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In memoriam, Jorge Petraglia

Ernesto Schoo
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20 de marzo de 2004  

De esto hará cuarenta años. Candilejas se llamaba una pequeña, prestigiosa sala independiente, en Rivadavia entre Perú y Chacabuco. Delia Garcés se disponía a estrenar allí "Santa Juana", de Shaw, y fui a entrevistarla para Primera Plana. La encontré en su camarín en compañía de Jorge Petraglia, ocupados ambos en fabricar las joyas que se lucirían en la obra. Estaban elaborando el pectoral del obispo, papel a cargo del actor fallecido el lunes último, a los 76 años. Mientras engastaban en la cruz dorada las esmeraldas falsas, le comenté a Petraglia (por entonces nos tratábamos de usted, tardamos decenios en tutearnos): "¿Otra vez le toca hacer de obispo perverso?". Me contestó, sonriente: "No será el último".

Tenía razón. Era la figura ideal para esos personajes tortuosos, sibilinos, amparados en la dignidad eclesiástica. Delgado -enjuto, más bien-, esbelto sin ser alto (pero en escena lo parecía), de porte distinguido y autoritario (no lo era, en absoluto), con una voz singular -de la que, con habilidad de actor nato, sabía sacar partido para modular sutiles inflexiones-, desde muy joven pareció un hombre mayor, casi anciano. Y si esta condición limitó la gama de sus interpretaciones, a la vez lo llevó a ahondar en ellas, a perfeccionar y variar incansablemente sus minuciosas caracterizaciones de viejos astutos y malignos, desde la magistral interpretación del vagabundo en "El cuidador" de Pinter, hasta esa cumbre en la que se codeó holgadamente con John Gielgud o Ian McKellen, el pérfido obispo de "Madera de reyes", de Ibsen, que lo consagró definitivamente. Admirable resultó, luego, su caracterización del anciano filósofo en "Los últimos días de Emanuel Kant", de Alfonso Sastre; su último gran trabajo fue un conmovedor Gaiev en "El jardín de los cerezos", de Chejov, dirigido por Alezzo.

* * *

También fue un prelado cruel e intrigante en "Lutero", de John Osborne (con la que se inauguró el teatro del Instituto Di Tella, en 1964). Y aspiraba a ser el formidable cardenal Cisneros, de "El cardenal de España", de Montherlant, un proyecto compartido con el director Julio Baccaro, que no pudo cuajar. Esta curiosa especialización episcopal no le impidió ser el artífice, junto con Leal Rey y Roberto Villanueva -con el Teatro Universitario de Arquitectura, fundado por estos tres estudiantes de la carrera-, de "Esperando a Godot" (Petraglia fue un inolvidable Pozzo), en 1956, acontecimiento que marcó una época. Lo mismo ocurrió, en 1965, ya en el Di Tella, con "El desatino" y "Los siameses", de Griselda Gambaro, cuyas respectivas puestas desencadenaron feroces polémicas entre los críticos, alentaron a los jóvenes teatristas de entonces y crearon un público ávido de novedades.

Hombre de vasta cultura y de varios idiomas, ganador de muchos premios y beneficiario de becas en el exterior, se interesaba por todas las artes: la pintura, la danza, la música, no le eran ajenas, lo mismo que el cine, en el que incursionó poco, pero con impecable autoridad. En especial, impuso la sugestión de su porte y su voz en el notable experimento de "Moebius". Dirigió la Comedia Cordobesa, ópera en el Colón ("Don Rodrigo", de Ginastera), y -entre otros muchos títulos- "Orquesta de señoritas", de Anouilh, en la aplaudida versión con elenco exclusivamente masculino (la idea fue suya).

Invariablemente pulcro y cortés, Jorge Petraglia cultivaba el perfil bajo, con una discreción que impedía las efusiones aparatosas, pero que permitía valorar su ética, su solidaridad, su compasión, su agudo sentido del humor. Con él se va un actor irreemplazable, inolvidable, cultor -casi solitario, hoy- de la excelencia.

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