Luis Alberto Spinetta

Ha cambiado. Hace un año y medio que vive solo. Obliga a los animales a hablar por el. Y engordó un poco.
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1 de julio de 2001  

No quiere saber nada. De nada. No le importa nada.

–No importa, no importa…

¡Es que no quiero contarles nada! ¿Entendés que no quiero contarles nada? No les quiero vender nada, no me interesa. No les quiero dar nada de mí, ni hacerme el gracioso, ni darles ideas. ¡¡No!!

Quince días antes de este reportaje, se había reunido con los jerarcas de su compañía de discos, ejecutivos de enjundia ansiosos por promover Silver Sorgo. Y les había dejado algo claro:

–Yo no voy a hacer ninguna nota

de nada.

Como presumió que su frase podía haber sonado confusa o pasible de malinterpretaciones, fue más específico:

–Yo no voy a hacer ninguna nota de nada.

Luego olvidaría eso.

Cuando se encontró con el editor de fotografía de esta revista, dejó clara otra cosa:

–No me vas a sacar ninguna foto. Las fotos te las voy a dar yo. Si no, no te doy ninguna nota. Y si te la doy, te la doy en exclusiva. (Luego olvidaría también eso.)

No hablar. No mostrarse. (Bueno, después se olvidará.) Desde que al Flaco se le ocurrió deformarse, deformó toda paciencia humana en un radio de diez hectáreas.

Agotados, desparramados, abrumados, doblados como pajaritas de papel, debimos entonces darle la bienvenida al Gordo Spinetta.

Un tipo desagradable.

–El Gordo, básicamente, tiene mucho poder. Es un leguleyo que puede hacer matufias y ganar plata por coimas hasta cualquier nivel de corrupción. Sus comidas son pentatlones de la alimentación… ¡El Gordo les hace juicio sumario a todos los alimentos! Porque hay una diferencia entre alimentarse y depredar la comida… Hay gente que es asesina de canapés, diferente de la gente que tiene que comer para no debilitarse… ¡Y el Gordo puede pagar gatos caros..! El Gordo es como la representación de todo lo que no soy, y por otro lado la reubicación de lo que yo tengo que ver con eso. Es el enemigo. Me puse en el mismo lugar del enemigo. Ya no solamente debe tener un uniforme, el enemigo, ¿entendés? Ese tipo está en el seno del poder, de la política, de la cultura de la Nación, e interviene para su beneficio. Engorda porque está lleno de porquería. Y, obviamente, el Gordo es un cachetazo a mi propia imagen, también. O por ahí, tomé mucha cerveza y me puse así (se ríe).

“Y hay que impedir que juegues para el enemigo… Madre de la vida, por favor ilumina a la gente… Sube y vuela tu mirada hacia el mar. Y es que nada, nada cambiará mi amor, y hay que impedir que juegues para el enemigo…” (“El enemigo”, Silver Sorgo)

–la gente que va a leer esto no quiero que sepa de mí.

–¿Cuál es el problema?

–Yo no tengo ningún problema. ¿Por qué “no quiero que sepan de mí?” (Ingresando en Paranoid Zone, Zona Paranoica, de aquí en más llamada simplemente PZ) Porque la gente quiere saber tooodo de tooooodo. Por ahí las lesiones con respecto a inmiscuirse en mi vida privada (cuando estuve de novio) me han afectado tanto, que ahora no tengo interés en que sepan absolutamente nada. No aporta. Ni a mí ni a la gente. La gente me encantaría que escuchara buena música; no necesariamente la que hago yo: buena música. Punto. ¿Entendés?

El aire se mueve, un poco. La Vieja, asistente y columna estructural del Planeta Spinetta, ha atravesado la habitación como un espectro, silencioso, discreto, gentil. No es muy alto, ni muy joven. Tiene hombros de percha, el cuello ancho y la sonrisa apenas dibujada, como quien chupa un carozo de aceituna. Mientras desanda el trayecto, desaparece. Antes de saludar, ya se fue.

–Ese hombre parece no pisar el suelo…

–Lo que pasa es que La Vieja estuvo en la academia de Kung Fu y aprendió a caminar sobre papel de arroz. Le sale fenómeno. A lo único que le escapó es al brasero con la marca del dragón. Les dijo: “No, el brasero no: yo te hago mate”. Y lo eximieron.

–¿Por qué te lo pasás dibujando autos?

–Por Fangio, porque el apogeo de la carrera de Fangio fue en mi infancia y entonces los Turismo Carretera largaban ahí en Figueroa Alcorta y daban la vuelta por el Tiro Federal, o sea, a dos cuadras de mi casa. Incluso estando dentro de mi casa escuchaba pasar los autos en los entrenamientos… Y a la noche era una fiesta: salía toda la gente a la calle, a ver la carrera, como cuando pasan las motos en Amarcord, de Fellini, y todo el pueblo las espera, de noche, con fuego... ¿Viste Figueroa Alcorta y avenida Udaondo?

–La cancha de River.

–Sí, por la puerta del club River Plate pasaba la caravana de autos, a mucha velocidad, haciendo un ruido, un olor inconcebible… Doblaban por Libertador hacia Olivos, y después agarraban la ruta. Tengo noción de eso desde los 2, 3, 4 años… ¿Cómo no me iba a hacer fan? Aparte, siempre dibujé autos, todo el tiempo.

–¿Tenés diseños propios?

–Sí. Pero soy tan burro que un día le mandé mis dibujos a la Academia de Arte de San Francisco, que es de donde surgen los mejores diseñadores de autos, y era un www y lo que mandé vino de vuelta, ¡porque lo mandé a un sitio y no a un e-mail!, ¿entendés? Soy un tarado.

–¿Y no lo intentaste de nuevo?

–Ya me dio fiaca… No lo considero tan importante; nunca me dediqué bien-bien a eso. Permanentemente, mientras hablo por teléfono, lo que sea, yo dibujo autos. Es como una manía; es una obsesión. Dibujo autos sport del futuro. El automóvil es como ese conocimiento transitorio…

–Sí, del tránsito.

