Los últimos días de Auschwitz

Este jueves el mundo evocará el 60° aniversario de la liberación del mayor campo de exterminio. Cuando los nazis lo evacuaron, sólo algunos sobrevivientes que no podían ser trasladados permanecieron en él. Mira Kniaziew, la prisionera A 15538, fue una de los pocos testigos de aquel día milagroso en que llegaron los rusos
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23 de enero de 2005  

Ella estuvo allí y entonces: en Auschwitz, el 27 de enero de 1945. Intactas guarda las vivencias de esa jornada histórica: "Eso es algo que no voy a olvidar mientras viva: la llegada del ejército soviético para liberarnos del infierno", dice.

De sólo nombrarlo, las llamas de ese universo endemoniado le encienden el espanto. Ya lo sabe -por la experiencia de haber escrito un libro (aún inédito)-: cada palabra trae una ristra de dolores, que siempre se conjugan en presente -"Auschwitz nunca ha dejado de suceder", escribió Giorgio Agamben-. Ella conoce bien el tormento que sentirá al escarbar las heridas sin cicatriz, para evocar la barbarie nazi. Pero acepta contar, con un pedido a cambio:

-Por favor, junto a mi nombre y apellido ponga mi número de prisionera en Auschwitz. Yo siempre firmo así, porque esa marca me la han tatuado en el brazo y en el alma.

Ella es Mira Kniaziew de Stupnik, A 15538. A los 76 años, vive en el barrio porteño de Villa del Parque. Es viuda, tiene una hija, Eva, y dos nietos: "Ellos me dan

la fuerza para vivir", explica. El 1° de septiembre de 1939, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, tenía once años, y Adolf Hitler la condenó a muerte por ser lo que es: judía. Pasó la adolescencia en Auschwitz, el pozo más negro de la historia de la humanidad.

Auschwitz fue un complejo de campos de exterminio, que comenzó sus operacionesen mayo de 1940. En un acto solemne, personalidades del mundo entero se reunirán el jueves próximo en el lugar del crimen inédito e innombrable para conmemorar el 60° aniversario de la liberación, el 27 de enero de 1945. El Campo Central o Auschwitz I se alzaba en las afueras de la ciudad del mismo nombre (Oswiecim, en polaco). En Birkenau o Auschwitz II funcionaban las cámaras de gas y los hornos crematorios, noche y día; cada veinticuatro horas un promedio de seis mil vidas eran sofocadas en esa abominable creación del nazismo. En Monowitz o Auschwitz III se explotaba a los prisioneros como mano de obra de esclava en fábricas de la industria alemana. "En Auschwitz murió el hombre y la idea del hombre", sostiene Elie Wiesel. Se calcula que más de un millón y medio de personas fueron masacradas en esa usina letal.

A Mira Kniaziew le quitaron el nombre en el campo de mujeres de Auschwitz-Birkenau. Allí la convirtieron en A 15538. Bajo ese cielo envenenado, donde las chimeneas vomitaban hombres, mujeres y niños reducidos a humo, ella y su madre lucharon por lo mismo que todos los demás: sobrevivir.

El 18 de enero de 1945, a causa del avance de las fuerzas Aliadas, los nazis decidieron la evacuación de Auschwitz. Ante la evidencia de que Alemania perdería la guerra, se concentraron en dos objetivos: evitar que el ejército liberador encontrara testigos del mal absoluto, y completar el exterminio. Cualquiera hubiera dicho que ya no existía modo de provocar más muerte y más tortura. No obstante, el Tercer Reich ideó otro plan macabro: las marchas de la muerte. A pie, desplazaron a los prisioneros hacia el territorio alemán o hacia ninguna parte. El destino era lo de menos; lo que contaba era ir matándolos por el camino. De hambre, de sed, de agotamiento se moría la gente. A quien trastabillaba, le disparaban. Al que caía, lo remataban.

Más de 66.000 personas salieron de Auschwitz en el nevado anochecer del 18 de enero. Antes de abandonar la tierra polaca, 15.000 de ellos ya habían muerto. El resto siguió marchando hacia los campos de concentración de Alemania o perdiendo la vida en la nefasta travesía.

Junto con la orden de evacuación, los SS habían anunciado que los enfermos podrían permanecer en el campo. ¿Alguien estaba sano acaso? Allí eran todos cuerpos desnutridos, lacerados, prematuramente envejecidos. Entonces, ¿de qué hablaban los nazis cuando hablaban de enfermos? De cadáveres inminentes, de quienes no llegarían vivos al instante de la liberación, por más próxima que estuviera. A esos, se los autorizó a esperar la muerte sin trasladarse.

