Suscriptor digital

Marcos Aguinis: un hombre del renacimiento

Jorge Fernández Díaz
La increíble y desconocida historia de este escritor cordobés nacido en el seno de una familia judía que, al estilo renacentista, supo ser dibujante, pianista, médico, neurocirujano, psicoanalista, ensayista y autor de best sellers. El asesinato de su abuelo, la pobreza de su infancia y su denodada lucha contra el drama del tiempo
(0)
6 de junio de 2004  

El pibe tenía siete años y estaba parado junto a la puerta del dormitorio de sus padres escuchando exclamaciones y ruidos sordos. Había llegado por correo una carta desde Europa, y aquellos dos inmigrantes taciturnos se habían encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no entendía, en ese momento, por qué lo habían dejado afuera, donde permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia y en ese desconcierto estaba cuando el padre salió despacio, doblado por el dolor, y entonces el hijo lo vio llorar por primera vez en toda su vida.

La carta narraba sin eufemismos la suerte que habían corrido su abuelo y las dos tías que Marcos jamás llegaría a conocer, en la lejana República de Moldavia, donde los nazis arreaban judíos para hacinarlos en los campos de concentración o asesinarlos en los hornos de exterminio. Al abuelo de Marcos y a sus dos jóvenes hijas los sacaron a la calle y los pusieron en una larga fila. El hombre era muy religioso, y al darse cuenta de que iba a pasar muchos días fuera de su casa, le pidió a un soldado que le permitiera volver por un segundo y recoger su manto ritual. El soldado lo devolvió a su lugar de un culatazo.

Pero el abuelo de Marcos se recuperó y, aprovechando una distracción, corrió temerariamente a enmendar su olvido. El soldado levantó su fusil y le disparó por la espalda. El anciano cayó muerto, y los nazis lo arrojaron a una zanja; empujaron a los demás para que se apurasen y los subieron a un tren. Nadie volvió a ver con vida a las tías de Marcos. Fueron gaseadas en las catacumbas del nazismo.

Si, como pensaba Borges, existe un momento fundacional en todo hombre, quizás este momento ocurrió aquel día desgarrador en la infancia de Marcos. Aquella tarde temprana en la que tomó plena conciencia de que su padre podía llorar y de que el mundo podía ser monstruoso. Marcos empezó a ser entonces Marcos Aguinis, el chico sensible que intentaría escribir para cerrar esa herida, para reparar el mecanismo roto de la humanidad.

Las semillas

Su padre, José, era un comerciante judío y bondadoso que había sido estibador en Dock Sud y que luego vendió muebles modestos en Cruz del Eje. Fue él quien lo introdujo en la música, en las fábulas y en el idish. Su madre, en cambio, había estudiado en escuelas secundarias europeas y, aunque dominaba el francés, el ruso, el rumano y el latín, sufría en silencio por no haber seguido una carrera universitaria. Su padre era alegre, y por lo tanto le enseñó a ser feliz; su madre era severa, y por lo tanto le enseñó a ser disciplinado y exitoso.

Formaban un hogar pobre, y Marcos durmió los primeros años en una cuna hecha con un cajón de frutas. Luego, en su pubertad, comenzó a dibujar de un modo compulsivo. Dibujaba día, tarde y noche, y su madre pensaba que iba a quedarse ciego.

El padre de Marcos le contaba cuentos, pero él no parecía interesarse por la lectura. Su madre nuevamente fue decisiva. Pared de por medio, funcionaba la Biblioteca Pública Jorge Newbery. A un lado de la medianera, relucían los anaqueles de vidrio llenos de libros; del otro lado, sobrevivía el corral maloliente donde los Aguinis guardaban carro y caballo. La madre de Marcos lo presentó a la bibliotecaria y le encomendó la tarea de instruirlo.

La bibliotecaria cumplió con ese deseo. Primero con historietas y novelas ilustradas; luego con la prosa de Salgari, Verne, Wells, Stevenson, Twain y Dumas. La compulsión por el dibujo se mudó a la biblioteca, y Aguinis se encerró a leerlo todo, desde filosofía y teología hasta política e historia.

