Félix Luna: "No niego que me gusta el gobierno de Kirchner"

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
El historiador analiza la actualidad
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2 de octubre de 2004  

Para muchos, su nombre es sinónimo de historia. No parece una exageración: es best seller entre los autores de libros sobre nuestro pasado político y, a los 79 años –cumplidos anteayer– sigue dirigiendo una de las más exitosas revistas culturales de la Argentina: Todo es Historia.

Sin llegar a extremos, el doctor Félix Luna es más que moderamente optimista sobre el futuro de nuestro país: “Creo que es muy difícil que nos pueda ir mal”, afirma. Al mismo tiempo, se confiesa esperanzado en la gestión de Néstor Kirchner, de quien dice que “está aprendiendo a gobernar”.

Considera que el gobierno de Carlos Menem fue uno de los más corruptos de nuestra historia, que Raúl Alfonsín encabezó una verdadera gesta, que Eduardo Duhalde actuó con grandeza cuando estuvo en el poder y que, hasta hoy, no se explica qué le pudo haber pasado a Fernando de la Rúa.

Graduado como abogado en la UBA en 1951, escribió numerosísimas obras de historia, de ficción y también musicales, varias de estas últimas con el compositor Ariel Ramírez. De 1963 a 1976 ejerció la docencia como profesor de Historia de las Instituciones en la Facultad de Derecho de la UBA. Durante la dictadura, encontró refugio en una cátedra de Historia Contemporánea, en la Universidad de Belgrano, hasta 1987, cuando fue designado secretario de Cultura porteño. Obtuvo muchas distinciones, entre ellas el Premio Konex 1994. Algunos de sus libros más recordados son "Soy Roca", "Historia integral de los argentinos", "Sarmiento y sus fantasmas", "Alvear", "Yrigoyen", "El 45" y "Perón y su tiempo".

Actualmente, Luna vive con su esposa -riojana como él- en un antiguo piso en la zona de Retiro, lleno de libros y de objetos de la época colonial, aunque no hay día en que no haga escala en la redacción de la revista que dirige con la ayuda de su hija Felicitas y de la historiadora María Sáenz Quesada.

Y su producción personal no cesa: ya está proyectando un libro sobre supuestos diálogos que habrían tenido lugar en un año en el que, según él, "no hubo historia": 1925. Curiosamente, el año de su nacimiento.

-En estos días se han cumplido 50 años de uno de sus primeros libros, "Yrigoyen", publicado en 1954. Usted ha reconocido que más que un libro de historia fue una obra de militancia política, ya que quería demostrar en aquellos tiempos de Perón que un líder popular, para hacer una transformación, no necesitaba sofocar las libertades públicas ni reprimir a los opositores. ¿Aprendimos los argentinos esa lección?

-Yo creo que sí. Los argentinos tal vez no seamos muy conscientes, pero hay una experiencia histórica que se recoge. Fíjese que cuando el país estallaba, a fines de 2001, a nadie se le ocurrió pedir un militar o un gobierno de facto. Todos buscaron una salida más o menos institucional. Eso indica que hay una experiencia correctiva que apunta a buscar las soluciones dentro de la democracia, más allá de algunos slogans totalmente banales, como "que se vayan todos".

-¿Aquel "que se vayan todos" fue un rasgo de una sociedad autoritaria?

-Fue un rasgo de estupidez política. Hay que comprender a mucha gente que se hallaba en una situación desesperante, en parte, por el corralito. Pero en situaciones de crisis, la solución no es que se vayan todos, sino que vuelvan los mejores, los más experimentados en la cosa pública, y no los improvisados que quieran venir a aprender lo que hay que hacer con el gobierno y a equivocarse de nuevo.

-¿En qué avanzó y en qué retrocedió la Argentina desde la reapertura democrática de 1983?

-Avanzó en la conciencia de que un contexto democrático es indispensable para cualquier emprendimiento de desarrollo. Además, hemos avanzado en la idea de que la cultura también es indispensable, de que no es un objeto de adorno. Evidentemente, andamos mal en la generación y distribución de la riqueza; ahí tenemos fallas que son muy graves. Tampoco se pudo avanzar en un federalismo más sólido.

