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Retrato actual de un joven judío

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25 de marzo de 2004  

"El abrazo partido" (Argentina-España-Italia-Francia/2004). Dirección: Daniel Burman. Con Daniel Hendler, Adriana Aizenberg, Sergio Boris, Jorge D´Elía, Rosita Londner, Diego Korol, Silvina Bosco, Melina Petriella, Atilio Pozzobón, Salo Pasik y Norman Erlich. Guión: Daniel Burman y Marcelo Birmajer. Fotografía y cámara: Ramiro Civita. Música: César Lerner. Edición: Alejandro Brodersohn. Dirección de arte: María Eugenia Sueiro. Sonido: Martín Grignaschi. Producción de BD Cine, Wanda Vision (España), Paradis Films (Francia) y Classic (Italia) presentada por Distribution Company. Duración: 99 minutos. Apta para todo público.

Nuestra opinión: muy buena

¿Qué significa ser joven, judío y nieto de inmigrantes en la Argentina de hoy? ¿Cómo se construye, ya pasada la barrera de los 25 años, la figura de un padre que abandonó a la familia cuando el hijo era apenas un bebe para combatir en el ejército israelí? ¿Es un idealista al que hay que comprender en su lucha por un objetivo "mayor" o un cobarde que nunca regresó y lava sus pecados enviando un mísero cheque mensual? ¿Es posible conservar y reafirmar la identidad en medio de la crisis social, de la falta de oportunidades, del éxodo masivo, con la culpa y la ausencia clavadas en el pecho?

"El abrazo partido"

Estos y otros interrogantes son los que plantea "El abrazo partido", el cuarto y mejor largometraje de Daniel Burman hasta la fecha. A los 30 años, el director de "Un crisantemo estalla en Cincoesquinas", la promisoria "Esperando al Mesías" y la fallida "Todas las azafatas van al cielo" construye una película que mixtura con naturalidad, convicción y bastante armonía situaciones disparatadas y melodramáticas para convertirse en "el" exponente del tragicómico y agridulce humor judío, una extraña rara avis del nuevo cine argentino que combina llegada popular por la indudable emotividad de sus historias y una sofisticación en la puesta en escena que puede convencer incluso a los cinéfilos más exigentes.

Comparada -seguramente de manera exagerada- con el cine de Woody Allen y de Nanni Moretti durante el reciente Festival de Berlín (donde se consagró al ganar el premio especial del jurado y el de mejor actor), "El abrazo partido" es una exploración personal -por momentos visceral- que Burman y su coguionista, el cotizado escritor Marcelo Birmajer, transformaron en un conjunto de lúcidas y reconocibles miradas, viñetas y reflexiones sobre la Argentina posterior al gobierno de la Alianza.

En el micromundo de "El abrazo partido" (una decadente galería del barrio de Once con sus locales que parecen anclados en el tiempo, su locutorio, su peluquería, su bar y sus oscuras oficinas) conviven los exponentes de una Buenos Aires cosmopolita y multicultural: judíos, italianos, "gallegos", coreanos e inmigrantes latinoamericanos con sus costumbres, sus rituales, sus pequeñas solidaridades y -también- sus patetismos y miserias a cuestas.

Allí, en medio del ruido, el caos y el agobio de la avenida Pueyrredón, aparece Ariel Makaroff (Daniel Hendler), un joven que se debate entre ayudar a su conflictuada madre (Adriana Aizenberg) en la penosa lencería femenina de la galería o conseguir el pasaporte polaco que le permita emigrar a Europa.

Ariel está en medio de una crisis generacional, familiar e íntima: las relaciones con su madre, su hermano Joseph (Sergio Boris), su amigo Mitelman (Diego Korol), su amante (Silvina Bosco) y el reencuentro con su ex novia (Melina Petriella) no hacen otra cosa que amplificar el desconcierto, la melancolía y ese vacío existencial cuyo eje es el omnipresente fantasma del padre que lo dejó y que amenaza con volver en cualquier momento. Su único refugio parece ser la figura de la abuela (un regreso a lo grande de ese mito de la canción judía que es Rosita Londner), que no sólo le ofrece los papeles para que consiga La nacionalidad polaca, sino también unos cuantos consejos y anécdotas que pueden servirle para enderezar el rumbo.

En medio de un film intenso, honesto, sensible y generalmente consistente, la decisión artística más cuestionable de Burman surge a la hora de retratar el patetismo de los fugaces encuentros sexuales del protagonista. Esos excesos costumbristas (al borde de un grotesco que remite a los shows televisivos de Alberto Olmedo) y la exageración de algunos diálogos y ciertos gags poco tienen que ver con el tono más contenido del resto del relato.

Hendler -a estas alturas convertido en indudable alter ego del director- encarna con su habitual apuesta por la contención y por los pequeños matices al querible antihéroe de "El abrazo partido", mientras que el notable trabajo de iluminación y cámara -generalmente en mano- que ofrece Ramiro Civita (habitual colaborador de Burman, Daniel Rosenfeld y Marco Bechis) tanto en las escenas de interiores como en los superpoblados exteriores de Once es otro de los picos de una película de indudable solidez formal.

Corrosiva y entrañable, accesible y sutil a la vez, "El abrazo partido" es un film que sintoniza -como pocos- con las sensaciones y el estado de las cosas en estos tiempos tan cambiantes y contradictorios. No se trata, por cierto, de un logro menor.

Recomendación para el espectador: no se retire de la sala antes de los créditos finales. Hay una pequeña sorpresa al final que merece ser disfrutada.

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