Manuel Sadosky: el maestro

Hijo de una familia de inmigrantes rusos llegados al país en 1905, el gran matemático argentino, que fue pionero de la informática, acaba de cumplir 90 años. Encarnación de la Argentina pujante, mantiene intacta su fe en el futuro
Nora Bär
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16 de mayo de 2004  

Para varias generaciones de argentinos, los que lo conocieron como científico y secretario de Ciencia y Técnica del primer gobierno democrático, los artistas e investigadores que lo frecuentaron en el exilio, los que comenzaron a vadear las aguas de las matemáticas en su Elementos de cálculo diferencial e integral -que ya llegó a la vigésima tercera edición-, Manuel Sadosky es, como lo definió Tomás Eloy Martínez en el libro-homenaje Honoris Causa, "uno de esos raros prodigios de la naturaleza que avanzan al mismo tiempo en madurez y juventud".

Lúcido y vital como de costumbre, con la mirada transparente y el optimismo único que lo caracterizan... acaba de cumplir noventa años.

Salvo alguna dificultad para caminar, que se arregla con un bastón, todavía conserva la buena salud de la que gozó a lo largo de su vida. "Claro que tengo costumbres bastante tranquilas, así que no es mucho mérito", aclara, arrellanado en un sillón del amplio departamento de Paraguay al 1900 que comparte con su mujer, la incomparable Katun Troise.

Aún sigue vinculado con la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, integra el comité de redacción de la revista Exactamente y mantiene su relación con las autoridades y profesores. "Cuando hay iniciativas, me invitan, y con mucho gusto voy. Es vivificante", sonríe, como lo hará una y otra vez durante este encuentro.

Duerme ocho horas, se levanta temprano, tiene buen humor y se interesa por todo. Lo apasionan la lectura, el teatro y el cine ("pero no las malas películas, no miro por vicio", subraya). "Lo que no le gusta es caminar -desliza Katun, su mujer- y, como sus piernas no son fáciles, se pasa el día sentado leyendo. Y entonces es cuando yo me enojo, porque el kinesiólogo le dice que tiene que hacerlo."

Uno de los siete hijos de una pareja de inmigrantes rusos (sus padres llegaron en 1905 huyendo del creciente antisemitismo), Manuel es en cierto modo la encarnación de un país pujante y ambicioso: aunque su padre era zapatero, él y sus hermanos varones estudiaron el magisterio y se graduaron en la Universidad de Buenos Aires.

Recién llegados, los Sadosky se instalaron en Moreno y Urquiza, en el barrio de Balvanera. "Mi papá pudo poner un pequeño negocio y nosotros vivíamos al lado -recuerda-. Tuve mucha suerte, porque mi casa quedaba frente al Normal Mariano Acosta. Yo hice la primaria allí. Los profesores eran muy seleccionados. Por ejemplo, José Luis Romero y Jorge Romero Brest fueron practicantes míos en quinto grado. Y tuve maestros como Fesquet, célebres en el ambiente pedagógico. Además, la escuela pesaba mucho en el barrio. Los maestros tenían una ascendencia moral, un prestigio... ser maestro era importante en la sociedad."

Manuel Sadosky siempre estuvo convencido de que el mayor capital que puede tener un país es el talento de su gente. Empezó a dar clases cuando estaba en quinto grado, y siguió haciéndolo con una pasión indeclinable durante décadas. Dentro y fuera de las aulas. Por eso, aunque fue académico, investigador, pionero de la informática, creador del primer Instituto de Cálculo, el hacedor que permitió que la Argentina tuviera la primera computadora de América latina y el autor de los primeros textos de análisis matemático en castellano, muchos se refieren a él con un título sencillo, pero luminoso: maestro.

-Don Manuel, ¿le gustaba la matemática cuando iba a la secundaria?