-Yo estaba en la barraca con mi madre cuando llegó la noticia de que desmantelarían el campo -recuerda Mira-. A ella le costaba mantenerse en pie y su corazón funcionaba mal. Yo ya era incapaz de hacer algo por cuenta propia, salvo arrastrar a mi mamá, y escondernos. En todos esos años había aprendido a escabullirme con destreza felina. Cuando dieron la orden de evacuación, comprendí que no tenía alternativa. A mi madre no quería abandonarla, aunque esa decisión me costara la vida. Con ella, no podría dar ni tres pasos en la marcha. Razoné así: "Partir es muerte segura, al menos para mamá. Si nos quedamos, a lo mejor, tendremos una chance de vivir". Entonces hice lo único que sabía: acarrear el cuerpo de mi madre y ocultarnos. Después se fueron todos. No quedaron más que los muertos, los agonizantes, los que no se podían mover.

En el momento que evoca Mira, aún faltaban nueve días para que el ejército soviético entrara en Auschwitz y encontrara siete mil supervivientes en un mar de cadáveres, de esqueletos ambulantes y de desolación.

-Fueron días terribles, pero inyectados de esperanza -sigue rememorando-. Como no veíamos alemanes, los pocos que aún podían arrastrarse empezaron a moverse. Yo dejé a mi mamá en la barraca, y fui con ellos hasta los depósitos. Cortamos los alambres y entramos. Había algo de ropa y comestibles. Ante la visión del pan, me volví loca. No saqué ni un vestido, a pesar de que llevaba harapos y de que el frío era terrible. Pan: eso era todo lo que quería. Abracé todos los panes que pude, y corrí hacia el block donde estaba mi madre. En el camino, me sorprendió un tiroteo. Se conoce que todavía quedaban nazis en el campo, pero no alcancé a verlos. En la carrera se me cayó un pan. Entré en la barraca más cercana, dejé todos los panes, y en medio de la balacera salí a recoger el mendrugo que había quedado en el piso. De milagro, salvé mi vida. No sé cómo hice tamaña estupidez. Pero en aquel momento no podía perdonarme perder un pan.

Somos el hambre

Lo que hoy le parece temerario entonces era consecuencia de lo que Primo Levi definió con descarnada precisión: "El Lager es el hambre: nosotros somos el hambre, un hambre viviente". Con esa puñalada en el estómago, durante la trágica espera del frente salvador, Mira devoró cualquier cosa: "Recuerdo una pasta negra, que encontré dentro de unos tambores. No sabía qué era, pero la tragué igual. Un día llegué a la barraca con un poco de harina. Mamá encontró una lata oxidada, la lavó, puso a hervir la harina".

Madre e hija esperaban con avidez que ese mejunje se cociera cuando dos SS, recién bajados de una moto y armados, irrumpieron en la barraca. Les ordenaron salir, sin más propósito que el de asesinarlas en grupo, en lo que Mira describe como "una especie de calle que separaba un campo de otro".

-Antes de partir, tomé ese mazacote a medio cocinar -relata-. Lo fui engullendo por el camino. Es increíble: sabía que iba al fusilamiento, y todo lo que quería era meter algo en el estómago antes de que me mataran.

Mientras lo cuenta, vuelve a verse en la hilera junto a las otras desahuciadas:

-Los SS ya estaban apuntándonos. Era el final. De repente, llegó otra moto, con otros nazis. Les dijeron algo que no alcanzamos a escuchar, pero en un instante cada uno trepó a la moto en la que había llegado, y escaparon. Muchos años después, leí qué había ocurrido: un tanque ruso avanzó antes que el frente; al verlo, los nazis se asustaron y huyeron. Recién entonces comprendí por qué no fuimos fusiladas. Ellos se fueron y nosotras nos quedamos ahí, inmóviles, durante un largo rato. No sabíamos qué hacer. Luego vimos que se acercaba un grupito de varones. Llevaban los trajes rayados de los prisiones; venían del campo central. "Ya no hay alemanes en Auschwitz; estamos libres. Vengan, les vamos a dar comida", nos dijeron. Ellos estaban un poco más fuertes que nosotras. Despacito, nos ayudaron a llegar a un block de Auschwitz I. A la mayoría, tuvieron que arrastrarlas. Nos ubicamos en los camastros de una barraca de ladrillos. Con estos hombres nos sentimos un poquito más protegidas.

