Suscriptor digital

Un grupo que ya es objeto de culto

(0)
22 de abril de 2004  

"Románticos del siglo XX". Concierto del Estudio Coral de Buenos Aires. Dirección: Carlos López Puccio. Obras de Elgar, Barber, Chihara, Lauridsen, Messiaen y Rautavaara. Auditorio de Belgrano. Festivales Musicales.

Nuestra opinión: excelente

Existen los objetos de culto. En la literatura, en el cine, en el rock, en el deporte y, por supuesto, en la música académica también. En este sentido, y sólo en este sentido, sin pretender establecer comparaciones estéticas o cualitativas realmente inconvenientes e inapropiadas y a pesar de lo pecaminosa que la siguiente afirmación pueda sonar para los amantes del estudio Coral de Buenos Aires, el grupo de López Puccio tiene una significación similar a la de Los redonditos de Ricota en el campo del rock.

Unos y otros son emprendimientos emblemáticos que se extienden tozudamente en el tiempo de un modo bastante silencioso, caminan por fuera de ciertos establishments musicales y se presentan muy esporádicamente. Hacia esos encuentros esparcidos, las huestes de seguidores marchan fieles, sabiendo que los depositarios de la admiración recompensarán sus más íntimas aspiraciones.

No cabe la menor duda que la verdadera multitud que se congregó en el Auditorio de Belgrano no fue atraída por un repertorio musical del siglo XX, seguramente desconocido para la mayoría, sino porque sobre el escenario iba a estar el grupo musical argentino más artístico, más perfecto, más impecable y más consumado de todos aquellos, instrumentales o vocales, que existen en nuestro país. Como prueba testimonial de esta enunciación podría recordarse el nivel de excelencia y de altísimo vuelo artístico exhibido en la presentación de los "Cinq rechants", de Messiaen, y el "Magnificat", de Rautavaara, dos obras de dificultades infinitas, las suficientes como para atemorizar y desalentar a cualquier coro que quiera aventurarse sobre ellas. Esto, dicho sin pretender desmerecer las interpretaciones de las obras de la primera parte del concierto.

Diversidad estética

Más allá de las virtudes vocales de cada uno de los integrantes del coro, del trabajo meticuloso en los ensayos y de la capacidad admirable de López Puccio para comprender y poder concretar musicalmente los mil secretos escondidos dentro de partituras tan complejas como las de este programa, el director conoce en detalle las características de cada uno de los cantantes y escoge de maravillas quién debe asumir cada uno de los pasajes solistas de las obras de Messiaen y Rautavaara. Un coro amateur de prácticas absolutamente profesionales.

En tren de continuar con los elogios, sin que ninguno de ellos no se corresponda exactamente con hechos propios del concierto de anteanoche, o con los expuestos a lo largo de un sendero histórico notable, hay que hacer mención también al repertorio escogido, muy imaginativamente propuesto como "Románticos del siglo XX".

Las sucesivas canciones de compositores tan diferentes unos de otros permitieron presenciar la inagotable variedad estética y discursiva que caracterizó a un siglo maravilloso. De a uno, fueron pasando el romanticismo cambiante y siempre refinado de Elgar, las modernidades vertidas con moderación por Barber, una bellísima pieza de Chihara que avanza desde un acorde perfecto menor hacia los terrenos más vanguardistas y no temperados y hasta el momento edulcorado, reiterativo y un tanto posmoderno de una obra de Lauridsen que puede haber sido incluida para demostrar que, dentro de la música de la centuria pasada, también hubo lugar, en la música coral, para algunas piezas muy apropiadas para acompañar algún teleteatro previsible o conversaciones amables a la hora del té. Y después fue el momento asombroso de Messiaen y del finlandés Rautavaara.

Sin descanso, López Puccio exhibió un muy buen estado físico, con sus muy conocidos y gimnásticos movimientos de dirección que implican avances y retrocesos, elevaciones y contracciones, muchísimas agitaciones y escasas serenidades y gestos ampulosos e inagotables con ambos brazos. Cada uno de los sonidos del coro, ideales, sublimes, parece surgir como el producto lógico de semejante coreografía. En función del resultado sonoro, pues bienvenidas sean la ampulosidad y el ultradetallismo.

Desde el primer y bello acorde elgariano, la entrada al nirvana, hasta el último cluster del "Magnificat", de Rautavaara, la noche fue mágica. Fuera de programa, llegaron otros "románticos" del siglo XX, dos arreglos corales de un negro spiritual y de un joropo venezolano. A partir de ahora sólo es cuestión de estar atentos para saber cuándo y dónde oficiarán la próxima ceremonia. Obvio, para no dejar de asistir.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?