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El off Corrientes: la escena de la diversidad

Bajo la equívoca etiqueta de under , conviven los vestigios de distinatas eras teatrales con el surgimiento de tribus alternativas
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18 de enero de 1997  

En los años cincuenta hubo una gran explosión del teatro independiente. A partir de mitad de los sesenta, el auge del café concert. Después de la oscuridad, irrumpieron el Parakultural, el clown, la creación colectiva y las cruzas con el rock, el comic y la plástica.

A vista de pájaro, así fue la sucesión de eras escénicas que, de un modo u otro, quedaron asociadas con el under, un resbaloso término tomado del inglés. Si siempre fue difícil entender de qué se estaba hablando, ahora ni digamos.

De las gacetillas que llegan a esta redacción y de una lectura de la cartelera del fin semana, surgen por lo menos setenta espectáculos, presentados en 1996, que -comencemos con una definición por la negativa- no cuentan con producción oficial ni con el sostén de los grandes empresarios privados.

Under, hasta aquí, significa producción independiente, alternativa, con diferentes clases de arreglos económicos entre artistas y dueños de los espacios. Los más afortunados, con años de trabajo y hasta inserción en el circuito de festivales internacionales de teatro, lograron fundar y -oh, milagro- mantener sala propia. Son los casos, por ejemplo, de los directores Alberto Félix Alberto (Teatro del Sur) y Omar Pacheco (La Otra Orilla).

La era de la fragmentación

Si el significado de under se corre hacia lo estético también aparecen piedras en el camino de ese concepto. No hay ninguna tendencia que marque primacía y es radical la heterogeneidad de títulos, géneros, estilos y protagonistas.

Así, la oferta incluye a un pope del teatro independiente como Pedro Asquini en trámite de armar una compañía escénica en un club de fútbol; a grupos iniciáticos (generalmente provenientes de escuela de teatro) que apelan a clásicos argentinos y universales; la apertura de nuevos espacios de experimentación (La Carbonera, Sala Ana Itelman); o la sorpresa que despierta un teatro armado en un espacio casi casero (Sala Ayacucho 318) en el que Mariana Arias hizo -durante diciembre pasado- sus primeras armas escénicas.

Sigamos con el año que pasó: actrices de trayectoria que se calzan el salvavidas del unipersonal (Gabriela Acher); espectáculos de narración oral (Ana María Bovo, Marta Llorente); shows de boleros (Los Amados) y de transformismo con baile y cena (Mario Filgueira en El Morocco); y sucesión vertiginosa de cuadros de varieté (El Bululú, Remember Pub y Liberarte); dos de los mejores espectáculos de los últimos tiempos, "Máquina Hamlet" y "Circo negro", ambos por el grupo El Periférico de Objetos, en El Callejón de los Deseos.

Y paremos aquí, porque hacer un listado riguroso suena a tarea imposible, también porque suele haber fugacidad de permanencia en cartel.

La edad del dinero

La mentada palabrita también se las trae por cargar con otro sentido, ligado con la variable edad. Hay una creencia que funciona como certeza: under, según esa interpretación, es sinónimo de lo joven, lo nuevo, lo vanguardista, lo que pertenece e identifica a los artistas de ruptura y hasta les permite parir tribus de seguidores.

Al menos para los modos de producción, y volvemos al principio, no hay edad que valga. A Alejandra Boero seguro que no le resulta fácil sostener el funcionamiento del Andamio 90. Lo mismo debe ocurrirle a la gente del teatro Payró, ahora con jóvenes como Diego Kogan al frente de la conducción. Ambas salas suelen vérselas en figurillas cuando no consiguen subsidios oficiales y, para ayudarse a seguir, hasta las alquilan a grupos de noveles.

Abundan, afortunadamente, ejemplos de voluntad y empuje: la directora Mónica Cabrera acaba de asociarse con El Vitral para remodelar una de sus salas y reponer allí "Las lágrimas negras de Santita Monjardín".

¿Algo nuevo bajo el sol?

