Ecos de una flauta mágica

(0)
27 de noviembre de 2004  

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Carlos Miguel Prieto. Solista: Claudio Barile, flauta. Programa: Revueltas: "Sensemayá"; Joaquín Rodrigo: Concierto pastoral para flauta y orquesta; Mahler: Sinfonía N° 1 en Re mayor. Teatro Colón.

El concierto de la Filarmónica comenzó de una manera inusual, continuó con un momento de excelencia absoluta, con todos los asombros y los placeres incluidos, y concluyó "apenas" muy bien. Lo insólito inicial estuvo a cargo del director mexicano Carlos Miguel Prieto quien, luego de ingresar, saludar al concertino, hacer las reverencias acostumbradas y haber subido al podio, giró sobre sí mismo y se dirigió al público para hablar sobre Silvestre Revueltas y sobre Nicolás Guillén y explicar algunas características de "Sensemayá", su retórica y sus elementos afrocaribeños.

La mayoría de los asistentes agradeció la introducción con un aplauso y, trascartón, la Filarmónica, muy concentrada y tal vez motivada por las palabras del director, hizo sonar de maravillas todas las bellezas de "Sensemayá". La precisión y la exactitud se manifestaron en la exposición de las combinaciones instrumentales más audaces y misteriosas, en la presentación de los patrones rítmicos propulsivos y atrapantes de la obra y en un crescendo paulatino que explotó en un final estupendo. La culebra de Guillén anduvo suelta, potente y maligna recorriendo el escenario del Colón. Sin embargo, en esta ocasión, fue una verdadera picardía que la ponzoñosa alimaña hubiera sido muerta con tanta premura.

Barile, magistral

A continuación, ingresó Claudio Barile con su flauta, para enfrentar al "Concierto pastoral", de Joaquín Rodrigo, uno de los más feroces en cuanto a los niveles de dificultad que se le presentan al solista. Más allá de cierta insustancialidad de la obra y de planteos orquestales de pobreza llamativa -el "colchón" inamovible e interminable de las cuerdas, en el segundo movimiento, para que el solista se explaye sobre él, supera todo lo imaginable- se pudo asistir a un momento brillante y conmovedor. La ejecución de Barile fue impactante por el virtuosismo y la solvencia demostrados y por la musicalidad exhibida, sobre todo en el canto del Adagio central, el único movimiento en el cual el flautista no debe batir récords de notas por segundo, no debe saltar endemoniadamente por los registros más inauditos del instrumento y no debe tener que ingeniárselas para incorporar aire en los pulmones en instantes definitivamente efímeros.

Para denotar la significación que este concierto tenía tanto para el flautista como para toda la orquesta, hay que destacar que en los pasillos laterales de la platea estaba de pie, asistiendo a la interpretación, la gran mayoría de los músicos de la Filarmónica que no participaban en el concierto de Rodrigo. Los aplausos sostenidos hacia Barile, que provenían de todo el teatro, el escenario incluido, lo movieron a ofrecer, fuera de programa, el Adagio inicial de la Sonata para flauta sola en la menor, de Carl Philipp Emanuel Bach. A través de esta pieza, Claudio pudo exhibir largamente que no sólo de virtuosismo vive el músico. Sus fraseos fueron impecables; su sonido fue perfecto, y se pudieron percibir los matices más sutiles. La mejor música, vestida de serenidad y profundidad, salió de esa flauta mágica.

Primera de Mahler

Estando Mahler programado para la segunda parte, no hubo deserciones por parte del público. Frente a una multitud, Prieto dirigió la primera sinfonía del compositor austríaco que, en comparación con las dos obras ya interpretadas, salió un tanto desfavorecida. Si bien, en general, todo anduvo muy bien, hubo algunos sonidos destemplados en el comienzo; en el Ländler afloraron algunos desajustes. Hubiera sido deseable expresar con mayor libertad los contenidos "populares" del episodio que continúa a la marcha fúnebre del tercer movimiento y, en el último, los cornos entorpecieron un tanto la percepción de la melodía infinita de los violines. Pero también hay que admitir que hubo momentos esplendorosos en los cuales la Filarmónica apareció en toda su potencia y su capacidad, como la mencionada marcha fúnebre y el comienzo del movimiento final, cuando la orquesta pareció una topadora que, a pura música, arrasaba con todo lo que se le pusiera por delante.

No se conocen los planes que la dirección del Colón tiene para la orquesta, pero a la luz de los resultados obtenidos sería muy conveniente que, en un futuro, Carlos Miguel Prieto tuviera su lugar reservado.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.