Marcos Milinkovic: alto, rubio, y de ojos celestes

No está loco pero vive de remate. Sus pies talle 46 y medio sostienen toda la potencia y el carisma de la selección de voley.
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1 de julio de 2004  

“Las cosas que vivimos en rosario, por decirte la ciudad más sacada, más fanática, no las viví en ningún lugar del mundo. Todas las noches había cien personas esperando hasta las tres de la mañana. El tiempo que nos quedábamos ahí, contrataban a tres o cuatro personas de seguridad más, porque la gente se quería meter adentro del hotel.” Podría ser la historia de un Popstar, ¿no? Más aún cuando dice: “Tardábamos media hora desde la puerta del hotel, hasta el micro que nos esperaba en la vereda”. ¿Un ídolo del verano, un ex Soda Stereo? Nada más lejano a Marcos Milinkovic. El número uno de la Selección Argentina de Voley parece un gigante de cuento, pero es más tierno que un yeti.

Era la época en que estos beatles del remate salían de gira por el país, metiendo sus 2.05 m de altura en un dormibus. “¿Sabés lo que es para mí viajar en un micro de acá a Salta, o en avión hasta Córdoba y de ahí en micro a La Rioja? A veces te acostabas a las 2, después de un partido, y te levantaban a las 7 de la mañana. La verdad: lo único que te sacaba tanto malhumor era ver que había un montón de gente esperándote.”

La seleccionitis (amor devocional por todo grupo que entra a una cancha con la camiseta argentina, salvo…), explotó cuando ganaron una medalla dorada en los Panamericanos de Mar del Plata (1995). Marcos tenía 23 años y estaba en la Selección desde el 91. Siete años antes había debutado en el voley casi por casualidad, después de coquetear con el básquet. Jugaba con un grupito de amigos del Deportivo Ballester y a los 16, en 1989, pegó un estirón hiperinflacionario: creció 20 centímetros en un año y tocó el 1.95 metro.

Cuando lo encuentro, está levemente agachado, apenas entra por el marco de la puerta del baño en un restó de Puerto Madero, que usa como camarín. Su timidez lo está castigando durísimo: la maquilladora lo embiste con un lápiz de labios, para que no se note que se le agrietaron. “No sé nota, ¿no?”, insiste antes de las fotos. “El lápiz de labios, digo.”

Marcos entra a probarse un pantalón XL y vuelve con la misma cara que si se hubiese hecho pis encima: “Me queda corto”.

–¿Eso te pasó siempre con la ropa?– le pregunto. Puede parecer una pregunta pueril. Lo es. Pero créanme: esa es una de las grandes preocupaciones de Marcos. Literalmente.

–No te creas. No tanto. Lo que era difícil era conseguir zapatillas… talle 46. Eso era lo peor. Hoy todavía sigo padeciéndolo.

Afuera (de la Argentina, se entiende) se consiguen todos los talles. Milinkovic fue uno de los primeros en iniciar una exitosa carrera internacional, en dos de las ligas más competitivas: la de Italia y la de Brasil. Ahí descubrió que las italianas no eran tan lindas como las argentinas (“ni punto de comparación”) y que la torcida brasileña no puede hacer nada al lado de la barra quilombera: “El brasileño es seguidor, te llena estadios. Pero cuando el equipo va perdiendo, parece que juegan con la cancha vacía. Y nos tienen un poco de envidia por la pasión del público argentino. Acá al contrario, si estás en un momento de dificultad, el aliento de la gente se agranda.”

Después de unos impecables Juegos Olímpicos (en Sydney 2000, lograron el increíble 4º puesto y él fue elegido mejor jugador), volvió a Italia para una larga temporada. De allá se trajo el acento italiano (a lo Batistuta, pero low fi ) y a Jelena, una esposa yugoslava. “La conocí cuando terminó el campeonato en Italia. Fui a cenar a lo de unos amigos. Ella me gustó, charlé un poco, mi familia es de descendencia croata, así que nos entendimos. Después vino unos días antes del Mundial (2002)… Y al año estábamos viviendo juntos.” Y hay más: en marzo nació Luka, su primer hijo. Con él y Jelena vivió este año en Florianópolis, ahí jugó para Unisul y repitió la sana costumbre: ganó los cinco torneos locales más importantes y se colgó la medalla de número uno en todo. Alma inquieta, este año, después de los Juegos Olímpicos, se instalará con su familia en Grecia, donde lo espera una temporada en el Olimpyakos, subcampeón del último torneo.

El corazón de la gente también se encendió con aquel Mundial 2002: Marcos, se convirtió en la cara del deporte y en una rubia debilidad. Almorzó con Mirtha, visitó el falso living de Susana Giménez y apareció (casi) en pelotas en el canal de las pelotas. Sí, Marcos fue Macho Bus en el programa de Nicolás Repetto. Tan mediático que hasta Marcelo Tinelli aprovechó el boom y fundó su propio club, para el que más de una vez tentó con una buena oferta a Milinkovic. El jugador, que no deja de tirar flores por la llegada de Marcelo a su deporte (“falta gente como él en la dirigencia, para que de una vez por todas el voley pueda despegar”) hasta ahora prefirió jugar un tiempo más en el exterior.

Allá todavía lo añoran. Las italianas, despechadas, no lo olvidan y lo eligieron como “Il piú bello”, en una caliente compulsa online.

–¿Aún hoy te sorprende ser visto como sex symbol?– Se ríe suelto. Pícaro. Achina los ojos.

Y se desmarca con la excusa del vergonzoso pocos minutos antes de que una chica, al pasar, le clave los ojos como pidiendo una chance imposible de que su remate vaya adentro.

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