–Sí, bueno, sí… Pero es transitorio porque es… un mundo que se mueve. Cuando vos conducís un automóvil es la alfombra mágica, de algún modo. Yo tuve algunos buenos autos y sé lo que es tener un auto hermoso. Pero básicamente los autos, para mí, son para mirar. Son objetos bellísimos. Bellísimos. Y bueno, eso empezó con Fangio pasando a dos cuadras de casa…

–¿Tu casa tenía jardín?

–No, no tenía jardín, nunca tuvo jardín. Tenía un patio abierto, porque era tipo casa chorizo. Había una parra, y el toldo. Cuando el toldo se abría, entraban los insectos. Yo de chiquito tenía muchos problemas con los mamboretás. Y en mi casa aparecían mamboretás así de grandes y yo estaba todo… ( se agazapa en la silla ), y mis tíos y toda la familia se reunían alrededor del mamboretá, tipo: mirá, mirá lo que hacen, mirá esto, mirá lo otro, porque era un espectáculo. Pero para un niño era algo revulsivo que me llenaba de violencia y no sabía para dónde correr. Y si el bicho salía volando era un desparrrramo, yo salía rajando. Se comen lo que sea, se comen a otros mamboretás, son voracísimos. Aparecían muchos mamboretás en esa época; había otra fauna…

–Y también había babosas. Ahora no hay más babosas.

–(Se ríe.) Las cosas que hemos perdido.

Sigue riendo. En el lapso de un minuto, sentado, realiza tantos movimientos corporales que sólo por milagro la estructura de la silla no cede. (Haber nacido con varias vueltas de cordón umbilical al cuello, al parecer, deja sus consecuencias.) El pelo, bastante largo, revuelto como si viniera de volar en aladelta sin casco, se ahoga bajo un gorro de lana de colores chillones, de la misma marca para infantes donde suele comprar ropa para Vera (9). Los años no le pasan. Le suceden. A los 51, Luis Alberto Spinetta es un adolescente hiperquinético, un chamán adulto, repleto de testosterona, adrenalina y galaxias que deambulan ingrávidamente dentro de su corteza craneal.

Ahí vuelve La Vieja, otro que deambula. Prepara algunos bifes. Y una ensalada de tomate sin condimentar.

–Básicamente, el ser de La Vieja está constituido en un 70 por ciento de mate: eso lo acredita como Dios. La otra parte de su ser es Chester y Coca-Cola; pensá que mi disco, originariamente, se iba a llamar Chester de violencia…(ríe.) Aníbal [Barrios, La Vieja] trabajaba en la empresa de sonido de Toro Martínez y Héctor Starc, y nos conocimos durante la vuelta de Almendra, en el 79. Y como una vez, mientras él soldaba, yo le empecé a cebar mate, se enamoró de mí. Salimos como cinco o seis años (Larga la carcajada.). Aníbal es básico para mí, en todo momento.

Le pone aceite a los tomates.

–¿Vos no te clavás medio?

–¿Perdón? –Giro la cabeza. El que sonríe es Dante (24), sentado a mi diestra. Está grabando en La Diosa Salvaje su opus solista, un funk latino ensordecedor y descalabrante.

–¿No te clavarías medio? –repite, solícito.

Blande un bife con el tenedor.

–No –agradezco. (Culpa mía, no andar con martillo.)

Dante se encoge de hombros y lo sepulta bajo una tonelada de mayonesa.

“Las cosas que no se pueden creer, a los 51 años. La impunidad de una especie de economía de guerra, padecida generación tras generación con el agraviante (sic) de la lesión infligida al pueblo por la traición de las dictaduras, o sea, como que el producto actual no es solamente eso, básicamente es la insoportable continuidad… La lesión incurable de los medios de salud, que sólo superviven gracias al genio del médico argentino y su amor a la vida, porque lo demás… no va.”

“Los miedos, la pérdida de la visión. El miedo a ser torturado al toque por el Estado…”

–Esto lo hice el otro día, pero porque me ilusioné.

–¿Con qué?

–Con que estaba escribiendo bien.

Treinta y tres años –y treinta y dos álbumes– después de Almendra, el tiempo da señales de vida: Spinetta usa anteojos. (La presbicia y el astigmatismo le dificultan reconocer las perillas de los equipos.) Detesta los lentes. “Son horrorosos. No soy yo. Aparte, los lentes me agrandan los ojos y no me gusta. Me gusta conservar mis ojos de carnicero, los ojos pequeños.”

–A esta altura, ¿dirías que tenés algunos “antes” y “después”?

–Cada media hora. Tuve muchísimos, pero… si esnifé (sic) y dejé abruptamente de esnifar, muchos años atrás, ese cambio fue… (Hace una pausa.) Veo a los mejores colegas de mi generación destruidos, como dijo Ginsberg, por un raviol. Déjense de joder. A mí no me iban a agarrar muy fácil con ésa. Por desgracia tuve una época en que me gustaba y le di. Pero terminó. Ese es un antes y un después. Yo empecé en los 80 y todo terminó en el 92. Exactamente el 31 de diciembre de 1991. Así.

–De golpe.

–Una decisión interior profunda. Yo no estaba tratando de jugar. Es una de las cosas más importantes que me sucedieron en mi vida: es vida o muerte, eso. Ahí sí necesitás tener poder. Pero ese poder no te lo da el que llenes conciertos o que vendas 800 mil discos. Te lo da tu propio corazón y la certeza de no estar más coimeándote a vos mismo, porque te sigue gustando algo que ya no te gusta ni te hace bien. Esa es la primer coima que te comés: la de meterte algo que te hace daño. (ingresando en pz.) Yo nunca dejé de cumplir con mis obligaciones, nun-ca, pero… terminó ese mundo para mí y agradezco mucho esa decisión de mi vida. No sé a quién se la agradezco… Porque creo que, si hubiera sido por Dios, yo seguía tomando, ¡porque cada vez toma más gente y, no sé, parece que Dios es el primer vendedor…! (Piensa.) Los amores también son un antes y un después.

–“Sus ojos al final olvidaré…”

–Yo estaba tan obsesionado con Cris [Cristina Bustamante] que pensaba que no iba a poder seguir viviendo sin ella. “Sus ojos al final olvidaré”: lo propuse a través de una canción [“Blues de Cris”, 1972] y a mí esa canción me ayudó como esta decisión en su momento: entender que podía separarme de eso. No de ella, sino de eso, de ese problema. Por otro lado, un problema sin solución ya no es un problema….

