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San Lorenzo: el combate más glorioso

El jueves se cumplirá un nuevo aniversario de la única batalla que San Martín libró en suelo argentino. Sobre el campo donde derrotó a los realistas, a orillas del Paraná, se levanta hoy el barrio residencial de una ciudad que supo ser un polo petrolero
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30 de enero de 2005  

SAN LORENZO, Santa Fe

Madrugada del 3 de febrero de 1813 en el convento; hora: 5 de la mañana. Unos 120 granaderos a caballo aguardan la orden escondidos tras los muros, como bien dice la marcha, sin poder ver al enemigo que se acerca. Su líder, José de San Martín, un militar recién llegado de Europa, de 34 años, observa la escena completa desde la espadaña. Ha presenciado todo el desembarco de las tropas realistas. Las ha contado: son 250 infantes con dos cañones. Los va a esperar hasta que se acerquen a 200 metros del templo y entonces les piensa caer con todo. Divide a los granaderos en dos grupos, uno a cada lado del convento, para "pinzar" al enemigo. Son 60 con él; los otros 60 al mando de Bermúdez, su segundo, armados con largas lanzas de más de tres metros.

Ya se acercan. Desciende el futuro libertador y monta su corcel. Toca la orden el clarín y tiembla el prado con los cientos de cascos. Pero algo falla. Bermudez y sus 60 hacen un rodeo muy abierto. San Martín y sus hombres llegan solos al frente -no era el plan- y reciben toda la furia, la descarga del sorprendido enemigo. Un cañonazo tumba el caballo del jefe y dos granaderos lo ayudan a liberarse, cuando estaban por ultimarlo los realistas. El episodio cubrirá de "gloria eterna" al granadero Juan Bautista Cabral, aunque le dejará trunca la joven vida.

Ahora sí, tarde, pero seguro, llega Bermudez para la segunda carga. Los españoles intentan formar en cuadrado, la única manera de defenderse de la carga de caballería, según el manual de guerra, pero no lo logran. Las lanzas atraviesan pechos; los sables trituran cráneos y brazos. Bermudez está ya cargando por tercera vez y un cañonazo le destroza una pierna. La herida le costará la vida once días más tarde.

Es San Martín, herido y todo, el que arremete ahora para la cuarta carga, la que produce el desbande final. A esa altura, la escena en el campo es espantosa. No pocos realistas, desesperados, se arrojan por los precipicios, hacia el río. Unos 40 de ellos no vivirán para contarlo...

* * *

Enero de 2005. San Lorenzo, Santa Fe. Nadie diría que este apacible oasis verde a orillas del Paraná, flanqueado por las casas bajas de una ciudad alguna vez polo petrolero y por un antiguo convento franciscano, fue el escenario de una carnicería.

Si no fuera por el moderno cartel que dice "Campo de la Gloria" y el descomunal monumento de cemento que emerge del césped muy verde, sería imposible imaginar que fue aquí el lugar del combate breve, pero intenso, que tuvo lugar hace 192 años. Se cree que necesitó menos de 15 minutos San Martín para matar a 40 realistas y perder 16 de los propios.

Al asomar el sol entre muertos y heridos de ambos bandos, casi un centenar de cuerpos gimientes, acosados por las moscas, marcados con las amputaciones más espantosas, ocupaban el sitio en donde hoy las chicharras y el sol anuncian que será un día muy caluroso de 2005.

Pero, ¿qué ocurrió en realidad aquel 3 de febrero de 1813 aquí? ¿Y qué ha quedado; qué testigos de aquel día sobrevivieron al siempre corrosivo paso del tiempo que, en este caso, consumió casi 200 almanaques hasta hoy?

Es más fácil comenzar por la segunda pregunta. Se contesta fácil, con una visita al convento de San Carlos Borromeo para descubrir que, prácticamente, no se conservan objetos de aquel día histórico: apenas unas balas de cañón, dos urnas con los huesos de los granaderos que dejaron su vida en el campo de batalla, el registro de las misas por los muertos y una bolita de plomo, que no es otra cosa que la bala de un fusil realista que alguien extrajo de los restos de unos de los soldados patriotas.

