Beatriz Guido y Leopoldo Torre Nilsson: el cineasta y su adorable mentirosa

Se conocieron en la casa de Ernesto Sabato, en 1951. Ella le llevaba tres años. El estaba casado y tenía dos hijos. Pero al cineasta y la escritora los unió, desde entonces, una pasión que ni los vaivenes del juego y las apuestas, a los que él era aficionado, pudieron mitigar
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6 de marzo de 2005  

En abril de 1951, en la casa de Ernesto y Matilde Sabato, Beatriz Guido conoció a Leopoldo Torre Nilsson. Ella tenía 29 años y él, 26. "Fue un amor a primera vista. Sabato tardó en llegar a la cita, y cuando llegó se disculpó, en el living. «Lamento –dijo– haberles hecho perder el tiempo.» Y Leopoldo le contestó: «No hemos perdido el tiempo»", recordaría Beatriz en un reportaje, años después. Aunque no lo dijo, en la reunión también estaban su primer marido y la mujer de Leopoldo, madre de sus dos hijos.

En esa época, la obra de Torre Nilsson se limitaba a un par de films que había codirigido con su padre, Leopoldo Torres Ríos. Estaba intentando independizarse, y al poco tiempo de conocer a Beatriz le propuso que escribiera una escena para su próximo film, Días de odio, basado en el cuento "Emma Zunz", de Jorge Luis Borges. Ella, por supuesto, aceptó encantada. Aunque desde chica había fantaseado con ser escritora, hasta el momento sólo había publicado un volumen de cuentos con el apoyo económico de su padre.

Poco después, ganó el Premio Emecé (que se otorgaba por primera vez) con su novela La casa del ángel. Se separó de su marido, se instaló en un departamento y comenzó a trabajar con Nilsson –que se había separado de su mujer– en la adaptación cinematográfica de La casa del ángel. El film marcó un hito: más allá de las comedias ingenuas de la época, surgía un cine argentino de culto, que hablaba de nuestros prejuicios y mitos sociales.

Beatriz siempre colaboró con Leopoldo cediéndole sus libros, escribiendo escenas y ocupándose de las relaciones públicas, tarea en la que se desempeñó de una manera extraordinaria. Su primera misión fue partir al Festival de Cannes, donde asistió a cócteles, sedujo a críticos y distribuidores, y logró que La casa del ángel fuese exhibido. Aunque no ganó ningún premio, los principales críticos franceses lo aplaudieron y elogiaron. Las puertas de Europa empezaban a abrirse, y ese primer viaje a Cannes le sirvió también a Beatriz para lanzar su novela en el nivel internacional. Porque si bien fue la gran impulsora de la carrera de Torre Nilsson, su propia carrera como escritora creció enormemente a partir de su relación con él.

Luego vendrían La caída, La mano en la trampa, Piel de verano, Fin de fiesta y tantos otros títulos, siempre basados en libros de Beatriz. Tuvieron oportunidad de codearse con Jeanne Moreau, Alan Resnais, Allan Robbe-Grillet, Vittorio De Sica y otras muchas celebridades, y el British Film Institute llegó a seleccionar a Torre Nilsson entre los diez mejores directores del mundo. En 1964, Beatriz publicó su obra más famosa, El incendio y las vísperas, donde se refleja el profundo antiperonismo que la caracterizó siempre. La novela despertó pasiones, ya fuera para alabarla o para criticarla. Con la misma intensidad, llegó a comparársela con Amalia, de José Mármol, y a catalogársela de superficial, vacía y malintencionada. Arturo Jauretche, en su libro El medio pelo en la sociedad argentina –otro gran best-seller de la época–, le dedicó todo un capítulo, al que tituló "Una escritora de medio pelo para lectores de medio pelo". Todo lo que se publicaba sobre ellos interesaba: sus libros, sus películas, sus viajes y sus premios. Eran la pareja glamorosa del momento.

Beatriz asistía a las filmaciones de Leopoldo, opinaba sobre los actores y los detalles de la escenografía, hacía y deshacía, pero no dejaba de escribir. Una vez, mientras se preparaba una toma, las luces estaban apagadas y ella escribía sentada en una sillita, bajo una pequeña luz. Cuando empezó la filmación, dos técnicos levantaron la silla y la llevaron a otra parte, con ella encima. Después llevaron la lucecita, que seguramente era un cable tendido especialmente para que escribiera. Mientras sucedía todo eso, ella ni siquiera levantó la vista del cuaderno. Cuando le preguntaban cómo hacía para no perder detalle de las filmaciones y escribir simultáneamente, respondía: "Soy bimotor".

Era coqueta, expansiva, abierta, constantemente hacía bromas y creaba climas agradables. Nilsson, en cambio, era reservado y establecía una distancia con los demás que su imagen física acrecentaba. Corpulento, tremendamente miope y con gruesos anteojos oscuros, generaba una mezcla de admiración y temor. Sin embargo, eran como una sola persona que tenía dos lados, y se contenían mutuamente. Sus vidas habrían sido muchísimo menos ricas si no se hubiesen encontrado.

Leopoldo no admitía críticas, y Beatriz encajaba perfectamente en ese esquema. Lo llamaba "mi señor, mi dueño", mentía constantemente y se dedicaba a embellecer su vida.

Nilsson jamás sintió como una imposición que Berta, la madre de Beatriz, viviera con ellos. La señora tenía un humor ácido, y podía recibir a un visitante recitando a García Lorca, vestida con una bata de terciopelo rojo, un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra. Beatriz siempre se ocupó de su madre, sus dos hermanas y sus cuatro sobrinos, que fueron una presencia constante en su casa.

