo de "Gran Hermano", hay que aceptar que las reglas son otras, diferentes de las del mundo exterior, dispuestas por un ser algo despótico que vigila a sus seguidores con el rigor que le otorga su capacidad técnica.

Para que hoy, a las 21 -cuando Telefé emita el primer capítulo del reality show no apto para claustrofóbicos-, todo funcione sin errores ni demasiados sobresaltos, la producción del ciclo decidió hacer una prueba: durante 48 horas, doce personas (siete amigos de los miembros del equipo de realización y cinco periodistas) harían de conejillos de Indias de este gran laboratorio televisivo.

Así, el martes último me convertí en una de las participantes de "Gran Hermano".

A pesar de las obligaciones profesionales, o tal vez, justamente, para cumplirlas por completo, decidí dejarme llevar por las circunstancias y bailar al son que marcara el invisible detrás de cámara.

Después de una charla previa con Sergio Vainmann y Luis Alberto Quevedo -respectivamente, guionista y sociólogo a cargo del ciclo-, los bolsos desaparecieron de la vista. Era el momento de comprobar que cada uno de los participantes del simulacro hubiera respetado las prohibiciones: en la valija no se podían incluir ni aparatos a pilas ni electrónicos. Los celulares, computadoras, agendas o calendarios no tienen cabida en la casa que, instalada en un estudio de Telefé, está rodeada por una muralla de lonas azules que la mantienen aislada del exterior.

Tanto los elementos de escritura como los artículos de maquillaje deben quedarse del lado de afuera. Es que la misma premisa del juego supone que todo lo que se piense, diga o haga esté al alcance del ojo de las cámaras.

"¿Esto saldrá al aire? ¿Las cámaras van a filmar en el baño? Si queremos salir antes de que se cumplan las 48 horas estipuladas, ¿podemos hacerlo?" Las preguntas se sucedían, el temor estaba sobre la mesa y todos esperábamos las respuestas con la ansiedad funcionando al máximo. Después de todo, durante 48 horas íbamos a perder la intimidad para convertirnos en las presas de un ejército de 150 voyeurs dedicados a no perderse ni un detalle.

El refugio de los camarógrafos

Uno por uno, el grupo de los doce aprendió a manejar el micrófono que en los siguientes días no se desprendería de nuestra solapa. Nos subimos a los autos que nos llevaron a la entrada de la casa. Allí esperaba Mariano Peluffo, el notero del ciclo. Contestadas sus preguntas, entramos.

Contra todo pronóstico, lo primero que vimos fue la oscuridad del pasillo que rodea toda la casa, el refugio de los camarógrafos que, en turnos de ocho horas, observan todo mientras del otro lado lo que se ve es un sospechoso espejo.

Dos segundos más tarde llega la claridad. El jardín de la casa, iluminado como un estadio de fútbol, en pocos metros concentra algo de pasto, una pileta, un gallinero, una huerta y un granero. Durante los 110 días que durará el juego, Margarita, la vaca, y Ernesto, el ternero, serán los mudos acompañantes de los participantes, que diariamente deberán ocuparse de su bienestar. Durante las 48 horas del simulacro, los animales se convirtieron en la máxima preocupación de los jugadores. Entre el temor y la inexperiencia, hubo quien, para diversión del Gran Hermano, quiso cepillar el lomo de Margarita con un rastrillo. Los animales fueron sólo parte de las diferentes pruebas que hubo que superar y realizar para "sobrevivir" en la casa. En el tiempo en que "Expedición Robinson" estuvo en el aire y a medida que crecía su impacto en el público la mayoría se preguntaba si se atrevería a pasar por esa experiencia.

"Yo no vengo por la plata, me anoté para encontrarme a mí mismo", bromeábamos una vez instalados en el interior de la vivienda, haciendo referencia al discurso de los participantes de la versión local de "Survivor". Por haber sido el primer reality show que vio el público argentino, aunque "Gran Hermano" esté hace más tiempo en el aire en el resto del mundo, las comparaciones con el ciclo de Canal 13 eran inevitables y no pasó mucho tiempo antes de que se utilizaran casi naturalmente las nomenclaturas que Robinson nos dejó. El grupo tuvo una Consuelo, un Chopper y un autonombrado Winner entre sus filas.

