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Una muñeca que renace con fuerza

"Casa de muñecas", de Henrik Ibsen. Intérpretes: Carolina Fal, Alejandro Awada, Luis Machín, Mara Bestelli y Gabo Correa. Dramaturgia: Ignacio Apolo. Música: Nicolás Posse Molina. Iluminación: Jorge Pastorino. Vestuario: Mini Zucheri. Escenografía: Alberto Negrín. Dirección: Alejandra Ciurlanti. Duración: 105 minutos. Teatro San Martín. Nuestra opinión: Muy bueno
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29 de marzo de 2001  

A pesar de los 122 años que han pasado desde el estreno original (1879), la nueva versión de "Casa de muñecas" -curiosamente muy poco representada en comparación con la trascendencia que tiene la obra- que se ofrece en el Teatro San Martín, cobra actualidad gracias a la inteligente versión de Ignacio Apolo que sacude el polvo que se deposita naturalmente sobre los textos, envejeciendo los conceptos. La adaptación es una brisa fresca que actualiza el drama ventilando una verborragia anacrónica para instalarlo en la actualidad, con un agregado lógico de violencia, pasión y sensualidad.

De esta manera, el drama de la lucha de la mujer por hacer valer sus derechos se hace reconocible, como si a través de más de cien años no hubiera podido erradicar de su herencia ancestral ese lugar marginado, acotado, que ciertas sociedades todavía le imponen circunscribiéndola a los límites físicos, morales e intelectuales, remarcando una ineptitud que frena el ímpetu natural de un desarrollo positivo.

Varias lecturas

Es probable que algunos espectadores, como hace más de un siglo, sólo vean una lectura feminista. Nada más alejado de la intención de Ibsen. En realidad, el autor sólo trata de conferirle a la mujer valores individuales que nada tienen que ver con el género. Y eso es lo que muestra Nora en un juego de hipocresía que la involucra.

Thorvald trata a Nora como a una criatura a la que hay que señalar los límites, mimar y malcriar. Nora, por su parte, encuentra más fácil la convivencia marital si acepta jugar ese papel por complacer a su esposo y obtiene de esta manera lo que quiere. Hasta que un día toma conciencia de que ciertos valores que ella pensó que existían en él sólo escondían la mezquindad y el egoísmo de un hombre débil que no supo comportarse, cuando fue necesario, a la altura de los acontecimientos.

Thorvald perdona cuando debe ser perdonado, pide ser amado cuando cae sobre él la amenaza de ser abandonado. Frente a esta realidad se yergue Nora en toda su dimensión, segura, decidida, sin rencor y sin revanchismo, sólo con dolor y con la serenidad para defender ese nuevo concepto que le ha iluminado el entendimiento. Es una persona, y como tal tiene en el matrimonio el mismo derecho y las mismas obligaciones que el marido. Nora abandona el hogar sólo para reencontrarse consigo misma. Es una puerta abierta para el regreso.

Una composición interna

Si bien Nora siempre fue un personaje tentador para las actrices, como la Duse y la Bernhard, la última versión que se conoció en Buenos Aires fue en 1973, interpretada por Cipe Lincovsky y Héctor Alterio, dirigida por Sergio Renán, sin olvidar aquella exquisita interpretación de Delia Garcés en la versión fílmica de 1943.

Después, pocas fueron las actrices que afrontaron este desafío. Carolina Fal, a pesar de su juventud, lo asumió y con muy buenos resultados. Hay todo un proceso de cambio que la actriz va elaborando, desde una composición corporal que instituye una forma peculiar de caminar o sentarse, la insinuación perversa infantil de mentir mal para obtener inmediatamente el perdón, hasta el juego de emociones que la lleva desde el temor hasta enfrentar valerosamente la verdad, desde un infantilismo artificial hasta la convicción de la madurez plena.

Alejandro Awada, sin escapar de las características de su personaje -envarado, preocupado por las apariencias, exteriormente riguroso y autoritario para ocultar la debilidad de carácter-, aporta una dosis interesante de violencia física y sensualidad que también favorece la actualidad del conflicto. En todo caso, ninguno de los dos es un personaje esquemático atado al pudor, aséptico. En la intimidad son un hombre y una mujer que más allá de las rencillas domésticas mantienen una relación con una carga lógica de pasión.

Esta emoción desarrollada internamente, que resulta por momentos perturbadora, lamentablemente no se extiende a Luis Machín (Krogstad) y a Mara Bestelli (Kristine). El primero trabaja su personaje dentro de los lineamientos caracterológicos requeridos, pero los muestra en un alto grado de exteriorización, no exhibe matices ni sutilezas en su composición y pasa de la venganza más encolerizada hasta el remordimiento más benévolo casi sin transiciones. De esta manera se distancia del espectador.

Algo similar sucede con Bestelli, pero en un trabajo tan interno que no deja traslucir algo de emoción. Tampoco muestra transiciones y niega a su personaje un poco de matices que permitan descubrir algo de lo que le pasa por su mente y su corazón.

Finalmente, Gabo Correa se ve como encorsetado en un esquema que le impide cualquier integración al juego de emociones. Le falta convicción a su personaje para que resulte verosímil.

Claro que también es responsable de este resultado la dirección, que aparentemente se vio, tal vez, más dedicada a una puesta que le dio buenos resultados: ágil, dinámica, con buen ritmo en las escenas, con aportes sonoros y lumínicos interesantes. Contó también con un diseño escenográfico que utilizó provechosamente el espacio de la sala Cunill Cabanellas y trabajó especialmente con material transparente en las paredes para reflejar, por un lado, la fragilidad de esta casa de muñecas y, por el otro, para mostrar a los personajes totalmente expuestos en sus debilidades.

En cambio, el vestuario, que buscó escapar de toda época, no aportó al drama. Fue una convención como cualquier otra, que si bien en un principio llamó la atención por el aspecto uniformado no tuvo mayor incidencia en el drama planteado.

Es una de esas puestas que, indudablemente, con el baqueteo de las funciones puede llegar a crecer en potencia y en logros actorales. Sobre todo porque Ignacio Apolo hizo un muy buen trabajo en la adaptación, sin perder de vista el texto original de Henrik Ibsen.

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