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Una orquesta de regreso

Nueva versión de un clásico de Jean Anouilh en La Plaza
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19 de abril de 2001  

"Es escandoloso pensar que me gano la vida divirtiéndome en esta forma", decía Jean Anouilh refiriéndose a su profesión de autor. Pero también era una forma de definir su humor, por momentos crítico, en otros ácido, cuando se trataba de mostrar las motivaciones complejas de sus personajes, con una clara narrativa y a veces con un ingenio cínico y perverso.

Todo le estaba permitido a este francés incansable, delgado y de cabellos oscuros, espesas cejas y frondoso bigote, cuyos anteojos con borde de metal le conferían paradójicamente un aire de timidez.

Escribió piezas "rosas", desarrolladas con ingenio brillante y comicidad; "negras", donde el tema es tratado con una mirada mordaz hasta en el más sórdido detalle; piezas burlescas, por su vena amarga y a la vez satírica.

Dentro de las "negras" puede incluirse una pieza de concierto (como la definió el autor), donde acentúa los rasgos tragicómicos y se interna abruptamente en el grotesco: "Orquesta de señoritas", que se estrenará en una nueva versión, el miércoles en La Plaza, con Horacio Fontova, Gustavo Garzón, Gabriel Goity, Norberto Gonzalo, Jorge Paccini, Héctor Presa, Jean-François Casanova y Juan Bautista Carreras, dirigidos por Manuel González Gil.

Las acciones de "Orquesta de señoritas" están ambientadas en 1947, en un balneario francés de posguerra, donde seis integrantes de una orquesta y un pianista desnudan sus conflictos sentimentales: los celos, la pasión, la desilusión y la angustia, que llegan a formar parte de sus emociones enfrentadas. Instaladas en el palco de orquesta, estas instrumentistas hacen lo que pueden para entretener a la clientela del lugar y no siempre pueden dejar afuera los dramas personales que invaden el escenario.

Así, entre corcheas y fusas, conviven la mujer fácil, obsesionada por sus aventuras amorosas; la solterona, torturada por su anciana madre; la deforme, sin pasado ni futuro, devota y sumisa confidente de una compañera sometida a un amante indiferente, y el infaltable triángulo amoroso formado entre la enérgica directora de la orquesta, la romántica violonchelista y el pianista, único hombre del conjunto.

En algunas versiones, la pieza pasó sin pena ni gloria hasta que en 1974 Jorge Petraglia tuvo la original idea de que estos personajes femeninos fueran interpretados por hombres. Eran los tiempos del café-concert. En París, donde se había estrenado poco tiempo antes, los personajes estaban animados por actrices, pero Petraglia logró con la versión travestida acentuar ese matiz grotesco que estaba insinuado en la pieza. Claro que también contó con un elenco de lujo, donde figuraban Zelmar Gueñol, Alberto Busaid, Hugo Caprera, Alberto Fernández de Rosa, Esteban Peláez, Santiago Doria y Carlos Marchi, actores que facilitaron que la obra estuviera en cartel hasta 1981, intercalando giras nacionales, latinoamericanas y españolas.

Posteriormente, se conocieron otras reposiciones en 1984 y en 1987, con cambios en el elenco, pero siempre conservando la versión travestida, característica que González Gil mantiene en esta ocasión, con la incorporación de números musicales compuestos por Martín Bianchedi y Gerardo Gardelín.

Con el ingenio publicitario

"Hay autores destinados a sorprendernos, como hay autores destinados a aburrirnos -dijo el crítico Octavio Ramírez en un trabajo sobre Anouilh-. Los primeros siempre atraen, aunque tengan defectos, aunque no acierten plenamente, puesto que renuevan las formas, persiguen un ideal y quieren traer una luz. Y, entre ellos, uno de los más representativos, de los más característicos, por la naturaleza de su producción y las alternativas de su carrera escénica, es Jean Anouilh."

Anouilh nació en 1910 en Burdeos, Francia. Era hijo de un sastre y de una violinista de orquesta, de ahí la profunda recurrencia a la música en su teatro. En su adolescencia, la familia se trasladó a París, donde Jean ingresó en la escuela Colbert. Sus aspiraciones lo llevaron a la carrera de Derecho en la Sorbona, pero a los 18 años asumió su incapacidad para la abogacía y abandonó los estudios. La alternativa era trabajar y lo hizo en una agencia de publicidad que fue fundamental para su carrera de escritor. "El lenguaje conciso, preciso y ágil, necesario en un aviso publicitario, me ayudó enormemente", confesó en una oportunidad.

Aunque comenzó a escribir a los 19 años, fue "Antígona" (1942) la que le dio la oportunidad de ser reconocido internacionalmente, sobre todo porque el público la interpretó como un gesto de desafío a las autoridades de la ocupación nazi. Anouilh se sintió halagado, pero también sorprendido porque nunca se había interesado por problemas políticos. Es más, los críticos de la época consideraron que la obra del autor francés se caracterizaba por un apasionado nihilismo acorde con su época y con el espíritu imperante.

Fue el propio Anouilh quien estableció la división de sus obras en categorías: negras, rosas, burlescas, etcétera, en las que la creciente irrupción del sarcasmo y de una emoción contenida que deriva en la amargura son una constante. A pesar de su gran dosis de humorismo, su risa siempre termina siendo un alarido.

Entre sus obras más destacadas figuran "La invitación al castillo", "El panadero, la panadera y el panaderito", "Ardele", "El vals de los toreros", "El pobre Bitos", "Orfeo y Eurídice", "Antígona", "Beckett", "La alondra" (sobre la vida de Juana de Arco), "Medea", "Romeo y Juliette", "La salvaje", "Pasajero sin equipaje", "El armiño" y "Cher Antonine"

A los 77 años murió en Suiza de un ataque cardíaco, pero vivió y produjo lo suficiente para demostrar que fue un autor comprometido con su época y su país, aunque no contó con la simpatía de la izquierda intelectual. No le importó, porque tuvo en su vida y en su obra coherencia para mantener una independencia que lo llevó, junto con su esposa y sus cuatro hijos, a vivir recluido, alejado de París y de los centros culturales.

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