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Susana Rueda: primera dama sindical

Tiene casi 50 años y tres hijos. Es la primera mujer en llegar a la cúpula de la CGT y está decidida a hacer valer su mirada femenina en tierra de hombres. No fuma, no bebe, debate de igual a igual con dirigentes del sexo opuesto y afirma: “No me interesa la plata. Necesito mi sueldo para que mis hijos estudien”
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12 de diciembre de 2004  

Su ingreso en la cúpula de la Confederación General del Trabajo (CGT) marcó un hito en la historia de este país. El mes pasado, por primera vez un secretario general de la CGT expuso en el coloquio de IDEA (Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina). Y fue ella quien habló.

–Dígame, Susana Rueda, ¿aquí, en la sede de la CGT, hay toilette para mujeres?

–Baños para mujeres hay en todos los pisos. Pero en éste, el de los secretarios generales, el toilette queda del otro lado de la puerta. Hay que cruzar el pasillo, pedir permiso para entrar en la oficina de Hugo Moyano, ser observada por los guardaespaldas y el circuito cerrado de televisión y, finalmente, pedirle la llave a su secretaria.

A esta incursión, sus asistentes la llaman "cruzar la Franja de Gaza". De todos modos, las mujeres sindicalistas nunca obtuvieron nada con facilidad. A fines del siglo XIX, muchasÛ asociaciones obreras de Europa exigían a las que querían hablar en las asambleas una autorización escrita de sus maridos o de sus padres.

Pero en pleno siglo XXI, más precisamente el 15 de julio de este año, Susana Rueda, del gremio de Sanidad de Santa Fe, fue designada, junto a Hugo Moyano y José Luis Lingeri, integrante del triunvirato de la CGT, el máximo lugar al que puede aspirar un sindicalista.

Tierra de hombres

Ingresar en el edificio de la calle Azopardo no es poca cosa. El lugar ha sido testigo de la historia argentina de los últimos sesenta años. Son las dos de la tarde, y hay una manifestación del sindicato de Marítimos. Todos señores que intimidan.

En la puerta, unos grandotes de traje, con handies en la mano. Aquí todos parecen "gordos". Los "gordos", y los que acompañan a los "gordos". Todos saludan con un Buenas tardes, compañera. Mientras, en el último piso, una secretaria dice: "¿Para qué tanta custodia? Que sube Moyano, que baja Moyano, que el auto de Moyano... ¿para qué tanto?".

Susana Rueda llega con Teresa Mólgora, su amiga y asistente desde hace treinta años, y con Nancy, su secretaria personal. En su oficina hay una foto de Perón y otra de Evita en la pared principal. Aclara que todavía no llegaron los muebles que ella encargó.

–¿Se imaginaba en este lugar?

–No, no me imaginaba, aunque siempre supe lo que quería. Sé lo que quiero. Siempre tuve vocación por la salud, que tiene que ver con la solidaridad, con las ganas de darse.

–Pero éste, más que la Cruz Roja, es un espacio de poder. ¿Qué circuitos debió recorrer para llegar hasta aquí?

–Mary Sánchez y Marta Maffei llegaron, en Ctera (la Confederación de Trabajadores de la Educación), al máximo cargo dentro de su actividad. Pero hay una diferencia muy grande respecto de mi caso, porque la mirada del sector es una mirada parcial. Mi visión ahora es más global.

–Con la mirada global me parece que no alcanza. ¿Qué tuvo que pasar en la Argentina… ?

(Interrumpe) –Diez años de divisiones y grandes frustraciones. Yo venía trabajando hace mucho tiempo con una mirada un poco más estratégica. A las dirigentes sindicales todavía les cuesta una concepción más totalizadora, y hay un gran sometimiento al juicio de quienes las conducen. En cambio yo siempre acordé, debatí y, aun en la diferencia, logré una posición de igual a igual con los dirigentes varones.

–También es cierto que antes los sindicalistas tenían más poder que ahora. Lorenzo Miguel, de la UOM; José Rodríguez, de Smata… Esos sí eran "padrinos", no los de ahora.