Pero la respuesta a la primera pregunta -¿qué ocurrió en realidad aquel 3 de febrero de 1813 aquí?- se pierde en un sinfín de discuciones apasionadas, estancadas desde hace años en una especie de empate académico entre los investigadores y los amantes de San Martín y la historia. Son detalles: de qué color eran los gallardetes de las lanzas; si participaron del combate los milicianos rosarinos; si los granaderos eran altos y esbeltos o petisos morrudos... Detalles que son abordados con tanto ímpetu que a veces se confunden con el todo.

A grandes rasgos, sin embargo, el contexto, no se discute. Todo sucede en 1813. Son los primeros años de la aventura revolucionaria que tomará rumbo definitivo tras la declaración de la independencia de 1816. Mientras se dirime en Buenos Aires si es mejor seguir dependiendo de España o no, los esfuerzos se concentran en limpiar de realistas lo que será luego la Argentina. San Martín, recién llegado de España, tenía la misión de profesionalizar un ejército que hasta el momento era poco más que una milicia. Para eso, unos meses antes había creado el Regimiento de Granaderos a Caballo, inspirado en el cuerpo de elite de moda en ese momento: el del ejército napoleónico.

En el esfuerzo por echar de la región a los realistas, las fuerzas patriotas sitian Montevideo. Desesperados, los partidarios del rey sólo pueden reabastecerse por el río y organizan una expedición al mando de Juan Antonio de Zabala para saquear las costas del Paraná. Son, por lo menos, 11 embarcaciones y 350 hombres; 250 soldados, marineros el resto. Durante enero de 1813 azotan las poblaciones de San Pedro y San Nicolás, entre otras.

Con preocupación creciente, el gobierno envía a José de San Martín y su flamante regimiento a proteger las costas del Paraná. El encuentro se produce en San Lorenzo y, si bien nadie se atrevería a calificarlo de "batalla" -hay incluso quien dice que ni siquiera fue un combate, sino más bien un entrevero-, fue tan decisivo que nunca más los realistas intentaron ingresar por el gran río. Sigamos con la visita al lugar.

Museo y convento

El Convento de San Carlos Borromeo comenzó a construirse cuando expiraba el siglo XVIII. El interior es un laberinto de frescas galerías repletas de arcos, que encierran varios patios, en donde los frutales interrumpen el prolijo césped. Los pisos son de cerámica y paredes blancas, con aberturas de cedro paraguayo pintadas de verde. Excepto por las ampliaciones posteriores, podría decirse que se conserva casi como aquel día de 1813 en que se desarrolló el drama.

En el interior silencioso del convento -que es museo, pero sigue siendo convento- hay principalmente salas con obras de arte sacro y otras con objetos que hacen a la historia del lugar. Sólo un puñado de habitaciones hablan del combate: la más importante es la habitación en la que durmió San Martín, que está amueblada tal como la habrá visto el militar, con una cama con elástico de metal, un baúl y una biblia, entre otros objetos.

"Los muebles son iguales, pero no podemos decir que hayan sido exactamente los que utilizó él", aclara Graciela Mengiba, una de las tres personas que atienden a las casi 30.000 visitas que llegan por año al museo, casi todos alumnos de escuelas.

También allí se exhiben facsímiles de cartas, balas de cañón, un par de broches pluviales de la capa de San Martín, restos muy corroídos de un hacha, una hebilla y lo que podría ser la empuñadura de un sable -excavados en las cercanías-, y una bala extraída del cuerpo de un granadero, que se conserva como un joya en un estuche con paño rojo.

Tras atravesar dos viejas escaleras, ya en la espadaña del convento (el campanario desde donde San Martín observó el desembarco enemigo), Mengiba relatará la historia de cómo fue descubierta la fosa común en donde descansaban los hombres que perdieron la vida en el combate.

