El indio Apachaca, poeta de la pampa

Retrato de José Adolfo Gaillardou, un incansable hacedor de historias que pisó también los escenarios
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18 de septiembre de 2004  

Cuando el rosado del atardecer se adentra en la hondura de la noche y una bandada de trinos rompe el silencio, allí está La Pampa. El íntimo ritual, en comunión con ese pedazo de suelo natal o de crianza, abarca la dimensión exacta de la vida en la llanura, de la propia vida que se empecina en arraigarse.

Tenía un puñadito de meses cuando José Adolfo Gailllardou se prendó del suelo de La Pampa. Provenía de la prosapia de un "gringo" que supo ganarle el surco al medanal y acariciar, por igual, a su compañera porque, como su hijo dice en el poema que lo honra: "Cualquiera no es capaz, Pietro / de morir con traje de inmigrante / y dejar catorce hijos como grúas / para cantar tu hazaña".

Vehemente, tozudo cuando trata de defender lo que piensa, Gaillardou recorrió toda la gama literaria con la misma fuerza expresiva que demuestra cuando habla.

Capaz de gesticular hasta un saludo, su voz de bohemio trasnochado marcó su paso, también exitoso, sobre los escenarios.

Por las noches, el hombre que recorrió, con sus "Poemas del desierto", la historia de indios, malones y fortines, y que con ella obtuvo la faja de honor de la Sociedad Argentina de Escritores, que en sus "Médanos y Estrellas" dibujó figuras y momentos entrañables de su provincia, se convertía en el indio Apachaca para recitar, contar chistes y animarse a alguna anécdota.

El mote le quedó para siempre: "el Indio" o "Apachaca", el indio sin tierra que, según indica la lengua quechua, no tiene nada que ver con la visceral atadura a la tierra de otras de sus publicaciones "La chaucha e´ caldén".

Recorrió el camino de la gratitud y la amistad con innumerables discursos poéticos, y el de la investigación con sus "Grandes Olvidados", en las calles de Hurlingham, el lugar que eligió para vivir con su familia. El destino, sin embargo, lo lleva con frecuencia de vuelta a La Pampa, la tierra del horizonte inmenso, con el Oeste cruzado por una herida que le hizo la naturaleza para salvarla, aunque la obstinación de los hombres no le permita abrevar en ella. Atuel se llama su calle, Atuel como el río que se empecina en recorrer su cauce.

Recreó su porfía por beberse la vida en los sonetos "Estrella del vino". Su costumbre de jugar con las palabras le hizo bajar la mirada para encontrarlas en la copa y descubrir, como en las páginas de "Lados de adentro", lo profundo de su existencia.

"Pampa... Repechando un galope madrugado / te anduve pecho al viento, / te anduve silbido boyereado en los luceros / hasta escaldar mi abecedario", canta mientras la urdimbre provinciana lo envuelve como si lo acunara, para escupir la rabia por el éxodo, cuando la sequía le ganó a la espiga.

Porciones de vida

Apachaca regresa, siempre regresa a Conelo, donde convergen la pampa verdeada con la pampa yerma que irrumpe en caldenal, donde se escucha acompasada el hacha con el latir del corazón. Y brillan los ojos del indio Apachaca, brillan porque su capacidad de asombro es infinita. Hacedor incansable de historias, sus raíces se entroncan con las de los pioneros para contarle al mundo desde sus libros y sus dichos, que su sangre -más que el vino- es la que lo embriaga de pampeanía.

No es poco para un hombre que comenzó con Vallejo y Neruda, y después de pasar los ochenta años, es capaz, todavía, de leer las entrelíneas del silencio, de las tristezas, de la indiferencia o de la gloria para rescatar porciones de vida.

Como rasgo de identidad, basta buscar en las entrañas antes de la partida y después del regreso, cuáles son esos signos: cuando se crispa el cuerpo por el dolor ajeno o cuando estalla el alborozo por la alegría compartida. Será bueno, entonces, encontrar a José Adolfo Gaillardou en el brindis, tal como sugiere en "Encuentro": "Era el duende del diablo viñatero; / tenía en su mirada el sol entero / y de paso jugando enamoraba. // Entre viejos trapiches que mostraba / su manantial de vino un bodeguero, / bebí el amor: ¡Gracias compañero!"

¡¡Salud, Apachaca! Aunque resulte imposible brindar con Conelo (con agua).

Por Gladys Sago

para LA NACION

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