Sábados de super acción

Intimidades de la pelicula del nuevo disco de babasonicos
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1 de marzo de 1999  

Sandro y David Bowie tuvieron un hijo y lo llamaron babasónicos. tan cerca de sonic youth como de los autenticos decadentes, el grupo de dárgelos acaba de grabar su quinto disco, una colección de canciones protagonizadas por chorros, ases del volante, grasas sin remedio y actores dirigidos por armando bó. todo, como siempre, envuelto en ese glamour –de la basura–y esa aura artística –de segunda selección– que ababasónicos ya le sienta casi tan naturalmente como a roberto galán su bigote teñido de negro.

a los babasónicos no les gusta que haya periodistas en el estudio de grabación mientras ellos están trabajando. Se declaran artesanos de la basura y son de los que prefieren mostrar el juego recién cuando consideran que la obra está terminada; les desagrada mostrar bocetos, como si en ellos pudiera descubrirse algún íntimo secreto que su integridad como artistas obliga a mantener oculto.

Sin embargo, estamos en Circo Beat –coqueto estudio porteño, propiedad de Fito Páez–, donde los Babasónicos, ahora mismo, mezclan su quinto disco. Frente a la consola están sentados Andrew Weiss, reputado productor norteamericano que ya trabajó en los últimos dos álbumes del grupo, y el multiinstrumentista Diego Uma, quien se ofrece de buena gana como guía para un improvisado tour por el lugar. Weiss, que toca el bajo en la banda de Yoko Ono y produce a grupos como Ween y Boredoms, apenas levanta su cabeza enrulada para saludar; luego, vuelve a las perillas.

En la sala de grabación hay pocos –pero inequívocos– signos de la presencia de Babasónicos: entre ellos, una gran pila de discos de vinilo (especialmente, de bandas de sonido y efectos sonoros) y un juego electrónico Play Station conectado a una pantalla gigante (en la que, además, la banda vio los partidos de la Selección juvenil de fútbol, el fugaz regreso de Mike Tyson y, por supuesto, Si lo sabe, cante).

Mientras Uma revela datos acerca de la grabación y se distrae alabando al chef del estudio ("Su comida árabe es increíble"), llega Adrián Dárgelos, hermano de Diego y cantante del conjunto. Adrián tenía que ir a un velorio, pero finalmente decidió no aparecer por allí; dice que odia esas ceremonias del llanto. "Fui solamente a dos en mi vida, y al segundo llegué de ácido."

Babasónicos está en su decimocuarto día de mezcla y todavía le quedan cinco más. La grabación sólo tomó doce. "Las mezclas siempre llevan más tiempo. Todo depende de la droga que consumas", explica Uma y sonríe. "Si tomás cocaína, vas a estar mil horas. Si fumás porro, seguro que tardás menos. Escuchás un poquito y decís: «Listo, está todo bien». La cocaína hace que escuches más agudo, por ejemplo. Pero también te comprime el cerebro; escuchás frecuencias que no existen."

La pulcritud y la elegancia de Circo Beat contrastan con la idea que, tal vez desde el prejuicio más inocente, podría tener quien entrara por primera vez en el mundo babasónico: allí no hay jeringas ni pipas ni tubitos de birome ni humo dulzón ni Poxirán ni aspirinas con Coca-Cola ni individuos vomitando en los baños decorados con discos de oro. Hay apenas un grupo de personas abocadas al trabajo; algunas –eso es verdad– más dedicadas que otras.

En el mundo babasónico, por el momento, sólo están a la vista Weiss, quien sigue concentrado en sus potenciómetros y botones, y algunos miembros de la banda, que entran y salen de la cabina de control. El tecladista Uma-T se sienta y queda en silencio. Peggyn, el dj, saluda y vuelve a la recepción, decidido a pasar un buen rato con algún asistente del estudio; juntos manipularán los jugadores metálicos de un auténtico y destartalado metegol Estadio.