–Dijo Calamaro.

–No, eso lo dije yo primero.

–Bueno, al final es un proverbio chino.

–Si es chino, entonces ya no es de nadie. Porque los chinos son todos nosotros, antes.

“Esta republiqueta es frigida.”

Está acodado sobre la mesa, poniéndose y quitándose la gorra de lana hasta que el marulo le queda como un macetón de ruda. Pasa del encanto al enojo y del fastidio a la neurosis con el arte de Ulises Dumont. Histérico. Histórico, como él mismo se reía en “No seas fanática”. Histórico, claro. Por supuesto.

–Esta republiqueta frígida no me va a dar, mientras yo viva, la oportunidad de saber que Vera y el resto de mis hijos van a tener buenos hospitales, buenos colegios, entendés… Buenos hospitales y buenos colegios. ¿Quién quiere pagar impuestos en un país que tiene estos hospitales y estas escuelas, estos sistemas de seguridad social? ¿Cómo es posible, entendés? Mi viejo, Luis Santiago Spinetta, hace nueve años que le está haciendo juicio al Estado para que le reivindiquen su jubilación. Me da vergüenza.

–Solía decirse que el sistema prefiere gente analfabeta y sin acceso a los servicios de salud, como una forma de dominación.

–(Indignado.) ¡Ese es un viejo mito de la izquierda! ¡Como el de la colonización cultural! Creo que el complot, en esa dimensión, sí puede existir en algunos individuos que tienen la cabeza requemada y quieren joder a la gente; de hecho, existen en todo el mundo y en todas las culturas. Existieron siempre. Pero eso mismo es lo que va a generar su tumba. Porque esos pueblos oprimidos, tarde o temprano se despiertan y los pasan a degüello. Entonces lo que quiero decir es que es mucho más fácil organizar una revolución sin sangre, poniendo las cosas en su lugar de manera civilizada, no a los tiros ni haciéndose un constante boicot. Eso es típico de la ignorancia, ¡¡típico de gente mal alimentada y mal educada y mal asistida cuando sufrió..!! (Está furioso.)

–Difícil que los desposeídos lucubren una revolución positiva con el estómago vacío…

–¡Claro! ¡Se va a generar una revolución barbárica, una libanización! (ingresando en pz.) Creo que no es ése el camino, simplemente. Empieza con los piqueteros y va a terminar con otras cosas… Creo que es mucho más profundo de lo que yo puedo ver en este momento. Honestamente. A mí se me ocurren cosas más salvajes, como que toda la gente haga las cosas bien, desde su puesto (sonríe) y los re-tar-da-dos de siempre, que tiran paratriqui, que hagan lo que quieran… ¡Tarde o temprano, si la mayoría que triunfa es la gente de buen corazón, los otros van a quedar desplazados! (Golpea la mesa.)

–Hablabas de mentiras de la izquierda. Tu militancia política fue por ese wing…

–Yo iba a reuniones de las Juventudes Argentinas para la Emancipación Nacional, la organización dirigida, entre otros, por Rodolfo Galimberti. Ibamos con Emilio del Guercio. Eramos militantes. Y no sabíamos bien hacia qué lado girábamos. Por ejemplo, se hablaba de que la Patagonia era un plan judío, por lo cual se encendían ideas antisemitas; o se hablaba de la globalización del mundo y había historiadores y gente que daba clases… porque eran como clinics de política y de historia. Después pasaron otras cosas. Porque con Emilio fuimos a la primera manifestación y, cuando en Plaza Once nos dieron con gases lacrimógenos, nos vinimos los dos y nos quisimos morir y dijimos (con aire cansino): “No vamos más, loco… toquemos la viola”, viste, que se maten ellos.

–¿Cuántos años tenías?

–Tendría 17 años, 18… ¡Inclusive llegué a hacer un escrito de mi puño y letra, es una cosa de la que me avergüenzo, pero llegué a escribir cosas medio… con tono antisemita! Es horroroso… Y eso te da una idea de la desorientación de uno, porque yo ya había compuesto el “Tema de Pototo”, ¿y qué tenía que ver eso con lo otro, entendés? ¿En qué íbamos a terminar? Nos iban a torturar y a matar a todos, si seguíamos así. ¿Entendés? Algunos tipos tienen los cojones de salir y hacerse combativos y jugarse la vida por sus ideales; otros… no. Por ahí, si un hijo mío corre peligro, pongo el pecho, pero de ahí no paso. (Piensa.) La verdad, no creo que me caracterice por tener un temperamento tipo gladiator. Menos mal que nos rajamos de ahí; menos mal que empecé a reconsiderar miles de cosas que pensaba y me dediqué solamente a tocar música. Si no, hubiese sido un muerto más, en una guerra ridícula.

–“Compañero, toma tu fusil/ ven y abraza a tu general…”

–Esas son palabras de Emilio [“Camino difícil”]. Emilio siempre fue más politizado que yo. Inclusive me decía que yo era esnob, y me parecía que estaba bien que me dijera eso. Yo prefería ser esnob lúcido y no un verdadero intelectual con ideas retardadas. Emilio por suerte no es así, pero de alguna manera ha continuado con cierta idea de eso, porque inclusive tiene –o tuvo– gestiones en el Gobierno. Yo perdí todo aquello. Me encanta escribir e hice ensayos de filosofía, pero al ver cómo se ha traicionado la política en sus propios bandos, bajo sus propias banderas; al ver cómo se extinguieron las ideas del comunismo; al ver que la política que luce para los ojos del mundo como la más justa, es la más depravada; al ver como los popes religiosos son los que acaparan el máximo poder, contraviniendo el origen de la religión que profesan… te da impresión; ya sabés que el camino no es ése. Ese es un camino… je, circunstancial, como el de un auto, casi.

–¿Los músicos tienen poder?

–Je, sí, de convocatoria.

–¿John Lennon…, Bob Dylan..?

