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Kreckler sostiene que fue víctima de una maniobra

La Cancillería ya dispuso el traslado del embajador en Austria
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20 de febrero de 2000  

El embajador en Austria, Juan Carlos Kreckler, dijo ayer en una entrevista con La Nación que nunca creyó que sería objeto de una maniobra de descrédito por haber cumplido con su obligación.

Durante algunos días fue noticia de primera plana una nota suya del 6 de octubre último sobre el triunfo en ese país del Partido Liberal, que lidera Joerg Haider, a quien algunos sectores juzgan como nazi, partido que más tarde se unió a los conservadores para constituir gobierno.

Llamado por la Cancillería para informar y después de reunirse con el secretario de Relaciones Exteriores, Enrique Candioti, y con el vicecanciller, Horacio Chighizola, Kreckler fue trasladado de su destino en Austria de acuerdo con las normas diplomáticas usuales en los cambios de embajadores.

Su traslado ya había sido adelantado por La Nación el mes último, como también el de todos los diplomáticos que llevan más de cinco años en el exterior.

Así transcurrió la breve entrevista que mantuvo La Nación con el diplomático:

-Usted dijo en una solicitada que la opinión sobre Haider era coincidente con la de embajadores de otros países. ¿Por qué, entonces, el embajador argentino fue el único que tuvo problemas?

-Prefiero no emitir interpretaciones que implicarían comparar los comportamientos de otras cancillerías. No querría hacer declaraciones sobre temas que no estén vinculados con la defensa de mi reputación. La discreción es la primera regla de la diplomacia. Si hablo con La Nación , es por su seriedad y porque siento que debo defenderme de infamias de un periodismo sensacionalista que pretendió desacreditarme a raíz de un informe reservado que publicó tras hurtarlo de la Cancillería.

-¿Por qué no explica el motivo del informe?

-Se me ha puesto en la picota por cumplir con el deber de informar objetivamente sobre la postura de sectores influyentes de la opinión pública austríaca en torno de la situación política creada tras las elecciones de octubre de 1999.

Me tildaron poco menos que de nazi y, los más benévolos, de falto de idoneidad por reproducir opiniones, como la de Simón Wiesenthal sobre Haider, según las cuales "es un demagogo, un populista de derecha... no un nazi". Hace poco estas declaraciones fueron ratificadas por Mariano Grondona (en La Nación ), como también por el intelectual francés Guy Sorman.

Para rebatir los ataques me veo obligado a apelar a mis 28 años de labor profesional con una foja de servicios impecable.

-Si un informe elaborado en octubre es publicado cuatro meses después, ¿cree que existe una organización marginal en la Cancillería?

-Su pregunta es muy prudente. Un cable reservado fue hurtado y ofrecido, no sé a cambio de qué, a un medio de prensa. Se trata de un delito, por lo que debería ser investigado y castigado.

Que ocurran estas cosas desacredita a la Cancillería, pone en duda la seguridad de su sistema de comunicación y envenena la atmósfera de la labor diplomática.

Chivo expiatorio

-Si usted tiene una buena foja de servicios, ¿por qué lo querrían desacreditar ahora?

-No quiero elaborar interpretaciones. Solo le diré que me siento el chivo expiatorio de situaciones que me son ajenas.

De todos modos, también me siento reconfortado con la solidaridad de muchos colegas que se han comunicado conmigo.

-¿Cómo fue su reunión con las autoridades que lo convocaron?

-La reunión con el vicecanciller Chighizola (secretario de Estado de Comercio y Negociaciones Internacionales) fue muy cordial. Se me llamó para informar sobre la situación en Austria.

Durante la reunión me dijeron que que en modo alguno la Cancillería ponía en tela de juicio mi labor profesional, mis informes o mis puntos de vista.

Se me dijo que las decisiones sobre las características y grado de nuestra representación en Austria en el futuro inmediato han sido adoptadas por motivos de política general. En virtud de esta evaluación adelantaron que me será asignado otro destino diplomático.

A la pregunta final sobre cuál podría ser ese destino, Kreckler, cauteloso, respondió que esperaba la resolución de sus superiores para cumplirla.

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