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Casabindo: el fuego de Virtú Maragno

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3 de junio de 2004  

Opera "Fuego en Casabindo", de Virtú Maragno. Libreto de Eduardo Rovner y Bernardo Carey, basado en la novela homónima de Héctor Tizón. Elenco: Lucila Ramos Mañé (Madre), Luciano Garay (López), Mónica Gutiérrez (Cruceña), Carlos Duarte (Doroteo), Alberto Jáuregui Lorda (Obispo), Leonardo Estévez (Gobernador) y elenco. Escenografía: Oria Puppo y Jorge Pastorino. Regie: Alejandro Tantanian. Vestuario: Mariana Polski. Iluminación: Jorge Pastorino. Director de Coro: Alberto Balzanelli. Orquesta y coro Estables. Director concertador: Carlos Calleja. Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy bueno

El trabajo de gestación y preparación, tanto de la puesta escénica como de los aspectos musicales de la obra, resultaron decisivos para el logro de un resultado artístico de calidad, al ofrecerse en el Teatro Colón el estreno de "Fuego en Casabindo", de Virtú Maragno, a quien de este modo se le rindió un merecido homenaje a pocos meses de su fallecimiento.

Como acierto indudable de la representación aparece una íntima relación estética entre la puesta escénica, admirable uso de los espacios, del giratorio y de planos inclinados, y el lenguaje musical, este último sumamente heterogéneo y pleno de procedimientos diversos, donde no faltan ritmos de raíz nativa alternando sonoridades claramente relacionadas con maneras universalistas, totalmente alejadas de una atmósfera de genuino corte nacional.

Por otra parte la obra tiene la particularidad de utilizar al coro como un personaje constantemente presente que comenta la acción al modo del teatro griego, que sumado al ritmo cadencioso de casi toda la obra -acaso una reiteración excesiva que resta una buena cuota de fuerza dramática a la narración al no apelar a la alternancia de tensiones y distensiones sonoras-, acerca la composición al terreno de la cantata o al oratorio escénico.

Sin embargo y pese a que una primera y única audición es insuficiente para apreciar y valorar una composición musical, "Fuego en Casabindo", es una ópera que logra despertar interés auditivo porque son muchos los momentos de atmósferas sugerentes y preocupación del autor en encasillar las voces en sus límites naturales, lástima que con un exceso de tono plañidero y discurso monocorde. También hay ausencia de estridencias y exageraciones de notas agudas gritadas tan reiteradas en una gran cantidad de obras de nuestro tiempo.

Con una dirección musical de indudable solvencia a cargo de Carlos Calleja, la Estable del Colón se escuchó con una sonoridad cautivante no sólo por la calidad de todos los sectores, sino también por el bien logrado equilibrio no quedando duda de que el maestro argentino había concertado la obra para servir al autor con honestidad y profundo respeto. Del mismo modo fue impecable el trabajo del coro estable, preparado por Alberto Balzanelli que, aun en una versión que mantuvo ocultos a sus integrantes y en una ubicación algo distante de la orquesta, se escuchó con bien logrado empaste.

Brillante elenco

Resultó descollante la actuación de Lucila Ramos Mañé en el doliente personaje de Madre. Expresiva en el decir, imponente en la sonoridad de su voz, conmovedora por su naturalidad como actriz, la cantante rioplatense, una profesional que hace un culto del estudio con verdadera pasión, coronó el mejor trabajo artístico de su carrera, perfectamente reconocido por el público al tributarle en el final un caluroso y sostenido aplauso. Del mismo modo, lució a gran altura el tenor Carlos Duarte como Doroteo, destacando su seguridad musical y la diafanidad de su timbre, virtudes que no hacen más que ratificar que es una de las figuras en su cuerda más importantes de nuestro medio.

El barítono Luciano Garay, como el mayor López, dijo con vehemencia, dejando escuchar su buena condición vocal y convincentes recursos como actor. Por su parte, la soprano Patricia Gutiérrez fue sobria como mujer amante, de voz poderosa y algo acerada. Verdaderamente destacado el personaje de gobernador a cargo del barítono Leonardo Estévez, a quien se lo escucha avanzar con paso firme en su carrera sustentada sobre la base de una vocalidad generosa y esmaltado color. Alberto Jáuregui Lorda fue un obispo de decir parsimonioso, de segura musicalidad. También fue excelente el conjunto de cantantes a cargo de los numerosos personajes episódicos.

Si bien es cierto que la primera función mostró algunos detalles de montaje a los que pareció faltarles el ajuste de mayor cantidad de ensayos, la actuación del elenco en su conjunto mostró esa imprescindible homogeneidad que debe existir en un teatro de primer nivel mundial, detalle que parece confirmar a una dirección de estudios y a maestros internos transitando por los carriles para llegar a esa aspiración.

El estreno de la única ópera de Virtú Maragno, y pese a la opinión de quienes no asistieron o abandonaron la sala en el intervalo, es un aporte trascendente para la lírica nacional por el interés de la temática del libro original de Héctor Tizón que la inspiró, los buenos momentos de la música y la calidad del elenco.

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