–Me interesa mucho más Lennon que Dylan, en cierto sentido. Su música, sus actitudes, son un poder… una especie de justicialismo de la belleza. Aparte, a mí no me gusta la gente que cambia de religión [Dylan, judío de nacimiento, se convirtió al cristianismo en 1979]. Preferiría no tener nunca una religión, antes que cambiarla. No me gusta lo ambiguo. Lo mismo que haber estado con el Papa. Creo que uno sólo puede hacer ese tipo de cosas por miedo, o por tortura psicológica, entendés, pero… (hace una pausa) “No me verán arrodillado”, dijo Fito. Es una de las frases más lindas del rock. Nombro esa frase porque podría decir otra, mía, pero me parece muy buena la de Fito.

–¿Y cuál es tu frase?

–“Nunca voy a aceptar las condiciones del enemigo.” Prefiero el estilo japonés. Me quito la vida antes de entregar mi verdad a las fieras. Es una cosa teórica. Nosotros somos privilegiados, y entonces, viste, uno dice eso (ríe) porque está en la comodidad de saber que muy difícilmente tenga que apelar al suicidio porque lo persigan… ¿Por qué me van a perseguir a mí? ¡¿Por los tonos?! Bueno, entonces mi misión es escribir cada vez mejores discos.

–Pero tocar en vivo no querés.

–Es como un espíritu beatle que me ronda. Es decir, medio como que prefiero grabar, nada más, y no tener contacto con la gente. No sé por qué. Es un tema que pasa absolutamente por adentro. (ingresando en pz.) Mi intención es desaparecer por completo, pero no mi obra, ni lo que pueda llegar a hacer. El personaje, físicamente, no aporta nada. Si uno tiene ganas de tocar va a dar algo bueno, si no tenés ganas de tocar, ¿para qué hacerlo? ¿Para ganar guita? Casi nunca no tuve ganas de tocar. Ahora no tengo ganas. Es como un duelo interno. Cada uno sabe cuándo se le va a terminar. Yo no sé cuándo.

–Pero la gente…

–¿A qué ayuda que yo toque para la gente? Si cuando he estado cantando “Imagine”, de John Lennon, en una plaza del centro de Buenos Aires, al Mono Fontana le arrojaron un bidón de esos de ginebra… ¿Entendés? Algunos son asesinos. No sé cómo encararlo. Hay momentos en la vida en los que no tenés ganas de que te aplaudan ni recibir ningún tipo de halagos de esa naturaleza, ni materiales ni en el plano espiritual. (Ingresando de nuevo en PZ.) Si a eso vos le bajás línea, lo traducís y pensás que yo no colaboro con producir un efecto beneficioso con mi música, sonamos. Pero a la vez la gente demuestra que va de a cientos de miles a ver a algunos conjuntos, y les compran de a muchos miles de tickets y discos. Ahora que se supone que hemos avanzado, y que hemos recibido a los Rolling Stones, y que no hay más fronteras en muchas cosas, ¿cómo puede ser que la gente escuche las porquerías que escucha? ¿Cómo es posible? En última instancia por ahí siempre me vino bien no haber sido un gran vendedor de discos, así, mortal, porque andá a saber si no me hubiese cambiado el bocho ante toda esa riqueza…

–¿Te da miedo?

–¿Cómo me va a dar miedo el pasado? A menos que tuviera la máquina del tiempo y tuviera que ir ahí a corregir algo… (se ríe). No me da miedo irme al pasado y pensar en lo estúpido que fui.

Hace un año y medio que vive solo. Le encanta que las cosas se agiten a su alrededor. La omnipresencia zen de Dante. Hablar por teléfono. Sus cuadernos repletos de apuntes garrapateados, poesías para canciones y autos diseñados con finos trazos de lápiz negro. La televisión que le regaló Catarina. Todo x $2, carreras de Fórmula 1, Discovery Channel, History Channel… (“Ahí muestran the human struggle, la lucha humana. Esa es la historia real. No soy belicista, ¿eh?”)

–¿Te aburrís viviendo solo?

–La verdad que no me aburro; extraño otra forma de diversión, pero eso no quiere decir que me aburra. Tengo tantas cosas para hacer… Ahora es una etapa un poco más de impasse, porque después de Silver Sorgo no estoy grabando ni mezclando ni nada. Pero tengo otras canciones nuevas para el próximo disco. Tengo unas canciones mortales. Hay una canción que podría quedar sólo con el poquito de letra que tiene, pero no porque no se me ocurra el resto de la letra, sino porque así queda muy bien: “No hay nada que decir, y así refleja el cisne, así, el agua en sus alas”. Pero ésa es la única frase escrita y se me ocurrió que el resto podría ser así “Na-na-na-na-aa” (canta). Está buena.

–Pero le vas a poner letra…

–Probablemente tenga que hacerlo, para que sea más vigorosa… No me imagino que todo sea ta-ta-ta, la-la-la… Sería una chiquilinada. ¡Tengo que asumir la responsabilidad de ponerle una letra!

–Bueno, no sos un chico…

–Yo nunca crecí.

–¿Sabe eso tu familia?

–(Ingresando en PZ.) Las relaciones de familia son privadas… y son maravillosas. Porque la relación que tengo con mis hijos es excelente, con los cuatro, y con mi ex señora tengo una excelente relación que me permite… estar feliz. Podríamos tener una relación muy incómoda e infeliz, como a veces sucede con un hombre y su ex mujer, o con una mujer y su ex marido, y tener problemas, reclamos… Acá el amor y las ganas de crecer hicieron, en los años de pareja, en los años de hijos, inclusive ahora en la separación, su efecto bienhechor. Eso es el producto de mi vida: apreciar verdaderamente lo bien que salieron varias cosas.

–Siempre dijiste que no hubieras querido que tus hijos se dedicaran a la música. Y ahora también Catarina está tomando lecciones de canto...

–¡Llegué a contestar que para mí mis hijos podrían ir a la Vucetich..! Bueno, todos los críos quieren probar lo que hacen su padres, aunque sea por pensar que en eso van a funcionar. Después, si tienen talento o no, ya es una cuestión más de tipo adn, ¿no? Ya tu hijo es él, no es ningún seudópodo de uno, ni nada; es un nuevo ser, nace, y si es músico es músico…

–¿Y qué, probaste hacer de lo que hace tu papá?

–Mi viejo es poeta y músico. Pero es un trabajador, carpintero, arregla guitarras. Mi madre es cruci... granógrafa (ríe.) …gramógrafa. Es una gran lectora, una ávida lectora de medicina; es como una especie de médico total. Es una médica total de sí y de todos nosotros.

