Manuel Héctor Zaraspe: el maestro

Nació en Tucumán, y allí dio sus primeros pasos en el ballet. Hoy es reconocido en el mundo por haber sido el maestro de Rudolph Nureyev y Margot Fonteyn, por sus clases magistrales en la Juilliard School de Nueva York y por sus coreografías para los filmes del Hollywood dorado. Esta es la historia de un grande, que pocos conocen en su tierra
Leonardo Blanco
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7 de noviembre de 2004  

En silencio, escuchó cómo su hermana y su cuñado confirmaban las dudas iniciales de su madre: "Bailar en puntas de pies es para las chicas", dijo ella. "Está loco; eso no es cosa de hombres", agregó él.

Era un domingo gris y desde un rincón de la humilde casa de Morón el joven Héctor veía cómo su familia dilapidaba sus más profundos deseos. Ya tenía 14 años, pero no aguantó más y se puso a llorar. La madre sólo lo miró y sentenció con firmeza: "Mi hijo va a estudiar baile porque no me gustaría que un día, viendo un ballet, pensara que él podría haber sido uno de ésos. El va a bailar y yo me hago responsable".

"Se va a morir de hambre", prenunció la hermana a media voz.

Basta con ver la trayectoria del maestro de ballet Héctor Zaraspe para descubrir lo fallido del pronóstico. Nadie hubiera podido predecir, sin embargo, que ese "negrito tucumano que pasó su infancia jugando en las acequias del pueblo de Aguilares", como a él mismo le gusta describirse, terminaría reconocido en el mundo entero por ser el maestro privado de artistas de la talla de Rudolph Nureyev y Margot Fonteyn, por sus clases magistrales en la Juilliard School de Nueva York, una de las escuelas de arte más importantes del mundo, o por sus coreografías para grandes películas de la época dorada de Hollywood. Nadie hubiera supuesto que dentro de un ámbito de extrema exigencia en lo exterior, como la danza profesional, habría un espacio para un maestro argentino que no basaba su instrucción sólo en la técnica. Un maestro del cuerpo que también enseñaba sobre el espíritu.

Primeros pasos

Le gusta comenzar su historia desde el principio, en la escuela de Tucumán donde, según recuerda, aprendió a "jugar, a rezar, a cantar y a bailar".

Allí, mientras sus padres improvisaban zambas y chacareras, él daba sus primeros pasos con zarzuelas y mazurcas en actos escolares. Luego, la repentina muerte del padre y la falta de trabajo impulsó a la familia hacia Buenos Aires, y la gran ciudad no hizo más que acentuar sus incipientes pasiones por el baile, la música clásica y el cine. En la edad de las dudas, él empezaba a tener una certeza: quería ser bailarín.

El concilio familiar con la hermana y el cuñado se hizo inevitable, y la confirmación de su madre fue alentadora. "Ese fue el contrato más extraordinario que firmé en mi vida -dice-. Con el consentimiento de mi madre tenía que ser bailarín. El mejor bailarín. No había otra.

"El problema era cómo un chico pobre y sin contactos se mete en una carrera de lujo que te pide mucho y no te promete nada", recuerda.

Las primeras clases de baile español las pagó limpiando pisos y más adelante, las del maestro Otto Weber, con gallinas que llevaba de su casa.

"Weber fue quien me enseñó sobre la humanidad y la humildad -recuerda Zaraspe, que aplicaría como nadie sus enseñanzas-. Siempre decía que para poder ser el primero hay que sentirse el último. Me enseñó a brillar aun siendo el último." Û

Cuando las gallinas se acabaron, Zaraspe consiguió un trabajo de vendedor de cigarrillos en el aeropuerto de Morón, y allí se produjo su encuentro casual con Elisa Duarte, la hermana de Eva Perón. Al verla, se plantó delante de la mujer y le dijo con todo el descaro posible que él era un gran artista, pero pobre, y que necesitaba ayuda. Quince días después, el negrito de Aguilares estaba haciendo ese planteo frente a la mismísima Eva Perón, que luego de escucharlo le ofreció un trabajo en el Correo y dio orden de que lo inscribieran en la escuela de danzas del Teatro Colón.

Junto con sus estudios, Zaraspe empezó a dar clases de danza en la Escuela de Artes y Oficios de Morón, y a estudiar teatro.

A los 22 años, vio cómo otro deseo se volvía realidad cuando recibió un pasaje, de ida, a España, pagado por las madres de sus alumnas de danza. "A mi mamá le dije que me iba becado por la Fundación Eva Perón por tres meses -cuenta-, pero la verdad es que no sabía adónde iba ni cuándo volvería."

La mujer lo acompañó al puerto y se despidieron sin demasiado sufrimiento. "Ella parecía firme. Yo saludaba desde la baranda sin mucha conciencia de lo que hacía -recuerda-. Mientras el barco se alejaba, yo saludaba alegre y veía cómo en la costa se amontonaba la gente. Años después me enteré de que en ese momento mi madre se había desmayado."

