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"A muchos políticos les falta imaginación", dice Dardo Cúneo

La visión de un pensador comprometido
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24 de abril de 2004  

Una de las claves para intentar comprender la profunda crisis política que los argentinos venimos arrastrando, sin miras de resolverla, es la frustración de nuestros tradicionales partidos políticos. Acudir a un intelectual como Dardo Cúneo para descifrar las razones de la declinación del laborioso y aguerrido Partido Socialista de otrora no solamente es hallar datos y explicaciones, sino también el placer de dialogar con un viejo partisano del periodismo y la literatura, con un militante político culto y reflexivo, practicante de una escrupulosa conducta ética.

La actividad profesional de Cúneo pasó por Ultima Hora, La Razón, Crítica, El Mundo y, naturalmente, La Vanguardia. Fue colaborador de las revistas El Hogar, Mundo Argentino, Aquí está, Qué y Esto es. Pero durante los críticos años 40 también debió batallar desde trincheras más belicosas, como los periódicos Argentina Libre y Antinazi.

Una militancia iniciada a los 16 años en la Juventud Socialista le permitió conocer todos los cargos partidarios y también el sinsabor de la cárcel, pero no concretar el sueño de una merecida banca parlamentaria. Esto le permitió conocer las carencias que debilitarían, al fin, la fortaleza de aquel partido pletórico de virtudes, una de las fuerzas políticas más serias del país. Tras su renuncia, Cúneo fundó Acción Socialista, pero sólo viviría la primera experiencia de gobierno como jefe de prensa del presidente Arturo Frondizi, quien luego le confió delicadas misiones diplomáticas, como la de ser el representante argentino en la OEA. Sus informes figuran en el libro "La batalla de América latina".

Por su ensayo "Sarmiento y Unamuno" obtuvo la Faja de Honor de la SADE, entidad que presidiría veinte años después. De su prolífica labor literaria se destacan "Juan B. Justo y las luchas sociales en la Argentina", "Comportamiento y crisis de la clase empresaria", "El desencuentro argentino" y "El romanticismo político".

Sus flamantes 90 años, celebrados en la Biblioteca Nacional, indujeron al director de la entidad, Horacio Salas, a rescatar una frase de Pablo Gerchunoff que le cae a medida: "Una vida es el desenvolvimiento de una aventura". Esa aventura comenzó a sus 22 años, cuando, deseoso de escribir sobre la República española, se embarcó con todos sus sueños socialistas. El destino le propuso una inesperada vivencia en alta mar: nada menos que el estallido de la guerra civil, cuyo recuerdo aún lo conmueve.

-¿Qué ocurrió en el barco que lo llevaba a España?

-Cuando nos enteramos de la sublevación franquista, el capitán del Cabo Santo Tomé decidió anclar en Dakar y cambiar el rumbo hacia las islas Canarias, que estaban en manos rebeldes, pero los tripulantes, leales a la República, pidieron instrucciones a Madrid y llegó una orden terminante de Indalecio Prieto: "°Apresar al capitán y poner rumbo a Valencia!" Así se hizo y ésa sería mi primera crónica enviada a Buenos Aires. Después, pude presenciar más de cerca aquella tragedia. Fue un hecho emocional muy grande ver morir a tanta gente en defensa de la República y sentir el impulso de pelear con ellos. Pero en Madrid me atajaron enseguida: "°Haz tu tarea de periodista, hombre, que brazos para luchar hay de sobra! Lo que nos faltan son crónicas, resonancia".

-¿Adónde enviaba sus notas?

-Todas mis crónicas y reportajes se publicaron en Crítica, que se había volcado decididamente a favor de la República. En Madrid presenté mis credenciales en la casa de Julio Alvarez del Vayo, colaborador del suplemento literario de LA NACION, escritor, ministro, embajador y diputado socialista al que le fui a golpear la puerta. Apenas me contestaron de adentro, grité: "°Periodista argentino con una carta de Mario Bravo!" Alvarez del Vayo salió alborozado y enseguida me llevó a la Casa del Pueblo. Al lado vivía otro intelectual socialista, su concuñado Luis Araquistain, también colaborador de LA NACION, aquel que sucedió a Ortega y Gasset en la dirección de la revista España. Ellos me hicieron viajar por los frentes, ver la guerra auténtica, sentir lo español.

