Patoruzito, un cacique animado

Sensible y valiente, el legendario personaje creado por Dante Quinterno llegará a la pantalla grande en julio próximo. Aquí, los logros técnicos de una producción que marca un nuevo hito en la animación nacional
Leonardo Blanco
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2 de mayo de 2004  

La magia no se produce. Tantos años de Disney parecen habernos llevado a engaño. Es triste reconocerlo, pero uno no se vuelve un personaje colorido y de dos dimensiones al traspasar el umbral de los estudios de Patagonik, donde actualmente se realiza el largometraje animado Patoruzito. Uno no adquiere poderes especiales mientras camina por los pasillos del lugar, más parecidos a los de un ministerio que a los de una fábrica de fantasías. No hay personajes con vestuarios exóticos tras bambalinas. No hay actores ensayando su letra. Tampoco corridas de último momento. ¡No hay fantasía ni ilusión! Sólo gente relajada y -para ser sinceros- bastante común que trabaja sobre sus tableros o transporta grandes carpetas llenas de dibujos de aquí para allá. No mucho más.

Como un mundo ajeno y misterioso bajo el efecto de algún encantamiento, de esta fábrica de fantasía animada parece esconder del visitante su magia, y la disfraza de la realidad más rutinaria.

Cuesta creer que aquí, en medio de tanta normalidad, se esté produciendo por primera vez una versión cinematográfica del cacique Patoruzito, el clásico personaje de Dante Quinterno que, gracias a la asociación de Patagonik Film Group, Red Lojo y Telefé, despunta como el gran lanzamiento del cine nacional para las vacaciones de invierno.

Definitivamente, no veremos a Patoruzito tomando mate mientras lo maquillan. No estamos ante una filmación de vivo (con actores reales). Y este dato parece afectar no sólo al visitante ocasional.

"Por momentos te sentís absolutamente perdido. No hay actores a los que dirigir -reconoce José Luis Massa, el director, que se embarca por primera vez en un film de animación-. Hay un punto en el que te tenés que entregar a esta especie de fábrica que es la animación, en la que tu idea entra por una puerta, da vueltas por ochenta tableros y regresa a vos traducida por un lápiz en un papel.

"En una filmación común tenés el decorado ahí puesto, tenés al actor, tenés la cámara con el encuadre. Acá siempre hay que esperar un paso siguiente para ver algo hecho. Es tan frustrante como apasionante", dice.

En su rol de productor ejecutivo, Juan Pablo Buscarini también compara la realización, que costó tres millones de pesos y demandó el trabajo de un centenar de personas durante un año y medio, con "una fábrica" con plazos impostergables de entrega y cronogramas similares a una producción industrial.

"Se sufre parejo durante todo el proceso -afirma-. Y el control artístico se da en una especie de cascada que te hace pensar que la película se te va continuamente de las manos."

Ninguna de esas pautas parece fácil de asimilar, especialmente por parte de quienes deben dejar volar su imaginación y darle forma a la fantasía.

"Los animadores son la esencia de la producción, y hay que hacerles entender que deben meter su creatividad en un esquema muy estricto de fechas y horarios", cuenta el productor.

Poner en vereda la creatividad de los dibujantes es una de las tareas de Franco Bittolo, uno de los directores de animación de la película. "Se requiere un nivel de profesionalismo muy alto para combinar lo artístico con lo industrial. Hay que lograr un mix entre la libertad artística y la cadena de producción", dice.

Tanto ritmo industrial, fabricación y cadena de producción desilusionan a quien llega a buscar algo de fantasía. Pero basta recorrer los distintos pasos de la realización para advertir que, efectivamente, semejante engranaje de ideas y de creativos no podría avanzar sin un funcionamiento aceitado hasta la exageración.

La maquinaria se puso en marcha cuando Massa, Buscarini y Pablo Bossi (el productor general) se reunieron en uno de los momentos más críticos de la historia argentina para fantasear sobre la realización de una película animada que contara la ya clásica historia del cacique Patoruzito. "Parecíamos tres locos -recuerda Massa-. Hablábamos de hacer un largometraje animado y no había plata ni para comprar lápices."

Primero, el guión

Antes de dibujar hacía falta escribir, y para ello contaban con el trabajo del guionista Axel Nacher. Como un arqueólogo, Nacher debió sumergirse en los orígenes del faraón Patoruzek imaginado por Quinterno y "llenar los huecos de información investigando sobre los egipcios y los tehuelches", según cuenta.

