Ordaz, la memoria del teatro

A causa de un paro cardiorrespiratorio, murió anteayer el eminente investigador
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28 de julio de 2004  

A los 91 años, y como consecuencia de una deficiencia cardiorrespiratoria, falleció anteayer por la tarde, en Buenos Aires, el autor, crítico e investigador teatral Luis Ordaz. Es una triste noticia para el teatro argentino. Murió uno de los máximos investigadores de la escena nacional, uno de los padres, además, de la crítica contemporánea.

Desde muy joven se había sentido atraído por las tablas y hasta había escrito algunos dramas que le fueron permitiendo insertarse en el ambiente teatral porteño con seguridad y talento. Los más difundidos, "Conquista rea", en 1932, y dos adaptaciones magníficas: "Pasión y muerte de Silverio Leguizamón" de Bernardo Canal Feijóo, estrenada en 1983, y "Cuentos de Fray Mocho", en 1984. También tenía una producción dedicada al teatro de títeres, como "El boletín", "La medicina eficaz", "El fantasma", "Barrilete al sol" y "Juguemos en el bosque". A estas piezas habría que agregar un número, que no puede precisarse con exactitud, de adaptaciones para la radio, la televisión y el cine de destacados textos de la dramaturgia universal. En los años 40 también su escritura derivó hacia la narrativa y concibió textos como "Jack London, el rey de los vagabundos", dedicado al lector joven.

Entre 1959 y 1985 fueron muy reconocidas sus intervenciones críticas en el programa "Semanario teatral del aire" que, por Radio Municipal, conducía Emilio A. Stevanovitch.

Pero fue sin duda la investigación la que lo ubicó en un primer plano. A través de diversas ediciones se ocupó de reconstruir la historia del teatro de nuestro país y lo hizo con una vitalidad tal que hasta hoy su producción es consultada permanentemente por quienes se interesan por conocer el pasado escénico nacional.

Su producción es vastísima. Comienza a publicar en 1946. Por entonces dio a conocer "El teatro en el Río de la Plata" y a ella van a continuar títulos como "El hombre de campo en nuestro teatro", "Siete sainetes porteños", "Los Podestá", "Breve historia del teatro argentino", "Aproximación a la trayectoria de la dramática argentina", entre otros.

Muy divulgados fueron los estudios que iban publicándose en el desaparecido Centro Editor de América Latina, en su colección Capítulo Argentino, que más tarde, en 1999, el Instituto Nacional del Teatro compiló bajo el título "Historia del Teatro Argentino, desde los orígenes hasta la actualidad".

Sus premios también son numerosos: Pepino 88, otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación; Ollantay, del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral; Molière (embajada de Francia), María Guerrero (Teatro Nacional Cervantes), Podestá (Asociación Argentina de Actores), Fondo Nacional de las Artes, Premio a la Trayectoria, del Instituto Nacional del Teatro, y hace unos meses el "Trinidad Guevara", del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Más allá de toda esta actividad y estas distinciones Luis Ordaz fue uno de los hombres más maravillosos que tuvo el teatro argentino actual. Su generosidad no se agotaba nunca. Siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Prestaba especial atención a los jóvenes críticos, confiándoles toda su información y disponiéndose a pleno en encuentros y charlas. Era un consejero admirable. Estaba al tanto de todo lo que sucedía en la escena local. Su esposa Elena, compañera inseparable, le ayudaba a leer, casi sin pausa, todo lo que llegaba a su casa y el mismo Ordaz se encargaba de llamar luego a los productores de esos textos para brindarles su opinión y su aprobación incondicional. Y en esto también había exigencia, Ordaz estaba seguro de que cuanto más se produjera y se divulgara, más se fortalecería el teatro de su país.

La muerte de Luis Ordaz provoca una profunda tristeza. Nos ha dejado un buen maestro, de esos que será difícil reemplazar. Y esto, también, provoca cierta soledad. Pero es tanto lo que ha producido, sus investigaciones son tan intensas, que ellas seguirán resultando una excelente compañía y una guía inmejorable.

Hoy, lamentablemente, hay que decirle adiós a un gran ser humano, pero también se hace necesario seguir su camino. Lo dificil será encontrar su entereza, su seriedad y su dignidad.

Los restos de Luis Ordaz fueron inhumados en la Chacarita.

Al maestro con cariño

Apasionado en su actividad, fue un docente inigualable

Luis tenía 91 años y por haber vivido desde hace tanto tuvo el privilegio de haber sido testigo y partícipe de los grandes momentos del teatro argentino en el siglo XX. Fue interlocutor de los grandes teatristas desde la década del 30 hasta nuestros días. Amante de la conversación, solía reunirse con los críticos e investigadores jóvenes para intercambiar conocimientos con los cuales parecía rejuvenecer.

La lucidez de su pensamiento le permitía contar sus experiencias teatrales -que comenzaron siendo muy joven, cuando trabajaba como claque en los grandes teatros de la época-, y deslumbrar con sus vivencias que lo convirtieron en observador y crítico de los cambios que experimentó la escena nacional a partir del nacimiento del teatro independiente y su posterior consolidación. Nombres como los de Leónidas Barletta, Cu- nill Cabanellas, Pablo Palant, Roberto Arlt, Armando Discépolo, Carlos Gorostiza -la lista sería interminable- surgían de sus recuerdos nítidos y narrados con una objetividad y fidelidad que sorprendía.

Sabía transmitir con sencillez y emoción sus vivencias como crítico, investigador, dramaturgo y libretista de radio, cine y televisión. Tenía una memoria maravillosa que luego respaldaba con la documentación y los libros que invadían su casa. No había un lugar, un resquicio que no sirviera para guardar carpetas. Generoso de alma, no dudaba en facilitar su material, que atesoraba, para apoyar en su tarea a los jóvenes críticos e investigadores.

Cuando fue convocado por Boris Spivacow -que había renunciado a Eudeba, después del golpe militar que impuso a Juan Carlos Onganía en la presidencia- para participar en la colección Capítulo Argentino que editaba el Centro Editor de América Latina, Ordaz propuso una serie dedicada al teatro. Con este emprendimiento llegaron a manos de las nuevas generaciones los textos de los autores argentinos contemporáneos, que raleaban en los estantes de las bibliotecas, incluyendo a los más jóvenes de aquella época, Ricardo Monti y Griselda Gambaro.

Esta misma vocación por divulgar los valores culturales del país, que guardaba mucho de docencia, lo llevó a asumir la cátedra de Teatro Argentino del seminario Pablo Palant de Argentores. Fue presidente de la Asociación de Críticos de Investigadores Teatrales de la Argentina, del Círculo de Críticos de las Artes Escénicas de la Argentina (Critea) y miembro de la Academia de Lunfardo, entre otras instituciones.

El maestro lamentablemente se ha ido, pero, fiel a su grandeza, ha dejado su invalorable legado.

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