Leopoldo disfrutaba rodeado de gente: le gustaba estar en su cuarto y saber que en el living había tres o cuatro personas.

Torre Nilsson siempre fue un jugador compulsivo, y Beatriz comprendió desde un principio que esta pasión era parte de su identidad. Frecuentemente, lo acompañaba al hipódromo y cuando estaban filmando, era ella quien hacía cola en las ventanillas para que él no dejara de apostar por ninguno de sus pálpitos. Su relación con el dinero fue siempre difícil y juntos vivieron momentos duros y momentos de esplendor, aunque en las épocas de pobreza se esforzaban por mantener las apariencias. Se vestían bien, y en los viajes citaban a los productores en los mejores hoteles, aunque se hospedaran en uno más barato. Cuando entraba dinero lo destrozaban, y en los períodos difíciles apelaban a los recursos más variados: prestamistas, venta de las piezas de arte heredadas del arquitecto Angel Guido, el padre de Beatriz.

Vivieron en un gran piso sobre la plaza San Martín que le alquilaron al dirigente peronista Jorge Antonio, y también en una planta baja de la avenida Quintana, con un gran jardín adornado con espejos. El cine en el que Torre Nilsson creía y le daba premios no generaba, sin embargo, las divisas que su estilo de vida necesitaba, y fue así que decidió encarar films más comerciales. Aunque fue acusado de oportunista, aburrido y esquemático, El santo de la espada fue el film argentino más exitoso hasta ese momento. Fue visto por dos millones ochocientas mil personas, y a los diez días de estar en cartel ya había recuperado su costo. Con el dinero que ganaron compraron un Mercedes Benz blanco, una casa en Punta del Este –a la que bautizaron Leopoldville– y varios departamentos en Mar del Plata, y fueron generosos con sus amigos y parientes. Sin embargo, al poco tiempo el casino y el hipódromo acabaron con la plata y debieron volver a empezar. Alquilaron otra planta baja, más chica, en la avenida Alvear, y como la recepción no les resultaba suficiente, Beatriz decidió hacer un cerramiento metálico en el jardín e instaló allí el comedor.

En esa época, los problemas de salud de Torre Nilsson empezaron a manifestarse. Tal vez intuyó que le quedaba poco tiempo y se propuso realizar proyectos que fueran a la vez populares y de calidad, como La mafia, Los siete locos y Boquitas pintadas. En Piedra libre, su último film, volvió a trabajar sobre un libro de Beatriz, algo que no hacía desde Fin de fiesta. Y aunque se propuso recuperar el clima intimista de los primeros años, el resultado fue desparejo, seguramente porque el cáncer ya estaba avanzado.

Fue en ese momento cuando Beatriz se decidió a encarar su gran mentira. En su afán por embellecer la vida de Leopoldo, decidió que él pasaría su último tiempo lo mejor posible. Lo internó en la habitación más grande y cómoda del Instituto del Diagnóstico, donde recibieron a las visitas con champagne, apostaron a las carreras por teléfono e hicieron planes para las vacaciones en Punta del Este. Seguramente, Nilsson era consciente de lo que le estaba pasando, pero no bajó los brazos. Le permitieron volver a su casa y llegó a dirigir algunos avisos publicitarios, aunque los dolores eran ya insoportables.

En su desesperación, Beatriz visitó curanderos y hasta lo llevó a España para que lo viera un médico que le habían recomendado. La familia Nilsson le facilitó el dinero y viajaron con un enfermero que le aplicaba morfina cada cuatro horas.

Cuando Leopoldo murió, ella se abandonó completamente. En realidad, comenzó una especie de espera hasta que llegara su propio momento de morir. Ya durante la enfermedad de Torre Nilsson había comenzado a dejarse engordar y a descuidar su vestimenta. Comía sin límite, se sofocaba mucho y se le hinchaban las piernas, lo que la llevó a estar siempre vestida con túnicas negras largas hasta los tobillos. Como necesitaba dinero, la Editorial Losada –que siempre había publicado sus libros– la contrató como asesora literaria, y hasta le pagó un viaje a Madrid para que intentase escribir. Publicó un par de títulos olvidables y se ocupó del recuerdo de Leopoldo: organizó un festival, una muestra itinerante, numerosas conferencias y homenajes, e instituyó los premios Torre Nilsson, que durante ocho años se entregaron en el hipódromo: se premiaba con una copa al propietario, al jockey, al cuidador y al peón del caballo que salía campeón.

Al llegar la democracia, fue nombrada agregada cultural en España por Raúl Alfonsín, a quien había apoyado durante la campaña. En su nuevo cargo fue, como siempre, generosa. Promovió films, estimuló premios, ayudó a los escritores y albergó a mucha gente en su casa, una enorme planta baja sobre la plaza Rubén Darío. Desde allí la llevaron en ambulancia a la clínica donde murió, el 29 de febrero de 1988, diez años después que Leopoldo. Sus sobrinos trajeron su cuerpo a Buenos Aires y, por orden expresa del presidente de la República, fue velada en el edificio de la Secretaría de Cultura de la Nación, envuelta en la bandera argentina. Tuvo una muerte de prócer, bien ganada.

Beatriz Guido (1922-1988): Nació en Rosario. Era hija de Angel Guido, arquitecto autor del monumento a la bandera de esa ciudad, y de una actriz uruguaya, Berta Eirin.

Leopoldo Torre Nilsson (1924-1978): Nació en Buenos Aires. Fue uno de los directores y guionistas más prestigiosos de la cinematografía argentina.

Periodista y escritora

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