Pero lo under no significa, al menos en este momento, irrupción de claras y definidas nuevas tendencias . A lo sumo hay rasgos aislados, como la experimentación de materiales escenográficos que viene realizando el grupo De la Guarda. Las discos vuelven a aparecer como una salida cuando se hace difícil conseguir espacio. Hace diez años , la Organización Negra disparaba sus primeros fogonazos en Cemento. Y ahora Ave Porco abre más temprano para que, antes del dancing, haya funciones de teatro. Lo mismo ocurre en Doctor Jekyll y en La Trastienda.

Como diferencia con la década anterior, dominada por la creación colectiva, aparece el camino que se están abriendo los autores del grupo Carajaji, con Rafael Spregelburd y Javier Daulte a la cabeza. Pero la impresión general es que todo suena a vestigio de lo que en otros tiempos fue sorpresa y ruptura.

Ese otro tiempo, o el último gran tiempo del under, sigue siendo la década del ochenta. La referencia alcanza la altura de las construcciones míticas. Algunos de sus protagonistas lograron escalar a lugares más visibles, como la TVy las salas comerciales y oficiales. Sin embargo, se sigue poniendo al frente de este dulce montón a quienes ya están en otra: Urdapilleta y Tortonese, Los Melli, las integrantes de las ex Gambas al Ajillo y siguen nombres.

Ellos también están deseosos de que, pronto, aparezcan nuevas espaldas artísticas capaces de cargar con el sayo de ser presentandas públicamente como los artistas del under. Habrá que esperar con paciencia, porque quizás esos nuevos protagonistas todavía no hayan abierto las puertas de sus casas para salir a jugar.

Un viaje por las luces de la noche

Quienes bajan la escalera de El Bululú siempre encuentran gente actuando. A partir de las 21 y uno detrás del otro, hay seis espectáculos en cartel los viernes y los sábados. Abren la noche dos muchachas y la cierran dos transformistas. En lo de las chicas, su estilo tentado por lo brutal tiene vestigios de Las Gambas al Ajillo. Y lo de los muchachos es una versión que se regodea en recargar aún más el estilo que impusieron Urdapilleta y Tortonese. Nada que sorprenda.

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Más tarde, esa misma noche en El Morocco hay un show con el transformista Mario Filgueira. Anima la cena anterior al dancing. Con su fonomímica intenta seducir, y lo logra, a dos grupos (uno masculino y uno femenino) que festejan despedidas de soltero. De a poco el local se va poblando con quienes llegan a bailar. Público mezclado, incluyendo ramilletes de travestis. Salvo esta última variante, la concurrencia es parecida a la que asiste los jueves a La Trastienda para bailar y tomar clases de tango. La mayoría está cerca de los treinta años. Nada que sorprenda, por lo menos demasiado.

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Alguien sopla que durante la tarde del sábado habrá una "performance por invitación" (sic) en el Centro Cultural Alberdi. Buscando algo que lo sorprenda, el cronista se corre hasta el barrio de Floresta y se topa con una casa de altos. No hay ningún cartel que anuncie a la institución. La omisión es lógica: simplemente se trata de un código tribal con el que sus jóvenes moradores denominan a esta vivienda-estudio-taller. Ellos lo llaman así porque siempre está pasando algo: hay quien procesa videos en una atendible sala de edición, hay quien hace música y hay quien se está entrenando en distintas prácticas corporales. Los amigos que llegan de visita se suman como espectadores espontáneos y, a determinada altura del proceso de creación, hay funciones especiales con invitados.

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La que desarrolla el grupo Clase 96 ocurre en una sala de uso compartido por todos los habitantes de la casa. Tiene barras amuradas, como las que usan los bailarines para estirarse. La performance es un ejercicio de improvisación al que el espectador avezado encontraría ortodoxo. Nada que llame la atención, salvo la casa y los protagonistas.

