Suscriptor digital

A 60 años del drama del Hindenburg

Golpe de muerte: orgullo de la industria germana de preguerra, la destrucción del dirigible inició el fin de la era de los zepelines.
(0)
6 de mayo de 1997  

Se cumplen hoy 60 años de la tragedia del LZ 129, el célebre dirigible Hindenburg, que asestó un golpe de muerte al transporte de pasajeros por zepelines y consumió hasta las cenizas buena parte de la soberbia del Ministerio del Aire alemán.

En las horas que siguieron al drama, la catástrofe del Hindenburg fue tan inaceptable para el Reich que Herman Goering, en un Berlín con sus cruces svásticas a mitad de camino, afirmó que el accidente sólo había sido posible por obra del "Höhere Gewalt", el poder divino. Goering juró que "únicamente la mano de Dios pudo hacerlo".

Pero si realmente intervino Dios en la destrucción del LZ 129, su mano se expresó en un mortífero error humano que calcinó a 59 personas en una sola llamarada. Los depósitos del Hindenburg habían sido inflados con hidrógeno en lugar de helio y sólo bastó una chispa, quizás ni siquiera eso, para aniquilarlo.

El LZ 129, confirmación de una doctrina que imperó a lo largo de la famosa "era de los dirigibles", ardió al tocar el mástil de amarre de la base naval de Lakehurst, al borde de Nueva York. Su derrotero final estuvo cargado de presagios. La travesía sobre el Atlántico, desde Franckfort, fue particularmente difícil debido al mal tiempo. Llegó a Boston con medio día de retraso y tres horas después, cuando apuntaba hacia el vértice sur de la isla de Manhattan, fue alcanzado por una tormenta salvaje.

En la cabina de mano, el capitán Max Pruss advirtió de inmediato que los motores, orgullo de la ingeniería germana, no eran suficientes para estabilizar el peso de la nave. Con Pruss viajaba, en calidad de consejero, el capitán Ernest Lehman, el más famoso as de zepelines de todos los tiempos.

Pruss y Lehman lucharon durante dos horas sobre Lakehurst para acerca al Hindenburg a sus amarres. Sabían muy bien que el aire estaba saturado de electricidad y que, en esas condiciones, el hidrógeno era lo suficientemente inestable para transformar el dirigible en una hoguera.

Entonces, en mitad de la últimamaniobra, la popa rozó la torre y se incendió. La fotografía que ilustra este modesto comentario sobre la catástrofe fue tomada por el reportero gráfico Murray Becker, de la agencia de noticias AP. Becker tenía la cámara enfocada, con plena consciencia de que en un día como ése la "mano de Dios" podía estar cerca.

El Hindenburg había sido botado apenas un año atrás en los talleres de Firedrichshafen, como un alarde de la industria alemana de preguerra. Decían que era tan indestructible como el Reich.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?