"Tuve que generar una relación ficticia entre ellos que reconstruyera el pasado de Patoruzito y crearle un rival de peso para desarrollar el conflicto", detalla Nacher .

La historia -argentina y universal, afirman- transcurre en la Patagonia, y sigue el crecimiento del niño llamado a ser cacique de los tehuelches, que supera distintas pruebas y desafíos.

Muchas reuniones y cinco versiones de guión después, se comenzó con el casting de 120 voces para cubrir los 16 personajes del film.

Escuchar hablar a los personajes por primera vez resulta esencial para quienes, a partir de esas voces, deberán luego darles formas y movimientos. "Ese primer audio es el que escucharán los animadores, y ya desde ahí tienen que estar muy claros los conceptos de caracterización -explica Massa-. El peligro constante es que al pasar por tantas manos las ideas se vayan degradando y los personajes pierdan consistencia."

Leonel Campoy está orgulloso de ponerle la voz al legendario y simpático Isidorito. "Es como si a una mujer le ofrecieran hacer de Mafalda", dice.

Para él no hay mucha diferencia entre aparecer en cámara o interpretar sólo con la voz. "Se actúa mirando al monitor, pero el cuerpo no está quieto. En una escena en la que me tenía que tropezar, lo hice tan en serio que me caí y tiré una mesa con un vaso. La escena quedó genial", se ríe.

A dibujar

Con las voces grabadas y los lápices listos, llega el momento del story-board, una historieta que adelanta los encuadres y los movimientos de cámara de toda la película. De la digitalización de esos dibujos surgirá el animatic, una animación precaria que representa el esqueleto de lo que será la imagen general de la película y que sirve para controlar los tiempos de cada escena. Eso es lo que verán los animadores antes de sentarse ante sus tableros.

Entrar en la sala de animadores resulta intimidante. Unas treinta personas (el resto está en estudios de La Plata y Rosario), con sus tableros uno al lado del otro, conforman lo más parecido a una línea de producción fabril. Animadores, asistentes, intercaladores (que realizan los cuadros intermedios entre un movimiento y otro) y entintadores trabajan sobre papel cuadro por cuadro en absoluto silencio.

Desde las paredes, decenas de Patoruzitos, indios, gauchos y caballos bocetados en blanco y negro también permanecen callados. Desde un rincón, un Nemo (el pececito que perdió a su papá en la película de Pixar) parece reírse incrédulo al ver tanto trabajo manual.

Pero el lápiz y el papel llegarán sólo hasta ahí. Los dibujos se escanean e inician su camino digital, donde son pintados con un software llamado Toonz.

Mientras tanto, el equipo de realización de fondos comenzará su trabajo con un inspiracional, un dibujo general de cada escenario que no tiene en cuenta los encuadres de la película. Algo así como una fotografía de cada decorado.

Basados en esos dibujos, los artistas realizarán y pintarán digitalmente los fondos definitivos teniendo en cuenta las posiciones de cámara que plantea el guión.

Punto final

Cada personaje será integrado en su entorno y se realizará la iluminación virtual para la composición final de cada escena. Las imágenes logradas en soporte digital finalmente se pasarán al formato fílmico (película de 35 milímetros). El último paso será el montaje, donde se cortará y se pegará el material para darle su ordenamiento final.

Patoruzito, la Chacha, Isidorito y todos los personajes de la historia cobrarán voz definitiva cuando, finalizado el montaje, se sumen a la imagen las pistas de sonido (voces y música).

El proceso es arduo y trabajoso, pero la magia todavía no aparece. Y uno no puede menos que desconfiar.

De repente, en medio de la sala de composición, un supervisor de efectos mira una escena y pide a su asistente: "¡Que tenga más magia!". Y la sola mención de la palabra parece romper el hechizo. Desde la pantalla, Patoruzito recibe un espíritu indio en forma de humo. "¡Que sea más espiritual!", insiste el supervisor.

Dos, tres, cuatro personas se suman seriamente a la discusión. Todos opinan sobre la cualidad mágica de un humo virtual que se acerca a un personaje de dos dimensiones, irreal.

Resulta imposible descubrir en qué momento sucede. En qué momento toda esa gente tan común, tan rutinaria, consigue que esos garabatos esbozados en papel cobren vida y produzcan sensaciones al que los mira.

Quizá sea mejor así. Después de todo, ¿cuál es la gracia de visitar a un mago para descubrir sus trucos?

