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Bovary, en una ingeniosa adaptación

Ernesto Schoo
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19 de agosto de 2004  

"Emma Bovary", dramaturgia y dirección de Ana María Bovo. Intérpretes: Julieta Díaz, Julia Calvo, Sandra Guadalupe, Marta Guma, Luciana Mastromauro, Gabriela Osman y Angela Ragno. Vestuario: Sofía Di Nunzio. Música: Gabriel Barredo y Patricio Lutteral. En el Centro Cultural de la Cooperación.

Nuestra opinión: muy bueno

Original, refinada e ingeniosa, esta versión de "Madame Bovary" -la novela de Gustave Flaubert, publicada originalmente en forma de folletín, en 1856, en La Revue de Paris, y que le valió a su autor la gloria literaria y un proceso por presunta obscenidad- prescinde de las tediosas convenciones habituales cuando se traslada un texto de ficción (sobre todo si es famoso) al escenario.

Ana María Bovo, aplaudida narradora oral de cuentos, muestra aquí una singular capacidad como dramaturga y directora. Toma algunos de los episodios clave del relato y los traduce a un lenguaje teatral tan depurado como atractivo, convirtiendo la estructura verbal en equivalencias dramáticas de análoga expresividad.

El punto de partida es la célebre visita de Emma Bovary al teatro de ópera de Rouen, para asistir a una representación de "Lucia di Lammermoor". Transportada por la música de Donizetti, por la atmósfera "gótica" de la novela de Walter Scott (uno de sus escritores favoritos) y por la apostura y la voz del tenor que interpreta a Edgardo, la soñadora Madame Bovary -modelo de cursilería romántica-, casada con un simplote médico de provincia al que no ama y ansiosa de entregarse a la Pasión, con mayúscula, imagina que el tenor la rapta, le ofrece una vida de lujo y giras internacionales, la exalta como su musa inspiradora. Con la precisión de un entomólogo y con una distancia narrativa que no excluye la compasión, Flaubert describe magistralmente las fantasías de la infeliz Emma, culminando en sus uñas, que, en el colmo del arrebato erótico, desgarran la felpa de la baranda del palco. Bovo pone en escena a seis integrantes del coro de "Lucia", reunidas en una sala de ensayo, que en una pausa de su labor evocan a la heroína de Flaubert como si se tratara de una vecina contemporánea cuya conducta escandalosa alimenta las habladurías de la aldea. Una de ellas asume la personalidad de Emma y va reviviendo las etapas de su declinación: el amante rico y cínico, incapaz de soportar una pasión desbordada e ingenua; la relación imposible con el marido, cada día más enamorado de su mujer y más despreciado por ésta; la atmósfera deprimente de una pequeña ciudad francesa de provincia (tema retomado más tarde por Julien Green y François Mauriac); las mentiras y los desplantes de madame Bovary, y la enorme deuda que contrae, arrastrada por su delirio, con un astuto comerciante y prestamista que la lleva a la ruina y al suicidio con arsénico.

El humor negro

El proceso de degradación de la pobre mujer es acompañado por una sutil dosificación del feroz humor negro -hábilmente subrayado por la autora y directora- con que Flaubert, como al descuido, señala las contradicciones de su conducta, la total irrealidad de sus aspiraciones y, de paso, la mezquindad de su entorno. La alternancia de las voces, el atinado uso de la escasa utilería -un pequeño piano vertical y varios taburetes-, el hecho de que las coristas estén vestidas con enaguas y corsés de época, todo contribuye a recrear el clima del original sin dejar de ser, en todo momento, teatro de singular pureza.

Sería injusto destacar a una intérprete por encima de las otras, pues todas son meritorias. Pero, sin duda, a la bella Julieta Díaz le toca el mayor compromiso: ser madame Bovary sin traicionar a la descripta por el novelista. Sale airosa, sobre todo en las escenas finales, cuando por fin Emma se enfrenta con la realidad y se inflige una muerte atroz.

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