Sergio Catalán

El arriero del milagro
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13 de septiembre de 2004  

1972

Quedó en la historia como "el milagro de los Andes". Para él, fue un hecho que lo sacó momentáneamente del anonimato de una vida de silencio para ponerlo en boca de todo el mundo. Porque fue él quien hizo posible el rescate de un puñado de jugadores de rugby del club Old Christians de Montevideo, que se dirigían a Santiago, Chile, para jugar un partido, y cuyo avión se había estrellado dos meses antes en la cordillera. Obviamente, casi todo el mundo los daba por muertos.

El 21 de diciembre de 1972, el arriero chileno Sergio Catalán vio a dos hombres harapientos que le hacían señas desesperadas, del otro lado del río San José. Pensó que eran terroristas o delincuentes, y se fue. A la noche se lo comentó a sus hijos, y al día siguiente regresó al mismo lugar.

Catalán recibió entonces un mensaje, escrito con lápiz labial, en un papel que envolvía a una piedra. Era un mensaje de "SOS". El arriero lo leyó y les arrojó un lápiz y unos panes. Ambos escribieron y le tiraron un nuevo mensaje. Comenzaba así: "Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo..." Había sido escrito por Roberto Canessa y Fernando Parrado, quienes habían caminado 70 kilómetros en once días, desafiando el frío, el hambre y la geografía hostil.

El baqueano llevó el dramático mensaje hasta un retén policial, desde donde se dio la voz de alarma. En pocas horas se organizó el operativo de salvamento de los 16 sobrevivientes de un total de 45 pasajeros que viajaban en el avión Fairchild de la Fuerza Aérea Uruguaya. La vida le había ganado una partida que la muerte ya tenía entre sus manos.

2004

A los 77 años, y a 32 del milagro de los Andes, Catalán aún se dedica a arriar animales en la precordillera y a cabalgar como aquella tarde en que Canessa y Parrado vieron en él a su salvador.

Catalán sigue viviendo en el pequeño poblado rural de Los Baños de Roma, a unos 150 kilómetros al sur de Santiago y a unos 20 kilómetros de la ciudad de San Fernando. No quiere saber nada con las comunicaciones modernas y hasta carece de teléfono.

"Ya me han preguntando tanto", dice con una humildad que denota algo de molestia cuando alguien le plantea la situación que le tocó vivir y que lo convirtió en un personaje con perfiles casi heroicos.

Vive solo, aunque es visitado frecuentemente por hijos, nietos y bisnietos.

En 2002, cuando se cumplieron 30 años de la tragedia aérea y los sobrevivientes volvieron a cruzar la cordillera para jugar, por fin, aquel partido con Old Boys de Chile que quedó pendiente, Catalán ingresó con su caballo a la cancha.

Fue quizá la segunda oportunidad en que su vida se vio alterada por la exposición pública y mediática, obligado por las visitas y las actividades recordatorias.

Catalán, al que siempre se asociará con el milagro de los Andes, es un típico hombre del campo chileno. Parco, sin embargo habla con cariño de los jóvenes uruguayos que lo han llevado un par de veces a su país y que lo visitan cada vez que viajan a Chile. Al fin y al cabo, su aparición providencial significó para ellos la tabla de salvación en un mar de nieve inacabable.

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