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"Hay que desterrar el odio y reconciliarse", dice Vigo Leguizamón

Escritor, abogado y pensador católico
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27 de noviembre de 2004  

“Siempre me pareció necesario encontrar un punto de unión. Joaquín V. González ya incitaba a que se hicieran todos los esfuerzos posibles para dejar atrás ese odio ancestral que ha perdurado a través de generaciones y que le ha hecho tanto daño a la República Argentina.”

Esta es la idea fuerza, la obsesión que, desde hace una década, pone en movimiento al abogado santafecino Javier Vigo Leguizamón, un militante católico de 53 años que estudió con los jesuitas, y que en los años 70 vio morir a muchos amigos suyos, de un lado y del otro.

En 1991 quedó impresionado con el reportaje que el periodista español Jesús Quinteros, en su programa “El perro verde”, le hizo a Mario Firme-nich. El ex jefe montonero dijo allí que coincidía con Jorge Rafael Videla en que había habido una guerra. Esto lo llevó, primero, a publicar una nota en El Litoral de Santa Fe, titulada “El mea culpa de Firmenich”, donde reproducía sus críticas a las Madres de Plaza de Mayo porque éstas negaban la militancia de sus hijos desaparecidos. Después decidió escribir un libro. Entre las actitudes reveladoras de nuestra idiosincrasia, Vigo Leguizamón descubre que la costumbre tan argentina de discutir el pasado difícilmente incluye la parte propia.

Realizó entrevistas y fue durante esa investigación que se decidió a escribir "Amar al enemigo", libro con el cual intentó tender los primeros puentes hacia la posibilidad de una reconciliación nacional. La planteó "sobre la base de la fe religiosa de los protagonistas -dice-, porque siempre se coloca la ideología por encima de la verdad". De paso, recuerda "la grave responsabilidad de los intelectuales que auspiciaban la violencia y la de los políticos que consentían esas barbaridades". Y cuestiona la forma de contar la historia.

-¿Usted ha encontrado omisiones en el libro "Nunca más"?

-En "Nunca más", hay algo inexplicable. Cuando se mencionan las 908 desapariciones anteriores al 24 de marzo de 1976 se las llama, extrañamente, "casos pilotos". Sin embargo, eso demuestra que el terrorismo de Estado comenzó, entonces, después del fallo de la Corte Suprema que reconoció los crímenes de lesa humanidad. Aquel gobierno constitucional no puede adjudicarle todos los crímenes a la Triple A, porque ésta sumó ochenta muertes. ¿Y los centenares restantes? Debemos juzgarlo todo, porque esa metodología aberrante no empezó en 1976. Por otra parte, la Argentina nunca ha tenido un juicio crítico riguroso de su pasado.

-Los crímenes de la Triple A fueron responsabilidad de aquel gobierno. En su biografía de José López Rega, el periodista Marcelo Larraquy revela un documento del Partido Justicialista en el que se le daba respaldo a la Triple A.

-Y en "El presidente que no fue", Miguel Bonasso le adjudica a Perón haber engendrado la Triple A. La tesis del juicio a los comandantes señalaba que esas cosas no pueden ocurrir si no son consentidas por el poder de turno, y por eso se los condenó. Entonces, hay que aplicar el mismo criterio con lo ocurrido antes. A mí me interesa llegar a la verdad para hacer justicia. Se silencia, por ejemplo, que en las Fuerzas Armadas hubo un período anterior, cuando Lanusse enfrentaba al terrorismo con la ley en la mano y creaba la Cámara Federal en lo Penal, que absolvió a muchos guerrilleros. Además, cuando asumió Cámpora había dos mil guerrilleros detenidos, o sea que no estaban desaparecidos. Cuando el ministro Jaime Perriaux envió el proyecto para la creación de la nueva Cámara advertía que el gran desafío era combatir al terrorismo dentro de la ley, lo que indicaba que existían tentaciones para hacerlo por fuera de la ley. El 25 de mayo de 1973 se dictó una ley de amnistía y se modificó el artículo 80 del Código Penal, estableciendo que de allí en adelante quien matara a un juez o a un militar no merecería la pena de reclusión perpetua. Todo ocurrió en un día. Menos de un año después, sería asesinado el juez Jorge V. Quiroga, lo que me hizo pensar que todo había sido premeditado. Tampoco hay que olvidarse de que Rodolfo Galimberti había llamado a la creación de las milicias populares. Héctor Sandler, testigo preferencial del momento, me explicó que la situación confundía a los políticos y que cuando se abrieron las cárceles la marea de los acontecimientos resultó incontenible. Le observé que del otro lado se podían utilizar los mismos argumentos.