Una curiosidad gigantesca, un hambre por aprender lo empujaría durante décadas por un laberinto de pasiones y de renunciamientos.

Educación por el arte

Pero sin renunciar todavía a los libros ni a los pinceles, cuando tenía diez años, Marcos quedó hechizado por la magia de los pianos. Y pidió tomar clases con la única profesora de la ciudad. Sus padres no querían saber nada, pero al final cedieron. No había dinero para comprar un piano, por lo que Aguinis se quedaba todo el día tocando en casa de la profesora, que muchas veces lo dejaba para salir a comer con amigas, y para volver a encontrarlo, horas más tarde, sobre el mismo teclado, leyendo las partituras, ensimismado en su arte musical, olvidado del tiempo y de los asuntos terrenales.

Para que completara el bachillerato, sus padres lo mudaron a Córdoba capital y lo inscribieron en el Colegio Deán Funes, donde había estudiado el Che Guevara. También en la Escuela de Bellas Artes, donde estudió armonía, contrapunto, forma musical y orquestación. En los momentos libres, el adolescente dibujaba un poco y escribía clandestinamente ficciones.

Sabiéndose un artista secreto, pero sintiéndose a su vez un humanista, Aguinis pensó en estudiar alguna carrera que lo "acercara al hombre", a quien quería desentrañar. Al final se inclinó por la psiquiatría, entró en Medicina, y siguió repartiendo sus fatigas entre la música, la literatura y la Universidad. Ya no creía, en su fuero íntimo, que pudiera ser un artista plástico, a pesar de que había llegado a exponer sus obras. Pero sentía, a su vez, que podía ser un pianista eximio, y de hecho llegó a serlo: dio conciertos en Radio Nacional y en varias salas de Córdoba y Buenos Aires. Hasta que su profesor de Bellas Artes le formuló un ultimátum: "Usted está perdiendo el tiempo con la medicina. ¡Váyase a Estados Unidos!".

No le hizo caso, pero cuando después de todos los obstáculos fue a incursionar en Psiquiatría descubrió que la psicosis se combatía con tratamientos represivos y antediluvianos, y que en Córdoba Freud era un perfecto desconocido.

Muy decepcionado, se cruzó a Neurología, pero todo lo que allí se hacía eran diagnósticos y consultas. Alguien le advirtió que la neurocirugía sí solucionaba problemas concretos del hombre. Se presentó a una beca en la Capital Federal para realizar un posgrado, la ganó y viajó a París en barco. Fue una experiencia emocionante para Marcos Aguinis. Había intelectuales y científicos a bordo, y en Río de Janeiro subió Eugène Ionesco, el dramaturgo francés de origen rumano que había dicho: "Sólo valen las palabras; el resto es charlatanería".

Un grupo de admiradores de la clase turística, entre los que estaba Aguinis, se le acercó a Ionesco para hablar del teatro y de la vida. El famoso dramaturgo los invitó a comer en primera, y luego escuchó arrobado al joven médico argentino, que brindó un concierto en la sala principal del barco.

Las ilusiones musicales seguían intactas y, mientras estudiaba neurocirugía, Aguinis trataba de desarrollarse como músico. En la Ciudad Universitaria, al llegar a Francia, se hizo amigo de Bruno Gelber, y el padre del pianista le propuso pagar a medias el alquiler de un piano. Fue entonces cuando se dio cuenta de que debía renunciar a esa vocación. La especialización médica era muy rigurosa y al final del día, exhausto, cuando se preparaba para sentarse frente al teclado, descubría que Bruno ya había tocado ocho horas seguidas.

No se podía realizar seriamente aquella tarea mientras se pretendía, a la vez, ser un neurocirujano de alta precisión.

Ocurrió así el primero de sus dolorosos renunciamientos. Renunció a ser músico, se replegó a la neurocirugía y la practicó sin desmayos durante quince años. Fue apadrinado en su tesis doctoral por el alemán Rolf Hassler, una eminencia en la materia, y ganó dinero y posición en Córdoba. Publicó cuarenta trabajos académicos de alcance internacional, fundó una revista médica y se destacó por su buen pulso y su ojo clínico.