Todos los integrantes de la banda suelen ocuparse de la producción de sus discos. En éste, además, todos participaron en la composición de la música. Las letras, en cambio, son terreno casi exclusivo de Dárgelos, lo mismo que la dirección de los videos, breves pero contundentes muestras de todo lo bizarro que alimenta la música del grupo. A diferencia de la mayoría de los rockeros vernáculos, Dárgelos tiene, además, una especial capacidad para conceptualizar su obra. El no adjudica esa capacidad a su natural y ostensible verborragia, sino a lo que entiende como su talento para "leer lo que para los demás es inconsciente". "No hablamos entre todos para organizarnos; nos maneja la ley del caos. Pero, como estamos mucho tiempo juntos, vamos forjando nuestra música a partir de aquello que nos gusta hacer, de lo que nos reímos... En cierto momento, nosotros habíamos intentado no explicar nada, pero quedábamos como antipáticos."

Entonces Uma, simpático, gentil y no menos verborrágico, continúa explicando los detalles de la grabación: "Este disco no tuvo ensayo, sólo hubo una etapa de creación que llevó dos meses y medio. Y fue durante el último de esos meses cuando compusimos todo. El otro día alguien me decía que estamos tocando de un modo más fino. Creo que eso sucede porque los temas no son de rock. O sí, pero no es el rock que hacíamos en Babasónica, que, desde nuestra óptica, fue un disco metálico. En este álbum hay a go-go; canciones de crooner, tipo Sandro...; tiene temas diferentes, con distintos tipos de ritmo. No nos gusta hacer un género. Por ejemplo, nunca tocamos una ranchera ciento por ciento: la escucha un mexicano y me pega un tiro en la rodilla. Pero, para mí, es una ranchera beat".

Hasta hoy, lo único que puede escucharse del nuevo álbum de Babasónicos está en un improvisado cd-r, un disco grabable que contiene versiones sin masterizar de diez de los veinte temas registrados. Estos títulos, entonces, pueden no ser definitivos: "Desfachatados", "Playboy", "Soñar", "Casualidad", "Combustible", "Mal viaje", "Grand Prix", "Débil", "Charada", "Astros". Mientras Weiss mezcla en la cabina –la pecera–, los temas empiezan a sonar en la sala de grabación, una especie de enorme loft en semipenumbras. Diego y Adrián escuchan atentos. Afuera, en la calle, arrecia uno de esos diluvios típicos de nuestro verano 99.

"Desfachatados" –probable corte de difusión que tuvo una desprolija presentación en sociedad en el concierto de Buenos Aires Vivo III– es una ranchera con mucho de western; el segundo tema ensalza las locuras de un Isidoro moderno sobre una base con elementos de cóctel y rockabilly. "Combustible" –que probablemente termine llamándose "Nafta"– narra la historia de un joven que gasta todo lo que obtiene de sus robos: "Quemo el dinero, quemo/ Ando buscando la alegría que me falta", canta Dárgelos. "Grand Prix", en cambio, habla de un as del volante. Y "Astros" –cuyo título final tal vez sea "Dimensión paraguaya"– refiere a la "dimensión de Armando Bó". "Un Litoral", según el cantante, "donde siempre hay personajes transpirados, entre los juncos, a los que la voz de la conciencia les habla en off y los aturde". Hay mucho de cinematográfico en las letras y en la música. Y Uma se enorgullece cuando sugerimos que sus nuevas canciones remiten a aquellas tardes del viejo Canal 11 y sus Sábados de superacción.

–"Babasónica" giraba alrededor del dualismo entre el bien y el mal, con una gran presencia del diablo. Este disco, en cambio, no parece tener un eje temático.

dargelos: A diario veo cómo el mal se promueve y cómo el bien también intenta ganar adeptos. Lo que sucede es que el bien ofrece menos placeres. Hay un fenómeno cultural que hace que lo placentero esté mal. Entonces, a la larga, ¿el mal no es el bien?

