Florencia Peña: con espíritu de capocomico

La actriz ya pasó por todo, de Festilindo a Disputas, pero desde que protagoniza La niñera –el segundo programa más visto de la TV–, su carrera parece haber dado un vuelco. En esta charla con la Revista habla sobre su pasado, sus sacrificios y su maternidad
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14 de marzo de 2004  

La uña mide poco más de dos centímetros. Está pintada de carmín y cuando Florencia Peña la engancha en un descuido, se desprende del dedo y salta sobre la mesa del camarín.

Telefé. Una y media de la tarde.

–¡Ay!, mi uña –dice Florencia, muerta de risa–. Son esculpidas, ésta se me salió hace una semana, pero me da fiaca ir a ponérmela.

Esta actriz de 29 años que trabaja desde los 6 (que hizo de todo hasta que se estrelló con la fama a los 16 gracias a su personaje de la Pechocha en la tira Son de Diez) tiene entre sus manos un personaje que sobreactúa, con pésimo gusto, el arreglo personal. Desde el 19 de enero último, y con resultados abrumadores –22.7 de rating promedio después de un primer programa que midió 29 puntos–, ella es, de lunes a jueves, y por Telefé, Flor Finkel, la versión argentina de La niñera. Flor Finkel, el personaje, adora todo lo que en la vida real Florencia Peña detesta: ropa llamativa, peinados armados con spray, rulos sobreactuados. La boca fucsia, las uñas carmín, las pestañas postizas. El efecto Barbie en general.

–Me veo en la pantalla y me gusta, pero odio tener que hacerlo. Venir más temprano para maquillarme, cambiarme, vestirme. Yo soy todo lo contrario. Para ir a hacerme la raíz del pelo tengo que tener un ombú.

La niñera argentina se graba en jornadas que empiezan temprano, terminan tarde y le exigen a ella cambiar de ropa y peinado entre cuatro y seis veces por día. Dos peluqueros, una maquilladora y una vestuarista se ocupan de transformarla en una versión cada vez más escandalosa de su personaje.

–Este protagónico es una bisagra en mi carrera. Podía salir muy bien o muy mal. Pero salió bien y está bueno desmitificar esa idea machista de que a la cabeza de un programa de humor tiene que haber un hombre. Hacía rato que en la tele argentina no protagonizaba una mujer. Hay una necesidad de la gente de ver otro tipo de humor. Lo que La niñera abrió fue una brecha en la manera de contar y actuar, porque con esto no estamos contando personajes reales. Son todos muñecos a los que hay que darles vida.

Muerde un sándwich, se enrosca en la silla, controla que la uña perdida esté en su lugar, mira de reojo la foto de Tomás, hijo suyo y de su pareja, el músico de jazz Mariano Otero.

–El futuro, el futuro... No sé. Porque, ¿qué hay después de los libros de Sony, escritos por treinta tipos geniales? No sé. Si fuera por eso, tengo que retirarme y poner una fábrica de fideos. No sé. Si te dijera que quiero ser como Niní Marshall..., bueno, tendrías que decir que le den la pastilla, pobre. Pero sé que quiero ser grossa... Me encantaría ser grossa en el humor.

El infierno

Tenía 6 años y le rogó a mamá que la llevara al casting de Festilindo. Poseedoras del número 825, la nena y la mamá esperaron desde las 10 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Hubo un momento epifánico en que Florencia niña cantó la canción El sol brillará y otro en que un productor abrió una puerta y le dijo: "Nena, quedaste".

Siguió una infancia repartida sin problemas entre abuelos, colegio y programas diversos: Chispiluz, La gente del 2000.

A los 12, Florencia niña no tenía una sola curva.

A los 13 le crecieron dos pechos descomunales. A los 16, cuando empezó a hacer Son de Diez, estaban en su mejor momento, y avanzando. Empezaron a llamarla Pechocha. Ella adoptó pose de bomba sexy. Hizo decenas de notas con trompa, traste y pecho afuera. Devino almanaque de taller, nueva mascota nacional, divina nena. Ella dice que fueron cuatro años de pesadillas. Por eso, cuando terminó el programa, no aceptó ninguna oferta de trabajo, y pasó un año y medio buscando rumbo. En medio de esa encrucijada tomó una decisión irreversible. Fue, desde entonces, la-chica-que-se-sacó-pechos. Se mutiló. Por amor a la vocación. ¿Conocen a muchos que hagan eso? Florencia Peña es una flor selecta de ese puñado.