-Me gustaba tanto que una vez, cuando estaba en segundo año, salió en el diario que el ingeniero Enrique Butty, que después fue decano y rector de la Universidad, iba a dar una conferencia sobre una lección elemental de geometría no euclidiana; fui y la entendí toda. Al día siguiente, le conté al maestro y él me preguntó: "¿Entendiste?" Y me hizo dar una explicación de la conferencia para todos los alumnos. Quiere decir que ya tenía una formación como para ir a escuchar una conferencia sencilla. Pero también jugaba mucho al fútbol, tenía una pasión tremenda... Era hincha de San Lorenzo. Sabía todos los equipos de memoria, los nombres de los grandes jugadores de aquella época. En la escuela primaria jugaba con mucho entusiasmo, pero a los 14 años ya vi que el físico no me respondía.

-¿Es verdad que a los matemáticos sólo les interesan los números?

-Al contrario; es muy frecuente que nos sintamos atraídos por distintas disciplinas. Aquí, por ejemplo, hubo un matemático muy destacado, el profesor Alberto Calderón, que llegó a tener mucha fama y además fue un excelente pianista.

-Usted se define esencialmente como maestro. ¿Qué experiencia le dejó el Normal Mariano Acosta?

-Fui muy afortunado. Mis padres no tenían mucha preparación, pero la escuela de aquella época albergaba a mucha gente de estudio que se renovaba constantemente. Los docentes tenían una publicación, La Obra, que ayudaba mucho a renovar el stock de conocimientos. Además, había una gran consideración social hacia los maestros y los profesores. Los chicos que estudiaban en el Normal salían muy beneficiados. Para mí, fue un error hacer del magisterio una carrera terciaria.

-Según su modo de ver, ¿por qué se degradó tanto la educación?

-Hay varios factores. Primero, no se ha estimulado la formación de docentes consagrados a su actividad. Los sueldos fueron malos y no resultaron atractivos para los que tenían que formar un hogar. Pero además de lo económico faltaron estímulos sociales, empezando por los gobiernos, que no pusieron el énfasis necesario en la educación. Ahora se nota una cierta reacción que posiblemente sea fecunda.

-¿Cómo se le ocurrió traer a Clementina, la primera computadora de esta parte del continente, a la Facultad de Ciencias Exactas ?

-Tuve mucha suerte. Me gradué justo cuando terminó la Segunda Guerra. En esa época, el general De Gaulle había creado mil becas para estudiantes de todo el mundo. Unas 20 fueron para la Argentina. Me presenté y me eligieron; entonces fui con mi señora [Cora Ratto, su primera esposa] y mi hija, que tenía seis años, a estudiar al Instituto Poincaré. En Francia, las condiciones eran difíciles, pero nos ayudaron amigos de la Argentina que nos mandaban alimentos... En el ’48 estuve en Italia, en el Instituto de Cálculo, y ahí se definió más mi vocación por la matemática aplicada. Volví con la idea de instrumentar en la Argentina todo lo que vi allí. Pero después vinieron condiciones políticas desfavorables. Nos exigían la afiliación al partido gobernante y varios de los que estudiábamos no lo aceptamos; quedamos fuera de los cargos. Nos arreglábamos haciendo trabajos periodísticos o dando clases. La cuestión es que en el ’56 las cosas se normalizaron y pudimos volver a la Universidad con entusiasmo porque fue elegido rector Risieri Frondizi, que era progresista. Entonces cuando trajimos a la famosa Clementina. Era enorme. Nosotros creímos que las computadoras iban a ser cada vez más grandes... Pero no, se redujo el tamaño y aumentó la capacidad de memoria y ejecución de una forma inimaginable.

-Usted, que presenció casi un siglo de la vida nacional, si fuera presidente por un día, ¿qué camino tomaría?

-Yo creo en la democracia, pero no solamente declamada o en la Constitución, sino vivida. Hay que vivir la democracia. La gente tiene muchas cosas que decir, muchas que escuchar y que hacer. Ahora hay bastante alejamiento entre la política y el conjunto de la población.

-Para que el país siga mejorando, ¿hay que poner el acento en la educación?

-Sin ninguna duda. Y a su vez la educación tiene que modernizarse. Se necesita que la enseñanza sea una verdadera carrera y no un sueldo para sobrevivir más o menos. Los profesores deberían poder dedicar la mitad del tiempo a aprender y la mitad a enseñar.