¿Qué carajo es esta cultura? Eso es lo que empieza a plantear Babasónica. El diablo aparece porque es el representante más kitsch que tiene el mal. Llamalo al diablo por teléfono: atiende en el mismo número que Dios; 0-800-dios y 0-800-diablo son el mismo número (risas). Esa es la problemática de Babasónica: la pugna entre el bien y el mal. Nosotros lo pensamos como un disco de rock con un heavy metal súper pasado de moda. Y este álbum... es completamente distinto (se ríe). Ningún tema plantea el dualismo, ninguno habla del mal. ¿Qué pasa? Yo escribo casi todas las letras y cuando llego a una situación que domino... ¿qué voy a hacer?, ¿voy a perfeccionarme en escribir de modo barroco? Babasónica es muy barroco, usa casi todas las palabras que hasta entonces el rock en español no había usado. Pero el hecho de volver a hacer lo mismo me lleva al aburrimiento. Tengo que encontrar temas sobre los cuales no he hablado; Incluso me planteo la necesidad de que sea un tema que nadie que haga rock haya tratado todavía. En otras ocasiones encuentro que un tema sobre el que estoy hablando es recurrente en el rock –lo cual no es extraño, porque mi psiquis pertenece al rock–; entonces, tengo que descubrir una nueva óptica de belleza que lo atraviese. La narrativa permite encarar diferentes formas de ver la realidad.

–Más allá de la voluntad de cambiar en cada disco, ¿cuál es la esencia de Babasónicos? ¿Hay algo en ustedes que permanece inalterable?

dargelos: Tenemos una especie de espíritu que se repite en todos los discos. Por ejemplo, aunque hagamos roller boogie, a go-go, o disco, siempre somos un poco épicos; además, no estamos muy de acuerdo con la forma de la razón... Es decir: a partir de los comienzos de la Edad Moderna –y hasta ahora– la cultura adoptó una hegemonía de pensamiento: la razón. En especial la cultura judeocristiana, a la que pertenecemos. Tenemos un sistema racional, somos racionalistas. Eso eliminó un modo paralelo de acercarmiento al saber que hasta ese momento pugnaba por ser parte de la verdad: la percepción y el conocimiento chamánico, que hoy sólo persisten en pequeñas tribus aborígenes, o como contracultura. Nos-

otros estamos convencidos de que la forma actual de pensamiento no sirve, de que el conocimiento ya fue. Es un sistema que fabricó el capitalismo que nos gobierna y que está entrando en una crisis que se manifiesta a nivel piel. A nosotros nos importa un porongo lo que pasa en el mundo; no nos importa que todo se hunda mañana. Sostenemos que la percepción es mucho más rica que la razón y que tiene más libertades; deberíamos guiarnos por la percepción, al menos en un cincuenta por ciento, y no por el sistema racional bajo el que nos educan. Esa línea se encuentra en todos nuestros discos. Los agentes psicodélicos son lo único que tuvo la cultura occidental para desmoronar a la razón; son los que abrieron las puertas de la percepción, de nuevas realidades. Y Babasónicos siempre bucea en las realidades paralelas. De todos modos, hay toda una botánica que no investigué. La química no nos interesa mucho.

uma: Excepto el ácido, que es el único invento moderno que está bueno. Pero tampoco tanto, porque genera un anticuerpo y después ya no es interesante. Lo que es bueno es el San Pedro, un cacto de siete puntas que se toma como té. En San Juan nos hicieron llegar unos tragos; tiene un gusto asqueroso. Cortan un cacto, le sacan la estricnina, que es supervenenosa, le sacan la pulpa y la hierven. Pero tiene que haber un chamán que sepa hacerlo. Ellos no lo consideran una droga, sino una forma de contacto...

dargelos: Lo que pasa es que droga es un término impuesto por la cultura dominante para cosas que se prohíben a partir de las leyes de la farmacopea.

uma: Yo tampoco entiendo al porro como una droga. Creo que el que fuma no está drogándose.

–Pero no hacen militancia a favor de la legalización.

dargelos: No nos interesa. De hecho, no nos interesa nada.

–¿Son nihilistas?

dargelos: Eramos nihilistas hasta que conocimos a Sai Baba (risas).

l nombre de babasónicos se le ocurrió a un amigo, Fácil K, que es el que aparece en la tapa de Pasto, nuestro primer disco. Ensayábamos en la pieza de Adrián, en Lanús, que era un lugar muy chico. Y Fácil K (Kike, en realidad) jugaba con las palabras; le gustaba inventar algunas nuevas. Una vez, mientras veía a Sai Baba, dijo: «Babasónicos». Y nos gustó." Peggyn hace memoria sentado a la mesa de un restaurante de Barracas con ristras de ajo en las paredes y Natalia Oreiro en la pantalla de tevé.

