Todo x dos pesos

Hay que tener el caos en uno mismo para poner en el cielo una estrella brillante”, dice Fabio Alberti sentado a una mesa del bar El Timón; mientras, vuelve a llenar una copa de champagne.
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1 de agosto de 1999  

"Hay que tener el caos en uno mismo para poner en el cielo una estrella brillante", dice Fabio Alberti sentado a una mesa del bar El Timón; mientras, vuelve a llenar una copa de champagne. La frase –"de Nietzsche", aclara– no produce desconcierto alguno en Diego Capusotto, quien levanta los ojos de un whisky con expresión de "lo que yo te venía diciendo". Para entender, para saber lo que ellos saben, hay que echar una mirada al estudio de televisión en el que están a punto de ingresar: circulan por los pasillos, o pasan frente a las cámaras, un grupo de bailarinas; dos secretarias orientales; un clon, también oriental, de Jorge Corona (llamado Jorge Coreano); un boxeador travesti con cara de rufián y una tonelada de maquillaje encima; un Elvis sexagenario modelo Las Vegas 1975; los treinta y dos miembros del coro Kennedy; un falso telefonista de ciento veinte kilos; el hermano del maestro Mario Marzán; un experto en pulseadas conocido tan sólo como Arévalo y hasta una figura de cartón tamaño natural del subícono bailantero Hernán Caire. De ese collage de personas y personajes, parodias, citas y homenajes, de ese caos, surge el brillo de "Todo x 2 $", el ciclo televisivo que protagonizan Diego Capusotto y Fabio Alberti. El programa empezó a gestarse en la cocina del departamento de Pedro Saborido, coescritor de "Todo..."… junto a Alberti y Capusotto. Las ideas fueron saliendo con naturalidad, en medio de conversaciones entre los tres guionistas. Por ejemplo, cuando alguien recordó a Mario Marzán, el músico de Gerardo Sofovich, otro sugirió que el pianista le pusiera música de suspenso al corte de una bondiola. El nombre de Marzán disparó otros dos: Arévalo ("Que venga a hacer de referí en una riña de gallos") y Rubén Peucelle, el eterno campeón argentino de Titanes en el ring ("Lo ponemos de notero fashion").

Una vez, para confirmar sus dotes de amable anfitrión, Saborido enseñó a sus huéspedes la vista de su departamento: una vecina bastante buena solía andar por su casa en ropa interior, con las ventanas abiertas. La situación fue a parar al primer programa del ciclo: silvia peyru vive sola y en bombacha, anunciaba un titular con el dramatismo de Crónica tv, mientras se veía a una mujer pasearse en ropa interior tras una ventana. Pero está claro que no todo lo que se les ocurre llega al aire. Sólo sobreviven las ideas aprobadas por unanimidad. Los tres coinciden en que el momento de la creación es el que más disfrutan, aun más que actuar, aun más que ver el programa al aire: "Cuando se nos ocurre algo que nos gusta a los tres es un momento de mucho placer. En este programa, el orgasmo sucede siempre en el departamento de Pedro", dice Diego. "¡Qué lindo lo que estás diciendo!", lo felicita Saborido, y agrega, demostrando por qué Capusotto lo llama "el gran organizador": "Tener la idea es apenas el comienzo".

–Una vez realizadas, ¿sienten que sus ideas ganan o pierden algo?

Fabio Alberti: Puede ser que una idea nos haga reír mucho cuando la planteamos, pero después, cuando está hecha, a veces no pega como esperábamos. Desde el momento en que se nos ocurre algo hasta que eso sale al aire, hay que pasar por tantas cosas que es muy difícil conservar la espontaneidad.

Y, sin embargo, la espontaneidad es una de las virtudes más evidentes de su programa. "Quiero pedir un peceto para Graciela Mancuso", puede decir Fabio porque sí, mientras anuncia lo que se viene durante el primer bloque. Si bien los tres coinciden en que ese fantasma inasible que recorre la televisión argentina, el guión, aquí tiene un presencia muy concreta, también hay espacio para la improvisación. Una "improvisación pautada", como la define Saborido. A diferencia de buena parte de los programas cómicos locales, que plantean una economía de guerra en el terreno de las ideas (una por bloque), Todo x 2 $ propone un bombardeo sistemático.

El programa transcurre en un dislocado equilibrio entre los gags planificados y el incontenible fluir de la conciencia de sus conductores. Fabio juega con las palabras, las deshace, las recombina, las somete a mutaciones insospechadas, saca a la luz todo lo que pasa por su cabeza y, justo cuando parece que está al borde del abismo, que ya no sabe qué más decir, siempre, siempre, surge una idea, un remate, una invocación a un santo protector televisivo que obliga a la risa. Diego no camina por una cuerda tan floja. Es más directo, seguro y, aunque el grado de creación instantánea es el mismo, nunca parece que estuviera improvisando. Construye el delirio paso a paso, un relato alimentado de anécdotas barriales y subrayado por una gestualidad enloquecida. Capusotto puede hacer con su cara y con su cuerpo lo mismo que Alberti hace con el lenguaje. Pero está claro que no son lo mismo ni cultivan exactamente el mismo humor.