-En esos años, el Partido Socialista tenía fuerte gravitación en la Argentina, a pesar de las críticas por su europeísmo. ¿Cuál era la gran motivación de entonces?

-Es cierto, a partir de 1930 el partido se desarrolló enormemente porque fue la oposición visible al régimen militar y empezó a desplegar una impresionante capacidad de acción. Sin duda que sus disciplinas mentales estaban muy influidas por el socialismo europeo, pero eran muy adaptadas a la realidad criolla y su interpretación era auténticamente nacional, cosa que le negaba la oligarquía.

-No solamente la oligarquía acusaba al socialismo de ser un partido europeísta.

-Lo era, pero en su vida interna, porque funcionaba al estilo de las mejores organizaciones socialdemócratas europeas. Cada afiliado completaba una ficha que era cuidadosamente registrada por triplicado, pagaba una cuota mensual, se ajustaba a normas de conducta muy claras y todos respetaban la disciplina interna.

-¿Las disidencias empiezan al morir el fundador?

-Tras la muerte de Juan B. Justo, ocurrida en 1928, se fueron perfilando dos líneas: la de Nicolás Repetto, su gran discípulo, muy ortodoxo pero de mirada pequeña, y la de Mario Bravo, quien además de poeta era un legislador en serio, con un claro sentido nacional en la creación de nuevas leyes.

-¿Qué quiere decir cuando le adjudica a Repetto una "mirada pequeña"?

-Era la mirada de tipo positivista. El positivismo es la tendencia a ver solamente las cosas tal como son y no a imaginarlas como podrían ser. Esto le restaba al partido el ímpetu de ir para adelante, de ser sensible a los elementos utópicos tan propios del socialismo. No obstante, el socialismo exhibía una solidez muy grande. Dentro suyo se dibujaban dos sensibilidades, más que dos líneas diferentes, porque en las elecciones internas unos y otros sumaban la misma cantidad de votos. Si había un partido con aptitudes para gobernar y generar un cambio en la vida argentina de los años treinta, era el Partido Socialista.

-¿Cuándo comienzan a convertirse en líneas políticas diferentes esas "dos sensibilidades", como usted las llama?

-Cuando Repetto define como sucesor a Américo Ghioldi, quien no tenía sus mismas cualidades políticas e intelectuales.

-Pero a Ghioldi siempre se le discutieron posiciones, actitudes políticas. Nunca se le negaron cualidades intelectuales...

-No eran las mismas de Repetto. Además, carecía de experiencias y conocimientos sindicales y sociales. Así como Repetto pasó a dirigir el partido sin la mirada amplia que caracterizaba a Justo, Ghioldi se convirtió en el delfín de Repetto, pero sin su misma capacidad. Sería esa línea sucesoria la que iba a marcar la declinación del socialismo en la Argentina.

-¿Comienzan allí los enfrentamientos?

-Todavía no, porque a pesar de las diferencias aún prevalecía una fuerte actitud unificadora. Estaba fresca la escisión producida por los socialistas independientes liderados por Antonio De Tomaso, quien había sido nada menos que el ahijado político de Repetto. Eso fortaleció la idea de proteger la unidad partidaria. Y en este sentido Bravo contribuía mucho con su temperamento pacificador.

-La escisión de 1927 la encabezaron dos diputados socialistas brillantes, De Tomaso y Federico Pinedo. ¿Fue por disidencia ideológica o por motivos personales?

