Suscriptor digital

Claves para un mercado sólido

Por Carlos Weitz Para LA NACION
(0)
26 de septiembre de 2004  

El mercado de capitales es, en términos conceptuales, uno de los ámbitos a través de los cuales el ahorro se transforma en inversión. El otro gran ámbito de intermediación financiera lo constituyen los bancos a través de la captación de depósitos y la colocación de una parte de éstos en empresas, familias y el sector público.

Una de las principales ventajas que exhibe el mercado de capitales respecto al sistema bancario está dada por el hecho de que, al prescindir del intermediario bancario, tanto el ahorrista como el demandante de fondos pueden verse beneficiados al compartir el margen de intermediación que antes quedaba en esa institución.

Países tales como Estados Unidos han desarrollado profundos mercados de capitales que han sido y siguen siendo, pese a los numerosos escándalos que han aparecido recientemente, instrumentos eficaces de crecimiento económico, creación de empleo y aumentos en la productividad.

El grado de subdesarrollo de nuestro mercado de capitales es incuestionable si se lo compara en términos relativos con naciones desarrolladas o con países similares como Brasil o Chile.

Los opinólogos cuentan con innumerabes teorías que explican este hecho, que empiezan con el mal comportamiento de un Estado incumplidor de contratos y obligaciones en épocas malas, y tan voraz en términos de necesidades de financiamiento en épocas "buenas" que no permite el desarrollo de proyectos privados que deberían financiarse a costos razonables.

Una segunda línea de argumentación centra sus cañones en la pésima arquitectura institucional que le da marco a este mercado, con instituciones débiles o anacrónicas, que se superponen, como la Comisión Nacional de Valores y la Bolsa de Comercio de Buenos Aires; o con mercados de valores desbalanceados, desconectados entre sí y de la realidad productiva de sus regiones, y que llevan implícitos conflictos de interés en temas disciplinarios que no existen en ningún otro lugar del mundo.

Una tercera teoría sostiene que los empresarios argentinos, a diferencia de los de otros lugares del planeta, no tienen vocación por abrir su capital, tanto por cuestiones culturales como por falta de incentivos o por asuntos de informalidad y de incumplimiento fiscal.

Complementariamente, factores que provienen de los inversores institucionales, tales como el denominado "efecto manada" a que se ven sometidos las administradoras de fondos de jubilaciones y pensiones, que crean incentivos distorsivos para tomar decisiones financieras independientes completan el panorama.

Sin embargo, si se mira la otra mitad del vaso, la Argentina, contrariamente a lo que algunos suponen, no enfrenta una escasez de ahorro, los miles de millones de dólares que los argentinos tienen guardados fuera del sistema financiero o los cientos de millones que inversores como las AFJP invierten en el mercado argentino son prueba de ello. Además, la Argentina atraviesa una coyuntura extraordinaria para tomar medidas que impacten en el largo plazo, el abultado superávit fiscal y el contexto internacional brindan grados de libertad en términos de diseños de políticas, inexistentes hasta hace un par de años.

El objetivo de este breve artículo es señalar uno de los puntos que, a mi juicio, constituye una condición necesaria para refundar nuestro mercado de capitales.

La palabra clave para que un ahorrista deposite sus fondos en una determinada institución es "confianza": confianza en que lo que se le dice y promete respecto a la ecuación riesgo/retorno que enfrentarán sus ahorros se corresponde con la realidad, y en que, en tal sentido, existe un poder público que se va a encargar de hacer cumplir ese compromiso, así como las normas escritas.

Si no logramos edificar este concepto sobre bases sólidas, nuestra capacidad de desarrollo estará siempre muy limitada. El rol de custodio de esa confianza en los mercados de capitales en todo el mundo lo cumplen las comisiones nacionales de valores. Estados Unidos es un excelente ejemplo de la importancia de contar con un regulador musculoso, racional y con decisión política de corregir las imperfecciones y las irregularidades, posibilitando aumentos en la productividad y en el empleo.

La ley de valores de los EE.UU. del año 1934 creó un regulador con mayores facultades que las que ostenta en la actualidad la CNV argentina -limitada a un mero control de legalidad-, ampliándolas cada vez más a lo largo del tiempo, y adaptándose a las constantes innovaciones de los mercados financieros. Lamentablemente, hasta el momento no se ha podido llevar adelante un debate serio y desprejuiciado en nuestro país respecto al rol y a las correspondientes facultades que este regulador debe tener.

La falta de interés de la clase política en asuntos relacionados con el mercado de capitales, sumada a intereses concretos a los que no les conviene que se reforme el marco institucional, legal y económico de este sector, ha postergado al mercado de capitales argentino a su actual letanía.

Revertir esta tendencia requiere de un solo ingrediente: voluntad política. La CNV, pese al desdén evidenciado por los poderes públicos y a la concomitante falta de recursos, cuenta todavía entre sus empleados con un grupo de profesionales honestos y de gran solvencia técnica.

El modesto objetivo de este artículo es que aquellos que tienen la posibilidad de encauzar estos procesos y de tomar decisiones sean miembros del Poder Ejecutivo o del Legislativo, más dirigentes de las instituciones que componen nuestro mercado de capitales le presten a este tema la atención que merece.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?