Cuando se les pide que citen a sus humoristas favoritos arrancan para el lugar menos pensado.

Diego Capusotto: Marrone, Fidel Pintos, Don Pelele, las primeras cosas de Balá, Biondi, Olmedo...

Fabio: Mario Sánchez, Jim Carrey... También me gusta Benny Hill, pero en general los humoristas de afuera no me hacen reír mucho.

Aun a pesar de sus influencias, casi todas argentinas, Fabio y Diego (y, para ser justos, también el resto del núcleo creativo formado en De la cabeza, circa 1992) se las ingeniaron para encontrar un camino distinto en el humor televisivo local. Tan distinto, que logró generar un grupo de admiradores irreductibles y volverse "de culto".

Cuando se termina el champagne de Fabio, el whisky de Diego y la cerveza de Saborido, es hora de ir a grabar. En camarines, Alberti presenta a su maquillador como "el hombre que maquillaba a Perón". No es chiste: apenas una confusión. El hombre fue maquillador de Evita "en la filmación de La pródiga, según él mismo aclara mientras saca una fotocopia de un artículo periodístico que lo acredita. Fabio parece decepcionado: la idea de que Perón hubiera tenido un maquillador privado le resultaba mucho más atractiva. Diego se sienta frente a un espejo y una peinadora comienza el arduo trabajo de despeinarlo completamente para que salga al aire. Fabio se peina solo, pero usa demasiado fijador y una gruesa veta cremosa permanece en su cabeza. "Bebán me acabó en el pelo", explica. "Yo le dije: «En la cara no, Rodolfo»." Luego de quitar el exceso de fijador con un peine fino y emprolijar el peinado, se alcanza el objetivo final: "Soy el nieto de Pérez Loizeau", afirma, complacido. Luego de una brevísima sesión fotográfica de promoción para tv Guía, los dos se encaminan hacia el estudio, pero son oportunamente interceptados por el productor general del programa, quien lleva bajo el brazo una oferta que –supone– no podrán rechazar: "Salió un aviso para una cadena de supermercados. Es un día de laburo y hay tres lucas para cada uno". Sin mirar a su compañero, pero en completo contacto telepático, Fabio contesta: "Tres lucas me las gasto en una noche. Por menos de diez no lo hacemos". Más tarde, cuando el productor ya no está, dice la verdad: "Yo nunca hice publicidad, detesto la publicidad. Siempre pensé lo mismo: cuando me ofrezcan hacer un aviso voy a decir que por menos de diez lucas no arreglo. Hoy fue la primera vez en la vida que tuve la oportunidad de decirlo. Si no hice publicidad cuando estaba sin laburo y tenía que afanar en los supermercados, no voy a empezar justamente ahora, y menos por esa guita". Dice Diego: "Nos ofrecen lo mínimo para entrar en una negociación, para que nosotros levantemos y después cerrar en la mitad. Yo puedo tomarme dos whiskies y decirle a esa gente: «Si Leyrado cobra cien lucas por hacer esto, yo, por lo menos, quiero diez». Pero la verdad es que a nosotros no nos va a matar no hacer una publicidad. Nuestra prioridad, ahora, es hacer el programa".

En "Todo x 2 $", Capusotto y Alberti interpretan a dos animadores televisivos llamados Mario y Marcelo, que conducen una mezcla de talk show-programa periodístico-de concursos en el que reciben invitados apócrifos, organizan polémicas telefónicas, cantan, tienen un segmento de opinión política y se ocupan de presentar diversas notas. "Los nombres se le ocurrieron a Laura, mi mujer", dice Fabio. "Podrían haber sido otros. Pero no intentamos hacer una parodia de Pergolini ni de Tinelli."

Aunque el programa pone toda la televisión en una licuadora a máxima velocidad, no hay referencias directas al programa de Pergolini. Del de Tinelli sólo reproducen el clima pum para arriba, que alcanza su máxima manifestación en la constante catarata de papel picado (en ambos programas). El resto de los ingredientes del cóctel proviene de la zona más bizarra de la televisión: los titulares de Crónica tv, los variados programas del cable, los avisos de bien público, las telenovelas latinoamericanas y los programas de concursos. Las referencias más recurrentes y acaso menos puntuales son a los dos paladines locales de la televisión trash, los inventores del todo por 2 pesos televisivo: Gerardo Sofovich y Mauro Viale. Los tres coinciden, sin embargo, en que no es su intención hacer una crítica puntual a la televisión.

Pedro Saborido: Cuando hacemos el concurso Tirále un botellazo a Hernán Caire no hay que buscar ahí un significado simbólico ni un comentario preciso sobre esta persona. Es simplemente algo que nos pareció gracioso.