–Cuando pasé los 18, con Son de Diez y esta cosa mía de ponerme en un lugar más sexual y de sex symbol que de actriz, pensé qué hago. ¿Quiero ser vedette, actriz, qué? Y ahí tomé conciencia de que amaba esto que hacía y que no quería sentirme mediocre nunca más.

–¿Llegaste a disfrutar Son de Diez?

–No. No. No. Estaba muy infeliz, muy expuesta. No estaba bueno, nada bueno. De hecho terminó y yo estuve un año y medio sin hacer nada. Durante un tiempo largo fue difícil sacarme de encima eh... tanta... tanta teta. Incluso cuando ya me había operado, porque no me aguantaba más. Cuando me las operé tuve que soportar los comentarios. ¡Huy!, se operó, no trabaja más. Me las operé porque sentía que nunca iba a poder ser buena actriz con ese par adelante. No había cabida para una Sofía Loren en la Argentina. Si sos buena actriz, tenés que ser chata, y lo más fea posible.

El camino que eligió no fue fácil. Hipotecó su casa repetidas veces para producir sus obras. La primera vez fue para hacer La Cenicienta, que estrenó en el Centro Cultural Recoleta. La crítica la detestó. Qué pena la Peña, tituló el diario Clarín un comentario de la obra.

–Fue muy difícil porque me mataron con las críticas. Yo tenía 23 años, y casi me matan.

Después cantó tangos junto a Guillermo Fernández en Romeo y Julieta, actuó en espectáculos infantiles, hizo Monólogos de la vagina y Desangradas en glamour, y hasta pasó por el humor chabacano con Poné a Francella, programa en el que hacía un personaje caricaturesco y exagerado que le valió una nominación al Martín Fierro y elogios desmesurados de la crítica local. Desde ese momento, Florencia empezó a ser algo así como un Olmedo con faldas, una actriz de culto oculto. Siguieron un magazine de la tarde junto a Marley y una prostituta –Majo– en Disputas, el programa de Adrián Caetano que se vio en 2003 por Telefé. Todo eso, y veintitrés años de trabajo, la trajeron hasta esta que es, según la Sony, la mejor versión de La niñera fuera de Estados Unidos.

–Ahora pasa todo lo contrario. Parecería que nadie puede hablar mal de mí. Ahora yo salgo en la revista Veintitrés, cuando antes, si hubiera existido, me habría destruido. Y sí, es un poco hipócrita todo, pero yo me río. Me siento talentosa, me siento una buena actriz. Sería una estupidez decir que no. Me parece que la gente vio todo el esfuerzo que hice, esa necesidad mía de sacarme el disfraz y ponerme otro. Eso generó respeto. Eso produjo como un clic.

Si la vida de Florencia Peña tuviera música de fondo, sería ese frenético crescendo musical que acompaña a las películas de suspenso. Hizo varias cosas desfilando en la boca del miedo. La primera, comprarse a los 19 años una casa de 90.000 dólares cuando sólo tenía 40.000. Y casi perderlo todo.

–Después de Son de Diez lo pasé mal económicamente. Tuve que vender todo y cuando estaba por vender mi casa apareció un laburo. Me acuerdo que fui a hacer un casting al 13, y el de la puerta, que me había visto todos los días durante cuatro años, me dijo "¿Usted dónde va?" Ahí pensé pucha, este aprendizaje no se termina más. Era el casting para Sueltos. Me tomaron. Me preguntaba: "¿Un casting, hay necesidad de hacer un casting?" Pero, bueno, me consolaba pensando: "Necesito trabajar, necesito volver para mostrarle al mundo... que la Pechocha ha muerto".

Ahora es madre y eso sí no estaba en los planes. Sin embargo, hacía tres meses que estaba con su actual pareja, Mariano Toledo, cuando sintió que algo no era igual que siempre. Iba a cenar con dos amigas. Compraron empanadas, fideos y un test de embarazo. Mientras los fideos hervían, el test se declaraba positivo con dos rayitas temblonas, indefinidas.