Para saber más www.uol.com.ar/patoruzito www.patoruzitoweb.com.ar

QUINTERNO, un narrador

"Cuento hasta tres y dejo de fumar: uno, dos, tres. Ya está, no fumaré más." Así, en la intimidad hogareña, Dante Quinterno, el padre de Patoruzú y de su entrañable universo, muchos años antes de llegar a la mitad de su existencia -falleció el año pasado, a los 93 años- declaraba su enemistad definitiva con el cigarrillo. La pipa que llegó después fue un bienvenido sustituto.

Acaso el episodio sirva para ayudar a descubrir algunas claves en la personalidad de este genio creador que hizo de la austeridad sin concesiones y del irrenunciable afán de perfeccionamiento en su trabajo algo así como una filosofía doméstica de vida.

Celebrado y honrado como dibujante, Quinterno -que en 1931, a los 22 años, se prestó a una última entrevista periodística- solía decir en su fuero íntimo que a pesar de ser admirado como dibujante era, ante todo, un armador y narrador de historias humorísticas, que sus criaturas sólo eran consecuencia natural de los relatos. A partir de 1928, Patoruzú -indio tehuelche ingenuo, sensible y valiente- habitó en diarios de extendida circulación, como los vespertinos Crítica y La Razón y el matutino El Mundo, pero con los años su enorme popularidad demandó un formato propio y amplificador. Así, el mercado nacional de revistas tuvo en 1936 un nuevo y revolucionario miembro: una publicación apaisada llamada Patoruzú, cuyo primer número costaba 15 centavos y se agotó en pocas horas. No pasó mucho tiempo sin que el bisoño título, con ventas que superaban los 300.000 ejemplares semanales, se constituyese en la revista de humor preferida por las familias. Observaba férreas líneas editoriales: nada de golpes bajos ni de violencia ominosa, lenguaje moderado, textos claros y cuidados.

El público se regocijaba con las peripecias de los miembros de la familia "patoruzística": Upa, Patora, La Chacha, Ñancul, Patoruzito, el coronel Cañones, Isidoro, Isidorito y el bravo caballito Pampero.

¿Quién fue Quinterno lejos de los argumentos humorísticos, la tinta china y la pluma Gillot? Su trayectoria pública es suficientemente conocida, pero un espeso velo cubrió durante décadas la vida privada, que preservó hasta la obsesión. En su juventud practicó boxeo -era zurdo y se desenvolvía en la categoría mosca-; fue un apasionado cultor de la equitación en el Club Hípico Argentino y un entusiasta golfista en el Jockey Club; alternaba sus veraneos entre Mar del Plata y Punta del Este. También incursionó en la empresa rural, primero, con tambos en Cañuelas y en Coronel Brandsen; después, utilizando tecnología de punta en su establecimiento de 3500 hectáreas en Pehuajó.

A casi 76 años de su nacimiento, Patoruzú sigue extrañando a su papá.

El autor es periodista. Ex secretario de Redacción de LA NACION

Todo a pulmón

La industria de la animación en la Argentina, si es que se puede llamar industria a un puñado de películas esporádicas que con suerte llega a configurar el 5% de la producción, pareció resurgir en los años 90 gracias al ingreso de nuevas tecnologías que ayudaron a la realización de algunos filmes animados, como Manuelita, Los Pintín y las sagas de Dibu.

Pero el envión se detuvo, al igual que el país, con la crisis de 2001, y se produjo un importante éxodo de dibujantes y animadores.

"Cuando empezamos Patoruzito no contábamos con que gran parte del talento argentino se había ido al exterior -dice José Luis Massa, director de la película-. Tuvimos que volver a formar un equipo desde cero."

Realizar una tarea industrial sin industria es "un esfuerzo demencial", describe Massa. "Hicimos una película en un año y medio con una industria hecha pedazos. Es difícil trabajar para algo que tiene que ser tan grato con problemas tan terrenales, pero se hace. Con todo, cada imagen que veo de Patoruzito moviéndose me conmueve.El dibujo animado es un trabajo relacionado con el contenido infantil, y eso es la referencia cultural de un país. Me parece muy grave que no existan propuestas de origen local en ese sentido. Que no haya personajes para los chicos que hablen como uno."

Datos

  • La película se estrena el 8 de julio y será distribuida por Disney para toda América latina.
  • En la banda de sonido habrá canciones de Los Nocheros, León Gieco y Luciano Pereyra.
  • Trabajaron 120 artistas y técnicos, entre dibujantes, animadores, editores, músicos y sonidistas.
  • De los tres millones de pesos invertidos, uno corresponde a una gran campaña de marketing.
  • Hoy, los mismos productores trabajan en una versión de la película en idioma inglés.
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