Enrique de Gandía, en su centenario

Por Juan José Cresto Para LA NACION
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8 de junio de 2004  

Se recuerda este año el centenario del nacimiento de uno de los mayores historiadores que ha producido la tierra de los argentinos: Enrique de Gandía. Nació el 1° de febrero de 1904, cuando presidía la República, pujante, plena de esperanzas y receptora de inmigrantes, el general Roca, en el último año de su segundo período.

Fue De Gandía un historiador realmente admirable, de la talla de Bartolomé Mitre, Manuel Ricardo Trelles, Angel Justiniano Carranza, Emilio Ravignani, Guillermo Furlong y Roberto Levillier, entre otros grandes. Armado de un lápiz y un anotador, frecuentaba los archivos donde reposan los documentos del pasado o devoraba libro tras libro con asombrosa velocidad en las bibliotecas. Tenía una viejísima máquina de escribir en su casa de La Lucila y otra tan antigua como ésa en su casa de Pinamar, donde trabajaba todos los veranos. Podía recordar y transcribir lo leído con fidelidad, aunque hubieran pasado años. No tenía ayudantes, ni amanuenses, ni secretarios, ni personal auxiliar: todo lo leía, todo lo comprendía y todo lo escribía por sí mismo.

Pero este hombre fuera de lo común, era en extremo modesto, sin soberbia ni vanidad. Hasta su casa llegaban profesores e investigadores de todo el mundo, porque sus libros se tradujeron a numerosos idiomas y fue miembro correspondiente de todas las academias de América y de muchas de Europa. Y llegaban para preguntarle, para averiguar del gran maestro ese dato desconocido, esa opinión que les faltaba. Pero también se acercaban estudiantes que debían redactar una tesis, una conferencia, un artículo para un congreso. De Gandía parecía disponer de todo el tiempo del mundo para su interlocutor, lo escuchaba con paciencia y afecto, le indicaba la bibliografía, con los nombres de los autores, los títulos de las obras que debía consultar, la referencia de la editorial, el año de la publicación y a veces, ¡hasta el número de capítulo!

El autor de esta nota lo recuerda con filial respeto porque, siendo un joven profesional recién recibido y, por supuesto, un simple desconocido, le prologó su primer libro como forma de estímulo, para que pudiera interesar a un editor.

Nacido en Buenos Aires, hijo de padre vasco -de Orduña, provincia de Vizcaya, vinculado con el comercio exterior- y de madre genovesa, mujer culta que hablaba varios idiomas, el niño estudió en Génova, aprendió idiomas y se cultivó con una formación integral, como no la hay en nuestro país en los días que corren. Vivió largos años en Europa, visitó a los literatos e historiadores de numerosos países después de la Primera Guerra Mundial y pudo sacar conclusiones sobre el devenir histórico.

Sin embargo, vino puntualmente a su patria para cumplir con el servicio militar. En unas breves vacaciones concedidas en el Ejército, viajó al Paraguay con un amigo. Conoció ese país, sus selvas agrestes... y sus archivos. Estudió el problema del primitivo dominio del Gran Chaco y sus orígenes en los repositorios documentales, que después completó en el Archivo de Sevilla, lo que le permitió publicar, en 1929, Historia del Gran Chaco , Historia de los mitos de la conquista americana y La ilusión errante .

Había tropezado con un tema vasto y enigmático. ¿Qué llevaba a aquellos hombres del siglo XVI a dejar el hogar y la vieja heredad española para buscar al mítico Rey Blanco? ¿Dónde estaban sus escondidos tesoros? ¿Qué fuerza tenían estas leyendas para despertar de su letargo a dos generaciones que sacrificaron su paz, su tranquilidad, sus bienes y, muy a menudo, sus vidas? Y así, siguió desentrañando misterios. En 1931 escribió Historia del Río de la Plata y del Paraguay, e Indios y conquistadores en el Paraguay ; en 1933, Límites de las gobernaciones sudamericanas en el siglo XVIII . En 1934, El primer clérigo y el primer obispo del Río de la Plata y en 1935, Los derechos del Paraguay sobre el Chaco Boreal y otras obras cuya mención excede largamente este trabajo. Baste decir que en 1935 publicó seis libros. Fue el mayor erudito sobre estos temas y nadie que los investigue después de él podrá dejar de citarlo.