–Yo no lo podía creer. Entonces, con muy poco tacto, lo llamé a Mariano por teléfono y le dije: "Mirá, Mariano, acabo de hacerme un test de embarazo, me dio positivo, pero no estoy segura. Traeme otro". Trajo otro, lo hicimos, y faltaba un megáfono que dijera: "Estás embarazaaadaaa". Y ahí fue una mezcla de emoción, de ¡Dios mío!, cómo sigue mi vida. Y la sensación era que, más allá de que Mariano y yo estemos toda la vida juntos o no, la situación de ser una familia nosotros tres estaba bien. Intuitivamente sentí que tenía que traer a Tomás al mundo. Porque yo soy muy adicta al trabajo, siempre estoy haciendo mil cosas y si yo hubiera tenido que decidir cuándo ser madre, creo que no hubiera podido. La única manera era que se hiciera cabida él. Y se la hizo. El me vino a hablar del para siempre, que es algo a lo que yo le tengo mucho miedo. Sentirme atada.

Sentirse atada. Por eso, dice, no se casa. Porque el casamiento, con todos sus para siempres y sus nunca jamases, la sigue aterrando como el primer día.

–Le huyo, porque esa frase, Hasta que la muerte los separe, me aterra. Pero Tomás es para siempre. Esté o no esté, es para siempre. Por un lado, soy muy independiente y por el otro, tengo una gran necesidad de la raíz. Esa dualidad es la que me hace estar todo el tiempo alerta. Me encanta la familia, pero también me encanta dudar de la familia. Porque si dudo, me dan ganas de conservarla. Y por otra parte... no sé, nunca estuve con civiles. Yo digo que todos los que no se dedican al arte son civiles, y no sé cómo es estar con un civil. Me parece que me aburro porque el civil se come el póster. Florencia Peña, la actriz, la famosa.

La actriz famosa que antes de ser niñera fue prostituta, con Belén Blanco, Dolores Fonzi y Julieta Ortega bajo la batuta directriz de Mirta Busnelli, en Disputas, ahora, como Florencia Peña, con el rímel chorreado hasta las mejillas se acomoda un rulo. Y pregunta. Florencia Peña pregunta.

–Tampoco hay tanto que perdonarme, ¿no?

Para saber más

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Agradecemos a Kosiuko, Reebok, Jazmín Chebar. Maquilló Luz Olivieri, 4804-0417; peinó Darío Calcagno con productos Sebastian, 15-4189-5088;asesor de vestuario, Jorge León

Cómo nació la niñera

Axel Kuschevatzky es el asesor fílmico y creativo de Telefé y uno de los adaptadores de La niñera junto con Diego Alarcón. Cinéfilo, fundador de la revista de cine La Cosa, no es la primera vez que está involucrado en un proyecto que rompe con la manera tradicional de narrar en la TV. Axel fue el que llevó el piloto de Los Simuladores a Telefé. Ahora es corresponsable de adaptar los guiones de la Sony al gusto local.

–La gente de la Sony, que vende formatos de varios programas, ofreció la posibilidad de adaptar una sitcom y el director artístico de Telefé dijo: "¡Huy!, hagamos La niñera". Nadie esperaba que fuera tan bien. Es la primera vez que la Sony vende el formato a un país de habla hispana. La teoría que hay en la tele es que la sitcom es muy norteamericana, y que la gente no la entiende. Nosotros no creíamos eso. La niñera es la historia de La Cenicienta en la que se basan el 80 por ciento de las novelas. Y es la gran fantasía argentina, subir en la escala social. No quisimos apuntar a una cosa costumbrista. Esto es más una combinación entre cuento de hadas y caricatura, pero era importante que hubiera referencias argentinas. La gente de Sony dijo que ésta era la mejor adaptación de todas las que se habían hecho en el mundo. Florencia está genial. No amarrocamos en términos de guión con ella. La hacemos hacer cosas que van desde lo hipersutil hasta lo más físico, y ella no lo piensa, se tira a la pileta y dice sí, lo hago. Estuvimos ensayando un mes antes de salir al aire porque una sitcom es como una partitura musical, tiene una rítmica que no da respiro. Y nos ha ido bien. Lo más interesante es probar cosas que en la tele argentina no se hicieron. El formato de media hora, la sitcom. Todos decían no, no va a andar, pero el público es mucho más inteligente de lo que el periodismo y los expertos de marketing creen. La audiencia siempre está un paso delante nuestro.

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