-A principios de año, usted pronunció una frase que me llamó la atención. Dijo que el gobierno de Kirchner "por suerte, tiene poco de peronista". ¿Cómo lo define, entonces?

-Me refería, más que nada, al folklore chabacano, compadrito y provocativo del peronismo, que es lo que más molesta. No puedo definir al gobierno de Kirchner, porque no niego que me gusta. Pero muchas veces me sorprende y me confunde. No entiendo, por momentos, hacia dónde va ni el porqué de sus enfrentamientos. Parecería que le falta temperancia. De todas maneras, creo que Kirchner es un hombre que defiende o intenta defender el interés nacional. Es probable que a veces no lo haga del todo bien o que se maneje con una visión muy lugareña, pero tiene verdadera vocación por hacerlo, y eso no es poco importante.

-Maquiavelo atribuía el éxito de los gobernantes a la virtud y a la fortuna. ¿Kirchner es un hombre de suerte, en función del contexto internacional favorable a la economía argentina?

-Podría ser un hombre de suerte. Basta recorrer un poco el interior para ver cómo le está yendo al campo. La fortuna forma parte de la gestión de los gobernantes. Hay presidentes que no pegan ni una y otros que las pegan todas. Alvear, por ejemplo, fue un gobernante con mucha suerte, al margen de su talento personal. Perón, en los primeros cuatro años de su primer gobierno, también tuvo mucha suerte.

-¿Qué juicio le merece la actitud de enfrentamiento de Kirchner con capitales extranjeros, fundamentalmente con las empresas de servicios privatizadas?

-No creo para nada que sea xenofobia. Probablemente Kirchner carga con las secuelas de una ideología setentista que salta a la vista a veces, aunque no llegue a modificar su acción de gobierno. No es demasiado grave. Además, creo que los gobernantes van aprendiendo a gobernar a medida que gobiernan. Eso es algo injusto, porque a cualquier profesional se le toma examen a la hora de ejercer su profesión y a un gobernante se lo pone en el cargo más importante del país sin saber si es apto o no. Creo que Kirchner está aprendiendo a gobernar: ha pasado más de un año, no ha hecho grandes papelones, se ha manejado discretamente en su vida privada, ha tratado de construir poder, como no podía ser de otro modo, pero no ha ejercido autoritariamente el poder. Apostaría a su favor, aunque no lo conozco ni de vista.

-¿Cómo analiza el fenómeno dado por un peronismo que concentra prácticamente todo el escenario político?

-Cuando una fuerza política ocupa todo el escenario, se divide irremediablemente. Lo malo es que los enfrentamientos que deberían producirse en el escenario político general se producen dentro de esa fuerza hegemónica, por lo que todo se distorsiona. Ocurrió con el radicalismo en la década del 20, cuando la división entre yrigoyenistas y antipersonalistas era más importante que el enfrentamiento entre radicales y conservadores o entre radicales y socialistas. Todo se definía dentro de la interna radical. Y este tipo de fenómenos no son buenos para las fuerzas políticas en el poder ni para el país.

-¿Podría repetirse ahora esto dentro del peronismo?

-No sé si esto pasará con el peronismo. Creo que Eduardo Duhalde se maneja con mucha prudencia. Claro que a veces son los amigos de los dirigentes quienes provocan los enfrentamientos. El peronismo tendrá que hacer en algún momento un blanqueo sobre qué quiere y qué es. Mientras puedan, demorarán esa definición, y harán bien, porque tal vez no esté el peronismo en condiciones de solucionar pacíficamente ese problema. Pero siempre es malo que un partido ocupe todo el escenario político.

-Aunque hoy estén bastante apaciguadas, las relaciones entre Kirchner y Duhalde han sido comparadas con las que mantuvieron, en su momento, Yrigoyen y Alvear o Roca y Juárez Celman. ¿Ve semejanzas?

-Soy bastante enemigo de estas comparaciones históricas, porque nunca son las mismas circunstancias.

-Pero no dejan de ser divertidas, al menos para quienes ejercemos el periodismo...