-¿Cómo evalúa las medidas que se están tomando en el ámbito científico?

-Con mucha simpatía y mucha esperanza. Todavía no son realidades tangibles, pero tengo la impresión de que ése es el camino. Reforzar la educación, la ciencia y la investigación es el camino que han seguido los países que están más desarrollados en el mundo.

-Mirando hacia atrás, ¿está contento por cómo se desarrolló su vida? ¿Le hubiera gustado hacer otra cosa?

-¡No, no, con seguridad que no! No sirvo para muchas cosas; no tengo suficiente fuerza para determinadas tareas, pero en cambio tengo mucho amor por la enseñanza y por la investigación. Me parece que hay que fomentar que la gente que muestra alguna disposición se valorice y se consagre [a ella], para lo cual hay que resolver los problemas materiales, es lógico.

-Usted fue una persona de izquierda: ¿cómo ve ahora esa promesa?

-Muchas cosas han cambiado. Uno tiene que aprender, pero cada vez más estoy convencido de que la democracia es fundamental. Vale decir que no tiene que haber una democracia que sea para los ricos y un alejamiento de los sectores populares; todo lo contrario. Si no se puede lograr una igualdad total, por lo menos que exista igualdad de posibilidades.

-Frente al gran poder que ponen en manos de los seres humanos la ciencia y la tecnología, ¿piensa que hay que limitar el desarrollo científico?

-Nooo.. de ninguna manera... No hay que poner límites, pero hay que encauzar las cosas; no pueden hacerse disparates; se necesita que los investigadores tengan una responsabilidad social. Pero de ninguna manera hay que ponerles trabas, porque no hay otro camino para llegar a conocer la realidad. El progreso exige que se piensen nuevas cosas. Y después llevar ese resultado al conjunto de la sociedad.

-¿Es optimista respecto del futuro?

-Ah... sí, en este momento sí, creo que el ejercicio auténtico de la democracia va a permitir que mucha gente de todos los niveles pueda desarrollarse. Y el país tiene buena pasta. Yo creo que tiene muchas posibilidades. Ha quedado muy desparejo en la distribución, y tanta gente con sueldos muy pequeños atenta contra las posibilidades de desarrollo. Pero me parece que eso se irá rectificando. Hay condiciones para renovar la mejor tradición. Esperemos que haya tranquilidad. Y continuidad.

Para saber más

www.argiropolis.com.ar/ameghino/biografias/sados.htm

www.delzorzal.com.ar

www.ciencia-hoy.retina.ar/hoy29/calculo02.htm

Se dice de él...

Hace algunos días se presentó Honoris Causa, Manuel Sadosky en sus noventa años (Libros del Zorzal, 2004), que reúne cinco emotivas semblanzas del maestro escritas por Mario Bunge, Gregorio Weinberg, Tomás Eloy Martínez, Guillermo Jaim Etcheverry y Pablo Jacovkis. Dicen de él:

  • "Por su visión, su tesón y su generosidad, Manuel Sadosky seguirá siendo un modelo para los jóvenes argentinos empeñados en que el país recupere el medio siglo perdido." Mario Bunge
  • "... le importa más el futuro que las dificultades del presente." Mauricio Weinberg
  • "Para muchos de los exiliados que vivíamos en Caracas (..) era la luz argentina, el signo de que el país lejano seguía vivo en la inteligencia de sus mejores hombres." Tomás Eloy Martínez
  • "Sadosky representa un símbolo. El símbolo de lo mejor que hemos podido ser y la fuente de inspiración y de aliento para intentar reconquistar la confianza en que es posible construir, como lo hicieron en su entonces quienes guiaron los destinos de la institución, una universidad preocupada por la enseñanza, centrada en la investigación, desvelada por la calidad de los docentes y de los estudiantes." Guillermo Jaim Etcheverry
  • "Siempre optimista, siempre con direcciones, en su famosa agenda, de gente interesante a la cual uno podía contactar." Pablo Jacovkis
  • Por: Nora Bär

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