-Cuando decidieron irse para formar el Partido Socialista Independiente, con ellos se fueron muchos que se sentían atraídos por el antiyrigoyenismo del momento. La figura de De Tomaso resultó decisiva, porque era como un hijo del partido, cosa que no ocurría con Pinedo. Pero la clave estuvo en un personaje nefasto que se escondía detrás de De Tomaso: era el diputado Héctor González Iramain, muy inteligente y simpático, a quien Justo poco antes de morir había señalado como una peligrosa infiltración de la oligarquía dentro de nuestro partido. Y tenía razón, porque los socialistas independientes pronto se asociaron a los conservadores. Todo ese proceso consolidó la conducción de Repetto y Ghioldi e hizo que el partido se volcara más hacia adentro y perdiera la energía necesaria para tener más presencia externa, una decisión tácticamente sana, pero impolítica, porque eludía la realidad y nos convertía en una elite intelectual. Era como decirle a la gente: "Nosotros somos diferentes". Claro que también tenía su atractivo, porque muchos se acercaban al socialismo en nombre de la honestidad. Pero eso no lo convertía en un partido popular.

-Sin embargo se fue generando un voto tradicional: elegir presidentes radicales y legisladores socialistas para controlarlos.

-Esa fue la síntesis que produjo el voto de los inmigrantes. Pero el partido seguía fallando desde arriba, porque Ghioldi no lo manejaba. No había una dirección clara y ésa era nuestra desgracia.

-La personalidad socialista más popular y atractiva era Alfredo L. Palacios, ¿qué gravitación tenía en los cuerpos directivos?

-Ninguna, porque no quería ser miembro del comité ejecutivo. Palacios no era un militante socialista clásico. Siempre procuraba su independencia de la dirección partidaria. Pero era un trabajador extraordinario y un legislador inigualable, tanto por su capacidad como por su vigorosa presencia.

-¿Qué fue de ese partido de parlamentarios y tribunos brillantes, que con De la Torre y Repetto les peleó la presidencia a los conservadores, que languideció con la aparición del peronismo y que jamás se pudo recuperar?

-Precisamente de esa aparición tiene una gran responsabilidad este partido declinante, pues el proceso inicial del peronismo fue posible gracias al crecimiento anterior del proletariado industrial, una realidad que nuestros dirigentes no habían visto, por su mirada estrecha. Salvo Mario Bravo y algún otro, el partido no vio los fenómenos sociales producidos en la década del treinta. Y eso que mucho antes Justo había anticipado en el Parlamento: "Si las clases gobernantes no se apuran a hacer suyas las reivindicaciones sociales, una mayoría de ciudadanos se apoderará del gobierno y producirá un cambio de consecuencias graves y efectos desagradables para los gobernantes, entonces ex gobernantes, que habrán perdido la brillante oportunidad de ser útiles al país". Así lo profetizó, en una memorable frase de 1916, calculando que eso iba a ocurrir "dentro de veinte o treinta años". Ocurrió a los treinta y fue la mejor prueba de que al morir Justo el partido perdió su amplia visión política.

-¿Pero los socialistas no tenían una gran influencia en los sindicatos?

-Los sindicatos más fuertes con gravitación socialista eran La Fraternidad y la Unión Ferroviaria, considerados como la aristocracia de la clase trabajadora, pero se habían volcado hacia adentro, en función sindical más que política. Mientras tanto, los gremios industriales que estaban creciendo, como los textiles y los metalúrgicos, no recibían ningún mensaje nuestro. Concretamente, el partido no se dirigía a los nuevos trabajadores.

-¿No advertían el crecimiento o no querían captar al nuevo proletariado por temor a perder la conducción del partido?

-Creo que, en el fondo, privaba la costumbre de tratar con una clase obrera sedentaria. Con la nueva había que cambiar el estilo, la forma de actuar. Era un momento para detenerse a reflexionar, a preguntarse seriamente qué había que hacer. °Había que usar la imaginación! Pero no todos los políticos saben usarla.

-Algo parecido ocurrió en 1955, cuando volvieron a funcionar los partidos y afluían muchos jóvenes a los centros socialistas. Los antiguos afiliados temían que una avalancha juvenil les hiciera perder el control del partido.

