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Darwin, el pueblo que quedó en la vía

Perdió buena parte de su población desde que no hay trenes de pasajeros; muchos se fueron en busca de otros horizontes
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12 de marzo de 2001  

DARWIN, Río Negro.- La tarde se va lenta por los rieles de la estación. Mucho más lenta que el propio tren pedrero, esa pesada formación que apunta hacia Bahía y todavía les otorga sentido a las vías.

Es sábado y la víspera de feriado no tiene la alegría de otros tiempos. Ya no existe el clásico programa de caminar los andenes, de esperar a un pasajero, de ver al guarda agitando el paño verde, al changarín con la carretilla tijera cargada de bultos ni las manos levantadas saludando a un desconocido como si fuera un amigo.

Sólo queda la porfía de hombres que se asoman porque, aunque sin asientos, aún pasa el tren y el maquinista canjea un "buenas" por una botella de agua fresca. En una de ésas, de puro gaucho nomás, trae un sobre o alguna caja como aquellas encomiendas de los comisionistas.

El pueblo perdió el alma y la gente anda perdida. Porque a Darwin le dieron vida para que fuera la estación más importante entre Bahía Blanca y Neuquén. Esa fue la idea de su gestación y el sentido de su crecimiento. Por eso su imponente playa dotada de nueve vías, la mesa (plataforma) giratoria para cambiar de Este a Oeste, o al revés, la proa de las locomotoras, el gigantesco galpón de máquinas, las decenas de palancas sin descanso en manos de los peones cambistas y todo un barrio ferroviario en el que vivían 2000 personas.

Porque eso fue Darwin, un pueblo ferroviario de 5000 habitantes; pero se fueron desenganchando de la querencia como cuando alguien desenganchó los vagones que llevaban pasajeros. Por eso ahora sólo viven 1000 pobladores, de los cuales unos pocos se reparten los trabajos entre el ferrocarril, los puestos municipales y las tareas rurales. El resto emigró a otras localidades del Valle Medio, como Chimpay, Belisle o Choele Choel.

Y a pesar de todo la estación presta servicios, porque más allá de las oficinas de las formaciones cargueras, un sector se convirtió en la seccional de policía; el galpón de máquinas, en deposito de una fábrica de ladrillos, y los viejos tanques hoy alimentan la red de todo el pueblo.

Claro que ya no están como antes la sala de espera ni la boletería, porque no hay a persona a la cual esperar ni pasajes que vender. Tampoco está allí Omar Rubén Federici, un hombre que trabajó 38 años para el ferrocarril, hasta que le llegó el retiro y abrió un negocio de ramos generales llamado Mercadito los clavos.

A la hora del vermouth, Don Carlos, bebe frente a la puerta de su casa frente a una cortina de álamos: "Darwin no tiene personalidad propia desde que se levantó el servicio de pasajeros. Este era un pueblo ferroviario, como otros lo son rurales, pesqueros o cementeros. Pero nosotros nos quedamos sólo con la vías y en la vía".

Darwin tiene una escuela (la 34), una biblioteca municipal, un centro de estudiantes provincial y una cooperativa telefónica. Su principal industria es de la firma Parmalat, una envasadora de tomates.

Choele Choel queda queda sólo a 13 kilómetros y en la isla grande, bañada por el generoso río Negro, está la localidad de Lamarque.

Allí trabaja Viviana Lastra; ella, su hijo Juan Manuel y su hermana Liliana eran los únicos que en la tarde del sábado caminaban por el estático paseo que hoy ofrece la estación. "Y bueno..., sólo de vez en cuando vemos pasar el carguero, pero de los pasajeros ya ni nos acordamos."

Es de noche y ya no se oye el silbato, apenas el chiflido de algún croto que caminando por los durmientes todavía intenta ordenar a su formación, pero de perros flacos.

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