–Tu hermano Gustavo también salió músico…

–Sí, pero además Gustavo es un escultor de la hostia…

–Lo tiene escondido.

–Sí, lo tiene muy tapado. Si vas a la casa de mis viejos y ves lo que ha hecho en estos años, en cerámica... Cuando yo mismo lo veo tampoco puedo creer lo lindo que es, lo valioso que es su trabajo. Y hasta ganó un premio en la muestra de arte de la Secretaría de Cultura; la ganó bajo la ley del arte, porque es precioso lo que hace. Y punto.

–¿Y Ana?

–Mi hermana Ana no ha sido rockera. Ella es una santa.

“De alguna manera, hay que aprender a ver el aire. Ver lo que contiene. Entonces ahí inventás. El aire es el primer reflejo del contenido de una obra, sea escrita, sea un cuadro o cualquier cosa. Por eso creo que hay que aprender a describir el aire. Es como una forma de mirar, y es algo totalmente practicable: no hay que nacer con un don especial. Creo que es algo que se ejercita: poder ver lo que no está, para inventarlo de la nada. Primero lo tenés que ver para inventarlo. Cuando lo inventás, le das una forma. Por ahí no es la adecuada, y la corregís, pero básicamente vas a poder esbozar una forma.”

–En “silver sorgo” habita la gente concreta, el país del forraje… Sorprende un poco, viniendo de un artista más bien…

–¿“Difícil”?

–¿“Abstracto”?

–Lo que hago en estas letras es pensar cómo tirarle la mejor posibilidad a la gente. Mirá al cielo, llama y verás cómo surge un nuevo día… hay varios conceptos en donde, de alguna manera, le estoy hablando a alguien a quien quiero proteger y darle luz. Ese ser es todos, no es uno solo. Por eso digo que pienso en la gente, no es porque sea tan “Sólo le pido a…”.

–¿Por qué aclarás eso?

–Porque se supone que eso liga mucho con la…

–Conciencia social.

–Bueno, entonces es un “Sólo le pido a Dios”, pero pensado como un ateo. Porque no coincido con esa forma de ver las cosas. No podría hacer interactuar lo que yo siento y las necesidades de la gente. Honestamente. Soy tan desvalido como ellos para tratar de protegerme e inventar algo por las mías… Y si después estoy tocando frente al Congreso con (canta) “Cuenco de sal, valle de eterna sal”… bueno… lo social es la emoción. Eso lo canté en la Carpa Blanca. “Todas tus heces comer, todas las heces comer.” Hoja de ruta, tus ojos. Sin embargo, esta realidad es tal que alguna cura le encontrarás, dice la letra.

–Parece una esperanza.

–Bueno, yo creo que sí. El país levanta o levanta. Yo apenas me puedo levantar de la cama, dice el Gordo.

–Otra vez habla el Gordo.

–Pero no puedo hablar de mí. No soy como otros, no me interesa que me digan nada, ni que me adulen. Entendéme (Ingresando en PZ): no necesito exponer mis problemas de ego con la gente. Lo único que quiero es hacer buena música y que la gente piense bien, lo mejor posible. Por ahí yo no soy el más indicado para hacerlos pensar bien. Quizá la música, más lo que yo les digo, los ayude a algo, mínimo, y punto. No me importa si eso después me acarrea una consecuencia positiva o negativa. Es casi como si fuera una misión que cumplir. Pero una minimisión. Si después puedo hacer otro tipo de ayudas y otras cosas, depende de mi estado de ánimo y mis ganas. Tengo muchas bocas que llenar y tengo que… ¿entendés?, prodigarme todo lo más que pueda en todo, en esta etapa de mi vida. Creo que viene siendo así siempre, pero ahora, quizá, se hace más difícil crear… con novedad, o lograr, ¿entendés?, escapar a los cánones de la promoción, de un falso intelecto, de visiones horribles de la realidad. Es muy difícil escapar a eso. Todos los conjuntos que empezaron bien y que después se transformaron en cumbia y entraron en la fácil… Suene bien o suene mal, es fácil, eso. Y habla de algo que no inspira nada. Inspira solamente a tirar la chancleta… Totaaaal, no vamo a laburaaaar, no vamo a hacer naaaaada, y ¡¡daaaale, looooco!! ¡Andá y escucháte, no sé, una sinfonía, a ver si te llega alguna nota..! ¡Una nota, aunque sea; una nota que te llene de música, aunque sea! Entonces no es lo que yo quiero, ni para mi música ni para la música que escucha mi pueblo. No puedo estar de acuerdo con eso. Y a la vez los quiero a todos los músicos, de cualquier rubro, porque son músicos…

–Todo indicaría que por tratarse de músicos deberías sentirte aún más irritado…

–No es tiempo para enconos. Porque, la verdad, ¿qué te voy a decir? ¿Qué ejemplo le voy a poner a la gente de cómo tiene que hacer las cosas y qué música tiene que escuchar? Eso es una decisión individual…

–Pero condicionada por los medios…

–Bueno, condicionada por los medios o no, ¿entendés?, la gente lo que quiero es que despierte, nada más, pero no proscribir nada… Que despierten por despertar, nomás. Eso. ¿Entonces qué voy a hacer? ¿Voy a prohibir la cumbia villera? Igual, no pienso que se deba ganar de esa manera el pan para darles a tus hijos.

“Entre la ideología reconciliatoria del hippismo y la enfermedad del hiperaburrimiento de la juventud actual, me quedo con una especie de hippie guerrero del futuro, por cuya cabeza sólo pasa un equilibrado balance de amor a la vida, sentido común para entender la tragedia de la existencia y una visión muy respetuosa, por no decir devota, de la estructura de la naturaleza, de la que sólo es como un genoma entre toda la serie.”

“Dejarse matar por política o drogas peligrosas o menores, rápida o lentamente, es jugar para el enemigo.”

“Tanguito es ese sarrachín divino que yo pude conocer así. No es el semicerdo que pintó [Marcelo] Piñeyro. El daño es irreparable. He ahí la máxima ofensa a la flor y nata de nuestro rock.”

“A los músicos, quiero que sepan que los amo a todos, no importa qué toquen…. (me mira) ¿no es cierto?”