Operaba con optimismo en Río Cuarto y sus alrededores, y cuando algo fallaba sentía una enorme depresión. Pero tenía pensamiento lógico y presencia de ánimo, dos cualidades esenciales en una disciplina que suele ser tan sofisticada como cruel.

El dibujo y la música habían quedado en el camino, pero el doctor Aguinis no se rendía. En los viajes, en los intersticios de la vida, entre operación y operación, Marcos escribía ficciones. Primero con la cabeza y luego con la pluma. A esos avatares debe su estilo entrecortado "La cruz invertida", que en 1970 envió en hojas precarias al premio Planeta de España.

Héroe y sospechoso

Unos meses más tarde, Aguinis recibió el aviso de que era finalista y, también, de que posiblemente lo ganaría. No quiso creerlo, puesto que era un desconocido, no pertenecía a ninguna secta literaria y en Planeta nunca habían premiado a un autor extranjero. No tenía teléfono en su casa, de modo que aquel día del veredicto final, él y sus colegas, las enfermeras y los administrativos, y hasta muchos pacientes, contuvieron la respiración en la clínica esperando una llamada milagrosa. Llamaron, pero no de España, sino de un pueblo cercano: alguien había sufrido un traumatismo de cráneo en La Carlota y el doctor Aguinis debía intervenirlo de urgencia.

El médico salió corriendo y se abocó a ese cerebro dañado. Sonó entonces el teléfono en aquella sala remota, y una enfermera le dijo que había ganado el Planeta, pero Aguinis no pudo festejarlo: siguió con el bisturí y terminó la operación con éxito. Después verificó si no había sido una alucinación.

No, había sido una pura y esplendorosa realidad. Fue despedido como un héroe de Córdoba y recibido como un sospechoso en España: un funcionario del generalísimo Francisco Franco le había comunicado a Planeta que el contenido de la novela era "anticlerical" y, por lo tanto, impublicable. Luego de muchos cabildeos, lo convencieron de que censurar el libro representaría un escándalo internacional para el gobierno español. La dictadura de Roberto Levingston, en la Argentina, amagó con prohibirla, pero accedió finalmente por la misma razón. "Dos tiranías se pusieron de acuerdo por temor al ridículo", diría Marcos irónicamente.

Hizo una gira triunfal por España, dio entrevistas a los medios más prestigiosos y despertó una intensa envidia en los sectores de la vanguardia literaria de su propio país. Esa envidia, según afirma, tiene una ponzoñosa vigencia.

Cuando Dios da un don...

Aguinis, pese a sus enemigos, se transformó en una figura literaria, y sintió que la Literatura (así, con mayúscula) por fin lo llamaba. Fantaseó noches enteras con largar todo y dedicarse a escribir, pero algo dentro suyo lo mantenía con los pies sobre la tierra. "Tuve éxito una vez, pero ¿quién me asegura que lo seguiré teniendo?", le preguntaba a su mujer, Marita, con quien estuvo casado treinta años y con quien tuvo cuatro hijos. Marita era abogada, contadora y docente, pero por sobre todo era su gran interlocutora. Murió en 1995, de un insospechado aneurisma cerebral, y le produjo un dolor irreparable.

Sus padres alcanzaron a ver cómo su hijo triunfaba en la medicina, y también su posterior consagración como novelista. Su madre, al verlo recibir aquel premio, recordó el corral y el caballo, aquella vieja bibliotecaria que le había revelado los libros, y las horas en que Marcos permanecía sentado a la mesa, escribiendo a mano relatos memorables.

Decía Truman Capote que cuando Dios da un don, da un látigo. Un látigo para exigirse y no perdonarse desmayos. Una responsabilidad frente a los regalos de Dios. El problema es que Aguinis tenía muchos dones, había recibido muchos regalos, tenía muchos látigos y se autoinfligía muchos latigazos. Dibujante, pianista, médico, neurocirujano y novelista. Una de las formas del infierno podría haber sido ésta: te condeno a triunfar en cada disciplina humana que abordes; te condeno, así, a vivir entre la infinidad de las opciones y la finitud del tiempo. La libertad de serlo todo y la dictadura de poder elegir sólo una cosa. Para disimular ese infierno interior, Aguinis bromeaba citando a Chéjov, que se atrevió a ser a la vez médico y literato. "La medicina es mi esposa y la literatura es mi amante. Esto puede parecer poco serio, pero les aseguro que resulta muy divertido."