Dos semanas más tarde, el barco Alcántara, de la Armada Real Inglesa, lo dejaba en el puerto de Vigo, y recién allí descubriría lo precario de su situación. Solo, en un país desconocido, con dos maletas por todo equipaje y cinco dólares en el bolsillo, Manuel Héctor Zaraspe sintió que el mundo se le venía abajo.

"Desde ese momento se trataba de sobrevivir, y pensé en cómo hacerlo -cuenta-. No tenía ni un peso, pero empecé a organizar festivales. Una vez, mi madre me tuvo que mandar unas zapatillas de baile para venderlas y poder pagar la pensión."

Con la deuda saldada, dejó Vigo y partió para Madrid. Nuevamente en una gran ciudad, decidió hacer frente a la nostalgia yendo a pedir por trabajo a San Cayetano. Al salir de la iglesia encontró a una mujer a la que le preguntó por una guardería infantil donde empezar a dar clases de danza. La señora no sólo resultó ser una de las influyentes damas de San Cayetano, sino también la dueña de una guardería infantil. Días después, Zaraspe daba clases en el lugar y enseñaba a muchas mujeres de las casas reales pertenecientes al grupo de damas. "Entre ellas, muchas que luego serían reinas", recuerda con picardía.

Maestro de sutilezas

De allí a participar en un espectáculo de Alberto Closas y transformarse en coreógrafo de películas de gran presupuesto en Hollywood, como Espartaco, sólo hubo un paso. Y otro más hasta deslumbrar al gran bailarín Rudolph Nureyev y que éste le pidiera que fuera su coach personal y el de su célebre partenaire, Margot Fonteyn.

Pero no está en la biografía de este hombre setentón, de baja estatura y tez oscura, lo que realmente lo distingue. Alguna misteriosa diferencia hace que alumnos de todo el mundo lo describan como un maestro que forma en la técnica de la danza, pero mucho más en lo espiritual. Que prepara para alumbrar más que para brillar.

Será que "enseña sutilezas", como dice su amiga, la actriz China Zorrilla, que asegura que "la palabra maestro está inventada para él". O que posee, como afirma el coreógrafo Oscar Araiz, "un espíritu religioso con respecto a su actividad, algo sagrado que, en definitiva, tiene que ver con el origen de la danza". Lo cierto es que hay algo de especial en el saber que este hombre transmite.

Sin misterios, él explica su secreto: "A mis alumnos les enseño a bailar bien todos los días. Sin tener que esperar a una audición para dejar todo. Bailar como si fuera el último día en que se lo va a poder hacer. Û Tomar esto como un privilegio. Esmerándose en cada ensayo. Siendo un bailarín maravilloso en cada clase."

No se equivoca Paloma Herrera, a quien Zaraspe descubrió cuando tenía 15 años, cuando señala que "la forma que él tiene de tratar el arte del ballet es muy especial.

"El da todo en cada clase -cuenta-. El respira ballet. Es difícil ver a alguien tan íntegro y tan comprometido en esta época en que todo es más light. El es arte. El es ballet."

Todavía hoy resuenan en las bambalinas del mundo del ballet las palabras de Nureyev cuando algún experto indignado le cuestionaba haber elegido como maestro de baile personal a un argentino en lugar de un francés o un ruso.

"Yo busco a mi maestro por su sensibilidad a la belleza y no por su nacionalidad."

Al repasar su vida, Zaraspe reconoce que no entiende muchas de las cosas que le pasaron, pero siente haber cumplido con su destino. "He seguido mi camino como Dios quiso que lo hiciera -dice-. Uno se preocupa mucho, pero en el fondo hay que dejarlo a Dios hacer las cosas y ponerse en sus manos." Si todo deseo estancado es un veneno, Manuel Héctor Zaraspe no corre peligro. La memoria de su madre tampoco. Ella siempre deseó que su hijo fuera una persona respetada antes que importante y, según parece, lo logró.

Por Leonardo Blanco

Para saber más www.zaraspefoundation.org www.juilliard.edu

Alto vuelo

  • Es oriundo de la provincia de Tucumán. Estudió en el Teatro Colón de Buenos Aires, con los maestrosEsmeé Bulnes, Otto Weber y Gema Castillo.
  • En 1954, a su llegada a España, realizó el proyecto del Liceo Coreográfico y Musical de Madrid.
  • Luego de 11 años en España, fue contratado por el American Ballet Center de Nueva York como primer ballet master.
  • Reside en Nueva York desde hace 40 años. Acaba de retirarse con los más altos honores de la Juilliard School of Music and Drama, donde fue docente por más de 35 años.
  • Fundación

    Para allanar el camino de los niños en su provincia natal que, como él, tengan inquietudes artísticas, y fomentar en ellos "la autovaloración a través del desarrollo espiritual", Zaraspe creó su propia fundación. Por medio de la Zaraspe Foundation (ver Para saber más) se propone hallar talentos artísticos entre los pequeños que asistan a los comedores y escuelas rurales de Tucumán para, merced a un acuerdo con Naciones Unidas, llevarlos a Nueva York a perfeccionarse.

    "Los niños son lo mejor del mundo -dice Zaraspe- y la fundación es lo más hermoso que Dios me ha permitido hacer."

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