-En 2001, cuando publicó "Amar al enemigo", usted pensó que era posible llegar a una reconciliación. Pero fíjese lo que ocurrió después.

-Yo me propuse cumplir con el más difícil de todos los mandamientos católicos, pero no se trata de algo evangélico, sino de intentar convertir al enemigo de ayer en el adversario de hoy. Si hombres como Nelson Mandela y Frederik de Klerk fueron capaces de dialogar, ¿cómo no iba a ser posible un encuentro de reconciliación entre Videla y Firmenich? Les expuse esa idea a distintas personalidades. Todos la consideraron interesante, aunque les parecía algo muy difícil de instrumentar. También hablé con ambos protagonistas. A Firmenich le pregunté si había podido construir el hombre nuevo que propiciaba entonces. El me dijo que en la cárcel, leyendo proverbios, había descubierto que eso llevaría miles de generaciones. Yo quise saber si estaba dispuesto a encontrar puntos de unión para disminuir las causas del enfrentamiento y me dijo que, aun cuando los demás no lo comprendieran, eso podía ser loable, pero que era imprescindible que la reconciliación fuera convocada desde el poder. "Si no, Videla y yo moriremos aplastados", agregó Firmenich. Recordó que en 1994 había propuesto que la convención constituyente de Santa Fe sirviera para que "todos los sectores aceptaran sus culpas y se comprometieran a convivir pacíficamente, para que ese pasado de odio quedara atrás", pero admitió que no tuvo éxito y que se hicieron los indultos a las apuradas.

-¿Y Videla qué le dijo?

-Le hice el mismo planteo y comenzó con mucha renuencia, distinguiendo que él había sido comandante en jefe del Ejército, mientras que Firmenich lideraba una organización ilegal. Le hice notar que se trataba de un diálogo de reconciliación, en el que los títulos no interesaban. Entonces aceptó.

-¿Cuándo realizó esas entrevistas?

-En 1999. Primero a Videla y luego a Firmenich. A la vez, hice muchos esfuerzos para que el poder político y la Iglesia convocaran a un diálogo fructífero. El temor de la Iglesia era que cada uno llevara agua para su molino. Pero, desde el punto de vista de la fe, creo que en un diálogo de este tipo hay que dejar actuar a Dios, porque las vallas más insalvables pueden derrumbarse. Todos pueden elevarse para hacer algo trascendente, para evitar que la tragedia vuelva a ocurrir.

-¿Habló con el Ejército?

-Hablé mucho con el general Ricardo Brinzoni cuando era comandante en jefe del Ejército, y me dijo que todo eso podía servir para conocer lo que había ocurrido realmente con algunos desaparecidos, para esclarecer bien el asunto, ya que existe una razón biológica para llevar adelante el diálogo, porque los protagonistas se van a ir muriendo y se llevarán sus secretos a la tumba. Pero es importante dialogar si están incluidos todos los sectores, porque hasta ahora el mea culpa sólo lo hicieron las Fuerzas Armadas y la Iglesia. No lo hicieron los políticos ni los intelectuales, salvo Pablo Giussani en "Montoneros, la soberbia armada", donde señala que para que la tragedia no vuelva a ocurrir hay que sacar a la luz todo lo sucio. Giussani menciona la lógica violenta de aquellos intelectuales que proclamaban la mística de los "diez, cien, mil Vietnam" sin advertir que las armas iban a tomar su propio camino y le dedica el libro a Adriana, una chica de 16 años que murió el día de su cumpleaños, cuando iba a poner una bomba en una comisaría. Señala que esa muerte es una de las pocas que no se le pueden achacar al gobierno militar y se pregunta quién programó a Adriana, "porque a través suyo encuentro rostros de muchos amigos y hasta el mío propio, a través de toda una generación que actuó irresponsablemente con esa mística".

-Giussani fue el primero, pero le siguieron otros...

-Hoy Beatriz Sarlo dice prácticamente lo mismo. Cuando criticó el acto de la ESMA fue por la exclusión, porque allí debieron haber estado quienes piensan que los sectores radicalizados eran terroristas y los que creen que no fue así. Ella tiene la hidalguía de confesar que en aquella época la idea de los derechos humanos le era totalmente ajena, porque creía en la revolución social. Más que por su ideología, Sarlo se está preocupando para que esos trágicos sucesos no vuelvan a ocurrir. Esta es la sana actitud.

-En su excelente relato, Giussani recuerda que siempre le advertía a Francisco Urondo que, por el afán de enfrentar al Ejército, habían terminado por militarizar todo el movimiento. En los últimos años, los guerrilleros finalmente contaron casi todo en sus diversos libros autobiográficos.