Marcos siguió con esa esquizofrenia olímpica, operando cerebros y escribiendo novelas en los tiempos libres; pero, casi sin darse cuenta, entró en crisis con la neurocirugía, y un día como tantos otros decidió abandonarla.

En cuerpo y alma

Algunos escritores del siglo XIX que Aguinis admiraba, como Melville y Conrad, habían tenido que viajar por el mundo para entender al hombre. El chico de Cruz del Eje lo había aprendido todo en ese gran laboratorio humano que era la medicina, seguía sintiéndose esencialmente un humanista, desconfiaba de que los libros pudiesen pagar la cuenta y buscaba retornar a su primera idea. Fue entonces cuando arrojó su carrera segura y bien paga por la borda, se mudó a Buenos Aires con su familia, se metió en la Asociación Psicoanalítica Argentina, pasó privaciones, estudió con enjundia y se recibió de psicólogo. Practicó con éxito el psicoanálisis durante veinte años, trabajando muchísimas horas, y convirtiéndose en un profesional emblemático, que escribía lúcidos artículos en revistas internacionales y que trataba, en paralelo, de desarrollar su obra literaria. "Uno descansa de un trabajo haciendo otro", les decía a sus amigos. Le sucedía que ya no podía tocar frente a ellos el piano, porque lo irritaba haber perdido la técnica.

En los fríos años del Proceso, Aguinis desafió la censura y el miedo publicando una revista crítica, y después de la Guerra de Malvinas sintió el imperativo personal de militar y formó, con otros intelectuales, el Grupo de Participación Política. Se afilió al radicalismo para apoyar la candidatura de Raúl Alfonsín, y aceptó luego ser su funcionario en áreas de Cultura. Fue una experiencia agridulce. Marcos pensaba en la tarea específica y no en los espacios de poder, y los muchachos de la Junta Coordinadora lo tuvieron a maltraer, conspiraron contra su gestión y lograron finalmente mellar sus fuerzas.

Así y todo, Aguinis no se rindió, siguió participando en grupos de intelectuales de la política y se abocó a escribir ensayos sobre el atroz encanto de ser argentinos. Tuvo tanto éxito en el ensayo como en la novela, y hace dos años dejó también el psiconálisis, bajo dura protesta de muchos de sus pacientes, y se entregó por fin en cuerpo y alma a los libros.

Escribió veinte libros sobre sus grandes obsesiones: la justicia, la sensatez, la culpa, la discriminación, la hipocresía. Y al tener que llenar los formularios de los aviones y de los hoteles, dejó de poner "médico" y empezó a poner tímidamente lo que había sido siempre: "escritor".

Volvió a casarse, esta vez con Nory, una mujer fundamental que lo salva del aislamiento en el que piensa y escribe. José Aguinis se apagó para siempre a los 83 años: lo habían operado mal de cataratas, ya no podía leer como antes, y esa maldición, más una dolorosa artritis en las piernas, lo deprimió hasta la muerte.

La madre de Marcos lo sobrevivió a su esposo una década, con su lucidez asombrosa y su generosidad alerta. Llevaba un registro minucioso de los éxitos, fracasos o problemas que sucedían a cada uno de sus hermanos, sobrinos, hijos, nietos y vecinos. Y era amada y admirada por su inevitable capacidad de liderazgo solidario: parecía una matriarca bíblica, cuya diminuta presencia se expandía con su voz y su consuelo.

Ella fue muy consciente hasta el final de que había engendrado a un hombre del Renacimiento. Un hijo sensible y multifacético que lucharía toda su vida contra el drama del tiempo y que intentaría hasta el último aliento cerrar aquella antigua herida y reparar, modestamente, el mecanismo cada vez más roto de la humanidad.

Para saber más

www.aguinis.net

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?