Miguel Caride: el pintor olvidado

Trabajó siempre en una metalúrgicay, en sus ratos libres, fue creando una obra pictórica cuyos cuadros siempre se negó a vender y que, según los especialistas, es ambicionada por los coleccionistas. Hoy, a los 85 años, expone en una galería porteña
(0)
24 de abril de 2005  

ocos saben quién es Miguel Caride –que es pintor– y no queda del todo claro si a Miguel Caride eso –que pocos lo sepan– le parece bien. Traje azul, corbata roja, camisa blanca, chaleco de lana oscura –la piel transparente de sus 85 años–, abre la puerta con sonrisa adolescente, entusiasmada.

–Pase. Hoy es un día extravagante; mis contenidos afectivos están siendo modificados permanentemente, pero ya estuve pensando todo lo que quería decirle, así que no se preocupe que la entrevista está casi hecha.

La modificación permanente de sus contenidos afectivos se debe a que, por estos días, la galería de Daniel Mamán organiza una muestra con su obra, Poética del silencio, y este hombre, habituado a permanecer oculto, se siente inquieto. Su ánimo varía: a veces siente que está haciendo lo correcto y otras veces, exactamente lo contrario. En su estudio no hay pinturas, pinceles, trapos sucios, caballetes ni paredes manchadas. Es un departamento grande en el que hay dibujos suyos, fotos de su mujer, Nona; de su hija Eleonora, algo que parece el tocón de un árbol, dos figuras de yeso blancas. Uno de sus cuadros está iluminado, sobre un caballete: una naturaleza muerta pintada en los años 30 o 40, bañada por una luz ambarina. Frutas, jarras, botellas.

–Empecé trabajando en las naturalezas muertas, en las que puse lo más profundo de mi vida a través de lo que otros llamaron un mortificado verismo que para mí no era tal.

Durante varias horas, con un idioma repleto de volutas barrocas, Caride echará algo de luz sobre los gajos dispersos de su vida, unidos por el hilván de los cuadros y de cierta desesperación que él parece haber domado a fuerza de quietud. Citará a Hegel, a Artaud, a Kavafis, a Goethe y a Kierkegaard. Dibujará una existencia fantasma, sin referencias ni fechas ni detalles, quizá como corresponde a quien ha hecho de permanecer oculto su segunda profesión. Porque si Caride es conocido en círculos pequeños, y es valioso para coleccionistas, ha vendido poco de su obra y es un perfecto desconocido para el resto del mundo.

Hijo de Gerónimo, un capitán de barco yugoslavo apellidado Poklépovich, Caride llevó ese apellido hasta los 19 años, cuando, harto de que lo transformaran en Lipoclepo o en Popoclópovich, se quedó con el Caride por parte de madre. Estudiante fallido de la carrera de Medicina, autodidacta de la pintura, al margen de toda escuela y círculo de pertenencia Caride nunca vivió de su obra, sino de un sueldo de empleado. Durante veinte años fue, nueve horas y media por día, diez horas los sábados, empleado administrativo de la metalúrgica Milano SA.

–Pintaba el domingo, el sábado, el día de fiesta. Mi obra está empezada en un punto, terminada en otro y jamás tuve la osadía de hacer modificaciones. Por eso tienen ese carácter de superficies inatacables.

Así, con tiempo robado al tiempo, construyó su obra. Los domingos, Caride no salía a entregarse al ocio del paseo por la Costanera: los domingos Caride pintaba. Los feriados no hacía viajes cortos con la familia a Chascomús: los feriados Caride pintaba.

–Lógicamente, eso implica una economía de medios que determina un acrecentamiento en el número de las obras no muy abundante. Y si dicen que lo que más cuesta en esta vida es dejarla, a mí también me cuesta, pero no por vivir, sino por dejar de pintar. Mi vida y mi obra son una misma y única cosa. Por eso nunca quise vender. ¿Dónde puse mi pañuelo?

–No sé.

–La culpa la tenés vos, con tus rulitos. Mi mujer, mi hija, mi nieto querían venir, y yo les dije no, yo quiero participar de la libertad de conquista de mi periodista.

Caride se casó en 1955 con una mujer de nombre Lucía a quien apodan Nona.