-Era la cultura de la muerte, a la que ahora se califica de "pasado glorioso". Yo no niego los ideales, pero creo que se pueden rescatar éstos y condenar la metodología. El ejemplo más notable es el del doctor Alberto Molina, que perdió cinco hijos montoneros y cuando lo fueron a buscar las Madres de Plaza de Mayo para que se pusiera al frente de las manifestaciones respondió que no quería publicitar su dolor. Lo entrevisté para mi libro y me dijo: "Todos tenemos que sentarnos a hacer un mea culpa, porque fue un error muy grave, de ciertos políticos e intelectuales, difundir la teoría de la violencia, haber negado la ley macro de la vida, que vale por sí misma y no por lo que cada uno piensa". Cuando presenté el libro, Molina estaba a mi izquierda. A mi derecha, se sentó el teniente coronel Marcelo López, cuyo padre fue asesinado por el ERP y, aun así, nos propone vivir sin odios, sin aferrarnos al pasado, porque cree que el dolor es igual para todos. Lo mismo piensa el hijo del coronel Jorge Larrabure, y tantos otros del sector opuesto. ¿Qué sentido tiene seguir con ese odio en un país en ruinas, con un cincuenta por ciento de pobreza y un treinta por ciento de indigentes? ¿De qué nos sirvieron tantos miles de víctimas si se triplicó la brecha entre ricos y pobres?

-Hace un año usted publicó "Si Frondizi viviera". ¿Cree que un presidente de las características del dirigente desarrollista hubiera solucionado estos problemas?

-Arturo Frondizi no se aferraba al pasado, porque se vive en el pasado cuando se carece de un proyecto de futuro. La Argentina sigue aferrada a un esquema agroexportador, creyendo que con la exportación de commodities andaremos bien. Pero solamente el siete por ciento de nuestras exportaciones son productos de alta tecnología, cuando el mundo se ha transformado en una sociedad de conocimientos. La Argentina de 1958 estaba muy dividida, partida por la mitad, y Frondizi, lejos de incentivar el odio, halló un proyecto de futuro para integrar y darle cohesión a la sociedad, porque había reclamos de justicia social, necesidades imperiosas, y sólo podían satisfacerse con el desarrollo. Por eso su prédica era agrandar la torta, preocuparse por un nacionalismo de fines y no de medios. Había publicado "Petróleo y política", donde auspiciaba el autoabastecimiento petrolero a través de YPF, pero cuando llegó al poder tenía en caja 250 millones de dólares y vencimientos por 784 millones. La producción estaba en los niveles de 1938 y la renta minera se había quedado estancada. Se dio cuenta de que la clave para cambiar eso era la acumulación de capital. Paralelamente, comprendió que si se aferraba a sus ideas y a su ego iba a consolidar la dependencia. Desafió los patrones establecidos y, con la idea del desarrollo, provocó una revolución mental.

-La primera ley que Frondizi envió al Congreso fue una amplia amnistía, que levantaba todas las interdicciones y beneficiaba a los ex funcionarios peronistas. A unos con razón y a otros no tanto, pero se hizo borrón y cuenta nueva.

-Es lo que Mandela hizo en Sudáfrica. Primero vio la realidad en toda su dimensión y no la negó, no creó su propia verdad mediática: trazó un proyecto de esperanza. Julián Marías dijo que, después de Franco, en España vieron que las raíces habían permanecido y fueron a buscarlas. En la Argentina necesitamos políticas de Estado comunes, que influyan fuertemente en la tecnología, como ocurre en España y en la India. Necesitamos un crecimiento parecido al de Japón, al de Singapur. Finlandia tenía un veinte por ciento de desocupación, el sistema financiero y las empresas quebradas, con la producción centrada en la madera. Tomaron la decisión estratégica de invertir el 3,5 por ciento en ciencia y tecnología, hasta convertirse en el tercer país del mundo. Lograron crecer. Pero esos pueblos tienen muy en claro lo que la ciencia y la tecnología pueden hacer por ellos. En cambio, la Argentina invierte en esto apenas el 0,4 por ciento del presupuesto nacional. ¿Por qué no nos unimos todos los argentinos en una política de Estado que accione la palanca del desarrollo, como hizo Frondizi con el petróleo y con la reconciliación?

-Porque nos cuesta trabajar políticamente en conjunto. Lo proclamamos en teoría, pero en la práctica nos enfrentamos enseguida.