–Era una mesa de dirigentes que habían pasado por la historia en momentos clave de nuestro país, que habían vivido la cárcel. Eran poderosos en el mejor sentido.

–¿No teme convertirse en un "gordo" más?

–No, para nada. Me imagino como soy, con códigos y respetuosa de las personas.

Suena el celular, ella pide disculpas y lo atiende: "Hola Negro, ¿cómo andás? Estoy en una entrevista en la CGT. Yo te llamo. Un beso".

–Mi marido –aclara–. Lo que pasa es que mi hijo más chico se golpeó la mano y no se sabe si se quebró.

–¿Qué idea tiene respecto de las medidas de fuerza tradicionales de los sindicatos, como los paros y las movilizaciones? ¿Piensa en estrategias diferentes?

–Las tradicionales sirven, son legítimas, son legales, las tenemos, pero también hay que buscar nuevas formas. Con la globalización, muchas decisiones acerca de los trabajadores de nuestro país se toman en el exterior. Ya no es lo mismo decir "sacamos un tractor a la calle y solucionamos el problema". Pero quizás una gran manifestación puede ser un llamado de atención hacia las políticas estatales.

–¿Es buena negociando su plata?

–La mía no, la de los trabajadores sí. No me interesa la plata. Necesito mi sueldo para que mis hijos estudien. Pero mi vida no pasa por ahí. No tengo ahorros. Tengo mi casa, mi auto, y todos los años junto unos pesos para las vacaciones de mi familia, que son sagradas.

–¿Por qué se quedó afuera cuando se integró el Consejo del Salario Mínimo? ¿Se quedó sin silla?, ¿se la sacaron?

–Estoy acá como garante de la ley de cupos, y no habían nombrado ni una mujer, por manejos de Lingeri, de Moyano y del ministro de Trabajo, Carlos Tomada.

–¿Por qué cede espacios cuando los funcionarios, por lo general, se aferran a la silla?

–Si por defender a las mujeres vulnero mis principios y mi coherencia, en definitiva estoy vulnerando mi lucha como mujer. Estoy segura de que esta semana, el mes que viene o el año próximo, este tema va a estar resuelto y el Consejo del Salario tendrá mujeres.

–¿No fue humillante oírle decir a Armando Cavalieri, en todos los medios, que le cedía la silla como si fuese un gesto de generosidad?

–Para vencer a los caníbales hay una sola cosa que no se puede hacer, y es comérselos. Para combatir una forma de hacer sindicalismo, con la que no coincido, no puedo hacer lo mismo. Tengo que marcar diferencias. Porque no están acostumbrados a que los temas no se resuelvan en forma política. Yo estoy dispuesta a usar la ley. Si quiero la democracia y la libertad, tengo que cambiar la mentalidad de los dirigentes. Acá, cuando un tema no se resuelve entre dos dirigentes, se da por agotado. Pero si la ley está de mi lado, yo no doy nada por agotado.

Cuestión de género

Le pregunto cuánto gana en la CGT. "Aquí no tenemos sueldo, por lo menos que yo sepa –dice–. Sigo cobrando lo mismo que antes de ser secretaria general." Pero no me aclara cuánto. Algo en sus respuestas me hace sospechar que tiene miedo de ser "políticamente incorrecta". Que lo que diga pueda ser usado contra ella.

–¿Por qué siempre recuerda que tiene marido e hijos? ¿Lo doméstico le da un encanto especial o tiene miedo de que piensen que no hizo todos los deberes?

(Se apasiona) –Es que nosotras venimos con nuestra familia a cuestas. La naturaleza nos ha dado un mandato genético, que es la preservación de la especie. Además, mis hijos forman parte de mi forma de hacer política. Mis hijos son parte de mi vida social, de mi vida política, de toda mi vida.

–¿Tiene conciencia de que su labor es mucho más difícil que la de un varón, por aquello de que, si se equivoca, se equivoca no sólo por usted, sino por todas las mujeres?