La casa, decorada con un estilo moderno subrayado por los ramilletes de micrófonos y cámaras controladas por un mando a distancia, no es grande ni pequeña. Parece construida para asegurarse de que la soledad sea lo primero que se pierda y, sin embargo, no llega a resultar asfixiante.

Los dos dormitorios con seis camas cada uno están rodeados por ventanas que, en vez de mostrar el paisaje, reflejan la imagen de sus ocupantes. Una suerte de acuario, en el que en vez de peces se ven personas durmiendo, charlando, viviendo. A pesar de que se puede apagar la luz, nada queda oculto. Las cámaras infrarrojas están instaladas sobre las camas y con cada movimiento se activan, incluso si se trata de un bostezo.

El diseño de los ambientes está regido por la intención de evitar a toda costa los espacios cerrados. En el caso del baño, tanto el lavatorio como el espejo carecen de puertas, mientras que la ducha y el inodoro están protegidos por una puerta, cada uno con su micrófono y su cámara.

La confesión

En las primeras horas de encierro la incomodidad de la vigilancia es tanta como la de compartir la experiencia con once desconocidos. Al día siguiente, el grupo iba a nominar a dos de sus miembros para que uno de ellos fuera expulsado del juego.

La comida de bienvenida no fue tan exitosa como la bebida que sirvió para romper el hielo, que a esa altura tenía el tamaño del glaciar Perito Moreno. El alcohol tiene una entrada restringida en el juego: sólo se permiten, en cantidades moderadas, la cerveza y el vino.

Era difícil evaluar en qué medida el comportamiento de los que estuvimos en la casa fue provocado por el monitoreo constante. Sin embargo, es más complicado aún asegurar si en algún momento conseguimos olvidar que más de cien personas observaban nuestros movimientos y escuchaban nuestras palabras.

Sólo un ambiente de la casa cuenta con cierta privacidad. Es el confesionario. Nada de lo que un participante diga allí podrá ser escuchado por el resto. En esa habitación, un cómodo sillón y una cámara esperan recibir los pensamientos más íntimos de los jugadores. Además, ahí tendrán que votar una vez por semana para decidir quiénes deberían, a criterio de cada uno, abandonar la casa.

Durante el simulacro el momento más incómodo llegó cuando tocó encerrarse en el confesionario para elegir a esas dos personas que podrían ser expulsadas. No fue fácil decidirlo y la culpa causada por la elección, una vez conocidos los nombres, trajo extensas discusiones sobre el tema. Es que, a pesar de que se trató de un juego, algo de la autoestima de esas doce personas se jugaba en esa situación. De todas maneras, fue la experiencia que nos acercó más a lo que vivirán los verdaderos participantes. Ellos tendrán que convivir con los nominados durante una semana entera hasta que el público vote por correo electrónico o telefónicamente y se conozca el nombre de quien tenga que hacer sus valijas, "condenado" a volver al mundo exterior. Allí lo esperarán un ejercito de psicólogos y un productor. Ellos lo ayudarán a readaptarse al afuera .

A pesar de que nadie perdió nunca de vista que las 48 horas en la casa sólo eran un juego para practicar otro más largo, lo cierto es que en alguna medida la votación cambió las cosas. La culpa debía reflejarse en las caras, porque terminadas las horas de encierro, Sergio Vainmann, el guionista, se mostraba asombrado por la intensidad de las opiniones que se escuchaban en ese momento.

Voces desde el cielo

El Gran Hermano, a diferencia de aquel creado por George Orwell en su novela "1984", no tiene cuerpo y, en su encarnación televisiva, tendrá más de una voz. Divididos por turnos para cubrir las 24 horas, los responsables del ciclo serán los grandes hermanos que darán las instrucciones necesarias para que funcione el juego. Los participantes cuentan con un presupuesto limitado para cubrir sus necesidades básicas. Entre todos deberán decidir, listado de precios en mano, que comprarán con él y cuánto de su dinero apostarán en el desafió que les plantee el programa.

