Memorias de un mequetrefe

Por Hugo Gambini Para LA NACION
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13 de junio de 2004  

Se trata de una obra de ficción, pero cualquier semejanza con la realidad no es mera coincidencia, es la verdad. Sus personajes existieron, fueron los dueños y señores del país durante diez años e hicieron lo que les dio la gana. Con las instituciones y con las personas. "Ay Juancito", de Héctor Olivera, recrea intimidades del peronismo histórico a través de las vivencias de un mequetrefe apadrinado por el poder matrimonial de turno. Es la vida del único hermano varón de Evita, un tarambana (nunca mejor el viejo calificativo) obsesionado por seducir estrellas de cine y derrochar la plata dulce de las arcas fiscales, a quien Perón sentara nada menos que en la secretaría privada de la presidencia de la Nación. Es decir, al lado suyo. Sus andanzas fueron un ejemplo grotesco del abuso de poder de los años cincuenta, de lo que hoy llamaríamos prepotencia de Estado, que en esos años imperó en todo el país.

Este "atorrante incorregible", como lo define una de sus amantes, nunca se había interesado por la política salvo para pedir favores. Cuando saltó del corretaje de jabones a la antesala del poder se dedicó a negociarlos. Y al tener sobre el escritorio la agenda presidencial su amistad pasó a ser codiciada por todos. De día administraba influencias palaciegas, ambulando por la Casa de Gobierno con aires de superioridad, y de noche atendía negocios oscuros en un reservado del Tabaris. Siempre secundado por Tucho, seudónimo que disimula a su cuñado Orlando Bertolini, cómplice de correrías pobres en Junín y ricas en Buenos Aires. Otro ladero que aparece es Héctor J. Cámpora, y aunque la pantalla no los muestre, se sabe que Román Subiza y Raúl Apold también eran devotos en la misma feligresía. Todos bajo la advocación del sumo sacerdote Andrés Trilla, dueño del templo de la calle Corrientes.

El guión de "Ay Juancito", compuesto por el escritor José Pablo Feinmann, un peronista desilusionado, y por el propio Olivera, quien de muy joven conoció aquel régimen que no dejaba hablar a nadie, presenta con benevolencia a Perón y Evita, pero de ninguna manera oculta el desprecio que ambos sentían hacia la oposición ("los contreras", como se les llamaba entonces), ni elude las actitudes vengativas de Evita hacia las colegas que la criticaban. Aparece el caso de Niní Marshall, uno de tantos, a quien le anulan todos los contratos artísticos "por haber ridiculizado a la señora en una reunión privada". Es patético el diálogo de Niní con el obsecuente Atilio Mentasti -socio del poder corrupto de entonces- y la terrible impotencia que se dibuja en el rostro de la actriz al salir de la Casa Rosada.

También se pone al descubierto la complicidad de Perón con la adulonería de quienes lo declaran por ley "Libertador de la República", inundan todo con su nombre (calles, ciudades, provincias, edificios), obligan a leer "La razón de mi vida" en los colegios y desatan un torneo de obsecuencia para levantarle a Evita la estatua más alta del mundo en vida.

Todo eso está correctamente expresado y sin errores. Los tienen en cambio muchos comentaristas radiales y televisivos que no leen historia y se dejan llevar por las leyendas del peronismo idealizado. He oído a muchos de ellos decir que el Juancito de la ficción se parece a Isidorito, con lo cual descubren su propia ignorancia, porque confunden al personaje de la historieta infantil Patoruzito (que parecen no haber leído) con el Isidoro Cañones de la vieja revista Patoruzú. Otros dijeron que el film se equivoca cuando identifica a Control de Estado como un aparato policial: "era un organismo burocrático que supervisaba el Plan Quinquenal", escuché decir. Sin embargo, no hay tal equivocación, pues lo que supervisaba Control de Estado era la sección especial de la policía, precisamente la encargada de aplicar picana eléctrica a los opositores en los sótanos de las comisarías. Sobran nombres, fechas y datos para demostrarlo.

Finalmente, la mentalidad autoritaria de Perón quedará estampada en una frase de Juancito, cuando con cierta ingenuidad dice que "para el general la política es cosa de hombres, de militares". Quienes lean "La sangre derramada", de Feinmann, sabrán muy bien de qué se trata.

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