–Por supuesto, porque los errores de ellos son de todos los días, son individuales, no pertenecen al colectivo social. Los errores míos son de todas. Porque la esperanza y la fuerza que depositan en mi gestión hacen que lo que haga le pertenezca al conjunto. ¡Ese es el peso triple que tengo!

–Las mujeres siguen ganando un tercio menos que los varones por el mismo trabajo. ¿Qué piensa hacer?

–Cuanto más alto el cargo, más grande la diferencia. Llega incluso al cuarenta por ciento. Estoy trabajando en eso. El tema es hacer cumplir la ley. Hay mucho por hacer, pero para eso necesitamos un Ministerio de Trabajo dedicado a los trabajadores y no a meterse en las internas sindicales.

–Hasta ahora parece haber logrado que los sindicalistas tengan un lenguaje más moderado. Esperemos que no sea sólo una especie de mamá que reta a los nenes por decir malas palabras.

–Ahí está eso que usted me decía de la familia. Si nos quedamos en ese lugar, que es el nuestro, no nos vamos a masculinizar. Si no logramos que entiendan que las cosas son de a dos, como en una pareja, no vamos a poder avanzar.

Sale unos minutos para averiguar el horario de un próximo acto. Mientras tanto Teresa, su amiga de toda la vida, cuenta que anda por la calle sin guardaespaldas y que se encarga de hacer las compras para la casa. Se cuida en las comidas, siempre está a dieta, pero es capaz de negociar ante un plato de frutillas con crema. Lo salado no es lo suyo. Toma sólo agua. Nada de alcohol. Comentan que es incansable y agota a las que la rodean. Es coqueta y anda siempre cuidada y maquillada.

Un detalle tan nimio como la fecha de nacimiento y su signo costó un llamado a su asesora Julieta, que nos derivó a Teresa, que a su vez nos dio otro número donde ubicar a Nancy. Cuando logramos hablar con Nancy, tuvimos que pasar por el filtro de Irma.

–Usted, que no fuma, cómo hace en una reunión de dirigentes. ¿Puede pedir que no fumen?

–Lo he pedido: algunos me hacen caso, otros bromean y otros fuman más, como desafío.

–Si un señor neutraliza su discurso con un "qué linda que está hoy", ¿cómo responde usted?

–La cuestión es tener en claro a qué vamos. Pero acá no se da mucho eso. A mí no me lo dicen. Hay dirigentes que ni siquiera me miran a la cara cuando les hablo. No me sostienen la mirada ni pueden sostener por mucho tiempo la discusión, porque no tienen argumentos.

–¿En algún momento trataron de ofenderla?

–Sí, pero no lo registro.

–¿En qué forma?

–Hablan de manera grosera, hacen gestos obscenos. Pero no pierdo el tiempo en eso.

Por Any Ventura

Para saber más:

www.cgtra.org.ar

www.ideared.org/coloquio/sintesis/Rueda.asp

Perfil

  • Su nombre completo es Susana Teresa Scochero de Rueda. Nació en López, un pueblo ubicado a 80 km de la ciudad de Santa Fe, el 28 de marzo de 1955. Quería estudiar ciencias políticas en Mendoza, pero su papá, mecánico, y su mamá, ama de casa, carecían de recursos económicos.
  • Con su marido, Rubén Enrique "El Negro" Rueda, se conocen desde muy jóvenes, de la época de la militancia peronista. Actualmente, él es funcionario en la Legislatura de Santa Fe. Tienen tres hijos: Eva, de 27; Laura, de 17, y Diego, de 10.
  • No mira televisión. A la hora de nombrar a las mujeres más elegantes de la Argentina, sus preferidas son Teté Coustarot y Pinky. Y de los galanes, el más "apetecible" para ella es el romántico y otoñal Rodolfo Bebán. Su música, la de Joan Manuel Serrat, y quizás algo de Eladia Blázquez. Pero su gran debilidad es la música folklórica: los Olimareños y el Dúo Salteño. 
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