-Es cierto. Son divertidas, pero no pueden tener demasiado rigor, porque han cambiado las sociedades y las creencias. Es muy difícil sacar conclusiones de comparaciones históricas. De todos modos, un hombre que ha sido presidente de la República y que conserva el manejo de un fuerte aparato partidario, si no quiere interferir en la gestión de quien se encuentra en el poder, debe manejarse con suma prudencia. Y yo creo que Duhalde está ejerciendo esa prudencia, al tiempo que es justo reconocer que hizo un gran servicio al país: entregó el poder, se fue, trató de no aparecer y de dejar a su sucesor gobernando tranquilo. En cambio, Yrigoyen, a los diez días de haber entregado el poder a Alvear, seguía impulsando decretos y reuniéndose con sus ex ministros. Es muy difícil decir "hasta aquí llegué y me voy a mi casa". Hasta ahora, Duhalde ha dado muestras de grandeza, algo que a muchos les cuesta creer, por sus orígenes un poco turbios.

-¿Qué cree que les reservará la historia a Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde?

-A Alfonsín el país le debe un lugar en la historia que, seguramente, no se le va a negar, pese a todos los errores que pudo haber cometido. La recuperación de la democracia que lideró Alfonsín fue una verdadera gesta. Menem pudo haber hecho algunas cosas interesantes, pero el aura de corrupción que rodeó su gobierno lo tiñe de sombras que difícilmente se puedan aclarar. Los países se hacen también con la imagen que dejan sus gobernantes. En cuanto a De la Rúa, bueno... ya sabemos lo que pasó. Es incomprensible lo que ocurrió: un hombre que estudió cuarenta años para llegar a ser presidente y fue tamaña decepción. Yo, que he sido amigo de él desde hace tanto tiempo, aunque hace mucho que no lo veo, no salgo todavía de mi asombro por lo que le ha ocurrido.

-¿Fue el gobierno de Menem el más corrupto de la historia argentina?

-Es muy difícil afirmar eso. Pero hubo una suerte de corrupción jactanciosa, una especie de festival público de corrupción. Es algo que molesta mucho cuando la gente se tiene que romper el lomo trabajando. Eso es muy insultante y vejatorio. De cualquier manera, los historiadores no estamos para condenar o absolver. Estamos para intentar comprender procesos, situaciones y personajes.

-Desde el punto de vista de la historia, ¿a qué debería apuntar Kirchner?

-Imagino que es una pregunta que el propio Kirchner debe hacerse. Por lo pronto, él está reivindicando temas que parecían ya superados. Esto está bien en el sentido de los principios que uno tiene, que inducen a que se haga justicia aunque el tiempo pase. Pero, por otro lado, Kirchner debería dar el impulso definitivo hacia un desarrollo que en la Argentina es indispensable para poner al país en condiciones de competir internacionalmente. Esta es una buena situación para hacerlo. Una vez superados los prejuicios que pueda tener el Presidente o los consejos de un amigo funcionario que pueda tener una influencia no demasiado favorable, pienso que Kirchner puede hacerlo.

-¿Cómo ve la conflictiva relación de Kirchner con parte del empresariado?

-A mí no me parece mal que quiera poner en caja a empresas capaces de hacer cualquier cosa por cumplir con su afán de lucro.

-Hace muy poco, se publicó en su revista una tapa con el título "El día que la Argentina pagó su deuda externa", con referencia a uno de los primeros gestos de Juan Domingo Perón al asumir el gobierno, en 1946. ¿Cómo está viendo la estrategia para la renegociación de la deuda pública?

