El regreso de un bar con más escotes que polémica

Polémica en el bar: la presencia de Jorge Porcel no logró recrear el humor inspirado que caracterizó a este ciclo, hoy basado en chistes de tono subido con señoritas de escasa ropa y poca actualidad política
Marcelo Stiletano
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29 de marzo de 1997  

Es muy curioso el caso de "Polémica en el bar", cuya longevidad televisiva se extiende a lo largo de tres décadas y que acaba de iniciar una nueva temporada por Telefé, esta vez en horario dominical.

Mientras cambian los nombres de los parroquianos y el clásico café se va llenando de inscripciones comerciales, de señoritas ligeras y de escotes prominentes, se hacen cada vez más referencias a la memoria y al pasado de un ciclo que hoy tiene apenas migajas del humor, la chispa y el talento de su época más brillante, allá por fines de la década del sesenta.

El cambio de rumbo fue de la mano con la cada vez más avasalladora presencia en cámara de su creador, Gerardo Sofovich, que al pasar a integrar la mesa comenzó a incorporar al programa elementos políticos y de actualidad, pero sin el carácter paródico y juguetón con el que -en otros tiempos- Minguito (Juan Carlos Altavista), el inolvidable Fidel Pintos y el intelectual que encarnaba Javier Portales encaraban en clave de humor algunos de los temas más delicados del debate político de la época.

La comicidad o la mirada burlona hacia la realidad fueron reemplazados en los últimos años por comentarios sesgados por el nunca disimulado compromiso político en favor del oficialismo de Sofovich y otros integrantes de la mesa y por los ya citados chistes de tono subido con señoritas de escasa ropa, innecesarios cuando el humor se imponía por su propio peso.

Vuelta de tuerca

En la emisión inaugural de la nueva temporada, Sofovich insinuó una vuelta de tuerca sin salir del esquema de los últimos años. Por lo pronto, parece claro que no se hablará tanto de política y sí, en cambio, mucho más de fútbol, un elemento siempre presente en la mesa de "Polémica...", pero nunca con tanta intensidad como ahora.

La prueba es que el extremo de la mesa que ocupó durante muchos años Hugo Gambini ahora le pertenece al periodista deportivo Ernesto Cherquis Bialo. El resto del reparto fue un muestrario de los altibajos con los que, de acuerdo a lo insinuado en esta primera emisión, podría convivir "Polémica en el bar" a lo largo del año.

Por caso, parece un acierto el regreso de Javier Portales, que con oficio, rapidez para las respuestas y un inspirado morcilleo supo ocupar el lugar más destacado.

También es bienvenida -aunque desaprovechada- la presencia de Tristán, un cómico de pura cepa que ocupó en la emisión inaugural mucho menos tiempo en pantalla que la insulsa Noemí Alan, en un sketch aburridísimo.

Del resto, Guillermo Nimo ratificó por qué no debe ser tomado en serio, Juan Acosta (otro que se incorpora a la mesa) apareció incómodo e indeciso en un papel todavía no definido, Mario Sapag y Vicente La Russa repitieron los mismo personaje de hace tres décadas, ahora más ajados y faltos de gracia, y las chicas cumplieron a la perfección sus papeles de mujeres objeto que fueron escritos para ellas.

Así las cosas, las dos horas de programa se hicieron largas, casi interminables, con más espacio para el bostezo que para la risa, a excepción de algunas réplicas agudas de Portales y el aporte de Tristán.

La visita de Porcel

Hasta que apareció Jorge Porcel, uno de los clásicos parroquianos de otrora, para recibir un reconocimiento y compartir recuerdos. Porcel lució tan veloz y divertido para el contrapunto verbal como desmejorado en el aspecto físico, casi tieso y con un hilo de voz. Este segmento final no tuvo más valor que la simbólica presencia de una figura carismática que marcó una época en el humorismo argentino y que, a juzgar por su cansancio, parecería más cerca de un confortable retiro en la plácida Miami que de aceptar, como dijo Sofovich, una oferta de trabajo de Steven Spielberg. La presencia de Porcel (¿quién ocupará su lugar a partir de esta segunda emisión?) no hizo más que acentuar el recuerdo de los viejos tiempos de "Polémica en el bar", esos en que el humor ganaba cualquier batalla y se imponía con sabios recursos.

Por eso, más apropiado que reducir la nostalgia a la foto de Fidel Pintos y la voz de Edmundo Rivero cantando "Cafetín de Buenos Aires", sería oportuno emitir, completos (si es que existen), los tapes de esos programas antológicos de dos décadas atrás.

Porque lo que quedan son rastros aislados de aquella inspirada etapa, apenas visibles entre anuncios de concursos, publicidad fuera de las tandas, escotes prominentes y la creencia de que todo se resuelve alrededor de la mesa de un café.

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