Historias de la quinta presidencial: en la intimidad del poder

Su primer dueño fue Rodrigo de Ibarola, un militar que había llegado a Buenos Aires con Juan de Garay. Desde entonces, la residencia de Olivos ha sido testigo del devenir político del país. Desde el encuentro secreto de Arturo Frondizi con Ernesto Che Guevara hasta las negociaciones más recientes con el Fondo Monetario Internacional, los salones y jardines de esta maravilla arquitectónica guardan secretos que, en parte, se revelan en esta nota
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19 de septiembre de 2004  

A la mañana siguiente, me desperté a las cinco y media y fui a Olivos. El Presidente estaba preguntando por mí.

"Está todo arreglado, me llevan a Martín García a las ocho de la mañana. Pero yo le quiero pedir dos cosas: la primera, que se ocupe de que Guido asuma la presidencia, y la segunda, que usted siga en el gabinete –me dijo el Presidente.

"Espere Presidente –le respondí–. A la primera me comprometo; a la segunda no, porque no me parece una cosa elegante.

"Eso que dice habla muy bien de usted –dijo el mandatario–. Pero estamos en una situación muy crítica, y no veo quién lo podría reemplazar en este momento.

"A las 8 de la mañana, con el capitán de navío Lockhart [Eduardo], que era su ayudante, Frondizi (Arturo) fue al Aeroparque, donde lo aguardaban el almirante Gastón Clement y el brigadier Rojas Silveyra (Jorge), y subió al avión.

"Les voy a contar el comentario que hizo Rojas Silveyra, estrictamente como a mí me lo trasmitieron: ¡Qué gran cagada me parece que hemos hecho!, le dijo a Clement cuando el avión arrancó llevándose a Frondizi."

Aunque resumido a los efectos de este informe, así narró en una conferencia Rodolfo Martínez (h.), ministro de Defensa y luego del Interior durante la presidencia de Arturo Frondizi, los pormenores de la crisis de marzo de 1962, que culminó el 29 de ese mes con el presidente provisional del Senado, José María Guido, en la presidencia de la Nación tras el derrocamiento de uno de los más notables estadistas de la historia argentina.

La residencia de Olivos, ocupada por veintiséis presidentes desde que el gobierno nacional aceptó, en septiembre de 1918, la donación de la familia Villate Olaguer, ha sido testigo de acontecimientos históricos que marcaron el país. Remanso de figuras notables y también refugio de personajes olvidables.

Cuando el capitán Lockhart se presentó en la residencia de Olivos, a las cuatro de la mañana de aquel 29 de marzo, para informarle a Frondizi que sería embarcado en un avión de la Armada con destino a la isla Martín García, el presidente le dijo: "Cuanto antes mejor". Y recomendó esperar el cambio de guardia para no comprometer a los granaderos encargados de su custodia. Frondizi enfrentó 34 planteos militares en 47 meses de gobierno, pero su encuentro en la quinta de Olivos con el Che Guevara ocho meses antes, en julio de 1961, había sido el episodio que iniciaría el camino sin retorno hacia el golpe de Estado.

El historiador Mario Pacho O’Donnell le dice a la Revista que aquel encuentro –que le fue contado por Jorge Carretoni, por entonces diputado nacional de la Unión Cívica Radical Intransigente, el partido de Frondizi– fue "uno de los momentos más intensos de la vida política argentina que se hayan registrado en la quinta de Olivos". Incorporado en su libro Che (Sudamericana), O’Donnell lo cuenta así:

"En julio de 1961 lo cita Frondizi [a Carretoni] en su despacho y lo asigna a la reunión de Punta del Este como asesor del Consejo Federal de Inversiones. Sin embargo, su misión será otra: hacer contacto con el Che Guevara. (...). El interés de Frondizi en el encuentro era mejorar sus relaciones con los Estados Unidos, hacer mérito y así ganar algo de aire (...) Su objetivo era intermediar en las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, gravemente deterioradas luego de los sucesos de Playa Girón.

"Carretoni alquila un pequeño Piper por 20.000 pesos para cruzar el Río de la Plata. Relata Carretoni: Mi instrucción establecía que Guevara debía viajar solo, por lo que al pie de la escalerilla le extiendo la mano para despedirme.