La historia se remonta a principios de los 90, cuando una nueva camada de grupos copó los tugurios de Buenos Aires; bandas que tenían escasa afinidad musical pero, por lo menos, tres características en común: eran jóvenes, provenían en su mayoría del sur del conurbano bonaerense y mostraban una actitud desfachatada y un empuje muy distintos de todo lo que hasta entonces se entendía como rock nacional. Con el objeto de ganar un espacio dentro de la escena porteña, Babasónicos, Juana La Loca, Martes Menta, Tía Newton y Los Brujos organizaban shows en conjunto, y fue así como, en poco tiempo, lograron que la prensa especializada les adjudicara una etiqueta discutible pero efectiva: movida sónica. Hoy, sin embargo, en el útimo año de la década, sólo Babasónicos continúa en actividad (el futuro de Juana La Loca, después de la pelea que a fines del año pasado dividió al grupo, es todavía una incógnita). Y, llamativamente, el combo continúa con los mismos integrantes y los mismos plomos que en 1991.

Un año antes, en 1990, Dárgelos estaba en Londres, adonde había ido con la idea de estudiar semiótica y cine. "No llegué ni a averiguar dónde quedaba la facultad", recuerda hoy entre risas. Pero su paso por Inglaterra le dejó otra clase de enseñanzas: vio de cerca el surgimiento de grupos como EMF y Jesus Jones, y la consagración de los Stone Roses y los Happy Mondays.

Con esa experiencia y la convicción de que dentro del rock argentino había un espacio por ocupar, Adrián volvió a la casa de sus padres, en Lanús. El embrión de Babasónicos nació cuando él y su hermano –quienes hoy comparten una casa en Tortuguitas– volvieron a conectarse con el tecladista Uma-T, al que conocían por experiencias grupales anteriores. Luego llegaron Gabo (ex bajista de Los Brujos y Juana La Loca) y Diego Trance, el baterista. Los Babasónicos tenían apenas siete meses de existencia y una veintena de shows realizados cuando el sello Abraxas les ofreció grabar su primer álbum. Para la preproducción alquilaron una quinta. Hasta allí llegó Mariano Roger, guitarrista (e hijo del actor-ícono Rolo Puente), que abandonó su trabajo y se incorporó a la banda sin conocer a casi ningún integrante. Entre todos dieron forma a Pasto, un disco fresco, moderno y desinhibido, repleto de lo que Diego Uma define como "electricidad jovial". Gabo recuerda esos comienzos como un tiempo pleno de energía: "Pero era explosiva, difícil de canalizar. Y así resultó Pasto: todos los temas seguidos, no se detiene nunca... No podíamos parar a pensar qué íbamos a hacer: hacíamos todo al mismo tiempo".

Por decisión de Abraxas, Pasto fue a parar al congelador. El disco, registrado con un nivel de producción inusual para un grupo nuevo, vio demorada su salida una y otra vez hasta que apareció la compañía discográfica Sony, lo compró y lo publicó. Desde entonces, Sony ha editado todos los trabajos de Babasónicos, discos cuyos títulos, sin duda, refieren a aquellas "realidades paralelas" sobre las que Adrián y Diego se expla- yaban más arriba: Trance Zomba (cruza de roller music y hip-hop de la que "Patinador sagrado" y "Montañas de agua" son sus mejores exponentes); Dopádromo (el álbum más difundido, gracias al hit "¡Viva Satana!"); y Babasónica. Los más fanáticos de la banda seguramente tienen en su discoteca, además, Babasónica electrónica –un disco de remixes de los temas del cuarto álbum– y Vórtice marxista, especie de pirata (con temas inéditos) con el que el grupo se empeña en negar cualquier conexión.

