Estreno mundial de autor local

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19 de junio de 2004  

Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Carlos Calleja. Solistas: Lidia Baich (violín) y Víctor Torres (barítono). Programa: Sinfonía "Verrà la morte...", para barítono y orquesta de cámara, sobre el poema de Cesare Pavese. Función Nº 8 del ciclo de abono. Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy bueno

El estreno mundial de la Sinfonía "Verrà la morte...", de Valdo Sciammarella, con textos poéticos de Cesare Pavese, fue el momento de mayor jerarquía artística del octavo concierto del ciclo de la Orquesta Filarmónica en el Teatro Colón, con la dirección de Carlos Calleja, quien en una actitud de indudable honestidad preparó la obra con muy buen resultado de ejecución, detalle nada menor, porque con inusitada frecuencia las obras de autores nacionales no suelen ser presentadas con suficiente rigor y estudio previo. En este caso seguramente tuvieron influencia los méritos sobresalientes del músico, figura que se encuentra en la cumbre de su brillante carrera, no sólo como compositor sino también como director de coros, principalmente en la especialidad niños, desde donde logra con regularidad resultados de calidad.

Inspiración y originalidad

"Verrà la morte..." es una composición que parte de poemas escritos por Cesare Pavese cuando ya su existencia estaba a punto de troncharse trágicamente siendo aún joven, al parecer como consecuencia de un amor inútil por una actriz norteamericana, causa de desolación, desequilibrio y suicidio.

Acaso la inquietud y personalidad del novelista, poeta y ensayista que junto a Alberto Moravia y Vasco Pratolini fueron impulsores del llamado neorrealismo italiano, llevado al cine por Visconti, De Sica y Rosellini, haya sido una fuente ideal en sintonía con el temperamento sanguíneo y apasionado de Valdo Sciammarella, que más allá de su ascendencia italiana recibió enseñanzas de Godofredo Petrassi y Luigi Dallapicola, cincelando en él un lenguaje libre en la utilización de las armonías, provenientes de procedimientos del diatonismo, pero marcadamente expresivo.

Entonces, la elección del texto con las imágenes y atmósferas que provocan bien pudieron excitar en el músico argentino una mirada distinta, una vuelta al clima de la Italia eterna y a las bellezas de la expresión y del canto, porque la sinfonía tiene como protagonista a la voz humana matizada en pasajes de refinada declamación y en serenos episodios cantados, apoyados por una instrumentación fina, de sonoridades fascinantes y sensibles.

Si bien es cierto que la valoración de una composición surge con mayor justicia después de varias sesiones y con la receptividad de los públicos a través del tiempo, la primera audición de la obra de Sciammarella, importante en su extensión, permitió apreciar sabiduría en la concordancia de las palabras con relación al discurso musical, pasajes inspirados de captación inmediata y la creación de atmósferas sonoras con las cuerdas como base principal y delicadas pinceladas a cargo de los instrumentos de percusión responsables de un universo de sonido de bello y transparente efecto.

El barítono Víctor Torres refirmó poseer una voz dulce y aterciopelada, muy adecuada para el mundo de la música de cámara, así como expresiva manera de decir la poesía en idioma inglés en los breves prólogo y epílogo y en italiano en las tres partes en que se subdivide la obra sin solución de continuidad -al parecer el inglés representa aquel amor por una joven actriz o un homenaje de Pavese a la literatura norteamericana que tanto admiró- y el numeroso público que colmó la totalidad de las localidades de la sala tributó un cálido y sostenido aplauso.

A renglón seguido se escuchó el siempre grato concierto para violín y orquesta Op. 64, de Félix Mendelssohn, con la muy atractiva, bella y elegante violinista de origen ruso Lidia Baich, nacida en San Petersburgo y formada en Viena, con una amplia carrera artística y la posibilidad de ejecutar con un violín Carlo Bergonzi de 1723, célebre fabricante de Cremona, pero que sin embargo no logró traspasar una ejecución sin duda correcta en los aspectos técnicos, pero algo anodina en la expresión y en la intensidad de su sonido.

Sonoridad tímida

Resultó evidente que la intérprete comenzó los pasajes del primer movimiento con una sonoridad tímida y por lo tanto desequilibrada con la orquesta, pero al llegar a la cadenza, y ya más aplomada, hubo un atisbo de gran virtuosismo, un admirable dominio en las notas en armónico y un arco mucho más suelto y relajado. Sin embargo, cuando se esperaba un segundo movimiento más expresivo y cálido, su contención fue excesiva, alejándose paulatinamente de la expresión romántica y ardorosa.

La batuta de Carlos Calleja, por su parte, se limitó a dar una buena apoyatura al discurso de la solista y respetar el estilo diáfano del autor en cuanto al tempi. De todos modos, al llegar al final, ambos protagonistas recibieron un muy buen aplauso, suficiente como para agregar la violinista, y fuera de programa, "Recitativo y Scherzo", de Fritz Kraisler, pieza de circunstancia dotada de todas las posibilidades para una pirotecnia desde el violín, deslumbrante y contundente. Pero creemos que el aplauso final también tuvo mucho de agradecimiento ante la agraciada figura de Lidia Baich.

Apoteosis de la danza

Bien se sabe que Wagner calificó a la Séptima sinfonía de Beethoven como "apoteosis de la danza" y Berlioz detectaba en ella una danza campesina. En todo caso, es una composición muy especial, nada sencilla para el director de orquesta, que tiene como protagonismo el carácter rítmico de su estructura musical, con numerosos pasajes reiterativos que reclaman un trabajo muy sutil en la aplicación de intensidades en los planos sonoros y dinámicos, todo ello sin perder las características de un estilo tan definido.

La versión de Carlos Calleja fue acertada porque remarcó precisamente el ritmo interno de cada uno de los movimientos y obtuvo un buen rendimiento de la Filarmónica. El público tributó un justo aplauso al destacado músico argentino y a sus subordinados.

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