"Ocurrió en los años 40. Había una anciana muy viejita que aseguraba que su padre había ayudado a sepultar a los granaderos. Decía que la fosa estaba allá", afirma, y señala en diagonal hacia el Sudoeste, justo en donde hoy está el patio de deportes del Colegio San Carlos. "Le hicieron caso -continúa Mengiba-. Estaban los huesos, aunque sin individualizar".

Hoy, esos restos descansan en el convento, en dos urnas, entre decenas de otras urnas que pertenecen a frailes franciscanos muertos allí.

Desde la misma espadaña, hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar la visión que tuvo el gran militar del campo de batalla antes del combate con su catalejo. Ya no se ve el río desde allí, sino una mezcla de copas de árboles (entonces no había más que vegetación baja), tejados de las casas cercanas, galpones y antenas.

Cómo las tropas de San Martín y las de Zabala se encontraron en el campo de batalla es una historia dentro de la historia. Se sabe, sí, que San Martín venía en camino cuando Celedonio Escalada, comandante militar de Rosario, descubrió a los invasores. Tenía bajo su mando a 58 gauchos mal armados y un cañoncito de montaña con el que les tiró a los realistas desde la orilla, que le devolvieron el favor desde sus barcos con todo. Se sabe del mensajero que le envía Escalada a San Martín y de los barcos invasores, que estuvieron desde el 30 de enero fondeados frente a San Lorenzo (incluso, los realistas obtuvieron frutas y gallinas de los frailes). Vaya a saber por qué, se quedaron unos días allí y decidieron desembarcar toda la tropa en la madrugada del 3 de febrero. Para su desgracia, San Martín ya los estaba esperando.

El verdadero escenario

Otra vez en 2005. El Campo de la Gloria es tan interesante -o no- como cualquier plaza, con el plus de la hermosa vista al río color rojo, unos 30 metros por encima de la escarpada barranca.

Pero, primera decepción, según parece, en este Campo de la Gloria no hubo combate.

"Es casi seguro que los españoles desembarcaron en una especie de puerto natural que existía varios cientos de metros hacia el norte y que marcharon hacia el convento en diagonal -explica Víctor Nardiello, secretario de la Junta Histórica de Rosario-. Ya casi nadie discute que el combate fue un poco más al norte.".

Esa pequeña playa desapareció tras una furiosa tormenta que se abatió sobre la zona en 1915. Caprichos de la naturaleza. Hoy, allí, se continúa la barranca y sobre la orilla está la Asociación de Cooperativas Argentinas, una entidad cerealera.

Hacia el norte, el verdadero Campo de la Gloria está sepultado bajo numerosas casas bajas, con tejas.

A unos 150 metros, en la intersección de la Avenida Sargento Cabral y la calle 3 de febrero es donde cayó San Martín herido. "Eso es lo que dice la tradición", advierte Mengiba.

Nardiello agrega que el valeroso granadero correntino posiblemente haya muerto en el hospital improvisado en el comedor de los frailes, un ambiente alargado, silencioso y frío, con techos abovedados y largas mesadas de madera, en el que aún se perciben los gemidos de dolor de los heridos y la sierra del doctor Argerich completando las amputaciones (se operaba sin anestesia y estaba muy mal visto gritar).

La tradición dice también, que la verdadera última frase agónica de Cabral fue dicha en guaraní y era bastante menos elegante -aunque más creíble- que la que registra la historia. "Muero contento, porque cagamos a esos mierdas", habría comentado el desafortunado soldado.

Hay más historias casi olvidadas. La participación de Hipólito Bouchard, que arrebató la bandera al enemigo; un hombre que, años después, con patente de corso, ocuparía las costas de California y haría flamear allí la bandera argentina durante una semana. La nobleza de San Martín que asistió a los derrotados con alimentos a condición de que no volvieran a intentar otra fechoría.

Es que eso es hoy, en definitiva, el escenario en donde se libró el combate de San Lorenzo: un lugar para humanizar una historia contada siempre con bronce y para estremecerse ante la presencia de extraños fantasmas que guardarán, para siempre, los secretos más íntimos de aquel drama.

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