Antes de entrar a grabar Trance Zomba, Babasónicos incorporó a dj Peggyn, quien hasta entonces colaboraba en el armado de las escenografías y ayudaba a cargar los equipos para los shows. Así, la banda se convirtió en la primera de la Argentina en contar con un dj como miembro permamente. Encima, Peggyn se diferencia de la mayoría de sus colegas porque no usa demasiado el scratching. "A partir de Dopádromo empecé a utilizar la bandeja como un instrumento para la composición: tiro orquestas, voces, no le doy sólo un uso percusivo. Para mí, ser dj no es sólo pasar música, hacer remixes o meter ruidos. Y está bueno, porque te lleva a otros instrumentos, a otros climas, otros estilos. Tengo unos dos mil discos de vinilo: los compro cuando viajo, o me los consigue un amigo que tiene una disquería en Constitución. Lo que más me divierte es reflotar a artistas fracasados: tomo parte de un disco que fracasó y lo mando ahora. Y quizá fracase de nuevo (risas). No importa, insisto con basura que la gente no quiere. Y eso ya se convirtió en una manera de vivir...

si el rock argentino de los 90 encuentra su fórmula más exitosa en los músicos que hacen un modelo artístico de su condición barrial, su autenticidad y su imagen de tipos comunes y elementales, es claro que los Babasónicos están a contrapelo de la tendencia. En lugar de subir al escenario con la misma pilcha con la que toman el colectivo, a ellos les gusta "pelar look": transformarse en personajes lejanos y distantes, envueltos en misterios extravagantes y muy poco mundanos. Pero, claro, del Tercer Mundo. Para lograrlo, entonces, se sirven de vestimentas exóticas o pasadas de moda (compradas, casi siempre, en ferias americanas) y de escenarios armados especialmente para cada espectáculo. No se trata del PopMart Tour; con más imaginación que dinero, Babasónicos se las ingenia para montar, por ejemplo, una pista de breakdance.

"Nosotros somos mucho más sencillos que lo que parecemos, por eso podemos trabajar siempre con el mismo grupo de gente", afirma Uma. "Pero algunos suponen que nos creemos estrellas de rock porque vamos a las sesiones de fotos con un traje. O disfrazados. No voy a salir en una foto con una remera, porque así soy yo habitualmente. En la foto no quiero ser yo: quiero ser el guitarrista de un grupo. A nosotros nos gusta montar una escenografía, armar siempre algo diferente, pero como tenemos un sistema de producción elaborado creen que somos raros. Hicimos un show en el que éramos collas, pero todos de rosa y blanco. Creo que eso es lo que hace que el tipo que es más sencillo, diga: «Y estos boludos, ¿por qué no se suben como son?». Y yo también soy así. Si voy a un casamiento (choca el puño contra la palma de la otra mano), voy colla-rosa (risas). Eso le da un marco diferente a todo, cambia la impresión. A mí no me cabe salir sin arreglarme: tengo que ponerme una vincha, re-ochentas. Es más entretenido."

Detrás del escenario de Buenos Aires Vivo III, Trance, Dárgelos y Uma-T conversan y toman cerveza. Faltan cinco minutos para que termine el show de Los 7 Delfines y llegue el turno de Babasónicos, y Uma está vestido con una chomba y bermudas. ¿Saldrá así a tocar? "Ni a palos", se ríe, y se va corriendo hacia los improvisados camarines de lona. Cuando la intro disparada por dj Peggyn y Uma-T empieza a sonar, Diego Uma viste pantalones y chaleco de cuero blanco con detalles en rojo y una letra B en la espalda de la que salen rayos. El resto del grupo no se queda atrás: Peggyn –peinado afro y bigotes al mejor estilo batero del grupo Tempo– tiene un esmoquin verde y negro, remera, pantalones cortos y botas texanas blancas; Trance luce una musculosa cubierta de lentejuelas negras. Pero Dárgelos va más allá: lleva una especie de catsuit de malla que oculta menos que lo que muestra, adornado con tules celestes que cuelgan desde las rodillas, y un gorrito Piluso. Aunque está lejos de ser un Adonis, muchas chicas suspiran cuando se acerca al borde del escenario y los reflectores hacen que sus partes se trasluzcan más.

Cinco días después, en un bar de Corrientes y Callao, Dárgelos y Uma comparten un agua mineral y sonríen cuando recuerdan la escena.

