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Suave sonrisa a la deriva

PERDIDA EN EL MOMENTO Por Patricia Suárez-(Clarín- Alfaguara)-229 páginas-($ 22)
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22 de febrero de 2004  

Desde sus primeras narraciones, premiadas en su provincia natal de Santa Fe, Patricia Suárez (1969), también autora de poesía y teatro, mostró lo que se suele llamar "voz propia". La suya se configura, entre otros rasgos, con un tono sostenido aunque nunca estridente, un predominio del coloquialismo que acoge graciosamente lo vulgar y a veces lo culto, una mirada de extrañeza levemente humorística hacia el mundo, personajes que flotan un tanto a la deriva por su existencia. No escapa a tales trazos esta novela, que obtuvo el Premio Clarín 2003 y lleva un subtítulo en inglés, traducción extendida del castellano: Lost in the moment of what she needs.

La historia comienza con un directo a la mandíbula: Lena Polzicoff, santafecina nieta de inmigrantes rusos, echa vidrio molido en la mayonesa del restaurante neoyorquino donde está trabajando y escapa hacia una deriva dentro de la deriva que su vida ya era. Pasa un par de días en Toronto, alojada en la pensión de una polaca, y tan azarosamente como a había llegado a esa primera escala, marcha hacia el oeste de Canadá, a Calgary. La narración, siempre en tercera persona pero focalizada en la protagonista (o el protagonista ocasional en otros pasajes), mezcla andares presentes de Lena con sus recuerdos de Nueva York y de una santafecina y campestre San Jorge, donde han quedado su madre (el padre le es desconocido) y su abuelo ucraniano.

En un trabajo que consigue en Calgary, acompañar a hombres en cierto bar, Lena conoce a un viejo irlandés ciego, quien pide que le cuente relatos infantiles. La segunda parte del libro es una digresión por contigüidad: el foco pasa al viejo, de él a su hija y de ésta a su amante, un francés que ha emprendido su propia deriva por el oeste estadounidense hasta que decide regresar. Lena ha escrito un cuento, aceptado por un diario hispánico de Vancouver. En Nueva York había tenido un amante, Dennis, gran lector en sus reiterados períodos carcelarios.

La tercera parte vuelve a Lena, que ha conseguido trabajo en un hotel de Banff, no lejos de Calgary (en 2000, Suárez fue escritora residente en The Banff Centre for the Arts). Allí sigue trabando contacto con extraños personajes, como el señor Eugenides, comerciante de Esmirna (uno de tantos guiños literarios, aquí a La tierra baldía de Eliot). Si bien la "voz" de Suárez procede naturalmente por digresión, la última sección se hace menos narrativa y tiende a cierta divagación. Finalmente aparece el escocés Owen, quien despertará en Lena algo que podría ser amor.

La novela juega con un fenómeno frecuente en las narraciones escritas por inmigrantes: la extrañeza lingüística. De allí las oscilaciones de un idioma a otro, entre castellano e inglés, o la inclusión de regionalismos del castellano. En Nueva York Lena ha convivido con una mexicana y tratado a un colombiano, lo que avala que se introduzca y comente léxico tomado de ellos; y, cuando se emplea algún argentinismo, casi siempre es explicado. El recurso, a menudo gracioso, parece a la larga responder menos a una necesidad intrínseca que a un (infundado) anhelo de comprensibilidad en otras latitudes. Quizá en parte por eso no haya un solo voseo.

El conjunto se lee con una media sonrisa entre los labios, y con un placer que sólo amengua cuando, de tanto flotar por diversidades culturales, se hace sentir la necesidad de algún ancla.

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