Para el simulacro, el juego consistía en recorrer entre los doce 325 kilómetros arriba de una bicicleta fija. Decidimos apostar el 90 por ciento de dinero que, hipotéticamente, necesitábamos para comprar la comida del día siguiente. El esfuerzo fue grande. Había que sentir que, de no alcanzar la meta, iban a comenzar los problemas. La bicicleta se empeñaba en demostrar que a medida que pasaban las horas el objetivo era cada vez más difícil de conseguir. En resumen, de estar aún hoy en la casa, la mesa de la cena estaría vacía.

Rodeados por las cámaras

La casa está construida en un estudio de Martínez. Como se ve en la maqueta que reproducimos arriba, los ambientes y el jardín están rodeados por un pasillo. Allí "vivirán" los camarógrafos y los integrantes del equipo de producción.

Pero ni unos ni otros serán vistos por los protagonistas del insólito juego televisivo. En verdad, toda la casa no es sino una inmensa cámara Gesell. Adentro, llama un poquito la atención que por todas partes, hasta en el patio, haya tantos espejos. En realidad no son espejos inocentes. Quienes están del otro lado pueden mirar sin ser vistos a través de ellos.

Para que el truco funcione plenamente es preciso que quienes se desplazan por el pasillo lleven ropas oscuras. Durante las pruebas, éste fue el único detalle que no anduvo del todo bien. A veces, se intuía desde la casa un reflejo, la sombra de un espía que había olvidado su traje negro.

Los doce protagonistas del reality show

Verónica Zandul

  • Tiene 24 años, es bonaerense y vive sola desde los 18. Trabaja en forma independiente, como maquilladora. Por eso, dicen que está acostumbrada a tratar con mujeres difíciles.
  • Lorena del Valle González

  • Nació en Chubut; tiene 30 años. Está divorciada y tiene un hijo de siete años. Trabajó como promotora inmobiliaria y dicen que tiene personalidad muy fuerte.
  • Tamara Cynthia Paganini

  • Porteña, nació en Mataderos y ahora vive en San Telmo. Tiene 27 años. Vive con sus padres y con sus tres hermanos. Trabaja, pero su sueño es iniciar la carrera de psicología.
  • Gustavo Ariel Jodurcha

  • Tiene 30 años. Vive en Quilmes. Está separado y tiene un hijo de un año y medio. Se gana la vida como pizzero y electricista. Además, canta, baila y hace imitaciones.
  • Santiago Nicolás Almeyda

  • Tiene 26 años y vive en Barrio Norte, con su mamá y su amado perro Tomás. Trabajó como modelo en Italia y tiene un primo notable: el jugador de fútbol Matías Almeyda.
  • Gastón "Toto" Trezeguet

  • Vive en Recoleta con su padre y sus dos hermanas. Tiene 23 años. Le encanta leer, fundamentalmente a Borges; estudió teatro y quiere proyectarse a la fama desde la escena.
  • Patricia Gysella Villamea

  • Es de Córdoba y tiene 29 años. Hace un tiempo quiso ser monja, pero ahora sueña con tener una hostería en las sierras. Muy casera, adora tomar mate y cuidar las plantas.
  • Fernando Navarro

  • Tiene 30 años. Es porteño y actualmente vive en Caballito. Tiene dos pasiones: Boca Juniors y las motos. Consecuentemente, trabaja para una mensajería.
  • Natalia Fava

  • Tiene 27 años y nació en Mar del Plata. Participó en concursos de belleza, trabajó como modelo en desfiles y para publicidades gráficas. Actualmente, organiza desfiles.
  • Eleonora González

  • Nació y se crió en Lomas de Zamora. Tiene 24 años. Está a punto de recibirse de licenciada en Ciencias Políticas en la Universidad del Salvador.
  • Martín "Tincho" Viana

  • Vive en San Isidro y tiene 25 años. Le faltan cuatro materias para convertirse en abogado y se acaba de recibir de piloto aéreo. Estudió durante muchos años artes marciales.
  • Alejandro Restuccia

  • Tiene 35 años. Vive en Ituzaingó y está dedicado a la música. Toca el saxo y da clases particulares. Ama el jazz, sobre todo al gran renovador del género, Charlie Parker.
  • Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?