–¿Cómo manejan la sensualidad y el erotismo, dado que ninguno de ustedes es...

dargelos: ...Ricky Martin?

–Exacto.

uma: Es que creemos en Sandro (risas).

dargelos: Es algo que nos pasa instintivamente. Nos gusta estar muy alejados de la instancia real. Es decir, el músico está ahí arriba y está en una situación que no serviría en otro lugar. Ahí estoy en una condición moral en la que no puedo dudar: estoy ahí y está bueno, porque no me siento desprotegido, estoy inmerso en una atmósfera determinada. Eso es muy importante. Antes de crear el primer acorde en el escenario, creamos la atmósfera. No somos un grupo que depende del feedback con el público para hacer mejor el show: generamos un cope interno. El show depende de ese estado de trance y locura, y se crea un vértigo increíble. Me gusta el vértigo: el rock no es seguro. No es que salgo y toco una lista en la que sé todo y no puedo equivocarme. El show de Buenos Aires Vivo, por ejemplo, estuvo bueno porque todos teníamos diferentes listas de temas: el asistente se equivocó, hizo mal las listas y cada uno tenía las canciones en distinto orden. Había quince mil personas y nosotros hacíamos cualquier cosa.

uma: Peggyn tiraba una base, pero los demás empezábamos un tema que no tenía esa base. Así que enganchábamos con lo que sonaba y salíamos a otra cosa.

–¿Prefirieron seguir adelante antes que dar una explicación sobre lo que estaba pasando?

dargelos: Sí. Lo que sucede es que Babasónicos es una idea tan completa que si yo hablase desde el escenario, no tendría sentido. Todos mis sentimientos son musicales, están envueltos en la atmósfera. No tengo que arengar al público: la música es la arenga. Imaginate la idea de Ziggy Stardust, esas ideas de rock tan fuertes... Babasónicos está muy influido por esa escena, donde el rock tenía una imagen... inalcanzable. ¿Viste cuando alguien te gusta pero no podés ser como él? Porque no podés ponerte ese vestuario, no podés moverte así. A mí me gusta eso del rock. El rock es un entretenimiento y nosotros lo somos: un entretenimiento completo e impermeable. Igualmente, en este disco me interesó mucho más utilizar la simpleza. Incluso llegué a plan- tearme usar las palabras que usan todos. Pero no sólo todo el rock; también la cumbia, la música melódica: las palabras que figuran entre las cien más populares. Me encantaba encontrar belleza en la mugre de esas palabras tan trilladas y repetidas. En un cuarto de hotel barato, por ejemplo.

–Pero el tratamiento que le dan nunca pierde el glamour.

dargelos: Es el glamour de la basura, el glamour burgués, no el glamour del poder. Y nunca vamos a bajarnos del glamour, porque es sexy, entretenido. A mí no me interesa que me conozcan como persona. Yo soy músico, no me interesa saber qué pensás vos de mí como persona. Me interesa que, si vas a juzgarme, lo hagas por lo que soy como músico. Me cago en la sinceridad. "Casualidad" [uno de los temas nuevos] dice: "Sinceridad, adónde vas, no significas nada". En realidad, muy pocas cosas significan algo. Por eso, no nos interesa que nos conozcan como personas. Somos músicos y manejamos el glamour como una herramienta de nuestra estética para mostrar la música. En este disco hay cosas más de la coyuntura, más visiones de la realidad ordinaria. Pero me encanta ver cómo hay glamour en la mierda. (Hace una pausa.) Me gusta lo grasa. Me gusta lo que es de abajo porque, además, en mi vida tampoco suelo andar por arriba. Estoy siempre ahí, floto en la superficie. Lo mío es entre la superficie y estar ahogado, entonces me gusta eso: cómo rescatar la belleza del pantano, cómo rescatar las cosas de la mediocridad. Nosotros siempre decimos que eso es una visión trash. Babasónicos no es kitsch, no es irónico, no agarra los términos culturalmente masivos y los aplica otra vez; no recrea. Nos preocupa no volver a hacer lo que ya hicimos antes porque no queremos perfeccionarnos, porque el error es el swing.