Cuando se desarrolló la sangrienta y lamentable guerra entre Paraguay y Bolivia, las obras de De Gandía fueron lapidarias. Paraguay, que obtuvo el Gran Chaco, lo hizo doctor honoris causa y una calle de Asunción, así como una escuela, llevaron su nombre aún estando él en vida.

Ingresado en la Academia Nacional de la Historia, en 1930, le cupo el honor de haber sido el miembro más joven de dicha corporación y, pasados los años, su decano y también su miembro de más edad. Cuando su presidente, Ricardo Levene, inició la Historia de la Nación Argentina , que en su primera edición tenía quince tomos, le propuso la redacción de varios capítulos.

En esa época, fundó con José Pacífico Otero el Instituto Nacional Sanmartiniano y en 1936, con Rómulo Zabala, publicó en dos tomos su Historia de Buenos Aires . La obra llega hasta 1800 y sus autores pretendieron proseguirla, pero lo impidió el retiro del gobierno del intendente Mariano de Vedia y Mitre, su propulsor y mecenas.

Fundó, presidió o integró numerosas instituciones de carácter histórico. A título de ejemplo: el Instituto Belgraniano, el de Crítica Literaria, el de Historia de las Ideas, el Cultural Argentino Mexicano, el de Estudios Económicos y Sociales, la Sociedad Bolivariana, el Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, el de Ciencias Genealógicas, la Academia Argentina de la Historia, desde 1948. Y tantas otras.

A partir de 1943 sus temas se inclinan por la independencia y la organización nacional. Deja de lado los siglos XVI, XVII y XVIII. Escribe dos obras sobre Mitre y es nombrado director del Museo Saavedra. Comienza con el estudio sistemático del pensamiento histórico argentino, obra que no concluy,ó pero sobre la que publicó diecisiete gruesos volúmenes. Sobre este período se le plantearon dudas y reflexiones que no vaciló en exponer con valentía, lo que encendió polémicas. Así, por ejemplo, atacó a figuras consagradas, apoyó en algunos aspectos y criticó severamente en otros a Bernardino Rivadavia, exaltó la figura de Alzaga, el alcalde que defendió Buenos Aires en 1807, criticó y sostuvo, a la vez, a Moreno y a Saavedra. Fue iconoclasta y librepensador: no se ató a prejuicio alguno.

De Gandía publicó 146 libros, más de dos mil artículos, pronunció más de mil conferencias, fue profesor en siete universidades. Todo lo hizo en grande y con mayúscula. Revivió un mundo soterrado en el olvido, bajo el polvo del tiempo acumulado.

Los seres vivos somos mortales, pero los humanos somos, además, "murientes", como dice Santo Tomás, porque tenemos conciencia de nuestra finitud. En las últimas conferencias, recordaba aniversarios de numerosas instituciones que él mismo había fundado. Con emoción, dejaba constancia de que ya no celebraría otros en el futuro. "Yo ya no estaré aquí y otros, tal vez en esta misma sala, me recordarán, como yo lo hago con los que se fueron" , dijo en el cincuentenario de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. La dignidad de la muerte -de la que Sócrates fue ejemplo y paradigma- depende a veces de factores ajenos a nosotros. A De Gandía lo postró una larga enfermedad. "¡El raleo sutil, espaciado, de los viejos amigos visitantes, deterioran mucho más que los males físicos!" Esa ausencia cada vez más larga crea vacíos insondables en corazones enfermos y cerebros lúcidos.

Falleció el 18 de julio de 2000. Quien esto escribe, al hablar en su sepelio, al pie de su tumba, pidió a los poderes públicos que una calle de Buenos Aires lleve su nombre, cuando se cumplan los plazos legales. La Argentina le debe aún su merecido homenaje porque, como decía Avellaneda, los pueblos que se apoyan en las tumbas de sus grandes ciudadanos, tienen mejor porvenir.

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