-El país ha tenido una constante: nunca tuvo capacidad para financiar su propio desarrollo. Siempre necesitó que el financiamiento viniera de afuera. Y es obvio que cuando los capitales vienen del exterior, procuran hacer su propio negocio. Esto se dio ya a los pocos años de declarada la independencia, con un empréstito solicitado a los ingleses, que tenía un destino loable, pero la guerra con Brasil terminó llevándose ese dinero. Más tarde, cuando hubo que crear una red de ferrocarriles, no había capitales ni tecnología nacionales para hacerlo y tuvieron que venir capitales ingleses y franceses. En el proceso de reindustrialización del país, tampoco hubo capitales argentinos. Creo que la deuda de hoy -que tiene que ser pagada- está siendo encarada en una negociación que me parece muy inteligente. Esto de negociar a cara de perro puede no resultar simpático, pero es la única forma. Sobre todo cuando intervienen los llamados fondos buitres. Ya hace un año escribí en LA NACION que la deuda se iba a pagar en algún momento, aunque iba a haber sobreactuaciones y exabruptos, como ocurre en toda negociación comercial. Y creo que habrá un porcentaje razonable de bonistas que terminarán aceptando el ofrecimiento del Gobierno. En 1946, a poco de asumir el gobierno, Perón anunció con bombos y platillos que el país había cancelado toda su deuda externa. Eran apenas remanentes que quedaban de viejos empréstitos, con intereses muy bajos, que no se sentían en el presupuesto, porque en ese entonces la Argentina no era deudora, sino acreedora, sobre todo de Inglaterra. Hubo muchos que criticaron esa cancelación de deuda, como Federico Pinedo, pero al país le significaban muy poco esas amortizaciones e intereses. Claro que seis años después el país empezó a endeudarse.

-Entonces, ¿Kirchner estaría haciendo lo contrario de Perón?

-En alguna medida, sí.

-Al margen de la negociación de la deuda, ¿cómo está evaluando la política exterior del gobierno nacional?

-No hay una política exterior demasiado definida, lo cual no es malo. Porque una política exterior definida puede ser mala también, como la de las relaciones carnales o la de los arrebatos nacionalistas. Se está haciendo una política exterior que no será brillante, pero sí sensata, de fortalecimiento del Mercosur y una relación de respeto recíproco con los Estados Unidos. ¿Qué otra cosa se puede pedir?

-¿Qué futuro les ve a nuestro sistema de partidos y a las fuerzas que hoy están en la oposición?

-Creo que los partidos políticos argentinos están en un proceso de transición. Pienso que esto no significará la desaparición del radicalismo: hay fuerzas con mucha más capacidad de supervivencia de lo que se cree. Pero es probable que aparezcan otras fuerzas. No estoy pensando en "Lilita" Carrió ni en Ricardo López Murphy, sino en dirigentes de segunda o tercera línea que, poco a poco, irán haciendo su carrera. El peronismo tendrá que sincerarse. Hoy está en la congeladora y algo tendrá que pasar, porque ni siquiera tiene autoridades.

-¿Es el peronismo un mal necesario?

-Me he preguntado muchas veces qué hubiera pasado si en 1946 la pequeña diferencia de votos entre el peronismo y la Unión Democrática hubiese sido favorable a esta última fuerza. Creo que el peronismo hubiera existido de todos modos. El peronismo nació en un momento histórico en el que algo como eso tenía que darse. Tal vez sin algunos aspectos muy odiosos, tales como su autoritarismo, su escasísima tolerancia hacia la oposición y su nula vida interna. Pero se hubiera dado algo parecido. Diría que el peronismo ha sido una fuerza política necesaria. Pero para que sea necesaria y a la vez conveniente, va a tener que cambiar. Mientras tanto, habrá que seguir aguantándolo.

-¿En qué deberá cambiar?

-Deberá ser más tolerante, más democrático y sacarse de encima algunas execrencias clientelistas y bolsones de atraso en ciertas provincias, tales como el juarismo en Santiago del Estero. Deberá aprender a ser un inquilino en el poder, sin pretender ser su propietario. La alternancia, por otra parte, es fundamental en toda democracia, y sabemos que en la Argentina es muy difícil gobernar contra el peronismo, más allá del delirio de otros tiempos de pretender gobernar sin el peronismo.

-¿Qué opinión le merece Roberto Lavagna?

-Creo que es el mejor ministro de Economía que pudimos haber tenido. No veo dentro del muestrario de ministros de Economía posibles nadie que pueda igualarlo.

-¿Cree que en algún momento será inevitable un choque entre Kirchner y Lavagna, teniendo en cuenta que el actual ministro es un hombre joven, con probables aspiraciones políticas mayores?

-Sería deseable que no ocurriera. Aunque Lavagna es un hombre que, entre otros méritos, cuenta con una enorme paciencia. Una paciencia casi oriental, tanto para la negociación de la deuda como para aguantar actos de resistencia dentro de la esfera del poder.

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