-Es que el problema no pasa por la ideología, sino por la sociedad, que está acostumbrada a que todo se lo cocinen, bien o mal, desde arriba; está muy predispuesta a la aceptación. No es fácil aplicar aquí las experiencias de otros países, porque ésta es una sociedad muy corrompida moralmente. Se creía que era un gran país, con un formidable futuro, porque hay de todo, pero siempre con la idea de que vamos a heredar sin esfuerzo, como el hijo del rey. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la Argentina era un país rico. Después comenzó a empobrecerse. Los recursos naturales, más allá del precio coyuntural de la soja, rinden cada vez menos. Arturo Frondizi fue un precursor porque se dio cuenta de que no podíamos progresar si seguíamos limitados al papel de granjeros. Por eso batalló por la industria liviana, por la industria pesada, por la siderurgia. Hoy la producción agraria creció de treinta a setenta millones de toneladas, pero uno de cada dos argentinos es pobre. Debería existir un derecho a la prosperidad, porque si no volveremos a la violencia. Cualquier persona medianamente informada mira el mundo, analiza las tendencias y se da cuenta de por dónde puede venir el progreso. Nosotros seguimos divagando.

-¿Qué respuesta obtuvo el diálogo que propuso la Iglesia?

-No hubo contestación. Apenas un intercambio entre un obispo y el presidente, pero éste no comprendió la trascendencia del diálogo de reconciliación, que implica hacerse cargo de las culpas propias. Los políticos también deben asumirlas, porque fueron ellos quienes abrieron caminos legales a los actos ilícitos, los que propiciaron la violencia. Algunos llegaron a decir que lo que importaba era la liberación, no los medios que se utilizaban.

-Pero ¿cuál fue la responsabilidad de la Iglesia en todo esto? Porque tenía en su vientre a los dos sectores y los dejó actuar...

-La Iglesia tenía dentro de ella a los dos sectores, es cierto. Pero si uno lee en profundidad sus documentos, algunos públicos y otros privados, se advierte un gran esfuerzo por disminuir los efectos del baño de sangre que se estaba generando. La Iglesia creyó de buena fe que actuando por debajo, negociando silenciosamente con los mandos militares, lograría mayor éxito que con un enfrentamiento total. Pudo haberse equivocado, pero hay unas cartas públicas en las que se cuestionan las metodologías.

-Los Montoneros nacieron en la Iglesia, y fueron tolerados. Allí no se los condenó.

-Como ex alumno jesuita, vi esos efectos y leí el libro "Arrupe, una explosión en la Iglesia". Pedro Arrupe, que era el padre general de los jesuitas, propiciaba llevar el análisis marxista de la sociedad a todos los colegios de la orden. Sostenía que los establecimientos jesuitas se habían convertido en refugios de determinadas clases sociales y que éstas iban a reivindicar sus prerrogativas. Cuando un chico tiene 16 años, es muy difícil que no termine de un lado o del otro, porque está impregnado de altruismo. En esas aulas, y hasta en las del Colegio Militar, hubo entonces casos paradigmáticos, que obligan a que nos preguntemos cómo era posible que jóvenes educados allí terminaran alzándose en armas. Se explica si uno revisa los documentos de Medellín, en los cuales se propiciaba la teoría de la liberación y se predicaba la violencia para remover cuestiones sociales injustas. Tal fue el caso de Helder Cámara.

-¿Y por qué la Iglesia no puso las cosas en claro?

-Quien puso las cosas en claro fue Juan Pablo II en el discurso inaugural de Puebla, donde proclamó tres verdades. Dijo que no estaban allí como parlamentarios, sino como pastores, y que no necesitaban recurrir a ninguna praxis política para luchar por la dignidad del hombre. Después proclamó la verdad sobre el sentido trascendente de la vida y observó que, de acuerdo con la fe católica, no se puede reducir a Jesucristo a la mera figura de un revolucionario que viene a instalar el reino de Dios en la Tierra. Cristo se reunió, conversó y comió con los publicanos, con las prostitutas, etcétera, porque estaba en la búsqueda de la oveja perdida. Recuerdo que cuando escuché esas tres verdades me pregunté por qué no me habían hablado antes con esa claridad, porque ya era tarde, había corrido mucha sangre. En el documento leído hace dos años por monseñor Estanislao Karlic en el Congreso Eucarístico de Córdoba, la Iglesia hizo su mea culpa. Lo que pasa es que la verdad mediática muestra sólo una mitad y enfatiza las críticas sobre el silencio de las desapariciones. Nada dice que la Iglesia trataba de que muchos jóvenes no se confundieran. Pero, de todos modos, la Iglesia debería participar en el diálogo de reconciliación, porque tiene cosas de las que arrepentirse. No debería presentarse únicamente como convocante. Lo que más traba la reconciliación es que quienes cometieron errores no tienen la suficiente valentía para asumir sus responsabilidades. Nadie se quiere mezclar en esto y quien tiene algo se lo quiere sacar de encima, ocultarlo. A los únicos a los que no les molesta hablar del asunto es a los que reivindican la guerrilla y a los que reivindican la represión.

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