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Reflexiones sobre el aborto

Por Alberto G. Bochatey Para LA NACION
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10 de febrero de 2004  

Los argentinos que queremos ser nación sabemos que los seres humanos (mujeres y varones) de nuestro tiempo vivimos un cambio de época apasionante y lleno de desafíos. Todo gran cambio implica el riesgo de perder el horizonte y no saber para quién, para qué y hacia dónde se cambia. Los grandes cambios son válidos y positivos si asumen la historia y la cultura de los pueblos y si ayudan al progreso de la vida de todo el hombre y de todos los hombres (varones y mujeres), manteniendo su identidad, sin crear escándalo y sin perturbar el auténtico avance de las ciencias, la honestidad de las nuevas opiniones y la ética en los comportamientos.

El pluralismo ideológico y político tiene sus consecuencias en el llamado pluralismo moral. Pero estos pluralismos no pueden afectar a los derechos fundamentales de los demás y, sobre todo, los derechos de los más pequeños, débiles, pobres, los sin voz y los excluidos. De un modo particular, no pueden atentar contra el derecho a la vida, que admite una sola moral: respetar la dignidad de la vida humana desde su concepción y hasta la muerte natural. Cuando en nombre del pluralismo moral se aceptan posturas ideológicas que deciden quién puede vivir o quién debe morir, la sociedad se encamina peligrosamente a la repetición del horror de las estructuras de muerte.

Entre los desafíos del cambio se encuentra el de tratar de individualizar los elementos fundantes e imprescindibles para una verdadera cultura de la vida, que pueda ser promovida en el contexto cultural moderno, muchas veces marcado por un escenario creciente e inquietante de la cultura de la muerte, que parece avanzar.

Desde el punto de vista teológico, la singularidad del hombre respecto del universo de los vivientes encuentra su máxima expresión en la unitariedad de su ser. El reconocimiento de la vida como don creado por Dios orienta al mismo hombre a vivir su existencia como un bien que, a su vez, debe donar con gratitud a su creador, eterno manantial de su ser, y a sus hermanos, en un compromiso de ser solidarios y de saber compartir. Sólo así el hombre puede realizarse plenamente. La tradición de la Iglesia ha enseñado siempre que la vida humana debe ser protegida y favorecida, tanto en su comienzo como en las diversas etapas de su desarrollo. El Concilio Vaticano II ha condenado muy severamente el aborto: la vida desde su concepción debe ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables.

Juan Pablo II dice, en Evangelium Vitae : "El aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento. La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo califican".

El respeto por la vida humana, que también es un tema religioso fundamental, no puede ser catalogado como fundamentalista. Quien quiera reducir toda argumentación en favor de la defensa y tutela de la vida humana, especialmente de la vida humana naciente a esta perspectiva, seguramente lo hará por intereses que no se condicen con la verdad, con la ciencia y con la bioética. Desde el punto de vista de la razón, bien se sabe hoy que el embrión humano no es "una parte" del cuerpo de la mujer, sino una sustancia individual de naturaleza racional, un ser individual distinto de ella, un ser humano con identidad genética propia que lo constituye ontológicamente, y que se desarrolla de forma gradual, progresiva y constante por medio de un principio intrínseco, demostrando que no es un cúmulo de células sino un ser personal, un organismo en desarrollo. Es numerosísima la bibliografía bioética en torno del status ontológico, genético y jurídico del embrión, y ninguna persona bien informada y sin prejuicios la desconoce. La vida física humana es un bien moral primario y fundamental que reclama ser promovido, defendido y respetado.

Hoy ya nadie discute la existencia de la vida humana personal en el seno materno. De hecho, todas las justificaciones para propiciar el aborto procurado no aluden a si existe o no vida humana, sino que se elaboran desde el supuesto derecho de la mujer de "gestionar su propio cuerpo" (expresión utilizada en la primera etapa del movimiento feminista, de la década de 1970). En la bioética no desconocemos que han surgido perspectivas sociológicas, posmodernas y relativistas que pretenden dar al ser humano (mujer y varón) y a su corporeidad categorías nuevas con papeles definidos socialmente y sujetos a cambio constante.

Desde la pluralidad ideológica que todos reconocemos y respetamos, se impone que se abra el diálogo honesto y científico sobre estas propuestas, ya que de su validez dependen las fundamentaciones para justificar, o no, el aborto procurado. No es justo pretender que se permita despenalizar y legalizar el aborto si antes no se ha desarrollado un profundo debate cultural y bioético que establezca cómo vamos a respetar la dignidad y el valor de la vida en la Argentina.

La Constitución y la tradición legal vigentes en nuestra patria se han manifestado siempre en favor del reconocimiento explícito de los derechos de la persona por nacer. Es función primordial de quienes administran justicia hacer cumplir la ley vigente, como siempre lo ha señalado la extensa y honrosa sucesión de magistrados en nuestro país.

El nuevo paradigma científico, que nada tiene de religioso, que rechaza la metafísica y al que le interesa conocer las "realidades" más que lo esencial, utiliza metodologías autónomas de la filosofía, cuyo criterio prevaleciente para elaborar premisas universales y necesarias es el de la verificación y no el de la deducción lógica. Esto supone el riesgo de eliminar la dimensión ética y moral en sus fundamentos. Construir teorías sin integrar la ética, además de ser una construcción parcial, discriminatoria y, por lo tanto, no universal, puede llevar a un daño irreparable a la humanidad. Si, además, esto sucede en el campo del respeto a la vida de las personas, queda claro que se instala una cultura de la muerte.

Por todo esto, queremos insistir en la oportunidad maravillosa que tenemos como nación de embarcarnos en la época nueva con propuestas verdaderamente transformadoras para construir al hombre del nuevo milenio en los valores eternos del amor, de la vida, la familia, la salud, la educación, la justicia y el trabajo.

Dejemos definitivamente atrás la Argentina de las ideologías sesgadas y ajenas a las raíces de nuestros padres, de nuestra cultura y de nuestra historia. Apostemos por una Argentina que cuide a todas las personas, nacidas y por nacer. Apostemos por la vida de todos.

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