"¿Usted no viaja? –me pregunta el Che.

"No, ésas son mis instrucciones.

"Entonces yo tampoco viajo –dijo cortante.

"Opté por transgredir mis instrucciones y subir al avión. (...) El Piper aterrizó en el pequeño aeropuerto de Don Torcuato.

"Llegaron a la quinta presidencial a las 9 de la mañana, y enseguida Frondizi y Guevara se encerraron en un pequeño salón, a solas. La reunión duró tres horas y su resultado no sería auspicioso para el presidente argentino, pues fue derrocado algunos meses más tarde, y uno de los pretextos del golpe militar sería su encuentro clandestino con el «jerarca comunista comandante Guevara», como rezaría el comunicado golpista."

Estadistas brillantes, oscuros dictadores, mandatarios ineptos, honestos, humildes, ostentosos, todos, de un modo u otro, con mayor o menor moral, con permanencias más cortas o más largas, dejaron su huella en la quinta de Olivos, un lugar bellísimo que hasta despertó la emoción del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt, el padre del new deal, que con ocasión de su visita al país durante el gobierno de Roberto Marcelino Ortiz (1938–1942) exclamó "¡llueve celeste!", mientras las flores de los jacarandaes de la Avenida del Libertador caí-an mansamente sobre sus hombros. Vale aclarar que durante su presidencia Ortiz vivió en su residencia de la calle Suipacha al 1000, luego ocupada por el Episcopado argentino.

Fue en Olivos donde, en junio de 2002, el presidente uruguayo Jorge Batlle desparramó lágrimas ante la fría mirada del entonces presidente Duhalde, cuando vino para disculparse por haber tratado a los argentinos de "ladrones". Y fue allí donde, durante los días finales de Perón, se instaló una unidad coronaria de emergencia. Carlos Seara, uno de sus médicos, recordó en una entrevista publicada en La Nacion: "El día del paro cardíaco que acabó con la vida de Perón, el 1º de julio de 1974, López Rega quemaba incienso alrededor de los médicos, que realizaban frenéticos esfuerzos por salvar a su líder, al que llamaba con unción «mi faraón, mi faraón». En un momento me llamó y me dijo: «Si lo sacás, te hago conde»". Lo último que se le escuchó decir a Perón fue: "Esto se acabó". Y fue en Olivos, también, donde un Perón mucho más joven se paseaba en motoneta con los chicos de la Unión de Estudiantes Secundarios, en los tiempos previos a su caída, en 1955.

Cambia, todo cambia

La quinta estuvo cerca de convertirse en cenizas: una falla en el montaje del escenario que Juan Carlos Onganía había ordenado construir sobre la enorme pileta para escuchar a Los Cinco Latinos provocó un grave incendio. Onganía –que practicaba polo en los jardines– ordenó ampliar la residencia. Y Alejandro Agustín Lanusse levantó la capilla. Más acá, Fernando de la Rúa encomendó plantar más árboles para que pudiera pasear sin ser advertido; se deshizo de los perros que había traído Carlos Menem y los reemplazó por bambis. Además, enrejó los canteros para que nadie pisara las flores. Un dirigente sindical, luego volcado a la política, pasaba, bien acompañado, amorosos momentos en la piscina, en tiempos del primer gobierno menemista. Menem, que entre otras cosas ordenó que construyeran canchas de golf, de tenis y de paddle, un gimnasio, un ring, un polígono de tiro, un helipuerto, un quincho, una pajarera y un zoológico para la vasta fauna presidencial –que incluía perros, papagayos, cabras asturianas y ponies–, conocía la situación. Tampoco ignoraba que ese dirigente le usaba su bata de baño.

Isabelita pidió que se construyera una cripta en la capilla para el descanso de los restos de su marido y de Evita. Descanso que interrumpió Alicia Raquel Hartridge, esposa de Jorge Rafael Videla, cuando, pocos meses después del golpe militar del 24 de marzo de 1976, dijo: "De ninguna manera me pienso mudar [a la quinta] hasta que no saquen el cadáver de ésa".

