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Rolando Chaves: tango y calidez

“El morocho del Abasto” fue su mayor logro; conquistó al público con aquella interpretación de Carlos Gardel
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11 de abril de 2005  • 11:30

Su voz fue un regalo para el tango. Le decían "dulce de leche", porque con ella endulzaba a las mujeres de una forma incomparable.

Por las mañanas, los vecinos del barrio de Coghlan lo veían pasar con su pequeña Verónica de la mano. Caminaban juntos hacia la escuela y recitaban las letras de las obras que él estaba por presentar. "Me había enseñado una poesía en lunfardo súper complicada. Cada semana aprendía una nueva estrofa. «Era una paica papusa, retrechera y ratifusa, que aguantaba la marruza, sin protestar hasta el fin (…) »", relató Verónica, a 10 años de la muerte de su padre, Rolando Chaves.

Su verdadero nombre era Dagoberto Cochia. Nació el 18 de abril de 1919, en la provincia de Chaco, pero alcanzó la popularidad en la ciudad de Buenos Aires, donde exhibió su vocación y condición de artista. Comenzó su carrera en la radio, en momentos en que la imaginación montaba sus propias historias. Luego pasó por las tablas, la pantalla grande y la televisión.

Sin dudas, su personificación de Carlos Gardel en "El morocho del Abasto" (1950), de Julio C. Rossi, fue su mayor logro. En aquel film, sorprendió a los espectadores con su voz y su impecable interpretación. Tan similar fue el tono que consiguió, que la gente juraba que quien cantaba era Gardel. "Cuando se estrenó, el público pensaba que estaba haciendo play back y al finalizar, se dieron cuenta que era realmente su voz y lo llevaron en andas hasta el Obelisco", relata Verónica. La película estuvo seis meses en cartel, nada habitual para la época.

Sin embargo, no fue la única vez que logró revivir al Zorzal Criollo. Chaves fue el descubridor de "Cheating Muchachita", una canción que Gardel grabó en Nueva York, con el estribillo cantado en inglés. Transcurrido el tiempo, lo cedió a la empresa RCA Argentina, para la realización de un disco denominado "El Gardelazo". Justamente, fue él quien presentó en esa cinta, la historia de esta maravillosa melodía. RCA reconoció el hallazgo de este título, que constituyó "un misterio para entendidos, profanos y admiradores del gran artista".

Rolando participó en 14 films. Los más destacados fueron: "La Morocha" (1955), junto a Tita Merello; "Embrujo en cerros blancos" (1955), la primer película en colores de la Argentina; "Muchacho" (1970), con Sandro y "Delito de corrupción" (1991), donde ya se percibía una voz forzada. Y es que fue en ese mismo año, el comienzo de una enfermedad que obligó a los médicos, tiempo después, a quitarle las cuerdas vocales. "Admiraba de papá la fuerza que tenía. Cuando ya estaba mudo –relató su hija- seguía dando reportajes escritos. Y hay que pensar que él había trabajado toda su vida con su voz y ya no la tenía."

Dago, como lo llamaban afectuosamente, falleció el 11 de abril de 1995, durante una intervención quirúrgica que le permitiría volver hablar.

Un ramo de violetas

"Mamá moría de amor por papá. Escuchaba los radioteatros y miraba todas sus películas", contó Verónica. Cierta vez, Marta se enteró que Rolando Chaves se presentaría en un teatro cerca de su casa. Tomó su tapado largo color carmesí y partió a disfrutar de la obra, sin imaginar que cumpliría su sueño.

Rolando la vio desde el escenario e improvisó un sorteo para poder conocer a aquella rubia dorada de tapado rojo. La hizo subir a las tablas y le entregó, junto a un autógrafo, su número de teléfono. Ella cuenta que nunca le temblaron tanto las piernas. Al finalizar el espectáculo, él la acompañó a su casa.

Un mes después, Marta se animó a llamarlo y el día que lo hizo escuchó una vocecita que gritó: "papá, teléfono". Ella cortó desilusionada.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que él la fue a buscar. Le llevó un ramo de violetas y le dijo: "Yo no te voy a mentir, me estoy separando de la madre de mi hija. Si no me reconcilio con ella, me caso con vos." Marta se quedó sentada en el andén, con las flores en la mano, llorando y pensando que esa novela que estaba viviendo estaba llegando a su fin.

Sin embargo, Dagoberto regresó. "Mi papá le dio un beso debajo de un árbol, mamá cortó la ramita y aún la conserva". La historia se transformó en realidad. Se vieron diez veces y se casaron. Tuvieron tres hijas; sin embargo, aquella nenita que había atendido el teléfono tiempo atrás, hoy, también forma parte de esa familia.

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