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Desde las sombras de lo prohibido

MIDDLESEX Por Jeffrey Eugenides-(Anagrama)-Trad.: B. Gómez Ibáñez-676 páginas-($ 39,50)
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8 de febrero de 2004  

Después de que su primera novela, Las vírgenes suicidas, se convirtió en un boom de ventas y en el guión de una película de la hija de Francis Ford Coppola, Sofia, el escritor estadounidense de ascendencia griega Jeffrey Eugenides, nacido en Detroit en 1960, obtuvo el premio Pulitzer por Middlesex, su último relato, muy aguardado por público y crítica. Aunque en los últimos años ha vivido en Berlín, alejado del mundillo editorial norteamericano, su temática y su formación en la Stanford University lo llevaron a recrear en esta novela una perspectiva de su país desde el frondoso imaginario del siglo XX, con el propósito explícito de lograr una "gran novela americana", como lo han intentado varias generaciones de creadores literarios.

El lirismo y la ironía de Las vírgenes suicidas se desliza ahora hacia la recreación de una gran saga familiar que abarca desde la década de 1920 hasta el presente. Middlesex es un texto ambicioso y colosal, de casi setecientas páginas, trabajado con un dramatismo intenso y concentrado. Su estructura parte de la evocación histórica, pero no elude la combinación de subgéneros narrativos como la picaresca, las peripecias de carretera o el gótico urbano.

Como una estirpe maldita, los Stephanides trasladan el gen del hermafroditismo del protagonista y narrador desde Europa hacia América. El relato comienza en forma de gran melodrama histórico. Los hermanos Desdémona y Lefty Stephanides, habitantes de una pequeña comunidad griega en Turquía, deciden en 1922 escapar de la crueldad de la guerra y se esconden primero en Esmirna, luego cambian su identidad y toman un buque de bandera francesa rumbo a América. En ese viaje iniciático, ambos acuerdan olvidar el tabú del incesto y casarse en alta mar, como si el pasado, la ley fundamental y la identidad pudieran también ser arrasados por el fuego bélico. Establecidos en la pintoresca Detroit del naciente fordismo, los hermanos ocultan su relación consanguínea y se apoyan en la falsa generosidad de su prima Lina, una inmigrante que llegó al país y se casó sólo por la dote que su padre había ofrecido a un hombre de dudosa moral, dedicado a la venta clandestina de alcohol durante la era de la prohibición. Ambos matrimonios, que viven juntos, tendrán un hijo cada uno casi al mismo tiempo, Milton Stephanides y Tessie Zizmo. Estos también se casarán entre sí, lo que afianzará el conflicto de consanguinidad. De esta unión nacerá el exuberante narrador, Calíope, una niña silenciosa y tímida hasta los 14 años, cuando se descubrirá como el hermafrodita Cal, futuro agregado cultural de la embajada norteamericana en Berlín.

Aunque las citas homéricas, el comienzo de epopeya y los tonos épicos refulgen en la trama para destacar una presencia griega más allá de la genealogía, el verdadero interés del relato es descubrir una memoria y elucidar una identidad. El viaje hacia la tierra prometida auspicia la llegada a unos Estados Unidos mostrados en toda su crudeza, subrayando la humillación de los obreros de la industria automovilística, el recelo hacia los inmigrantes y los negros y el omnipresente y descarnado materialismo.

Los Stephanides atraviesan el Great Crash de 1929, el mercado negro, los disturbios raciales de la fundación de la nación islámica afroamericana, el reclutamiento para la Segunda Guerra Mundial y para las intervenciones en Corea y en Vietnam, las calientes revueltas urbanas de fines de los años sesenta y la concomitante liberación sexual y de las costumbres. Pero la historia y la sociedad nunca simplifican el relato según una visión naturalista. Por el contrario, la representación humana de Eugenides se dirige hacia la ambigüedad del deseo, el enigma de la identidad, la incógnita de los caracteres hereditarios. Así, lo épico se repliega en lo íntimo y cada nuevo episodio histórico está enmarcado por la narración del presente del protagonista, la duda privada acerca de su extraña sexualidad, la incertidumbre sobre los postulados científicos que pretenden clasificar los géneros humanos, la imprecisión del límite entre el cuerpo real y sus atavíos, maquillajes y disfraces. En la "escapada al paraíso" del último capítulo, otro tópico de la novela estadounidense, Cal exhibe su cuerpo en un canallesco pornoshow de San Francisco junto con otros freaks sexuales y advierte que la fascinación que provoca no viene del horror atávico sino de la belleza desequilibrada y mutante.

Tras la retrospección de una saga familiar o de la memoria emotiva de un país, Middlesex despliega una energía historicista que se amplía en la inquietud visceral de una perspectiva distinta del género biológico: más allá de las escrituras masculinas y femeninas, de los rescates étnicos posmodernistas, de las disquisiciones sobre gender y minorías, se erige este verborrágico narrador intersexual cuya visión estereoscópica impregna una renovada curiosidad por el pasado, el presente y la identidad. La riqueza de la desaforada imaginación de Eugenides nos ofrece, en vez del relato de una sensibilidad especial al que nos hemos acostumbrado en los últimos años, la narración genealógica de una deconstrucción de polaridades (sobre todo hombre/mujer, ficción/realidad, gesta social/experiencia individual), que enarbola el misterio --e incluso lo indescifrable-- como motor de la escritura y de la reflexión.

La intersexualidad de Cal en Middlesex, además de desafiar con humor el discurso genético en los medios de comunicación, es un correlato de la intertextualidad en la estrategia narrativa, tanto que no hace falta leer entre líneas para encontrarse con remisiones a Lawrence Stern, Gore Vidal, Mark Twain, J. D. Salinger, Carson Mac Cullers, Theodore Dreiser, Walt Whitman, Jack Kerouac y James Purdy. Estamos ante una escritura que arrebata y hechiza, que aúna pavor, audacia y belleza, y que transgrede desde la voluptuosidad expresiva y el claroscuro de lo prohibido.

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