-Porque para ellos peligraba la organización partidaria, que tanto les había costado proteger durante la década de la persecución peronista. Eran viejos admirables, que salían del trabajo e iban a abrir los centros en todo el país, hasta las doce de la noche. Esos humildes y estoicos militantes no captaban los cambios producidos, porque aún no se había actualizado la conciencia histórica en los partidos. No se comprendía lo que se estaba viviendo. Había aumentado la clase obrera y el socialismo no lo había registrado. Por eso quedó todo en manos del peronismo y de un sector popular que se recostó en el radicalismo de Arturo Frondizi. Pero éste, que era muy cauto, nunca presentó un plan de guerra contra la oligarquía, porque se necesitaba hacer la síntesis argentina.

-¿En 1955 usted vislumbró en el desarrollismo de Frondizi la posibilidad de realizar un socialismo más moderno, más actualizado?

-Exactamente, era la posibilidad de realizar una socialdemocracia criolla. Por eso estuve allí. Ese año escribí lo siguiente: "El socialismo que quiera conducir el desarrollo nacional, con la intervención democrática de las clases productoras, no se moverá al dictado de ningún esquema europeo. Será una expresión latinoamericana, un socialismo nuestro, no un calco de experiencias ajenas ni de consignas importadas. No reproducirá los fracasos del socialismo tradicional". Fue un artículo publicado en la revista Esto Es.

-¿Cómo se explican tantas marchas y contramarchas en la Argentina, tanta precariedad política?

-Mi impresión es que el argentino no termina de jugarse. En los problemas decisivos vacila, le falta capacidad de decisiones concretas, reflexivas y constantes. El único presidente que tuvo coraje fue Frondizi y precisamente en la decisión que más acusaciones le deparó, la de haber pactado con los petroleros norteamericanos. Nunca se analiza que dependíamos del trust petrolero europeo-norteamericano y que Frondizi tuvo la gran oportunidad de hacer contratos con pequeñas petroleras norteamericanas que no pertenecían a los trusts o querían liberarse de ellos. Fueron las que vinieron a hacer explotaciones del petróleo que no se exportaba. Frondizi logró que se radicaran empresas pequeñas, desde Jujuy hasta Ushuaia, extrayendo petróleo para el país, lo que fue muy importante porque no sirvió solamente a la Capital sino también al interior. Trajo nuevas técnicas para extraer petróleo, que no pertenecían a los trusts.

-¿Dónde están los nuevos ideólogos?

-No se trata de buscar ideólogos, éste es un problema genital. Hoy forma opinión el televisor y se recibe un mensaje que conduce a acciones personales condicionadas por las vibraciones televisivas. El mecanismo de la televisión ha superado al mecanismo mental de la Revolución Francesa, del marxismo, de todo. Se vive la esclavitud de la televisión, ese gran déspota que forma opinión limitando y modificando el pensamiento, porque no tiene en cuenta nada, simplifica todas las cosas y anula el razonamiento. En Estados Unidos, por ejemplo, están dadas las condiciones para que sea una gran república moderna, que no responda únicamente a la banca y al juego de los grandes negocios, pero gracias a la televisión no termina de serlo nunca.

-En su "Homo Videns", el filósofo italiano Giovanni Sartori señala todo eso. Pero, ¿no hay, además, un factor negativo en la política argentina que aflora con facilidad sobre lo positivo?

-La Argentina tiene elementos muy positivos, pero cuesta ponerlos en práctica. El argentino no concreta, incluso tiene mucha imaginación, pero siempre a corto plazo. En todo esto juega un papel muy importante el comportamiento de los medios de comunicación, particularmente la televisión, la que como dijimos paraliza a las masas y las lleva a donde le conviene su negocio. De ahí nuestra mediocridad.

-La izquierda actual, por ejemplo, se conforma con salir a la calle y gritar siempre lo mismo, pero no atrae a nadie. ¿Será que le asusta el poder?

-Pareciera que sí, porque no muestra otra cosa más que eso. No genera ideas. Desde afuera, esta izquierda se ve de esa manera, sin imaginación. Por eso nadie la toma en serio.

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