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Un pueblo fantasma que resucitó

Nueva vida: a 20 kilómetros de la capital provincial, el paraje Cachirulo renace gracias a la instalación de hornos de ladrillo.
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21 de febrero de 2000  

CACHIRULO, La Pampa.- Este extraño paisaje tiene un nombre que parece extraído de los cuentos infantiles. Desde el acceso a lo que alguna vez fue el poblado se observan ruinas de un tiempo muerto y calles desdibujadas sobre las que avanza, hambrienta, la fronda implacable.

Bajo el tórrido sol del verano suenan las voces del silencio: silbidos de pájaros, el soplo del viento entre los árboles, ese raro ruido de agua que producen las chapas vetustas. Cachirulo es un pueblo fantasma que alguna vez se irguió floreciente a la vera del ex Ferrocarril General Sarmiento, hasta que sus habitantes lo abandonaron sin pena ni gloria cuando iniciaron el éxodo inexorable hacia centros urbanos más grandes.

Pero en los últimos tiempos ocho familias de pampeanos pauperizados encontraron en las casas muertas un nuevo sitio de esperanza, donde sobreviven con una economía básica de susbsistencia. Son la otra cara de una provincia próspera; una muestra de los desplazados por la recesión.

Mujeres jóvenes y adolescentes que fabrican ladrillos, hombres y muchachos que viven de la caza de animales silvestres, ancianos apartados del mundo más niños desnudos que juegan entre ruinas, despertaron sorpresivamente a este pueblo condenado al sueño eterno.

Aquí, a escasos 20 kilómetros de Santa Rosa, florecieron durante décadas las chacras de colonos inmigrantes. Por entonces, el tren pasaba periódicamente con su carga de granos y animales. Los días se sucedían felices, pero la decadencia del ferrocarril y la recurrente crisis de los sectores productivos condenaron al pueblo a una inexorable desaparición.

Los vecinos no resistieron el embate de la modernidad y debieron dejar atrás sus casas, veredas, esquinas, huertas, galpones, patios, una plaza y el pequeño cementerio.

Renacer

El cuarto de siglo transcurrido desde entonces se encargó de borrar aquellas huellas. Crecieron inmensos árboles y yuyales, cayeron los techos, se derrumbaron las paredes, y el pueblo adoptó esta identidad fantasma, interrumpida de tanto en tanto por la visita de algún vagabundo o la llegada de algún curioso.

Sin embargo, después de tanto olvido, un nuevo soplo de vida se exhibe repentinamente y otros rostros se adivinan en las ruinas abandonadas. Aunque no son ya los prósperos chacareros: son familias enteras de los sectores desplazados por la crisis, que huyen de los centros urbanos y llegan aquí en busca de un horizonte menos ingrato.

En pocos años se instalaron aquí cuatro hornos de ladrillos, uno de ellos sobre las vías del tren, en el mismo sitio que alguna vez ocuparon los galpones de acopio. Aunque generalmente se apartan de este rudo oficio, aquí las mujeres también ensucian de adobe sus brazos.

Tal es el caso de Carina, de 17 años, y Adela, de 13, hijas de Eusebio Miguel, un hornero llegado hace un lustro desde Toay. "Vinimos a Cachirulo porque la vida está muy difícil allá y ya no queda tierra para hacer ladrillos", narra.

Eusebio transpira bajo el sol del mediodía y habla apoyado sobre una pala vieja y emparchada. "Me ayudan las chicas porque el único varón grande que tengo, Arnaldo, trabaja de peón en otros hornos", comenta, mientras presenta con gestos parcos a los restantes miembros de su familia: cinco hijos pequeños y la esforzada mujer que lo siguió al destierro.

Los Miguel viven humildemente en una de las casas que eran propiedad del ferrocarril. "Hubiésemos preferido la vieja estación, pero cuando llegamos ya estaba ocupada", recuerda, resignado. No tienen agua potable ni gas, pero la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa reacondicionó las líneas de energía y disfrutan, como el resto de las 70 personas que viven aquí, de la luz eléctrica.

Como hace milenios

A una cuadra de distancia, aunque las esquinas aquí deben adivinarse, porque la naturaleza devoró sin piedad calles y veredas, vive Francisco Llorens, un joven de 23 años llegado hace apenas dos meses, cansado de la pobreza endémica que afecta a Toay y de la galopante desocupación que azota a la capital provincial.

"Fui peón de panadería y también trabajé en los hornos, pero en los últimos meses nadie me dio trabajo y me estaba muriendo de hambre", dice. Mientras lía un cigarro con la mirada entornada, explica que eligió Cachirulo porque allá está su padre, "que se vino hace unos dos años" y se instaló en una de las tantas casas deshabitadas.

Francisco vive de la caza y la recolección, como los hombres hace milenios. "Aquí nadie nos molesta, si pareciera que no existimos. Salgo a peludear por las noches, con los perros, y vendo los peludos en Toay." En una jornada de suerte tal vez llegue a cazar "6 o 7 animales", que pueden dejarle unos cinco pesos por ejemplar. "Pero no todas las noches hay buen clima y no siempre la gente tiene plata", advierte.

Si bien sabe que el frío hará las cosas muy difíciles, Francisco tiene buenos planes para el invierno, "la mejor época para cazar chanchos (jabalíes). Puedo hacer alguna diferencia y ganar unos pesos", se ilusiona.

Lo que para otros puede sonar a aventura, para él es cosa de todos los días. Cuando sale a cazar jabalíes, lo hace armado con un cuchillo y tres perros. "Ellos lo encuentran y lo inmovilizan; yo lo mato de un tajo", resume, con dramática sencillez.

En el otro extremo de la vida, aunque sólo a media cuadra de distancia, vive Ciriaco Pebé: un saludable anciano de a caballo, próximo a cumplir 78 años. Apocado y manso, este hombre es el único habitante que vio morir el pueblo y hoy asiste, casi con indiferencia, a esta extraña resurrección. "Yo pasé casi toda mi vida en Potrillo Oscuro y llegué a Cachirulo en 1974. Para entonces, el tren no pasaba más y no quedaba casi nadie", describe.

Sin embargo, la memoria de Ciriaco aún conserva las imágenes de la primera vez que visitó el pueblo, hace casi 50 años: "Tenía más de mil habitantes y una zona de chacras muy próspera. Después llegaron los grandes (terratenientes), se compraron la tierra y empezó la decadencia".

Los tiempos cambiaron y en pocos años no quedó nada. "Yo permanecí porque me contrató el dueño de un campo para que le cuide la propiedad." Ciriaco vivió solo hasta que comenzaron a llegar los desplazados.

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