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Narrativas abiertas

Silvia Rivas y Gabriel Valansi exponen en el Museo de Arte Moderno; Isabel Chedufau en el Recoleta, y Luis Freisztav en la Casa de Oficios
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25 de julio de 2004  

Las exposiciones de Gabriel Valansi y Silvia Rivas, que presenta el Museo de Arte Moderno, tienen en común la relación con las transformaciones contemporáneas del campo de la imagen. Ambas son producto de un mundo repleto de pantallas y de soportes digitales; pertenecen a lo que hace una década Frank Popper denominó "el arte de la era electrónica".

Rivas, una artista que estudió escultura, pasó por la pintura y desembocó en el objeto, las instalaciones y la fotografía, halló en el video digital un medio para incluir en su obra el "tiempo expandido" o tiempo del acontecimiento. Con el título Todo lo de afuera, expone varios videos para monitor (en los espacios de descanso de la escalera que conduce al último piso del Museo) y una videoinstalación con proyecciones sobre las paredes, pantallas transparentes y el piso.

En sus obras se advierte el uso del tiempo y de la propia subjetividad. En los videos exhibidos en los monitores predominan los ojos que se abren y cierran de un modo extraño y persistente. En realidad dentro de un ojo cerrado se ve otro ojo cerrado que intenta abrirse sin lograrlo. Es la mirada de alguien que no ve lo de afuera, sólo queda lo interior: "Adentro -dice la artista- está el deseo, el llanto, el crepitar de la ansiedad y una canción de consuelo".

La videoinstalación de Silvia Rivas, con tres videos que se proyectan en una sala oscura, de muros negros, muestra varias acciones con un conjunto de jóvenes que se empujan y se mueven al unísono, como una masa apretujada, sin violencia ni propósito alguno. Las escenas son interminables, no tienen principio ni fin. Además, en contradicción con la aparente frialdad del medio tecnológico, poseen una extraña calidad pictórica de acentuado claroscuro.

Por su parte, Gabriel Valansi, utiliza los medios electrónicos como un instrumento para analizar los mecanismos casi invisibles, utilizados para el control de la seguridad en lugares públicos y privados. La exhibición pone en evidencia la proliferación sin precedentes de los sistemas destinados a la captura de la imagen y a su análisis.

Con una presentación aséptica, Valansi exhibe un conjunto de piezas que, en su mayor parte, fueron obtenidas de los abstracts de trabajos técnicos sobre la seguridad. Son imágenes que provienen de las cámaras interactivas y rostros sobre los que se han trazado, con líneas y puntos, análisis fisonómicos sobre su peligrosidad. No faltan propuestas lúdicas, como la cámara con sensores que persigue al espectador cuando se mueve en su cercanía y proyecta su imagen en el muro. En la misma línea, un pequeño monitor de seguridad emite un fragmento de una ópera; mientras se observan las imágenes, puede escucharse el sonido con los auriculares.

En otra sala, Valansi presenta una impactante instalación. El espacio reservado a esta escena está iluminado con luces ultravioletas, que modifican la visión creando un ámbito dramático. En el centro, un avión B-52 parece explotar en el aire; más de doscientas piezas flotan con una extraña luminosidad que remite a un desastre atómico. La obra fue realizada con un modelo en escala para amar.

Las exposiciones de Silvia Rivas y Gabriel Valansi, ambas excelentes, plantean la necesidad de distinguir el viejo "saber ver" (difundido por la crítica formalista) y el saber hallar los significados y las fronteras del ver.

(En Museo de Arte Moderno, avenida San Juan 350, hasta el 1º de agosto.)

Relatos inquietantes

Con el título 318, Isabel Chedufau expone, en Centro Cultural Recoleta, un conjunto de fotografías directas y una instalación con el tema del enfermo y el hospital. El relato es único e inquietante. Las fotografías muestran, desde el reducido campo de visión del paciente que yace en una cama o una camilla, pequeños sectores del viejo Hospital de San Isidro, como los ventiladores del techo, la mano de la enfermera que aplica una inyección, la ambulancia, una imagen de santería rodeada de flores.

Otra serie de fotografías, con el título Mundos mínimos, muestra las mesitas de luz sobre las que, además de las infaltables botellas de agua y los santos de las devociones particulares, hay anteojos, vasos de papel, tazas, servilletas y hasta un panecillo.

En un sector apartado se encuentra la instalación que lleva por título la cifra 318 (el número de una sala general). Con recursos exiguos, todo remite sin complacencia, con dureza, a la pobreza, la enfermedad, el dolor y la muerte.

(En Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 1º de agosto.)

Mundo Búlgaro

En Papelera Palermo, Casa de Oficios, se exhibe con el título Mundo Búlgaro, un conjunto de obras de Luis Freisztav, conocido en el mundo del arte como "el Búlgaro". Las obras, nada tranquilizadoras, son terribles representaciones de perros de grandes ojos, escuálidos, en posiciones patéticas; parecen víctimas sobrevivientes de quién sabe qué horrores, qué torturas. Las esculturas están realizadas en "cartapesta", tratadas en la superficie y pintadas con manchas negras.

Otras piezas realizadas en cerámica, que representan sapos y peces de extraña mirada, no son menos inquietantes que los animales de alambre y papel encolado. La exposición se completa con un conjunto de retratos de Freisztav hechos por sus amigos, entre ellos, Tulio de Sagastizábal y Marcos López.

(En Papelera Palermo, Casa de Oficios, Cabrera 5227, hasta fines de mes.)

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