"Ni Prilidiano Pueyrredón, cuando diseñó los bocetos de la casa, ni Carlos Villate Olaguer, cuando dictó su testamento, pudieron imaginar, seguramente, que las 35 hectáreas de Olivos terminarían siendo un espacio ajustable a la medida del capricho presidencial", reflexiona para la Revista la periodista Cynthia Ottaviano, integrante del equipo de "Telenoche investiga", autora de Secretos de alcobas presidenciales (Norma), el libro que reúne las biografías de seis mujeres de presidentes (Mitre, Sarmiento, Yrigoyen, Alfonsín, Menem y Kirchner).

En el capítulo correspondiente a María Lorenza Barreneche, Ottaviano narra cómo la esposa de Raúl Alfonsín, conocida por su discreción y su amor por el hogar, los hijos y los nietos, sufrió su estada en la quinta: "(...) Venía padeciendo desde el principio la pérdida de su intimidad. Además, se sentía inútil; en la quinta presidencial de Olivos no podía hacer nada: cocinaban por ella, lavaban por ella, planchaban por ella (...)".

En noviembre de 1993, en la quinta de Olivos se condimentó el pacto entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín, un acuerdo entre las fuerzas mayoritarias en beneficio de las estructuras partidarias que se terminó de hornear el 13 de diciembre, a pocas cuadras de ahí. También allí, a comienzos de su gobierno, en 2002, el presidente interino Eduardo Duhalde mantuvo su primer contacto telefónico con el entonces director gerente del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler. Según testigos de la escena, entre ellos Oscar Lamberto, por esos días secretario de Hacienda, la charla, de unos treinta minutos, estuvo marcada por el fastidio del presidente. Cuando concluyó el diálogo, Duhalde le preguntó a Lamberto: "¿Qué pensás del acuerdo con el FMI?". Según otra fuente, Duhalde, en realidad, dijo: "A este tipo no me lo banco más... ¿quién se cree que es?".

En los festejos por el final de su gestión, poco antes de pasarle la banda a Néstor Kirchner, hubo empanadas, vino y una generosa picada para ochenta personas. Duhalde era el centro de atención, pero las ovaciones fueron para Lamberto y su esposa, Tati, que ofrecieron una clase magistral de cómo bailar el tango. Dicen quienes esa noche estuvieron allí, en esta residencia que aun conserva sillones fraileros del siglo XVI, arañas de cristales de Baccarat y una mesa de nogal italiano del siglo XVIII, que pocas veces se vio algo tan maravilloso.

Como muchas otras veces, Olivos fue una fiesta.

Por Jorge Palomar

Para saber más

www.buenosairesantiguo.com.ar/ casashistoricas/residenciaolivos

La historia

  • La quinta conserva, en gran parte, el formato original de los primeros fraccionamientos de tierra realizados por Juan de Garay en 1580. Su primer dueño fue Rodrigo de Ibarola.
  • En 1774 la adquirió Manuel de Basavilbaso, administrador general de Correos. Su única heredera, Justa Rufina Basavilbaso, se casó con un primo, Miguel de Azcuénaga, vocal de la Primera Junta de Gobierno, de 1810. La quinta fue heredada por sus hijos. Uno de ellos, Miguel, le pidió a Prilidiano Pueyrredón, recibido en el Instituto Politécnico de Francia, que diseñara la casa para la quinta. La obra concluyó en 1851. Consta de dos plantas, con tres dormitorios en suite, seis baños y varias salas de recepción.
  • La chacra de los Azcuénaga fue heredada por las sucesivas generaciones de la familia, emparentada con el virrey Antonio Olaguer Feliú. Carlos Villate Olaguer, heredero de la quinta, murió en ella en 1913 y en su testamento legó parte de la chacra al gobierno nacional con la condición de que fuera utilizada como residencia del presidente. La donación fue aceptada en 1918 por el entonces presidente, Hipólito Yrigoyen, que no la utilizó.
  • El primer presidente en instalarse allí fue Agustín P. Justo, en 1932. En 1938, Roberto M. Ortiz la usó como lugar de descanso. Ramón Castillo se instaló en 1942, y a partir de entonces Olivos se convirtió en la residencia permanente de los presidentes argentinos. Perón, que en su primera presidencia la utilizó sólo en los veranos, se estableció en la quinta en 1973 y pasó allí el resto de sus días. Fue el único presidente que murió en Olivos (1974).
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