La invasiónde nombres propios de la televisión convertidos en sustantivos, adjetivos o nombres propios de otros sujetos, abre una dimensión paralela en la que la tevé dio el pasito que le faltaba para ser ubicua, tomarlo todo y reducir todo a lo mismo. En Todo x 2 $, como su nombre lo indica, todo es intercambiable, todo tiene el mismo valor. Lo que más sorprende (¿alarma?) es el parecido del programa (si se lo ve sin sonido, para neutralizar las intervenciones de Fabio y Diego, claro) con el resto de la televisión donde, efectivamente, una receta de cocina, un asesinato o una campaña política son acontecimientos equivalentes. La idea central de la producción de Todo x 2 $ –que se vea grande y barato al mismo tiempo– pone en evidencia la vulgar pretensión de los canales locales: disfrazar de superproducción una factura siempre berreta.

Fabio: A mí me causa gracia cuando un productor dice: "Que no se note el ruedo del programa". Era lo que nos decía Nicolás Repetto cuando produjo Cha-cha-chá. Y nosotros grabábamos en un estudio de cuatro por cuatro, con una columna de yeso como única escenografía. La tuvimos casi todo el ciclo, hasta que se rompió. Y entonces, en un programa, la velamos. Dadas las condiciones en que se trabaja acá, en la televisión, es ridículo pretender ocultar los hilos. Lo que hacemos nosotros es mostrarlos.

"Todo x 2 $" iba a ser parte de Cablematch, la señal de cable dedicada al humor que Ideas de Sur, la productora de Marcelo Tinelli, planeaba lanzar a comienzos de este año. Como el proyecto se frustró, se decidió enviar este programa al aire. Antes, Alberti, Capusotto y Saborido habían trabajado en Delikatessen, una producción de Cuatro Cabezas, la productora de Mario Pergolini y Diego Guebel; el programa fue levantado de América tv a mediados del año pasado, luego de apenas algunos programas con rating más bajo que el esperado. Los tres dicen estar hartos de contestar cuál es la diferencia entre trabajar para uno y para otro y cómo se sienten siendo empleados de Marcelo Tinelli. Para Saborido, no es diferente de trabajar con cualquier otro productor: "Lo que pasa es que, desde que surgieron los productores estrella como Suar, Pergolini o Tinelli, todo el mundo está pendiente de lo que hacen pero lo cierto es que, en cualquier programa, en cualquier canal, va a haber un productor que va a decir las mismas cosas que pueden decir ellos. Sin embargo, Tinelli parece encarnar el lado opuesto de Alberti y Caposutto en el espectro del humor televisivo: el de los campeonatos de chistes viejos, el de las cámaras ocultas humillantes, el de la buena onda a pesar de todo y el de la liviandad suprema (que ellos mismos se encargan de parodiar). ¿No es una concesión demasiado grande, entonces, rendirse ante él? "No, porque él no nos impone nada. Sabe quiénes hacemos este programa y qué puede esperar de nosotros", concluye Saborido.

Está claro que no sólo se refiere a los múltiples e irreprochables antecedentes profesionales de los tres sino, también, a que Todo x 2 $ no está dispuesto a buscar la mayor cantidad de audiencia a cualquier costo. Mientras en el extranjero los medios tienden a especializarse, todavía en nuestro país –y recientemente más que nunca– se alimenta el sueño húmedo del programa multitarget, el programa que no deja a nadie afuera. La fórmula que la televisión local ha creado para enfrentar este dilema es dirigirse a un espectador imaginario calculado como el Mínimo Común Denominador de todos los espectadores posibles: es decir, con el mínimo nivel de inteligencia, el mínimo nivel de gusto, el mínimo nivel de cultura, el mínimo nivel de atención. Lo más aterrador de esta estrategia es que algunas veces parece funcionar.

Alberti y Capusotto no ignoran que el público que los sigue es fiel pero limitado. Ellos no son multitarget. Y asumen que en la productora de Tinelli lo saben y que no intentarán transformarlos en algo distinto con el objetivo de cerrar un mejor negocio. La contracara de no ser multitarget es ser considerado "elitista", "antipopular". En general, para la televisión o, mejor dicho, para quienes tienen algún poder de decisión en la televisión, cualquier producto que no tenga al menos uno de los componentes probados que garantizan popularidad (es decir, chistes para contar, culos y premios en efectivo) será para una elite. Desde luego, la primera confusión es de términos: popular no es lo mismo que vulgar. La segunda es suponer que toda la tevé tiene que dirigirse a la mayor cantidad de gente posible.

Fabio: Muchas veces nos dijeron que lo que hacíamos era para una elite. Pero eso suena como que un vendedor de churros no puede entendernos. Y está claro que no es así. En general, la gente que por la calle me dice ¡Aguante! son justamente los vendedores de churros, los taxistas, gente que, evidentemente, no pertenece a una clase privilegiada.

Diego: La verdad es que nosotros no pensamos en quién puede ver el programa. Hacemos lo que nos sale, y a algunos les gusta y a otros no. El rating no nos desvela. Si a nosotros nos dijeran que vamos a laburar hasta fin de año, tengamos el rating que tengamos; yo no lo pensaría dos veces. La locura de la televisión dicta que, si hacés un programa que midió cuatro puntos, te pongas a pensar en qué tenés que cambiar para que llegue a doce. Nosotros preferimos dedicar nuestra energía a pensar cómo hacer un programa que nos guste cada vez más, antes que cómo subir unos puntos de rating.

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