Reliquia de la industria nacional

Es el único modelo que sobrevive de la primera fábrica argentina
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18 de junio de 2004  

Es el único sobreviviente de la primera fábrica de automóviles de la Argentina; la que fundara el ingeniero Horacio Anasagasti, allá por 1909. Una joyita. Hoy, aquel Anasagasti de 12 HP, de 1911, está en exposición en el Museo Nacional de Aeronáutica, en Morón. De hermosas líneas, pintado de negro brillante, su historia es digna de ser contada. Poco antes de inaugurarse la Escuela de Aviación Militar, el 8 de septiembre de 1912, comenzaron a recibirse donaciones de empresas comerciales e industriales para comprar aviones, repuestos y contratar afamados instructores y pilotos extranjeros. Anasagasti, íntimo amigo del ingeniero Jorge Newbery (creador e impulsor de ese instituto junto con el coronel Luisoni, el barón Antonio de Marchi, Aarón de Anchorena y Alberto Mascías, entre otros), contribuyó con la entrega de un auto de su marca. Tenía dos asientos y fue utilizado como servicio de pista, transporte de pilotos, auxilio y remolque de aviones. En 1920 se le agregó un dispositivo acoplado al núcleo de los motores de los aeroplanos de aquella época, para ponerlos en marcha sin esfuerzo y evitar el peligro de impulsar las hélices a mano.

El progreso llegó implacable y el pequeño vehículo terminó arrumbado en un galpón de desechos de la Base Aérea del Palomar. Hay dos versiones sobre su destino. La primera sostiene que, cuando lo iban a subastar como chatarra junto con otros restos de aviones, un veterano suboficial recordó que no podía vendérselo porque había sido recibido en donación y lo salvó de la destrucción. La otra, que el brigadier Angel Zuloaga lo vio durante una venta de material aeronáutico y al reconocerlo ordenó preservarlo. Finalmente, en 1962, con la creación del Museo Aeronáutico pasó a integrar su patrimonio. Estaba en ruinas.

Hasta que el comodoro Santos Domínguez Koch, en 1975, se propuso restaurarlo para exhibirlo como parte de los homenajes en el centenario del nacimiento de Newbery. Una ardua tarea que inició junto con los ingenieros Antonio Bianchi y Roberto Sinigaglia, hijo de un antiguo capataz de la fábrica Anasagasti. Lo pusieron a nuevo. Hasta moldearon las tuercas de las ruedas. Ahora luce con el nombre calado en bronce sobre el panal de abejas del radiador y un escudo con el logotipo de la marca. Está en pleno funcionamiento y cuidado como una verdadera reliquia.

Tecnología de antaño: una joya mecánica de principios del siglo XX

El Anasagasti está impulsado por un motor Ballot de 12 HP, de cuatro cilindros, refrigerado por agua a termosifón, con una cilindrada de 2125 cc, válvulas laterales en un mismo costado del block, carburador ascendente Claudel, magneto Bosch y lubricación por salpicado. El cárter y la tapa de distribución son de aluminio de fundición. El diseño fue mejorado con un sistema de lubricación forzada al cigüeñal. Lleva el número de fábrica 109, es decir que fue el noveno auto que salió de los talleres de la avenida Alvear. Las llantas de rayos son de madera Stepney, con un dispositivo importado para inflar los neumáticos que aguantan una carrocería doble Phaeton, convertible. Las palancas de cambios y frenos colocados sobre el costado derecho hacen que tenga una sola puerta, la izquierda. Muchas de sus piezas era de fabricación nacional. Anasagasti produjo 50 automóviles, pero la Primera Guerra Mundial y problemas financieros hicieron que cerrara sus puertas en 1915. Muchos de ellos fueron adaptados como taxis y cumplieron el servicio durante más de una década.

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