–…

Dargelos: Un ritmo perfecto hecho por computadora carece de swing, es muy duro. ¿Qué pasa? El baterista humano tiene un tempo humano, entonces se seudoequivoca y tiene mínimos adelantos y retrasos. Y con eso logra la cadencia, que es el swing. Entonces, el swing es el error en el tempo, pero también es la belleza del ritmo. Conociendo las baterías electrónicas entendimos que eso era lo perfecto y que el error era lo lindo. Nosotros le ponemos error hasta a lo que parece imposible que lo tenga: es la forma que entendemos para esgrimir una nueva belleza. ¿Acaso el rock no tiene que preocuparse por subvertir algún valor?

uma: Nosotros explotamos al máximo la forma de vida que llevamos y los gustos que tenemos. Nos parece bueno invitar a tocar a [el dj de los años 70] Rosko, que es regrasa pero nos gusta a todos. Podemos distinguir qué es grasa, pero nos parece buenísimo igual. A mí, [Roberto] Galán me rompe la cabeza. Pero si lo tomara así sólo porque es moda, debería haber estudiado diseño para entender qué es kitsch. Yo me la pasé en Constitución desde los 14 hasta los 16 años, comiendo abajo, en El Vómito, en La Gotita de Grasa. Entonces, te adaptás a eso y, aunque no formes parte, le tomás una simpatía. Salir de a 31 varones: eso es regrasa (risas). Y lo he hecho tanta cantidad de veces que, ya está, soy así. Lo que pasa es que no parecemos chicos simples de barrio. Siempre creen que somos de otro estrato social, aunque la mayoría somos de clase media. Y creo que lo que parece kitsch en nosotros es producto del hecho de que somos muy fans de la televisión, que debe ser lo más kitsch que existe, más allá de [Pedro] Almodóvar. Ver tanta tevé te atrofia el gusto (risas).

–Entonces, Babasónicos es una banda con el gusto atrofiado.

uma: ¡Claro!

Mancha pringosa uno: entre las nuevas canciones está "El súmmum", un claro manifiesto de la mersada babasónica: "Todos en el mundo somos grasas/ No hago distinción de sexo y raza/ Sólo que unos lo disfrutan/ y otros no pueden evitarlo/ Llegó el súmmum/ Moncho Vip, sos el súmmum".

Mancha pringosa dos: los posibles títulos del disco –al momento del cierre de este número– son Miami o Tuco. Argumenta Adrián: "Elegimos Miami, por todo lo malo que tiene esa ciudad sin arte, donde todo es tránsito y consumo; y Tuco, porque es como la sangre que está entre la pasta".

–adrián, recién decías que no querés darte a conocer como persona sino como artista. ¿Por eso te cambiaste el apellido?

dargelos: En realidad, hay muchas causas. Mi nombre de fantasía lo tengo de antes de ser músico. Quería ser poeta y entonces ya tenía el nombre: Dárgelos. Pero, además, si te apellidás Rodríguez, como Diego y yo, lo más probable es que quieras cambiarte el nombre (risas). Es terrible, como llamarse González o Fernández: necesitás ponerte un nombre vos mismo. Además, siempre me gustaron la literatura, los seudónimos y los personajes. Hay una obra de teatro de Jean Cocteau, Los niños terribles, en la que, al principio y al final, aparece un personaje llamado Dárgelos, que termina siendo el niño más terrible de todos.

–¿Creés que vos también eras el niño más terrible?

dargelos: No sé. También fue porque me llamaba Rodríguez... Todo sirve (risas). A mí no me molesta ser también Adrián Rodríguez. No me importa, no tengo nada que esconder bajo los nombres. Y a lo que me refería cuando decía que no quiero que me conozcan como persona era a que, en tanto hago música, no me propongo ser alguien que pueda ser juzgado moralmente según el lado que elijo frente a asuntos como la sexualidad, el buen gusto, las buenas costumbres, la honradez, la traición, el bien, el mal... Me gusta que no exista ese parámetro para crear; que cuando uno crea pueda ser un hijo de puta, alguien que no proviene de ninguna parte, y que pueda ir sobre sus propios pasos y deshacer todo lo que hizo. No tener moral, no tener vergüenza de nada. Ser lo peor.

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