–¿Qué es eso?

–No importa. Declaraciones de principios.

Luis tiene otro principio: no se escucha.

–No los escucho, mis discos. Ni los viejos, ni ninguno. (Hace un largo silencio.) No. No escucho mis discos. Ahora tuve que escuchar a Almendra para darle el ok a una masterización…

–¿En vivo?

–Es Almendra en vivo en el teatro Del Globo; queremos hacer un disco con canciones inéditas como “Chocolate”, “Jueves no se detiene”… Son de antes de “Muchacha”.

–¿Y quedó bien grabado?

–No, hay que trabajarlo. No está tan bueno como podría esperarse, pero es documental. No sabemos qué vamos a hacer con eso. Y bueno, lo tuve que escuchar por fuerza mayor. A veces me da ganas de escuchar un tema de un disco mío, pero nunca tengo ninguno a mano, así que no lo puedo escuchar, se lo tengo que pedir a un amigo y ya se me fueron las ganas, y por ahí ni me lo trae, o no se lo vuelvo a pedir, me desconecto con esa necesidad inmediata de: “A ver, ¿cómo era esto?”. También tuve que encontrar, para la editorial, dos títulos que no estaban grabados. Uno es “Ixtlán” y otro es “Ramas de sol”, que son de Spinetta Jade del 81, creo. Y al escuchar el casete, por ahí sí me intereso y me fijo cómo y qué cosa tocábamos en aquella época… Apareció un tema que se llama “Las alas del grillo”, que me había olvidado que existía, que está bien. Pero no estoy todo el tiempo pendiente, ni se los hago escuchar a mis amigos, ni nada.

–¿Ni siquiera escuchás “Los ojos”?

–No. Los ojos no lo escucho más. Ahora escucho Silver Sorgo, a veces. Quiero comprobar algo. Algo del audio, por ejemplo: si voy a la casa de un amigo, y me pone Silver Sorgo, yo puedo comparar en otro equipo lo bien que suena. Estoy muy contento de cómo suena. Cuando me pasa eso me pongo feliz, obviamente. Lo mismo al encontrarme con alguna canción muy vieja, que yo había olvidado… La otra vez estaba pensando en “El tríptico del eterno verdor”, “Los espacios amados”, “El turquito”, “Mi destino es el de morir de amor”… todos títulos de la Banda Spinetta [1978, con Cerávolo, Sanz, Zvetelman, Baraj]… Hice Los espacios amados, un proyecto de jazz-rock, y hay unas canciones… “Estrella griiiis” (canta) y ahí aparece [su amigo, poeta y letrista] Roberto Mouro. El es una especie de spinetteca. Se sabe todas las canciones que yo no me sé, se sabe todas las letras que yo me había olvidado para siempre.

–Está bueno tener a mano esa enciclopedia…

–Lo mismo pasó en su momento con el guitarrista Sartén [Asaresi], en una época en la que tocábamos juntos: me empezó a pasar “Irregular”, de Invisible, que yo lo tenía absolutamente perdido, o los tonos de “Jugo de lúcuma”, que yo me había olvidado la parte del medio…

–¿Se te olvidó también la idea de “Anima bendita”, la segunda colaboración con Fito después de “La la la”?

–Este muchacho y yo hemos tenido muchas ocupaciones… Muchas, muchas. El, por suerte, sigue absolutamente intocable. Sobrevivió a toda su etapa más difícil... Muchas cosas cambiaron.

–En principio, se cambió los dientes.

–Yo también fui al dentista. Y él tiene la capacidad para hacer lo que quiera. Y yo lo admiro más allá de lo que él produce. Soy fan de él y lo amo, soy fan por amor, y aparte pienso que es un músico brillante. Por ahí degustaba más su temática cuando estaba más rosarino, pero si nos juntáramos a trabajar ahora, sé que musicalmente él haría algo extraordinario. No sé si yo, pero él seguro.

–¿Pensaste en algún otro músico con quien compartir un disco?

–De acá no. Bueno, me encantaría hacer algo con Juanse…

–¿..?

–Sí, yo lo adoro, es como un amigo. Es intocable para mí, me parece un gran rockero del rock canyengue. El equilibrio entre lo que dice una letra de ese género y la música es… perfecto. Hay que llegar a un “yo quiero mi pedazo” o “Juana de Arco”: esas letras son maravillosas. Me encanta. Es como con Charly, con Fito, esos tipos a los que yo adoro. También me gustaría mucho trabajar una onda electrónica con [Gustavo] Cerati, soy ávido de esa tecnología y sé que hay que tener como un guía para hacer esas cosas…

–¿Te gustó su versión de “Bajan”?

–Es muy buena, es muy buena…

La Vieja pasa, pisando finito. Como una enfermera. Sólo el leve click de la puerta al cerrarse.

–Mis amigos son divinos. Con Dylan [el fotógrafo Eduardo Martí] somos tan amigos que… ¡un día vamos a adoptar! (se ríe). Y el Nono [Alejandro] Rozitchner, Roberto Mouro… Otros a los que no veo mucho pero los adoro, como Yoyo, el Ruso… Al Ruso lo veo más, a los demás los veo cada tanto. Somos todos gallinas, eso ayuda para llamarse cuando las cosas no están bien.

–Y La Vieja.

–La Vieja es La Vieja. El otro día lo encontré acá frente a la tele, totalmente a oscuras, viendo Trenes sin límite y tomando mate… Me morí.

–¿Sos de hacer regalos?

–El otro día fui a lo del Nono y le regalé ajos gigantes.

–Ajos gigantes.

–Son unos ajos elefantes que venden en los súper, no sé si serán transgénicos o qué, pero son muy piolas, porque el sabor es más suave que el del ajo chico; es menos concentrado. Y un ajo gigante es muy bueno para manipular y cortar, sobre todo para guitarristas que necesitan sus dedos enteros. Los míos no están muy enteros, sobre todo por el proceso de ognicofagia.

–Ya estás grande para comerte las uñas.

–Claramente. No crecí, no crecí… (gime). Nunca crecí. Sí, hice de todo, inclusive me corté las manos, me las volví a implantar y me las seguía comiendo. Un día me puse uñas postizas y me las comí. Es increíble.

–¿Por qué no hay más Socios del Desierto?