Allí, en sus escapadas a los depósitos de alimentos, Mira encontró unos terrones de azúcar. A duras penas encuentra las palabras para comunicar lo que representaban:

-Para nosotros eran... -hurga en el lenguaje-. Imagine que aquí y ahora una mujer reciba un brillante de diez quilates -ensaya una comparación, pero de puro raquítica, termina desechándola-. No, más... mucho más valor que eso tenían aquellos terroncitos de azúcar...

En esa tierra de nadie despuntó, alentador, el 27 de enero de 1945, que Mira no ha de olvidar jamás:

-A la madrugada escuchamos tiros -relata-. Comprendimos que el frente estaba cerca. Salimos de la barraca. El aire estaba gris; aún no había amanecido. Los tiros seguían sonando. El frente estaba más cerca; cada vez más cerca. Y nosotros, más y más esperanzados. Al fin, divisamos a los primeros soldados. Iban agachados, con los fusiles extendidos, listos para disparar. Al principio eran siluetas. De a poco, fueron cobrando forma. Cuando comprobamos que era el ejército soviético, mi mamá y yo nos volvimos completamente locas. Sí, eran ellos. Nos tiramos a sus pies, les abrazamos los tobillos, y les besamos las botas. Queríamos darle lo mejor: tomamos nuestros terrones de azúcar y los pusimos en las bocas de los soldados. "Coman ustedes: no tenemos hambre", nos decían.

A Mira Kniaziew, A 15538, se le nublan los ojos, y dice: "El horror que se dibujó en los rostros de esos soldados cuando nos vieron, tampoco he de olvidarlo mientras viva. Era un horror que no tenía nombre. Nosotros no éramos conscientes de nuestro estado: allí no había espejos. Aunque mirábamos a los demás, cada uno pensaba que él, a lo mejor, aún no estaba así. Pero las caras de los rusos fueron el más atroz de los espejos".

Liberado en Buna, Primo Levi percibió el mismo espanto en los soldados soviéticos: "No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era (...) la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, la que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen (...)".

-Mi mamá y yo hablábamos ruso -cuenta Mira-. Tras la primera noche, un oficial nos aconsejó: "Este es el frente: hoy avanzamos; mañana, tal vez, tengamos que retroceder. Como puedan, salgan de aquí. Vayan para la retaguardia". Cuatro mujeres solas: mi madre, en el último estado de agotamiento, una amiga tísica, una holandesa renga y yo, cargamos una bolsa con pan y salimos de Auschwitz, caminando. Creíamos que nadie más había quedado vivo

Confiar en el hombre

Mira Kniaziew de Stuptnik, A 15538, llegó a la Argentina en 1960, tras una larga seguidilla de penurias. En ese año y en el mismo país, un comando israelí capturó al jerarca nazi Adolf Eichmann, quien llevaba para entonces diez años de impunidad, bajo el nombre falso de Ricardo Klement.

-¿Cómo le impactó esa noticia? -le pregunto, y ella se pone a describir el ocaso de un sol inmenso que se niega a extinguirse.

-Las experiencias que pasamos bajo el nazismo no se superan -admite-. Pero si los sobrevivientes logramos convivir con ellas, y conservar la fe en la humanidad, es porque al final de la guerra tuvimos una esperanza: "A partir de hoy, el mundo cambiará", decíamos. "A los criminales se los va a castigar, y después de este horror inédito ya no habrá guerras en la Tierra", pensábamos. Lamentablemente, con el paso del tiempo nuestra esperanza se fue achicando. La masiva huida de los nazis hacia los países que aceptaban cobijarlos, el nuestro entre ellos, fue un duro golpe. Lo de Eichmann y tantos otros nos demostró que la historia de la humanidad no iba a continuar como habíamos soñado. Es por eso que a mi libro lo titulé ¿Quo vadis, mundo?. Esa es mi pregunta hoy: "¿Adónde vas, mundo? ¿Alguna vez comprenderás? ¿Llegará el día en que saques alguna enseñanza de tanta tragedia, y cambies para siempre?

-¿Y cuál es su respuesta a esas preguntas?

-Que la vida siempre es más fuerte que la muerte. Después de la Guerra yo me había prometido no traer criaturas a este mundo porque, a pesar de mis terribles sufrimientos, comprendía que para las madres y las abuelas todo había sido peor. Ver sufrir o morir a sus hijos o a sus nietos era directamente insoportable. Bastante firme era mi propósito de no tener hijos.

-Pero, afortunadamente, no lo cumplió.

-No, porque pasado el primer tiempo, venció la vida. Si algo sé, es que la vida es más fuerte que todo; siempre. Y, a pesar de lo que padecí, sigo creyendo y confiando en el hombre.

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