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Todo -todo- parece usado o reciclado: muebles y electrodomésticos son de los años sesenta, a lo sumo de lo setenta. O, al menos, lo parecen, en una suerte de estética neopop surgida de la necesidad obligada de armar una casa con poca plata. Sobre ese fondo, se recortan los dos cuernitos que se levantan erguidos en el corte de cabello de Ramiro Maximiliano Coll (23). El muchacho no está producido para salir de noche: simplemente anda así por la vida. Como buena parte de los integrantes de su clan, es egresado del Instituto Vocacional de Arte (un organismo municipal) y recibió allí una formación a la que define como multimediática, con el centro del interés puesto en el video. Después probó de todo: hizo un corto que fue preseleccionado en un concurso francés, trabajó en equipos de producción de radios alternativas y hasta se desempeñó de preceptor en el Centro Cultural Ricardo Rojas.

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Paula Kleiman (21), otra de las in tegrantes del Clase 96, acaba de presentar un video sobre Witold Gombrowicz y trabaja filmando los actos del Centro Rojas y como camarógrafa de un noticiero de la UBA que se emite por un canal de cable. Una chica emprendedora y de agenda atiborrada: "Ahora no está en casa, se fue a dar la clase de teatro al Moyano", contestan desde el otro lado de la línea telefónica de la Mansión Los Jinetes de la Velocidad, la "familia" (sic) de amigos con los que vive Paula, en condiciones muy similares a las del Centro Cultural Alberdi.

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Ninguno de ellos desprecia la posibilidad de sacar la cabeza hacia espacios más visibles. De hecho, Ramiro está por debutar como partenaire en el espectáculo de Marina Borensztein, la hija del gran Tato Bores. Pero tampoco están obsesionados con abrirse camino a cualquier precio. Por ahora, se han inventado y transitan alegremente por un mundo de paralelo, en el que la gastada palabra movida se insufla de un nuevo sentido.

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Ellos transitan por un corredor, un pasadizo secreto que aún tiene pocas puertas que comuniquen con el exterior: algunos de estos jóvenes, incluyendo a los de Clase 96, participaron activamente en las reuniones de trabajo y en las muestras coordinadas por Eugenio Barba en el Centro Cultural del Parque Chacabuco. Pero es, por ahora, un modo artístico de estar en la vida, una red creativa que transcurre intramuros y a cuyo tránsito se llega sólo por invitación oral. Incluye, y esto sí que es una sorpresa, a los padres de algunos de estos chicos.

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En una noche mágica de sábado hacen su presentación Las de Ñaupa. Este grupo de mujeres profesionales de mediana edad presenta, durante una gran fiesta, el resultado de todo un año de trabajo. Apenas se ingresa en una preciosa casa de Caballito, hay una instalación de objetos que les sirven a estas señoras para reírse de los fantasmas de la edad. Uno de los rincones se llama "Geriátrico dulce espera", con fotomontajes que muestran imágenes edénicas de la vejez.

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Luego, en el patio, el espectáculo. Las encantadoras damas están ataviadas con trajes de monjes. De ellos emergerán convertidas en una rumbera, una cantante de tangos y otra, de boleros. Tienen un estilo naif deliberadamente estudiado. Al acordeón las acompaña Federico, un amigo de Paula. Se puso a estudiar ese instrumento después de una noche en que, casi por casualidad, llegó a un bar donde se desarrollaba una convención de acordeonistas (!) Suena como Tom Waits después de una noche brava. El también invita a su performance, en su casa de La Boca, una suerte de galpón ambientado como un barco.

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Volvamos al patio. Hay maridos, hijos, parejas amigas y algunos colados. La actitud de todos ellos es muy interesante: no festejan a las damas como si ellas estuvieran haciendo monerías, pero tampoco se las toman tan en serio como para creer que están intentado hacerse las artistas. Simplemente, las acompañan con mucho respeto. El clima se parece asombrosamente a esa escena de "La gaviota" en la que el joven Treplev presenta un espectáculo a su parentela en un teatrito al aire libre. El buscaba nuevas formas para el arte. Un siglo después y en Buenos Aires, parece que hay mucha gente intentando encontrar algo parecido. Sin preocuparse por saber cuándo llegara ese momento, el gentío cierra la noche bailando frenéticamente al compás de la banda de sonido -vaya casualidad- de la película "Underground".