–Esa formación se rompió. No importa que algún Socio [el baterista Daniel Tuerto Wirzt] siga tocando conmigo. Yo me separé de Invisible, pero Pomo tocó después en Jade…

–¿Dónde está Marcelo (Torres)?

–Está en Europa, se fue a tocar allá. Igual, en Silver Sorgo hay seis temas en los que el bajo lo toca Marcelo; la base del disco está hecha con él, o sea que no es un músico de quien yo me pueda alejar permanentemente. Por otro lado, tuve la suerte de que llegara Javier [Malosetti], pero Javier también tiene tanto que hacer que ya ésta no es una formación fija. Los Socios fueron esa etapa, fueron esos discos, hasta Los ojos. Y punto. Ahora me siento un poco más libre para poder trabajar… de otra manera y no atarme a la formación de trío, sobre todo por mi predisposición a tocar la guitarra en ese trío. Javier me exige otra cosa y es un desafío: uno cambia para desafiarse, para no quedarse siempre en el mismo sonido. Ya habíamos hecho mucho con los Socios.

–¿Qué es lo que te exige Javier?

–Es otro ojo musical, totalmente diferente del de Marcelo. Ya, de pique, Marcelo toca bajo de 6, El Bebote [Malosetti] toca bajo de 5. ¿Similitudes..? Son dos bajistas de la hostia. Creo que con Javier tocamos más la guitarra... Desde hace mucho. Por ejemplo, “Ven vení” [de Los ojos], que la compuse en el teclado, cada nota tiene otras además de la nota natural: cuartas, quintas… Para pasarlo a la guitarra no lo podía resolver, no me daba tanto. Entonces vino Javier y lo pasó. Ya de por sí es otra comunicación musical. Eso es lo que me pide: me exige que aprenda de él.

–El socio que quedó, por algo quedó. El Tuerto.

–Daniel es un pibe que ha pasado por muchos períodos diferentes. Y a partir de los Socios ya no es más Tuerto: vivió 36 años con un 13 de astigmatismo de un ojo, pero ahora es el Ex Tuerto. Se curó y empezó a ver con un ojo con el que casi no había visto nunca, lo cual es un renacer. Toda su vida quiso llegar a tocar al lado de Luis. Es un músico cuyo anhelo ha sido ése. Un músico tremendo. Tiene una dinámica de demolición (se ríe).

–¿Y cuál fue tu anhelo?

–Quisiera haber cantado un tema con Piazzolla. Me arrepiento de no haber querido hacerlo cuando él me lo propuso. Pensé que no estaba a la altura de las circunstancias. Me pareció que era una osadía y que teníamos poco tiempo.

–¿Era un tema tuyo o de él?

–No sabíamos bien qué íbamos a hacer. Estábamos a días de un show muy grande que él hizo en el Luna Park. Fue en el 80, 81. Y no me vi tocando al lado de él. Yo me veo escuchándolo. No hubiese salido nada, no se justificaba. Y por ahí hoy me arriesgaría… pero en ese momento no me sentía a la altura del compromiso.

–¿Qué dijo Piazzolla?

–Dijo: “Bueno, no importa, no sé qué, bla-blá, chau”. Y siempre traté de ir a verlo, antes y después de eso. Y lo vi varias veces. Todas las veces morí. Es una locura. Piazzolla es una locura. El Concierto para bandoneón y orquesta es una obra de arte. De punta a punta. Y no ha tenido la trascendencia que merece. Y toda su obra ha sido pasada por una especie de picadora de carne…

Cocinero implacable, spinetta ha llegado a amasar para doce. “Estuvo Geo Ramma grabando acá en el estudio, durante seis meses, y les hacía ñoquis a mi hijo Valentino y sus secuaces. Cuando Dante volvió de Los Angeles después de grabar con los Illya, le hice también ñoquis, pero con salsa y pollo, como le gustan a él. Vieras su cara… «¡¡Papi, gracias!!». Pero también te puedo hacer sushi, comida mexicana, china… Voy al Barrio Chino, ahí en Arribeños, y compro leche de coco, langostinos, chiles, lemon grass, cilantro…”

Delantal y camiseta de Camerún, para cocinar. Manos en la masa, mente a tierra. A tierra.

Pero se agita otra vez en la silla.

–Sabés, si no tengo una visión cósmica no estoy tranquilo.

–Igual, llegaste a cantar “líbrame de la galaxia”…

–Y, si mirás mucho la galaxia, a menos que seas astrónomo y sea tu laburo, te agarra una angustia… Yo soy de pensar en la galaxia todo el tiempo, en mis sueños infantiles había galaxias… (Hace una larga pausa.) (Hace otra larga pausa.)

–¿Y?

–Y bueno, y la galaxia por ahí te hace sufrir, porque la inmensidad es incontestable… Es irreparable la distancia entre nosotros y ese misterio.

–Los religiosos lo resuelven de otro modo. Frente a la inmensidad de la galaxia podés creer que efectivamente no hay Dios, o que precisamente lo hay.

–Yo lo único que trato de aprovechar es el asombro y aplicarlo a todos los sentidos de la vida; y no fijarme en las consecuencias o en lo que a mí me provoca. Porque la decoración de eso es bárbara… Un poco se trata de eso, ¿no? De decorar ese fenómeno majestuoso.

–¿Tenés telescopio?

–No, no tengo telescopio, porque eso es otra cosa. Escucho a Bill Evans, no me compro un telescopio. Pero podría comprármelo, no hay problema, me parece una falta de delicadeza (estalla de risa). ¡Ay Dios..!

–¿Qué?

–Nada. Ay, Dios.

–¿Ay o hay, Dios?

–En Silver Sorgo nombro a Cristo por primera vez. Por primera vez en una canción [“Abrázame inocentemente”]. Porque lo otro era “Post crucifixión”, que se refería directamente a la Divina Comedia. No: a la Divina Tragedia, diría mejor. A La Pietà.

–“Abrázame, madre del dolor”.