–Yo iba caminando y vi a la distancia el perfil del rostro que a mí me encantaba. Y dije: "Eso tiene que ser mío". Y fui tras ella. El primer beso lo di muy tardíamente. Pero todas esas floraciones áureas enraizadas llegaron a presentarse tardíamente, y en un momento yo dije: "No me quiere". Ella me devolvió el anillo. Nunca vi una mano temblar como ese día. Me alejé, hasta que otro día yo iba por una calle y ella por la otra, y ahí me enamoré de vuelta. Paseábamos todas las noches por el mismo lugar. Ida y vuelta, ida y vuelta. En aquellos silencios expresivos. Luego nos casamos. Espere un momentito que le voy a mostrar algo.

Regresa con una carpeta envejecida. Adentro hay una suerte de friso pintado con pluma cucharita y tinta china. La complejidad de una puntilla y la paciencia de un galeote.

–Eso era lo que yo hacía cuando, no teniendo dinero, en un aniversario, tenía que darle un regalo a mi señora.

Dentro de la carpeta, una frase pintada sobre lo que parece la piedra de una tumba: La muerte parecía bella en tu rostro bello.

–Su mujer, ¿qué decía? Podía sonar un poquito lúgubre.

–Y, las mujeres prefieren anillos, broches. Vio cómo son.

Si primero pintó naturalezas muertas, después abordó de lleno el surrealismo y sus cuadros se cubrieron de superficies pétreas, levemente orgánicas, que viraron, a su vez, a formas geométricas tratadas con paleta helada más adelante.

–En mi pintura no hay ritmos galopantes ni atropellados. Yo podía estar un día entero pintando una esfera.

Hizo varias muestras individuales y colectivas, pero siempre prefirió mantenerse al margen de galeristas y colegas, aunque el crítico Aldo Pellegrini dijo de él que "Caride ha sabido transmitir su mensaje a través de una obra plástica de indiscutible calidad y de una perfección de factura raramente lograda hoy".

–Nunca tuve amigos, y permanecí fuera de ese círculo de galeristas y de críticos. Yo he permanecido para un grupo pequeño. Lo que me interesaba era satisfacer una de las habitaciones cerradas del castillo que tengo en el alma.

–¿Y por qué decidió hacer la muestra, ahora?

–Me pareció que tenía que hacer algo con esa obra que yo había atesorado tanto. Porque, si no, va a quedar huérfana. Yo no puedo irme con mi obra, como los faraones. ¿Quiere que tomemos té? Tengo preparado té, tengo preparadas dos medialunas y cuatro bombones.

–¿Su familia no le reclamó por esa vida tan rigurosa?

–Sí, sí. Me reclamaron.

Entonces su hija llega desde la cocina con una bandeja –dos tés, dos medialunas, dos bombones– y dice, instalándose en un sofá:

–Disculpen. Me vengo acá. En la cocina me siento… solitaria.

Caride la mira. Hace un gesto. En la luz dura del living parece disolverse.

–A lo único que le tengo miedo es a la muerte. Siempre estoy midiendo. Una hora menos, un día menos. Yo antes miraba el futuro como un horizonte en el que aparecía una luz. Ahora el futuro viene hacia mí. Y entonces pienso que a los demás les queda tiempo, pero a mí no. Yo, cuando pinto un paño, una fruta, estoy acariciando.

Duda. Mira hacia el sofá en el que su hija balancea las piernas. Se inclina y dice, pudoroso:

–Estoy amando.

Más tarde, su hija se ofrece a bajar y abrir la puerta de entrada. Caride la detiene, divertido y feroz:

–¿Te creés que me voy a perder el besito del final?

Una vez en la vereda, entre el río de bocinas de la avenida Almirante Brown, Caride dice:

–La gente confunde el arte con un proscenio en el que se entretiene: mirando al oso que baila...

Y agrega, en un susurro teatral, dramático, ensayado:

–Pero no al hombre que grita.

Para saber más

www.danielmaman.com

Dónde ver su obra

Hasta el 4 de junio, en la Galería Daniel Maman –Avenida del Libertador 2475– puede verse la muestra Poética del silencio, que reúne pinturas de diversos períodos de Miguel Caride. La galería planea hacer el año que viene una muestra con sus dibujos.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?