El under que fue y que ya no es

Alejandro Urdapilleta: Nunca supe qué es el under. Es más, siempre me pareció una palabra snob que inventaron los periodistas para calificar un movimiento que sólo se caracterizaba por ocupar ciertos lugares y por ciertas formas de hacer espectáculos. A nosotros sólo nos unía la pobreza, la búsqueda de nuevas formas y las ganas de expresarnos en un momento en que la libertad era fundamental. Pero la verdad es que yo nunca firmé un manifiesto sobre lo que era el under; sólo me acostumbré a que me encasillaran en ese lugar. Es raro el fenómeno que se produce hoy: parece que algunos se dan corte con el hecho de haber pertenecido al under. En estos días escuché decir al hijo deJorge Porcel que el había sido under. En cambio, los que pertenecimos no lo decimos. Para mí incluso es un calificativo discriminatorio.

Supongo que le pusieron ese nombre porque era comercial: como iba tanta gente a esos lugares supuestamente under, había que llamarlos de algún modo. Si lo hubieran llamado teatro, que eso era en definitiva, hubiera sido mejor. En el fondo es la misma lucha de hoy. ¿Cuál es la diferencia entre hacer teatro en una plaza, en un inodoro o en el Cervantes? Sólo una cuestión de tamaño.

Hoy el under no existe. Nadie dejaría que se presentaran espectáculos con el nivel de mamarracho de lo que hacíamos en el Parakultural. Hoy todo es más ajustadito, más riguroso, más cuidado en el aspecto.

Damián Dreizik (Los Melli): El under, en los ochenta, fue una gran explosión generacional con tres elementos fundamentales. Fue un fenómeno de actores: teníamos ganas de decir algo, nos autodirigíamos y desechábamos los textos de autor. A la vez había lugares proclives a recibirnos. Y el tercer componente fue el público que formó parte de ese fenómeno y apoyaba esas manifestaciones. Fue un cóctel explosivo de esos tres elementos.

Aunque los grupos eran distintos, teníamos códigos semejantes: el humor, el desenfado, la inquisición sobre las viejas formas de hacer teatro.

Creo que el under de los ochenta fue un fenómeno más interesante que el de Teatro Abierto, que tenía una idelogía política detrás. El under surgió de la nada, fue así porque tenía que ser.

Carlos Pacheco (periodista de La Maga y del programa "Nuevas tendencias", de Canal á). El under se acabó. Lo que ocurrió en los ochenta tuvo que ver con la realidad política y social de un momento, en Capital Federal (porque no pasó lo mismo en el interior). Acá, hubo actores que quisieron hacer estallar todo después de haber pasado demasiado tiempo callados; a la vez hubo gente que puso lugares a su disposición; y un periodismo de la misma generación que empezó a buscar formas de denominar a ese movimiento. ¿Era teatro joven? No, porque la mayoría ya había pasado los treinta. ¿Era nuevo teatro? No, porque estaba apoyado en conceptos tradicionales: el payaso, el clown, el varieté. Entonces, como no era nada de eso, lo llamamos under.

De todas maneras, duró poco. Entre 1988 y 1990 se veían nuevas tendencias y mucho humor. Pero a partir de 1991, el under empieza a desaparecer. Y es lógico: el país es otro. A partir de la Obediencia Debida y del Punto final, el humor ya no tiene sentido.

Los grupos se desarman y no encuentran motivo para generar cosas nuevas. Entonces, los nuevos grupos trabajan sobre la angustia, no sobre el humor. Y como vía de escape aparece la TV, que captó a muchos de los que hacían teatro under en los ochenta y los llevó a hacer lo mismo. Pero no renovaron el humor de la pantalla.

Hablar del under a partir del concepto de los ochenta es decadente. Y lo que era bárbaro en los ochenta, hoy no sirve. Ahora hay una profunda nostalgia por aquellos tiempos, que espiritualmente eran mejores.

Cristina Moreira, maestra de clown de toda esa generación, volvió al país hace dos años (vivía en México) y advirtió estos cambios. Ella dijo que se había acabado la época del payaso. Esta es la época del bufón. Lo que hacían en los ochenta Urdapilleta y Tortonese en el Parakultural, ahora lo hacen Samantha y Natalia en la TV. Eso es el under hoy.

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