–Claro. Y decía: “En esta quietud… no tengo presagios de lo que vendrá”… Bueno, ahora, en “La verdad de las grullas”, también de Silver Sorgo, es como si hablara un animal (que no podría definir, que creo que es uno mismo): “Tengo una razón para pensar en Dios y en mí, sin embargo el cielo se cruza y no se deja saber”. Es como si toda la intelección que tenemos del cielo fuera siempre una lectura frenada por nuestra propia incapacidad. Fenómenos astronómicos… Un agujero negro, ¿qué es? Es un hombre. Los agujeros negros tragan luz porque son una fuente gravitacional monstruosa, sí, pero tragar tragamos nosotros, nos tragamos todas las vacas, los pescados, todo…

–Mirálo al Gordo…

–Ahí vamos. A mí me interesa mucho más el fenómeno de la expectación: ésa es la energía creativa. No es algo que uno pueda hacer después de que observa eso. La magia está cuando lo ves, no cuando después eso se convierte en una poesía. Convertirse en una poesía es una expresión… muy… eh… muy corta. Muy corta (sonríe), en relación con el asunto en el que se inspira.

–Bueno, pero hay que tomarse la molestia de mirar…

–En Silver Sorgo digo, también: “Mirá el cielo, que hace bien” [“Cielo de atrás”]. Mirar el cielo hace bien. Mirá el cielo, el cielo: te hace bien. Y mirar el cielo sólo hace bien. No hace mal. Es como mirar el mar, siempre hace bien el mar. Te transmite todo lo que sucede. Observar el paisaje. Pero, sin ir más lejos, aunque estés en el medio de la ciudad mirás el cielo… y funciona. ¿Qué querés ver? ¿Un edificio? Bueno, eso tiene mucha menos capacidad de asombrarte. Recién, cuando estuve en la puerta, había una luz digamos... púrpura, por el tipo de atardecer que hay… Y ya al mirar el cielo comprendí todo.

–En “Abrázame inocentemente”, al mencionar a Cristo, también es un animal el que habla…

–Sí: “Abrázame inocentemente” se llama además “Del lemur a la boa”. Y dice: “Uno labura en sí, en silencio, su propio Cristo. Uno pretende en sí, en la cima o la miseria. Y las hojas cubrirán la bendita conmoción de sentir mi cuerpo devorado al fin por ti… Sólo abrázame inocentemente así”. Antes estábamos hablando de las religiones; bueno, yo nunca había nombrado a Cristo. Me pareció que era el momento de nombrarlo, en el sentido de que representa una forma occidental del sufrir.

–El cargar la cruz.

–Una cruz que evidentemente tenemos encima, tenga la forma de una toalla musulmana o lo que sea.

Pega un respingo.

–¿Te dije que prohibieron el fin de semana, que se pasa de jueves a lunes? Prohibieron el fin de semana que viene, en todo el mundo. No sé qué va a pasar, se van a desorganizar los bancos. Se abol… ¿se abuele? ¡Se produce la abolición (se ríe) del fin de semana! No hay weekend. Se termina eso, va a cambiar el mundo. Bueno, por eso, quiero decir que… ¿de qué estamos hablando?

–Tonteras: Cristo, las galaxias, animales que hablan…

–Dice Juanse que eso se llama “trasposición psicológica”: le hago decir a otro lo que quiero decir yo. En este caso, a unos animales. Empecé con “Grullas” y “Abrázame”, y ahora tengo reunidos muchos textos en los que hablan animales; para mí es muy importante haber definido ese curso de poesía. Tal vez el nuevo disco que estoy armando conserve ese concepto. Hay una verdad que dicen las grullas: “No te aventures más allá del valle mortal. Dicen que se juntan allí seres humanos para capturarse y hacerse todo tipo de mal”. Por eso todos nos estamos mirando, nos estamos… acometiendo, nos vamos a morfffar los unos a los otros como si fuéramos fffieras. Y pareciera que nos estamos reflejando mucho en todo ese Animal Planet que somos; nos estamos reflejando en nuestros instintos culposos, ¿verdad? Porque no matamos a otras personas para alimentarnos de ellas…

–Más que culposos son indignos; culpa sienten sólo algunos…

–Y bueno… ¡¡y b-bueno!! Ahí se representa la máxima tragedia de la existencia, y apuntar hacia ese tipo de temáticas no sé si es muy saludable, pero intenté esta idea, que no sé si ahora la voy a conservar. Básicamente lo hago para eludir decir “te quiero” bajo mi forma física. Porque me resulta imposible volcar canciones de amor. Si son canciones de amor las dice un mapache, pero Luis no. Como si pudiera eludir esa responsabilidad… No sé qué puede salir de este nuevo trabajo. Espero que algo mejor que Silver Sorgo. Esa es mi intención, siempre la fue. Pero ahora más que nunca. Quiero reafirmarme de algún modo, aunque la música que escucha la gente se venga abajo, y vendan 200 millones de discos de cumbia, a mí no me importa. Voy a seguir lo mío y cuanto más bello sea, más feliz voy a ser. Y mejor va a ser para mi nieto, mis hijos, la gente que amo y quiero defender de toda esta porquería.

“Mira el cielo, que hace bien. mira el cielo, el cielo, que sólo hace bien.” (“Cine de atrás”, Silver Sorgo)

Atardece y vamos sorteando los pasillos fríos, las puertas de frigorífico del estudio, los pisos fríos de parquet. Los generadores, que hacen un ruido sordo, como de colmena. Una puerta, otra puerta, otra más. La que da a la calle está abierta. Se filtra una luz en tanto frío. En el vano de la puerta abierta se recorta la silueta de La Vieja. Un Chester le cuelga de la mano. Está mirando la vereda de enfrente, supongo, pero parece relojeando un sector del cielo. Luis, con afecto, le pone la mano en el hombro. Nos despedimos.

La Vieja dice:

–Chau.

La Vieja es de hablar poco. Y dice:

–Esta noche Marte se acerca a la Tierra.

Es cierto, lo leí en el diario pero no le di bola. Los planetas se acercan, se alejan, qué más da mientras no choquen.

Digo esa pavada:

–Pero no va a chocar, ¿no? –como quien habla con un chico.

La Vieja me mira raro, como si yo estuviera hablándole a un chico. Levanta las cejas.

–No.

Luis se ríe. Dice:

–Marte es el planeta rojo, el planeta de la guerra. Cuidado con el cielo…

Mientras camino hacia la esquina los veo parados en la vereda, hombro con hombro. Los dos están mirando para arriba.

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