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El desamor es una historia cotidiana

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1 de abril de 2005  

Una francesa que bien podría haberse descolgado de un cuadro de Modigliani hace burbujas en el patio de un hotel familiar. Mientras tanto una mujer ladra su bronca, pero mueve la cola, sumisa, cuando aparece su amo/amor. Una pareja se busca, se encuentra, se rechaza a la vez que canta guaranias paraguayas.

Mariela Asensio eligió contar historias de desamor, sobre todo de mujeres. inspiradas de alguna manera en las de sus abuelas Olga y Dora, "que como muchas mujeres de otra época tuvieron maridos muy fríos; mujeres que han estado muy solas, en las que el amor se transformó en fantasía, en una deuda pendiente".

Olga, la mamá de la mamá de Mariela, escribía relatos que su nieta supone imaginarios. Con ellos en la cabeza y un ambiente que se robó de unos pocos pero impactantes días vividos en Paraguay, creó este hotel habitado por coloridas criaturas que cantan, recitan poemas y tienen la virtud de combinar, en exacta proporción, belleza y patetismo en su hacer cotidiano.

"Venía haciendo obras muy densas y, a pesar de que mientras escribía "Hotel..." me estaba separando, quise acercarme al tema desde el humor. Y entonces apareció la mujer-perro (impecablemente compuesta por Leticia Torres)." Exactamente esa mezcla de sensaciones son las que inundan este melancólico hotel en que se convierte, cada viernes, La Carbonera.

Si bien Mariela suele participar en proyectos ajenos (De la Guarda, José María Muscari, Valeria Alonso, entre otros, la tuvieron como actriz, asistente o directora de actores) es indudable que donde más cómoda se siente es en esos proyectos que elucubra sola. "Me gustan los gestos cotidianos, las historias sencillas", dice, mientras toma a sorbos un cortado demasiado caliente, como si necesitara explicar ese clima íntimo y chiquito -pero igualmente descarado- que imaginó para un patio de pensión.

Son esas historias las que Mariela se empeña en seguir creando. Y ya sabe que su próxima obra hablará también sobre mujeres, pero esta vez habitantes de un baño público.

Verónica Pagés

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